15
—Oh, hermana —dijo Verónica con un suspiro—, mire estos colores. ¿Alguna vez había visto un púrpura como este? Aquí dice que este año están de moda el malva, el púrpura y el magenta. Las crinolinas son más ahuecadas que nunca y con forma de campana.
La hermana Verónica explayó la vista con las ilustraciones a color de la revista femenina que hacía poco había llegado desde Estados Unidos.
Estaba con la hermana Theresa en Klausner’s Emporium, en Merchant Street, una tienda enorme en la que podía comprarse de todo, desde alfileres hasta artilugios para lavar la ropa accionados a mano mediante una manivela. Mientras las dos mujeres devoraban los últimos ejemplares de las revistas femeninas de moda, el dependiente, un joven pálido recién llegado de Nueva York que había desembarcado en las islas con la esperanza de encontrar una oportunidad, las observaba con el ceño visiblemente fruncido. Iban una vez a la semana para leer los periódicos y las revistas, y siempre se marchaban sin comprar nada. Lo que no sabía era que a las dos jóvenes religiosas nada les gustaría más que poder comprarle un jabón de lavanda, unas chocolatinas o unos pañuelos de lino. Se habrían conformado incluso con un poco de manteca para la cocina, unas agujas para coser o algo tan prosaico como un lápiz. Sin embargo, no tenían dinero. Su pequeño convento pasaba por serios apuros y hasta el precio de un caramelo era excesivo para ellas.
—¡La de metros y metros de encaje y la cantidad de lazos que lleva este vestido! —Verónica mostró la ilustración a Theresa—. Estaría usted muy guapa con él, hermana. ¡Sería la mujer más bella del baile!
Theresa miró el dibujo a color de aquel vestido y sonrió con modestia. No le interesaba la moda, por la que Verónica parecía sentir una auténtica pasión. Ella prefería los periódicos, los más recientes, pero no los importados desde Estados Unidos o Inglaterra que llegaban con meses de retraso, sino los que traían noticias de la isla, el Honolulu Star, el Polynesian o el O’ahu Herald, y tampoco le interesaba cualquier historia que contaran. Su interés era muy concreto.
Las noticias locales siempre mencionaban a Robert Farrow, puesto que era políticamente muy activo y crítico con el gobierno. Desde que le habían prohibido regresar a casa de los Farrow sentía la necesidad de mantener el nexo de unión con la familia por otras vías, aunque no sabía por qué.
—Mire esta capa, hermana —le dijo Verónica, y le mostró otra ilustración—. Estaría usted espectacular con esto.
Theresa se echó a reír.
—¡Hermana, si es escarlata!
Verónica apoyó una mano en el hombro de su compañera y la miró a los ojos.
—Es usted preciosa, hermana, debería vestir ropa bonita.
Antes de que Theresa pudiera recomendar a la hermana Verónica que controlara su entusiasmo por las cosas materiales, se abrieron las puertas de la tienda y una voz conocida exclamó:
—¡Ah, aquí están, hermanas!
El padre Halloran entró secándose el sudor de la cara, como de costumbre. La sotana, negra y larga, no era la prenda más indicada para el clima de la isla, aunque tanto él como los clérigos franceses vestían el atuendo estrecho y hasta los pies de sus respectivas Iglesias.
—La madre Agnes me ha dicho que probablemente las encontraría aquí.
—¿Qué podemos hacer por usted, padre? —preguntó Theresa mientras devolvía los periódicos a su sitio.
—Salgo en breve en una de mis rutas evangelizadoras, algo que intento hacer cada pocos meses sin demasiado éxito, y cuando ya me disponía a partir hacia mi destino se me ha ocurrido que posiblemente obtendría mejores resultados si llevara conmigo a dos monjas enfermeras como ustedes. Quizá ofreciéndoles tratamiento médico gratuito podremos abrir una vía de acceso al pozo de pecado en el que viven.
Las dos hermanas lo miraron sorprendidas.
—Padre —dijo la hermana Verónica—, ¿a qué pozo de pecado se refiere?
—Vengan conmigo, hermanas. Visitaremos las casas de mala reputación del puerto.
