18

Una vez a la semana una de las hermanas recibía el encargo de llevar una cesta de bollos de azúcar recién horneados a la rectoría, en la misma calle, donde el padre Halloran vivía con otros sacerdotes, la mayoría de ellos franceses. Le tocaba ir a la hermana Theresa, y decidió llevarse también el periódico de aquella misma mañana. La madre Agnes siempre lo leía con atención en busca de alguna noticia de Honolulú que las afectara directamente, como un brote de epidemia, por ejemplo. En una ocasión les habló de un caso de los que los hawaianos llamaban mai pake, también conocida como enfermedad china o lepra, para ellas, pero afectó solo a una persona, un hombre que trabajaba en una plantación de azúcar y que fue deportado de vuelta a China.

La hermana dobló el periódico con cuidado y lo guardó en la bolsa. Como siempre, casi todas las noticias hablaban de la guerra en Estados Unidos. El conflicto entre Norte y Sur estaba teniendo consecuencias inesperadas en las islas: como el Sur no podía exportar tejidos, las señoras de Honolulú que querían vestidos nuevos de guinga, muselina o fustán se veían obligadas a confeccionárselos a partir de la ropa vieja que ya no usaban. Como resultado, la demanda de máquinas de coser había aumentado y el señor Klausner recibía tal cantidad de pedidos que apenas daba abasto.

A Theresa las noticias de la guerra le afectaban personalmente. Su madre le había escrito diciéndole que Eli estaba vivo y «luchando por sus ideales»; sin embrago, morían tantos jóvenes en la contienda que rezaba todos los días para que a su hermano no le ocurriera nada.

El resto del periódico hablaba sobre el nuevo rey, Lot, que acababa de suceder a su hermano Kamehameha IV, quien había fallecido recientemente sin dejar herederos. El pobre hombre no había conseguido recuperarse de la pérdida de su hijo de cuatro años, Príncipe Albert, y quince meses después de enterrarlo había muerto él también. Solo tenía veintinueve años.

Todo el mundo se preguntaba si la llegada del nuevo monarca afectaría al equilibrio de poder, pero al final el rey Lot se limitó a adoptar la visión antiamericana y probritánica de su predecesor. De hecho, respetaba tanto a su hermano que, en su honor, el palacio real pasó a llamarse palacio ’Iolani. ’Io era el halcón hawaiano, un pájaro que volaba más alto que cualquier otro, y lani significaba celestial, real o elevado.

Varios médicos, todos hombres, hacían campaña para ocupar el cargo de ministro de Salud Pública. Uno de ellos era el doctor Edgeware, que estaba trabajando muy duro para ganarse el favor del nuevo rey, y por eso sus diatribas anticatólicas aparecían casi cada día en la prensa.

Theresa entró en la rectoría a través de la cocina y oyó voces. Se acercó a la puerta y vio que el padre Halloran y otro sacerdote estaban reunidos con cuatro hombres de negocios muy conocidos en Honolulú. No pretendía escuchar a escondidas, pero acabó por hacerlo cuando oyó el nombre de Robert Farrow en boca del padre Halloran.

—Los herejes siguen dominando la Cámara Legislativa —se quejó uno de los presentes, dueño de un periódico y del que Theresa sabía que era católico, rico y de Boston—. Los hombres como Robert Farrow son difíciles de derrocar —protestó—. Tiene mucho dinero y grandes conexiones en política. He oído que ha firmado un contrato con Pacific Mail Steamship. ¡Eso le supondrá el monopolio sobre el transporte! Y qué decir, padre Halloran, de la reunión secreta que se celebró en su casa la semana pasada, a la que acudieron varios inversores. Todo indica que su estructura de socios capitalistas protestantes no hace más que crecer.

La hermana Theresa no daba crédito a lo que estaba oyendo. ¡Ella misma había confiado esa información al padre Halloran en la más estricta confidencialidad!

—¿Qué me dice de la hermana Theresa? ¿Está haciendo progresos con los nativos de Wailaka? Conseguir que el jefe Kekoa se uniera a nuestra congregación no solo significaría sumar cientos de hawaianos a nuestras filas, sino también casi una hectárea y media de tierra fértil. Wailaka sería el lugar ideal para establecer una nueva plantación de azúcar increíblemente lucrativa.

