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Emily observó a su esposo mientras este subía por el camino acompañado de un joven caballero de California, un geólogo de nombre August Tidyman. Había ido a la isla de Hawái para estudiar el volcán y cartografiar los flujos de lava. El capitán Farrow lo escoltaría por la zona de Kilauea y le mostraría los viejos lechos de lava negra, los más recientes, que aún estaban calientes, y los más antiguos de todos, cubiertos por una frondosa vegetación. Los nativos recordaban cuándo se habían formado aquellos flujos y el señor Tidyman aprovecharía esa información para dibujar un mapa detallado de la zona.
Con ellos iban los dos hijos de Emily, Robert, de seis años, y Peter, de cuatro. Siempre que volvía a puerto, MacKenzie desembarcaba rápidamente y corría a ver a su familia, dejando que la tripulación y los oficiales de abordo se ocuparan de los pasajeros y del cargamento. Tras el feliz reencuentro, en el que se intercambiaban palabras a toda prisa y sobre todo muchos abrazos, iba de nuevo al barco. Esa vez se había llevado a sus hijos con él. Robert volvió emocionado y le contaba a su madre que cuando fuera mayor sería capitán, pero Peter no dejaba de llorar.
—No le ha gustado nada el barco —dijo MacKenzie—. Supongo que no todos llevamos el mar en la sangre.
Partió hacia la aldea con el señor Tidyman, seguidos de cerca por el pequeño Robert. Emily cogió a Peter en brazos hasta que el llanto remitió y observó a su marido desde la galería de la casa mientras este se alejaba sin dejar de hablar con el visitante.
Le complacía que la ruta de navegación de MacKenzie hubiera cambiado. A pesar de que sus otros barcos seguían haciendo el recorrido entre Alaska y China, él prefería capitanear el Krestel hasta Sudamérica y México, por lo cual sus viajes eran más cortos. Aquella variación en su rutina había sucedido por accidente.
Treinta años atrás, el capitán George Vancouver había obsequiado al rey Kamehameha I con cinco reses negras de larga cornamenta. Los animales estaban en malas condiciones tras el largo viaje y Kamehameha enseguida los protegió con las leyes kapu y los liberó para que camparan a sus anchas por la isla. Sin embargo, como las reses salvajes no tardaron en multiplicarse, se convirtieron en una molestia y un peligro, puesto que pisoteaban huertas y jardines y aterrorizaban a los nativos.
Así fue hasta que un consejero norteamericano del rey de nombre John Palmer Parker recibió ochenta hectáreas de tierra y un permiso para subyugar a las vacas rebeldes. Con la ayuda de trabajadores hawaianos, Parker no tardó en levantar un lucrativo negocio de ganado, sebo y cuero. El capitán Farrow había llegado a un acuerdo con Parker y se ocupaba del transporte de sus mercancías hasta las colonias españolas en Chile, Perú y Centroamérica.
No había sido el único cambio en Hawái: tenían nuevo rey, por ejemplo. Cinco años atrás, en 1824, Kamehameha II, al que Emily e Isaac habían tenido el honor de conocer, había viajado a Londres acompañado de su hermana y esposa. Tras visitar la abadía de Westminster, la Royal Opera House en Covent Garden y el Teatro Real en Drury Lane, ambos contrajeron el sarampión y murieron. Al joven rey le sucedió en el trono un hijo de Kamehameha el Grande, un niño de once años de nombre Kauikeaouli que se convirtió en Kamehameha III, aunque el auténtico poder político estaba en manos de su rígida madrastra y regente, la reina Ka’ahumanu, que había abolido el sistema kapu hacía ya diez años y se convirtió al cristianismo.
Emily observó el pequeño asentamiento que se extendía a su alrededor y se percató de todos los cambios que se habían sucedido en los últimos tiempos.
Los dos predicadores llegados hacía ya seis años habían creado una comunidad próspera y floreciente. Ahora que por fin la lengua de Hawái contaba con un alfabeto estándar, gracias a los esfuerzos de los compañeros de misión de Isaac, la Biblia y los libros de plegarias habían sido traducidos a la lengua nativa y repartidos entre el pueblo.
Los nuevos misioneros también eran menos intransigentes con la cuestión del bautismo de lo que Isaac lo había sido. Para ellos, el auténtico valor de su labor como misioneros residía en atraer a los infieles hasta el redil y solo entonces iluminar sus almas con la verdad. Como resultado, la asistencia al servicio del sábado siempre era numerosa. A los hawaianos que habían sido bautizados, que cada vez eran más, les gustaba formar parte de la «familia de Jesús» y sentían que sus nuevos nombres (John, Mary, Joseph, Hannah) les otorgaban un estatus superior en la aldea.