Habían pasado varias semanas desde que los espíritus de la laguna se habían dirigido a Mahina para ordenarle que resistiera, pero en todo ese tiempo ella no había sido capaz de comprender el significado de sus palabras.
Mientras se adentraba en el bosque, cargada con una cesta en busca de las flores más perfectas para sus leis, supo que no sería capaz de descifrar ella sola los mandatos de los dioses. Necesitaba nuevamente su ayuda, pero esa vez no se limitaría a pedirla: les haría un regalo.
—Ah —susurró Mahina al tiempo que se abría paso entre los árboles hasta llegar a un grupo de orquídeas del bambú que crecían en una zona soleada.
Allí crecían salvajes, lejos de la mano del hombre, así que sabía que eran muy especiales. Sonrió al examinar las flores de color rosa que coronaban el extremo de cada tallo. Algunas le llegaban a la cintura, otras eran más altas que ella, y todas habían sido bendecidas con un corazón de color rosa que asomaba entre un puñado de pétalos blancos. Acababan de florecer y estaban repletas de mana. Eran perfectas.
Arrancó las orquídeas una a una, con sumo cuidado, y las fue depositando en la cesta. Cuando tuvo suficientes entonó una plegaria de agradecimiento a los espíritus del lugar, dijo mahalo y se abrió paso de nuevo entre la espesura hasta la laguna. Una vez allí se sentó al sol y dedicó una hora entera a confeccionar un lei con las frágiles flores.
Cantaba mientras hacia la guirnalda, y sus pensamientos retornaron a su infancia, cuando el primer haole había llegado a Hilo. Recordó los sermones en la iglesia, las lecciones en la escuela, las clases de costura en casa de Mika Emily, y se dio cuenta de que ni Mika Kalono ni su esposa habían sido especialmente autoritarios. Los seducían, al igual que los haole de ahora con sus sombreritos de misa para las muchachas.
«Nos ofrecen algo y esperan que lo aceptemos», pensó mientras hacía pasar el hilo de pescar por el extremo del tallo de cada orquídea y luego tiraba de él. Era como cazar pájaros palila con semillas verdes de mamane, flores y bayas naio. Solo había que dejar el cebo sobre la rama de un árbol y, cuando los pajaritos amarillos se acercaban a comer, dejar caer la red. Los pobres palilas no tenían escapatoria, como tampoco la tenían los kanaka cuando se trataba de los haole.
Se detuvo un instante para contemplar con los ojos entornados la superficie de la laguna bañada por el sol. Dos libélulas rojas la sobrevolaron a gran velocidad en busca de comida; iban de aquí para allá sin cesar, como su nieto Jamie, su pequeño Pinau.
«Quizá sin forzar —susurró el espíritu de la laguna—. Quizá… enseñando…».
Mahina sonrió. Pasó la última orquídea por el hilo, hizo un nudo, levantó la mole que era su cuerpo del suelo y, de pie junto a la orilla, entonó una plegaria de agradecimiento y alabanza antes de lanzar el lei al agua. Mientras observaba las ondas expandiéndose por la superficie, señal de que los dioses de aquel lugar le agradecían el regalo, se sintió aliviada. Los espíritus ancestrales le habían indicado qué tenía que hacer.
Ahora solo faltaba que le dijeran a quién debía enseñar.
—Las mujeres de estos establecimientos están muy necesitadas de guía espiritual —explicó el padre Halloran mientras avanzaban por el puerto—. El gobierno trata de cerrar los locales donde trabajan, pero aun así no dejan de proliferar. Por lo que me cuentan, muchas de estas chicas sufren enfermedades que les contagian los marineros y además son víctimas de intentos de abortos con veneno e instrumental rudimentario.
—Virgen santa —susurró la hermana Verónica mientras recorrían la orilla cubierta de tablones de una calle plagada de salones y barberías que anunciaban baños calientes por cinco centavos.
Otras tiendas vendían suministros para barcos, uniformes de marinero, cartas náuticas, tabaco y periódicos. Todos los edificios tenían dos o tres plantas y estaban construidos en madera. Tras ellos se erguían grandes almacenes, y sobre sus tejados planos se elevaba el bullicio de aquel puerto que nunca dormía.