—De momento —respondió el padre Hallaran—, la hermana Theresa es la única cristiana que puede entrar en la aldea, por orden del jefe Kekoa. Ella misma me cuenta todo lo que pasa allí.

Theresa contuvo una exclamación de sorpresa. Apoyada en la puerta, temiendo que en cualquier momento le flaquearan las piernas, escuchó cosas terribles que le llegaron a lo más hondo.

—Si conseguimos pillar a Kekoa saltándose una ley… o varias —dijo el bostoniano—, o animando a su gente a hacerlo, podríamos intervenir y encarcelarlo. Sería una forma de confiscarle las tierras. Al fin y al cabo, estaría fomentando la traición.

—Entiendo —intervino una tercera voz masculina— que la sobrina de Kekoa es hija de un gran kahuna y tiene sangre noble en las venas. También entiendo que esa mujer tiene una relación estrecha con la hermana Theresa. Contando con la influencia de la monja en nuestro beneficio, tendremos a Kekoa y sus mil doscientas hectáreas.

La sangre le latía con tal fuerza en las sienes que Theresa no oyó la respuesta del padre Halloran. No podía creer lo que estaba escuchando. Los socios comerciales protestantes de Robert Farrow… Las tierras del jefe Kekoa…

¡Eran sus propias palabras!

Se llevó una mano al vientre. Tenía ganas de vomitar. El padre Halloran, su confesor, el hombre en el que había depositado toda su confianza y con quien había compartido sus pensamientos más personales, la estaba usando como un peón en aquel horrible juego político. La había convertido en su espía.

Le había suplicado que no la empujara por el camino de la tentación. Él sabía lo difícil que era para Theresa ir a casa de los Farrow, que le suponía un problema moral y de conciencia. Le había asegurado que era para salvar almas, ¡cuando en realidad lo que pretendía era hacerse con el control del gobierno! ¿De verdad estaba dispuesto a sacrificar la virtud, la moral, el alma de una hermana en la fe de Cristo para el engrandecimiento de un puñado de codiciosos?

Salió corriendo de la rectoría, dejando caer la cesta de bollos de azúcar que se desparramaron por el suelo.

Robert leyó la carta cuatro veces, de pie junto a su escritorio y con un whisky en la mano, hasta que al final la tiró de malos modos sobre el montón de papeles que había sobre la mesa.

Era de Peter y en ella le pedía un préstamo para invertir en una nueva plantación de azúcar que querían construir cerca del rancho. Robert sabía que su hermano había estado en Honolulú la semana anterior. ¿Por qué no había pasado por su casa o por la oficina para pedirle el dinero? En lugar de eso, prefería enviarle una carta impersonal y fría.

Obviamente, le daría lo que pedía, pero a través del banco de los Farrow. Como si Peter fuera un cliente más.

Contempló los planos de barcos que ocupaban toda la mesa. De aquello sí podía estar satisfecho. Dibujos sobre papel. Aún recordaba el día en que su padre los había llevado a navegar por primera vez en el Krestel. Él tenía seis años por aquel entonces y le había gustado a la primera.

Las jarcias, el velamen, el enorme timón junto al cual su padre lo había cogido en brazos para que pudiera llegar a las asideras de la rueda. Pero Peter, que solo tenía cuatro años, se había echado a llorar porque quería volver a tierra firme.

Robert dirigió la mirada hacia el cuadro que colgaba sobre el hogar, al otro lado de la estancia. Una escena marina, un imponente barco con las velas completamente desplegadas. El veloz Krestel de su padre, del que Robert se había hecho cargo cuando este decidió retirarse del mar para ocuparse del negocio familiar, que prosperaba a marchas forzadas, y también de su esposa, Emily, cuyas crisis nerviosas eran cada vez más frecuentes.

Hasta que un buen día, en 1849, MacKenzie murió cuando Emily sufría un grave episodio de alucinaciones. Robert no lo supo hasta que llegó a puerto y le contaron no solo que su padre había fallecido hacía semanas sino, también, que Peter había abandonado el negocio familiar para trasladarse a Waialua para criar ganado.

Obligando a Robert a renunciar a su gran pasión.