Emily también disfrutaba a su manera de un estatus superior, y es que los recién llegados habían acudido a ella en busca de ayuda. Le hacían todo tipo de preguntas, solicitaban su consejo y la utilizaban como intermediaria diplomática entre ellos y el pueblo del jefe Holokai. Como consecuencia, a los nuevos misioneros les había costado mucho menos adaptarse de lo que le había costado a la propia Emily y, en cierto modo, los envidiaba por ello. Aun así, estaba encantada de tener mujeres blancas como vecinas y niños blancos con los que Robert y Peter podían jugar.
La demanda del vestido de la Madre Hubbard no dejaba de crecer entre las nativas, de modo que Emily impartía todas las semanas clases de costura para mujeres, muchas de las cuales viajaban varios kilómetros para aprender a confeccionarlo. Los hawaianos tenían un dicho: «La desnudez es el atuendo de los dioses». Emily, en cambio, insistía en que Dios ordenaba a sus hijos que cubrieran su cuerpo.
El nacimiento de Robert había traído consigo la evolución de una extraña relación. Emily no lograba encontrar en su corazón la compasión necesaria para perdonar a Pua por haber puesto a su hijo en un altar pagano, a pesar de que la gran jefa la había ayudado a superar un parto difícil. Pua también se había distanciado de ella, como si algo no hubiera ido bien o según el plan. Emily desconocía de qué se trataba, pero sospechaba que tenía algo que ver con el bebé y el ídolo obsceno. Cada vez que se encontraba con Pua reinaba entre ambas la amabilidad de antaño, y Emily tenía que confesar que añoraba la calidez y la sonrisa de la sacerdotisa.
Entró en casa, consoló a Peter con leche y galletas y luego regresó al salón. Antes de preparar los trozos de tela, los cestos de agujas y el hilo para el grupo de costura de aquella tarde, se detuvo frente a las puertas acristaladas de la vitrina (una Chippendale traída desde Boston en una enorme caja llena de paja) y contempló con ternura la colección de «tesoros» recogidos en la playa. El número de piezas no dejaba de crecer. La semana anterior, por ejemplo, mientras esperaba el regreso de MacKenzie y observaba todos los días el horizonte con la esperanza de divisar por fin su barco, había bajado a la playa con Robert y Peter en busca de recuerdos. Entre los tres encontraron el corcho de flotación de una red de pesca, lo llevaron a casa y lo colocaron ceremoniosamente en la vitrina con los otros tesoros mientras Emily decía unas palabras.
—Nunca olvidéis de dónde venís, queridos míos. Habéis nacido aquí, en estas islas, pero vuestras raíces están muy lejos, en Nueva Inglaterra. Vuestra sangre está allí, vuestro corazón está allí. Este corcho ha recorrido un largo viaje desde Nueva Inglaterra para recordarnos que los que dejamos allí siguen pensando en nosotros. —Señaló el resto de los objetos y dijo a sus hijos, Robert y Peter—: Este trozo de madera es de mi madre, Rose, vuestra abuela. Este trozo de cristal procede de una botella de la que mi tío, tío abuelo vuestro, bebió. Esta concha la envió mi hermana, vuestra tía.
Mientras escuchaba a sus hijos recitando las palabras que les había enseñado («New Haven es nuestro verdadero hogar»), cerró los ojos y pensó: «Si, todas estas cosas fueron elegidas especialmente por mi madre, mi tío y mi hermana, y depositadas en el mar para que las corrientes marinas las trajeran aquí, más allá del cabo de Hornos y hasta Hilo, para que yo las encontrara».
También formaba parte de la colección la carta que finalmente había recibido de su familia, hacía ya cuatro años, en la que su madre había escrito: «Ser capitán de un buen navío es una profesión respetable que requiere valor, integridad y fortaleza. Estamos convencidos de que MacKenzie Farrow es un buen hombre».
Dio la espalda a la colección de recuerdos que la unían a su familia y preparó los materiales de costura. También repartió los panfletos que el reverendo Michaels había impreso para ella en su pequeña imprenta de Kona. Contenían un breve texto en el que se resumía el plan del Señor para con sus hijos. Al igual que Isaac Stone, los dos predicadores de Hilo predicaban fuego y azufre. Creían que la mejor manera de cosechar más almas para Dios era a través del miedo. La fe de Emily, en cambio, se basaba en el amor y por ello los grupos de costura, más que una clase práctica sobre vestimenta, eran su forma de hacer llegar a los nativos un sermón más amable y mucho más positivo.
Comprendía la visión hawaiana del poder de la palabra hablada. Los habían convencido de la existencia del infierno, que querían evitar a toda costa, pero también deberían haberles hablado del amor que Dios sentía por ellos. Ella les hablaba de un Padre que habitaba en el cielo y se preocupaba de sus hijos, y del hijo al que Él había enviado a la tierra para que muriera por sus pecados y los salvara. Poco a poco iba convenciendo a su pequeña concurrencia de feligreses para que vieran la nueva fe bajo una luz más positiva.