A esa hora de la tarde las tabernas de grog aún estaban tranquilas, aunque los marineros no dejaban de entrar y salir y, de vez en cuando, se oía el sonido distante de un piano en el que alguien aporreaba una melodía. En los «hoteles solo para hombres», como eran conocidos, había poca actividad, pero el padre Halloran había visitado por la noche aquella calle en la que mujeres pintarrajeadas, con escotes pronunciados y las medias al aire, mostraban la mercancía delante de los locales, iluminadas por la luz que salía por las ventanas, y las tabernas estaban llenas de clientes. Era un sitio peligroso en el que cualquiera tenía que vigilarse los bolsillos y la espalda si no quería acabar en un callejón con un chichón en la cabeza y sin un centavo o, peor aún, en un barco a millas de distancia de la costa, obligado a trabajar como grumete hasta llegar al siguiente puerto extranjero.
La hermana Theresa pensó que de noche, con las luces, la música y la algarabía, aquel debía de ser otro mundo completamente distinto, puede que incluso fascinante. Sin embargo, bajo el sol de mediodía solo veía edificios anodinos con entradas oscuras y un tanto tétricas. Los clientes iban y venían de los comercios, pero el olor a vómito y a orina, a cerveza rancia y a ron era inconfundible.
La primera parada fue en una sastrería que ofrecía descuentos a «oficiales de las armadas norteamericana y británica». La fachada era sencilla, una estructura de tres plantas con un rótulo donde podía leerse: «Hotel» (uno de tantos a lo largo de la calle, comprobó la hermana Theresa), pero junto a él colgaba un farol de cristal rojo. El padre Halloran tiró de la campanilla y unos segundos después la puerta se abrió un par de dedos y al otro lado apareció un ojo inyectado en sangre.
—Aún no hemos abierto —anunció una voz ronca de mujer.
—No estamos aquí como clientes, mi querida señora, hemos venido a traer el mensaje de Jesucristo y de la salvación a través de Su nombre.
La puerta se abrió del todo y una mujer de cabello cano, corpulenta y ataviada con un quimono, levantó la mirada hacia el sacerdote alto y joven que esperaba al otro lado.
—Ya se lo he dicho, aquí no necesitamos sus sermones. ¡Cuando no son los malditos calvinistas son ustedes! ¿Por qué no nos dejan en paz de una vez?
El padre Halloran se mantuvo impasible, sin perder en ningún momento la sonrisa.
—Permítame que le presente a estas dos religiosas que… —La mujer empezó a cerrar la puerta, pero él la detuvo con una mano y dijo—: Las hermanas Theresa y Verónica son profesionales de la medicina, formadas en todo tipo de enfermedades y tratamientos. Siguen los pasos del Señor, que obró curas milagrosas en Galilea muchos siglos atrás. Son especialistas en problemas femeninos —añadió recalcando las palabras, y la mujer dirigió la mirada hacia las dos monjas y las observó con curiosidad.
Las hermanas Theresa y Verónica vieron que la mujer, que parecía ser la encargada del «hotel», consideraba lo que acababa de decirle el padre Hallaran, sopesando si valía la pena aceptar los servicios de las religiosas si luego tenía que tragarse los sermones del cura a cambio.
—¿Tienen nébeda? —preguntó.
El padre Hallaran frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Pero antes de que la mujer pudiera contestar fueron interrumpidos por la llegada de tres hombres que apartaron al padre Halloran y se colocaron frente a la puerta.
—Señora, soy el doctor Edgeware —se presentó con voz autoritaria uno de los intrusos— y he venido a llevar a cabo una inspección de sanidad.
Los dos hombres que lo acompañaban eran soldados de los Fusileros de Honolulú, un cuerpo de policía creado por Kamehameha IV.