De aquello hacía ya catorce años, catorce largos años encadenado a la mesa de un despacho.

Había otra carta entre el montón de papeles que requería de su inmediata atención. Era del director del instituto de Oahu, un hombre llamado McFarlain que escribía con una caligrafía pulcra y una redacción fluida. «Sueña despierto, señor Farrow —leyó Farrow—. No puedo saber con seguridad qué es lo que le pasa. Jamie tiene ataques, así es como lo describen sus profesores. Se queda en blanco, por decirlo de alguna manera. Saca buenas notas y, cuando presta atención, es un muchacho listo e inteligente, pero su mente siempre tiende a la distracción. Tendrá que sentarse a hablar con él».

Jamie había vuelto a casa a pasar unos días de vacaciones. Él mismo le había entregado el informe del señor McFarlain. Robert temía el momento en que tuviera que sentarse a hablar con su hijo. Siempre había mantenido sus miedos en secreto. Jamie ignoraba que a su padre le quitaba el sueño que su único hijo hubiera heredado la enfermedad mental de su abuela. Robert no sabía cuánto tiempo podría seguir ocultando sus peores temores.

La carta seguía hablando de Jamie, pero Farrow se había quedado encallado en la palabra «ataques». Durante el año anterior Emily había sufrido multitud de ataques, si bien la mayoría de ellos era menos intensos que antes gracias a las infusiones relajantes de la hermana Theresa. La monja tenía la capacidad de tranquilizarla solo con su presencia, pero su madre necesitaba supervisión constante, y Robert temía que la inestabilidad mental empezara a manifestarse también en su hijo.

¿Los ataques del niño acabarían convirtiéndose en arrebatos violentos? Apuró el whisky que quedaba en el vaso y cogió la botella.

No era justo para Jamie. Robert siempre había sabido que no debía tener descendencia, no cuando el riesgo de heredar la demencia de su madre a través de la sangre era tan elevado. Sin embargo, Leilani quería tener hijos y él era incapaz de decirle que no a nada.

Leilani. Ya había empezado a convertirse en un sueño lejano. Habían dejado de visitar su tumba (Peter, cómo no, desde el primer momento) y ahora ya no ocupaba los pensamientos de Robert tan a menudo como antes. En su lugar, se sorprendía a sí mismo en multitud de ocasiones (mientras montaba a caballo por la isla, inspeccionaba uno de sus barcos o trabajaba en la oficina) pensando en la hermana Theresa. Hacía cualquier cosa que no tuviera la menor relación con ella y, de pronto, allí estaba, monopolizando sus pensamientos con su belleza, su voz tranquila y suave, su sabiduría y sus conocimientos.

Tras la muerte de Leilani estaba seguro de que nunca más volvería a enamorarse, pero la hermana le hechizaba de un modo que le resultaba preocupante. Ninguna mujer era más inalcanzable para un hombre que una religiosa. No era lógico que tuviera ciertos pensamientos con respecto a ella, que se preguntara de qué color tenía el cabello o qué sentiría al besarla. Robert Farrow siempre se había enorgullecido de ser una persona racional, pero, al parecer, las cuestiones del corazón eran harina de otro costal.

—¿Señor Farrow?

Se dio la vuelta y vio al ama de llaves en la puerta.

—¿Si? —dijo, dejando el decantador y el vaso vacio sobre la mesa.

—Ha llegado un mensaje urgente para usted.

«¿Y ahora qué?», se preguntó mientras cogía la chaqueta.

Habían pasado tres días desde que la hermana Theresa escuchara la conversación en la rectoría y aún seguía dolida. Nunca antes se había sentido tan traicionada.

Por primera vez desde que vivía allí trabajar en el jardín del convento no serenaba su alma atormentada. La madre Agnes y las hermanas habían salido a hacer recados y la señora Jackson estaba en el mercado. Había llovido durante la noche y los surcos recién cavados se habían encharcado, así que Theresa se había recogido los bajos del hábito y los había sujetado en alto ayudándose del cinturón. Luego se había quitado los zapatos y las medias para no destrozarlos andando por el barro. Tenía que rescatar los pequeños brotes que ya habían nacido, de modo que también se había remangado y el sol le acariciaba la piel desnuda de los brazos.