Si solo pudiera convencer a Kekoa y a Pua de sus buenas intenciones… Cuanto más fuertes se hacían los misioneros y más calaba su mensaje entre los isleños, más se aferraban Pua y su hermano a las viejas costumbres.
Por suerte, Emily progresaba con Mahina.
La hija de veintidós años de la gran jefa, que había ayudado a Emily a traer a Robert al mundo, se había acercado a ella en secreto para hacerle preguntas. Había oído de boca de sus amigos y de las mujeres de la aldea que Jesús los amaba y que el dios haole era en realidad un padre que se preocupaba por su gente, en lugar de castigarla. La joven quería saber si aquello era verdad y si, rezando a aquel padre amantísimo, podía detener la enfermedad que no dejaba de cobrarse vidas entre los suyos.
Aquella misma tarde en el grupo de costura Emily explicaría a Mahina y a las demás asistentes la historia de la Crucifixión y de cómo Jesús pidió a su padre celestial que perdonara a los soldados, incluso mientras lo clavaban a la cruz. Estaba convencida de que con aquello acabaría de ganarse la confianza de Mahina.
En una cueva secreta a unos cuantos kilómetros de la costa de Hilo, una canoa de grandes dimensiones, equipada con una vela y veinte remeros, esperaba a Mahina, la hija de la gran jefa. Tenían que llevarla a Honolulú.
Pua y su hija siguieron un viejo sendero que recorría el viejo acantilado de lava hasta llegar a una pequeña playa. Una vez allí, Pua se dio la vuelta para despedirse. Le dolía sobremanera separarse de Mahina, pero no tenía otra elección. Demasiados hawaianos estaban acogiendo al dios haole. Si no hacía nada para evitarlo, las viejas tradiciones no tardarían en desaparecer. Creía que complacería a los dioses si presentaba al nuevo hijo de Mika Emily ante Lono.
Pero no había sido así.
Ahora tenía que salvar a su hija.
Casi todos los aldeanos se habían convertido. Algunas mujeres habían acortado sus largos vestidos haole para que les resultara más fácil trabajar en el campo o recoger algas y conchas en las marismas. Los llamaban muumuu, que quería decir «cortar». Los sermones del sábado se daban en inglés y en hawaiano, al igual que las plegarias y los himnos. Para Pua aquello no era nada bueno: cuando un sermón haole se pronunciaba en el idioma del pueblo, este solía tomarse en serio las palabras del predicador. En la escuela, a la que cada vez asistían más niños y adultos, las clases de lectura, escritura y aritmética se daban en inglés y en hawaiano.
Pua había presenciado el cambio gradual en su gente, del mismo modo que se había percatado del descenso continuo de la población. Los suyos morían de enfermedades que no afectaban a los haole. También nacían menos niños. Por ello había decidido mandar a Mahina lejos de allí, a una aldea a las afueras de Honolulú, en el valle Nu’uanu, donde apenas se notaba el impacto del hombre blanco. Luego Pua rezaría a los dioses, les ofrecería sacrificios y utilizaría su magia para que su gente retomara las viejas costumbres.
—Los haole nos dicen que nuestras tradiciones ancestrales están mal —explicó a Mahina—. Dicen que un hermano ya no puede desposar a su hermana ni una hermana a su hermano. Una mujer ya no puede tener muchos maridos ni un marido muchas esposas. Una mujer ya no puede nadar hasta los barcos y disfrutar del placer de los marineros extranjeros. Ya no podemos circuncidar el piko ma’i de nuestros hijos para aumentar su placer sexual. Ya no podemos formar el kohe lepelepe de niñas para que cuando sean mujeres su placer también sea mayor. El haole nos dice que debemos mantener nuestras partes escondidas y no hablar de ellas, a pesar de que para nosotros son sagradas. Han colmado a mi gente de vergüenza hacia las viejas tradiciones, las mismas de nuestros ancestros y nuestros dioses. —Mahina se echó a llorar, y Pua le dijo—: Los dioses de nuestros ancestros velan por ti. Nunca olvides las plegarias de Lono, los cánticos sagrados de Pele. Recuerda los días sagrados y los festivales sagrados. No dejes de bailar el hula o algún día nadie lo recordará. Sé respetuosa con los espíritus dondequiera que vayas. Recuerda que eres una ali’i, una descendiente directa del gran rey Umi. Aloha nui, hija mía.
Se quitó de los hombros un lei hecho de heliconias rojas y orquídeas blancas y lo colocó sobre la cabeza de Mahina cuando esta iba a subir a la canoa. Luego, mientras los remeros impulsaban la embarcación mar adentro entre cánticos que acompañaban el ritmo de las palas en el agua, rezó y entonó su cántico particular, potente y lastimero.
No se movió de la playa hasta que la canoa desapareció a lo lejos.