La hermana Theresa observó al doctor Edgeware, un hombre alto y ataviado con una levita negra. Debía de medir alrededor de un metro ochenta, era delgado y huesudo, y tenía los brazos tan largos como laxos. Caminaba tan erguido que incluso se inclinaba un poco hacia atrás. Lucia generosas patillas que enmarcaban un rostro estrecho y una nariz pronunciada. Así que aquel hombre era el médico que estaba tratando a Emily y a Jamie. Había oído mencionar su nombre por toda la isla y ahora, por fin, podía ponerle rostro.
El doctor Edgeware miró al padre Halloran con una suficiencia más que evidente, pero cuando sus ojos se posaron en las hermanas, la suficiencia se transformó en repugnancia, como si, pensó la hermana Theresa, Verónica y ella fueran algo que acababa de limpiarse de la suela de los zapatos.
Se volvió de nuevo hacia la mujer de la puerta y le entregó un documento.
—Tengo una orden firmada por el rey. Me otorga el derecho a realizar inspecciones de sanidad a cualquiera de los residentes de este establecimiento.
—No hay nadie de momento.
—¿Y hay alguna mujer ahora mismo, además de usted?
—Solo mis criadas.
—Criadas, por supuesto. También las examinaré a ellas.
—Están durmiendo.
—¿De veras? ¿A estas horas? ¿No deberían estar ocupándose de sus faenas? Le sugiero que las despierte.
A un gesto del doctor, los dos hombres que lo acompañaban apartaron a la mujer e irrumpieron en el edificio. Edgeware se volvió hacia el padre Halloran y las dos monjas. Se detuvo para dedicarles una mirada de desdén y agitó la mano como si pretendiera ahuyentarlos.
—Tendrán que irse. No puedo permitir que interfieran en mis obligaciones gubernamentales.
—Escuche —protestó el padre Halloran—, tengo el mismo derecho que usted a estar aquí. Esto es un establecimiento público. Un hotel, señor.
—Que ahora está bajo mi jurisdicción, así que váyanse o me veré obligado a usar la fuerza.
El padre Halloran clavó la mirada en el doctor, que era un poco más alto que él, y luego la dirigió hacia el interior del local, donde los dos soldados uniformados de rojo esperaban con los mosquetes preparados.
—Que tenga usted buen día, señora —dijo finalmente dirigiéndose a la mujer—. Volveremos, se lo prometo.
—¡No se moleste! —le gritó ella mientras el sacerdote se retiraba—. No lo queremos aquí.
—¿Por qué ha sido tan grosero con nosotros ese caballero? —preguntó la hermana Theresa mientras se dirigían hacia el siguiente «hotel».
—Simon Edgeware es un hombre pagado de sí mismo a quien le gusta que todos sepan cuánto odia a los católicos. Se cree muy importante —explicó el padre Halloran.
La hermana Theresa volvió la vista y un escalofrío le recorrió la espalda al descubrir que Edgeware la miraba fijamente. Algo le decía que el odio de aquel hombre no era en exclusiva para los católicos.
El padre Halloran y las dos monjas dedicaron el resto del día a recibir un portazo en las narices detrás de otro. También oyeron algún que otro juramento, a cuál más colorido, pero el sacerdote se negaba a darse por vencido.
—La próxima vez —les dijo— vendremos armados con libros y se los dejaremos a las patronas. Y quizá ustedes, hermanas, podrían preparar pequeñas muestras de algunas de las medicinas que elaboran para regalárselas.
La hermana Theresa no las tenía todas consigo. Ya les estaba costando lo suyo preparar remedios para los pacientes que si los necesitaban.
—Ya veremos, padre —replicó.
Se alegró de que el sacerdote no mencionara la extraña pregunta sobre la nébeda. Le habría dado vergüenza explicar que la nébeda estimulaba las contracciones de útero y que la encargada del hotel solo podía quererla para una cosa.
Cuando abandonaron aquel barrio la hermana Theresa se percató de que Simon Edgeware aún seguía con su ronda de inspecciones, abriéndose paso a través de todas las puertas a las que llamaba.
—El doctor Edgeware está teniendo más éxito que nosotros, padre —dijo—. Supongo que es porque lo respalda el poder del rey.
—Anímese, hermana. Puede que él tenga al rey, pero nosotros tenemos a Dios.