Tenía la cabeza tan llena de pensamientos sobre el padre Halloran, ¡sobre la confianza sagrada que había traicionado!, que pasaron varios minutos antes de que se diera cuenta de que ya no estaba sola.

Robert Farrow la observaba, en medio del jardín como si acabara de surgir de la tierra, alto y maravilloso, con su traje de lino blanco impoluto y el sombrero de ala ancha que proyectaba sombras sobre su rostro. Aun así, Theresa podía ver la sonrisa en sus labios, los dientes perfectos.

—Lo siento —se disculpó—. No pretendía asustarla.

De pronto Theresa recordó que llevaba los brazos y las piernas al descubierto, y que tenía las manos y los pies llenos de barro. ¡Lo que debía de parecer!

—He llamado varias veces, pero nadie contestaba.

—No puede estar aquí —fue todo lo que se le ocurrió decir.

Estaba encantada de verlo. Tras la desilusión que se había llevado con el padre Hallaran agradecía la compañía de alguien de quien si pudiera fiarse. De pronto, al pensar en el sacerdote, se sintió fatal por haberle confiado los secretos del capitán que luego él había compartido con medio Honolulú.

—Voy de camino a Wailaka y Mahina me ha pedido que me pare a recoger un ungüento para su sarpullido. Me ha dicho que usted sabría de qué se trata.

—Ahora mismo se lo traigo.

—Voy a asistir a una ceremonia ho’oponopono por su nieto, el hijo de Polunu.

Theresa lo miró, visiblemente alarmada.

—¿Liho? Dígame que no es otro hechizo mortal.

—No, no, el chico está enfermo y no saben qué le pasa. Esperan curarlo con el ho’oponopono.

Mahina había seguido enseñando a Theresa costumbres y secretos curativos de Hawái, pero la hermana todavía no había presenciado un ho′oponopono.

—Capitán Farrow, ¿cree que podría ir con usted? Siento una gran estima por Liho y me gustaría estar cerca en caso de que mis habilidades fueran necesarias. Robert se mostró sorprendido y luego encantado.

—La esperaré en la entrada.

Cuando por fin terminó de lavarse y volvió a estar presentable, la señora Jackson ya había regresado. Theresa le pidió que comunicara a la madre Agnes adónde había ido y que le dijera que seguramente llegaría tarde.

La temperatura era agradable y el viento traía consigo el aroma de mil flores.

—Está muy callada esta noche —dijo Robert cuando ya habían recorrido la mitad del camino que llevaba a Wailaka y la luna ascendía por encima de las copas de los árboles para teñir el paisaje con su luz ambarina.

Theresa le contó lo que había escuchado en la rectoría y lo preocupada que estaba por las palabras del padre Halloran.

—Le interesa más que haya católicos en ciertos puestos de poder que salvar almas.

—Así que está desilusionada.

No podía contarle toda la verdad, sus conversaciones con el sacerdote, cómo le había pedido que no la obligara a ir a casa de los Farrow porque empezaba a sentir algo por el capitán, de manera que le explicó solo una parte.

—El padre Halloran me envió… a ciertas casas a las que yo creía que no debía ir. Me… me ordenó que hablara con gente a la que yo prefería evitar. Me obligó, me dijo que estaba salvando almas en nombre de Jesucristo, ¡y ahora me doy cuenta de que lo que quiere en realidad es convertir solo a aquellos que tienen dinero o poder para cambiar las tornas en el gobierno de las islas!

—No se diferencia en nada de los demás.

—Pero le conté cosas privadas sobre usted y él las explicó alegremente. ¿No está furioso con él? ¿Y no está enfadado conmigo?

Robert Farrow sonrió bajo la luz de la luna.

—Hermana Theresa, en primer lugar, jamás podría enfadarme con usted. Y en segundo lugar, hasta el último hombre en esta isla es un espía.

Llegaron a la aldea y, tras dejar la carreta en el camino, se dirigieron hacia la cabaña principal donde los aldeanos se habían reunido para celebrar la vigilia.

Theresa sabía que, antes de tratar a un enfermo, los hawaianos siempre rezaban. Y no era algo precisamente sencillo. Se necesitaban horas, a veces incluso días, para purificar una zona y conseguir una armonía absoluta. Había que echar a los malos espíritus y deshacerse de las energías negativas y de la mala suerte, mientras los dioses y los ancestros familiares eran invocados. Se rociaba agua sagrada por todas partes. Los aldeanos entonaban cánticos, recitaban conjuros de buena suerte y repartían objetos repletos de mana por las inmediaciones.

Cuando llegaron a la gran cabaña donde se celebraría el ho′oponopono los preparativos espirituales y religiosos se habían completado. El sacerdote encargado de «limpiar» se había marchado y el kahuna que haría de intermediario ya estaba con el enfermo. Sería él quien realizara el ritual que, según tenía entendido Theresa, podía ser extremadamente doloroso, emotivo y, en ocasiones, agotador.

También había oído hablar de los milagros que se obraban durante los ho′oponopono y se preguntaba si tendría la suerte de presenciar uno aquella misma noche. Ojalá fuera así, porque Liho era un muchacho adorable.

La cabaña estaba repleta de nativos, todos sentados sobre esterillas y en silencio, desde los más jóvenes hasta los más ancianos. Por lo que Theresa sabía de la ceremonia, cada aldeano tenía que buscar en su interior cualquier cosa que pudiera haber contribuido al problema de la familia y, por tanto, a la enfermedad del niño. El jefe Kekoa, con su capa de tapa y su bastón de mano, ocupaba el puesto de honor, muy serio y circunspecto. Mahina los recibió con un aloha y luego añadió: «O ka huku ka mea e ola ’ole ai», que quería decir: «La ira es aquello que quita la vida».

Mahina había perdido aún más peso, pero seguía siendo una mujer alta y robusta. La melena, antes salpicada de canas, era ahora completamente blanca y le llegaba hasta la cintura. Su esposo, sus hijos y su única hija habían fallecido. Solo le quedaban sus nietos: Jamie y Liho.

—¿Qué le pasa, Tutu? —preguntó Theresa.

—Tú mira, Kika.

Theresa se arrodilló junto al muchacho y vio que ciertamente estaba enfermo. Le ardía la frente y estaba cubierto de sudor. Se sujetaba el vientre con ambas manos y no dejaba de gemir. Cuando se disponía a abrir su bolsa de mano notó una mano sobre el hombro. Alzó la mirada y vio que Robert le decía que no con la cabeza.

—El kahuna lapa’au ya lo ha visitado y lo ha declarado enfermo de espíritu —le explicó mientras la ayudaba a levantarse del suelo—. La familia está sufriendo, ha perdido la armonía, algo no funciona bien… y esa herida se está manifestando en el chico. La única medicina que puede funcionar ahora es el ho′oponopono, el acto de arreglar las cosas.

Theresa sabía que aquel ritual era básicamente una reunión familiar. Todos los miembros se juntaban para decirse aquello que habían ido guardando con el paso del tiempo, admitían algunas cosas, confesaban rencores y envidias, y a veces admitían castigos secretos que habían infligido a otros. Luego todos pedían ser perdonados y, por turnos, perdonaban a los demás. En esencia, pues, era una forma de aclararlo todo y empezar de cero.

No había sillas, de modo que buscaron un hueco sobre las esterillas. Theresa se sentó con toda la modestia que fue capaz de reunir en aquella postura tan poco femenina, y Robert se acomodó a su lado.

Había un alga marina a la que los hawaianos llamaban kala, que quería decir «perdonar». Mahina repartió trozos de kala entre los miembros de la familia y, mientras la masticaban, rezaron. Enseguida empezaron a hablar y pronto fue evidente que parte de la ausencia de armonía era por culpa del enfrentamiento entre las mujeres mayores y una de las jóvenes. Se burlaban de ella por tener demasiados hijos y demasiado seguidos.

—Todos waha ko’u hablan de ella. Mucha vergüenza.

Theresa sabía que los waha ko’u eran los chismes que corrían por la aldea; la palabra significaba literalmente «boca cacareante» y con razón, puesto que las lenguas de algunos podían ser realmente crueles.

Otro miembro de la familia intervino para decir que había prometido a Liho que lo ayudaría a reparar una canoa y que, en lugar de eso, se había ido a disfrutar de las olas con su tabla.

Una a una, las confesiones fueron puestas en común. Todo se hablaba en hawaiano, así que Robert iba traduciendo en voz baja para Theresa.

Estuvieron cuatro horas allí sentados, escuchando. De vez en cuando alguien perdía los papeles o se intercambiaban acusaciones. El jefe Kekoa intervenía y pedía a los interesados que salieran de la cabaña. Tras unos minutos tomando el aire, entraban de nuevo y retomaban el ritual con más tranquilidad que antes.

A medida que pasaban las horas el ambiente se fue volviendo cada vez más húmedo y caluroso. Los cánticos eran rítmicos y cadenciosos. Theresa sintió que se quedaba dormida. Se inclinó hacia Robert y él le pasó un brazo alrededor de los hombros, pero ella no cerró los ojos. Se negaba a apartar la mirada del chico que, tendido de espaldas, ocupaba el centro de la cabaña. De pronto se dio cuenta de que ya no gemía. Lo observó con atención mientras se sucedían las confesiones: un hombre se disculpaba con la mujer de otro por haberse propasado con ella; un muchacho pedía perdón por haber robado la tabla a un amigo para ir al mar; una esposa rogaba a su marido que la perdonara por la mordacidad de su lengua. Uno a uno fueron aireando pecados, ofensas, transgresiones, envidias y celos que los espíritus se encargaban de hacer desaparecer. Luego venían los lloros, las lágrimas y las promesas de ser mejor hermano, esposa, hija, tía o primo y, por último, las risas y el alivio más que evidente. Theresa vio que Liho ya no sudaba. La fiebre había remitido y respiraba con normalidad.

Mientras el kahuna levantaba los brazos y entonaba una plegaria Mahina ayudó a su nieto a incorporarse (hacía días que era incapaz de levantarse, comer o beber) y le dio una calabaza con agua de la que el joven bebió con avidez. Acto seguido miró a su alrededor, a los presentes, con una sonrisa en los labios.

Todos los miembros de la familia se arrodillaron para abrazarlo y a cada uno le susurró: «Aloha nui loa», que quería decir: «Te quiero mucho».

Theresa se abrazó a él, a aquella criatura marina que quería llevarla con él sobre su tabla. Por un momento había temido que muriera como su padre, pero el perdón le había salvado la vida.

Regresaron a la oscuridad del camino, dejando atrás las luces y las risas de la cabaña. Robert le ofreció una mano para ayudarla a subir a la carreta y, cuando Theresa deslizó los dedos entre los del capitán, se detuvo y lo miró a los ojos.

Faltaba poco para el amanecer. Las estrellas empezaban a desvanecerse en el cielo nocturno y la luna colgaba sobre la línea del horizonte, proyectando un camino de plata en las aguas. El viento era frío, revitalizante, pero Theresa estaba agotada. No solo físicamente, sino también emocionalmente.

—Robert —susurró levantando la mirada hacia el apuesto rostro del capitán, fantasmagórico bajo la tenue luz—. No puedo perdonarle. No puedo perdonar al padre Halloran lo que ha hecho. Esta gente posee una fe tan poderosa… Tienen el poder necesario para perdonar. Yo no.

Él la miró en silencio, buscando las palabras. Vio el dolor en sus ojos, lo percibió también en su voz. Robert Farrow acababa de cumplir treinta y nueve años y en ese tiempo había aprendido que los seres humanos podían proteger o traicionar, ser fiables o falsos. Había aprendido a no confiar ciegamente en nadie, una lección que la hermana Theresa acababa de experimentar en sus propias carnes.

—¡El pueblo de Mahina posee una fe tan poderosa! —repitió. La brisa le levantó el velo, que acabó cayéndole sobre la cara. Robert lo apartó y rozó la suave mejilla de Theresa—. Les ha bastado con el poder de sus creencias para traer de vuelta al joven Liho. ¿Dónde ha visto usted una fe como esa, Robert? Yo antes tenía fe en el padre Halloran y ahora… no tengo nada.

El capitán Farrow la sujetó por los hombros y se acercó a ella. Hacía meses que monopolizaba sus pensamientos y en ese momento la tenía allí, en el amanecer de un nuevo día, cubierta aún por la semipenumbra, vestida con aquel ridículo hábito.

—¿Por qué se hizo monja? —le preguntó, decidido a averiguar el motivo por el cual se había condenado a llevar aquella vida tan antinatural.

—Porque quería ser enfermera, quería ayudar a la gente. No fue una decisión basada en la religión como la de mis hermanas, que sí tienen fe. Yo nunca sentí la llamada del Señor, jamás sentí una vocación verdadera. Supongo que por eso la traición del padre Halloran me resulta tan dolorosa. Busqué en él orientación y fuerza espiritual, pero ahora que todo se ha hecho añicos no tengo nada a lo que aferrarme. Robert, me molestan las campanas y las restricciones de mí vida en el convento, me fastidian las normas monásticas. Y cada día me resulta más difícil.

El viento cambió de dirección y trajo consigo el perfume embriagador de un arbusto cercano cubierto de gardenias en flor. Theresa se acercó al capitán y le puso una mano en el pecho.

—Robert, ¿es que no lo ve? Sí la hermandad renunciara a cuidar a los enfermos, si la casa madre decidiera cambiar de misión, ellas seguirían teniendo la devoción que sienten por Dios, pero yo de eso no sé nada.

Las manos del capitán se tensaron.

—Pues abandone la orden.

—Y ¿qué haría? ¿Adónde iría?

Robert quiso gritar al cielo, maldecir a los antiguos dioses y también a los nuevos. ¡Qué injusto era todo! Nunca se había sentido tan indefenso. El capitán Robert Farrow, que era dueño de una flota de barcos, que debatía sobre política en la Cámara Legislativa del reino, no encontraba las palabras que mitigaran el dolor de Theresa. ¿Cómo convencerla para que abandonara la situación en la que ella misma se había metido sin nada que ofrecerle a cambio? Theresa no era libre, pero él tampoco.

Pensó en la carta de la escuela de Jamie. Los ataques… El director del instituto de Oahu le había escrito: «Se queda en blanco»…

Al igual que Theresa, Robert estaba atrapado por unas circunstancias que escapaban de su control.

—¡Oh, Robert, estoy tan perdida…! Vuelvo la mirada hacia atrás, a cuando tenía quince años, me llamaba Anna Barnett y tenía la cabeza llena de sueños e ideales, y me doy cuenta de que por aquel entonces convertirme al catolicismo era casi como un juego. Fue como si interpretara un papel. En cierto modo, mentí y no es algo de lo que esté orgullosa. Imité a mis hermanas. Memoricé las plegarias y luego me limité a recitarlas. Utilicé la religión para conseguir algo. Mis votos no eran más que palabras vacías y siento que debo enmendar mis errores. Ahora más que nunca he de ser fiel a esos votos porque, si no lo hago, ¿qué dirá eso de mi carácter, de mi integridad?

—Tiene carácter e integridad, créame, her… Santo Dios, ¡no sabe cómo odio llamarla hermana!, porque no lo es. Cuando la miro, veo a una mujer muy atractiva. Permítame que la llame Theresa. O mejor, Anna, ya que ese es su verdadero nombre.

Ella le devolvió la mirada, notó la fuerza de las manos que la sujetaban y vio el fuego que ardía en sus ojos. No solo era fuego, también confusión, puesto que aquello era nuevo para los dos. En el caso del capitán, eran aguas extrañas y desconocidas.

—Ojalá fuera tan fácil —dijo Theresa, y se le escapó un sollozo.

El cielo había empezado a clarear por el este, el viento ganaba fuerza y los pájaros entonaban sus trinos ocultos entre las copas de los árboles. Theresa sintió que sus emociones se agudizaban, como si el ho’oponopono la hubiera cambiado para siempre, del mismo modo que a Liho le había salvado la vida.

«Como si la fe de todos los que estaban en la cabaña me hubiera llegado al alma. Ayer por la mañana me conformaba con llevar bollos y pastelillos a la rectoría. Ahora querría lanzarme a los brazos de un hombre al que no debo amar».

—Anna —susurró Robert inclinando la cabeza.

Ella esperó un instante, inmóvil, la cara levantada hacia él. De pronto se apartó, retrocedió para que el frío viento creara una barrera entre los dos.

—Lléveme a casa —dijo finalmente, y las palabras le sonaron huecas. Porque ¿dónde estaba realmente su casa?