Capítulo 21

Había estacionado en el aparcamiento vacío que descansaba justo detrás del edificio. Si no fuese porque se había acercado hasta allí en un coche que no valía gran cosa, se habría preocupado por la seguridad del vehículo. No merecía la pena. Por allí no había casi nadie. Tan solo el polvo tenía algo que decir, y lo máximo a lo que aspiraba era a ensuciar la carrocería.

Al bajarse del auto y cerrar la puerta, contó hasta un total de tres coches más. Sin duda, era un lugar perfecto. A las afueras de la ciudad, el HK Empty Road estaba situado en la orilla de una de las carreteras secundarias que desembocaban en la principal. Unos cincuenta kilómetros separaban esta vieja construcción de la urbe. En sitios así, de mala muerte, se solía hacer la vista gorda siempre y cuando el dueño se llevara el importe de la noche consumida.

Las paredes de los moteles acostumbraban a ver de todo.

A sus treinta y siete años, Larry Greenwich estaba más que acostumbrado a realizar esa clase de menesteres. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que le daba la sensación de haber nacido sabiendo. Estaba orgulloso de pertenecer a la organización de Annibal Scorpio. Tenían fama y poder. Y eso le daba un buen estatus. No obstante, quería seguir ascendiendo dentro de aquella jerarquía piramidal. Su puesto acarreaba gran responsabilidad, pero no la suficiente como para eludir trabajos de campo como el de esa tarde.

Habían sido muchas las veces en las que había demostrado su valía. Scorpio, casi diez años menor que él, tendría que haberse dado cuenta ya. Era muy capaz de abarcar más. Larry siempre mantenía la esperanza de que el siguiente encargo tuviese más caché que el anterior. Era una situación que nunca llegaba. ¿Y se quejaba? ¿Acaso se quejaba? Nunca se quejaba. Tal vez ese fuera el problema. Quería un puesto como el de Sandro Biaggi, como el de Hans Schneider antes de que les dejara de aquel modo tan trágico.

Quizá dependía de él. Tenía que hacerse valer más. Pero temía que, si aspiraba a mucho, perdiese sus privilegios actuales. Su superior no confiaba en todos los que trabajaban para él en la red organizacional. Al menos le llenaba de orgullo ser uno de los responsables directos dentro del acuerdo de armas ilegales. Así que podía hacerlo solo, no necesitaba compañía.

Exhaló el aire de sus pulmones haciendo ruido. Descartaba confesar todo esto delante de Scorpio. En el mejor de los casos, le mandaría a la mierda tras decirle que si quería llegar más alto debía trabajar más.

Cuando Greenwich estuvo en frente del ruinoso motel, subió las escaleras mohosas que accedían a la larga fila de puertas de habitaciones. Los peldaños de madera que en su día debió de estar barnizada crujían bajo sus pisadas. Y eso que no era un hombre corpulento. Inspiraba más confianza caminar sobre la superficie congelada de un lago. Casi se arrepintió de apoyar la mano sobre la barandilla. Se le llenó la palma de polvo. Que él supiera, la antigüedad no tenía por qué estar reñida con la limpieza. Decidió llegar cuanto antes al pasillo superior, tenía la impresión de que la estructura del motel iba a desplomarse ante la mínima ráfaga de aire. No quería quedar sepultado bajo kilos y kilos de madera en mal estado, yeso descascarillado y metal oxidado.

Se dispuso a buscar la habitación correcta una vez se encontró sobre la tarima del primer y único piso. Había reservado la ciento diecisiete. Hacía un par de días, Larry acordó con Nelson Austen que entraría él primero a la habitación y que diez o quince minutos más tarde pasaría el otro. Así, las posibles sospechas que pudieran suscitar serían menores. Tampoco quería que cualquier testigo pusiera en duda su condición sexual.

Ciento ocho. Le habría gustado que alguien le explicase por qué aquel corredor era tan largo cuando las habitaciones serían más pequeñas que su propio cuarto de baño. Debían de encontrarse amontonadas.

Ciento once. Con un movimiento disimulado, se acercó la mano derecha a la espalda, a la altura del cinturón. Ahí descansaba, oculta bajo la tela del polo verde oscuro de manga corta, la culata de su Colt 1911. Había tenido muchas oportunidades de cambiar a un modelo más sofisticado, pero siempre se había negado. Le gustaba esa. Se sentía seguro ante el tacto duro de la pistola. Aumentaba su confianza.

Ciento catorce. Aunque su paso no era lento, el pasillo sucio parecía ganar metros. Eran las ocho y media de la tarde del viernes. El calor casi sofocante estaba menguando, pero el polo se adhería a su piel debido al sudor. Se habían formado cercos de humedad más oscuros bajo las axilas. Echaba de menos el frescor del aire acondicionado de su casa.

Ciento quince. Pensó en Beverly y en la noche que le había asegurado antes de salir a cumplir con aquel trabajo. Estaba deseando acabar para volver con ella y consumar su promesa. Tenía ganas de perderse entre esa ciento quince de pecho.

Ciento dieciséis. Una puerta más y ya podría introducir la llave que había recogido antes de aparcar el coche. Un hombre demasiado ocupado como para levantar la vista del periódico se la había facilitado en una casucha a la entrada, parecida al autoservicio de un restaurante de comida rápida. En unos segundos estaría dentro, sentado en una cama de colcha apolillada cuyos muelles probablemente chirriasen más de lo que a cualquier pareja le gustaría. Vería la televisión hasta que Nelson se dignara a aparecer. ¿Habría televisión?

Ciento diecisiete.

Ya estaba frente a la portezuela de madera de aspecto descuidado. Con un gesto triunfal, sacó la llave del bolsillo del pantalón vaquero. Había sido todo un logro llegar hasta allí sin morirse de aburrimiento por el camino. Antes de introducirla en el pomo de la puerta, examinó la cerradura durante unos segundos: empezaba a mostrar indicios de óxido. Vaya mierda de negocio. Si tenía suerte, en menos de cuarenta y cinco minutos estaría soltando esa roñosa llave en recepción. Si es que podía llamar así a aquel cuchitril.

Hizo coincidir la parte dentada con el hueco del picaporte polvoriento. A pesar de las apariencias, la llave penetró en la cerradura. Suave como la seda. Pero, al girarla, se trabó justo antes de que sonara el característico clic. Con la mano izquierda todavía en la llave, empujó la puerta con la derecha. No pesaba mucho, la pieza era de todo menos maciza. Dio un paso hacia adelante y pisó lo que ya era territorio privado.

La oscuridad que reinaba en ese antro, pues era el único nombre que lo describía, hacía juego con el olor a cerrado. Larry no podía hacerse una idea del tiempo que ese espacio había permanecido sin ventilación alguna. Cerró la puerta. El deseo de abandonar el lugar creció. Entornó los ojos, quería distinguir algo antes de encender la luz. A tientas, buscó el interruptor. Esperaba no tocar algún insecto repugnante por el camino.

Ya era tarde cuando percibió la figura entre las sombras.

No se molestó en alcanzar la Colt. No le daría tiempo, lo sabía. Y no se equivocó.

Primero, el estruendo. Después, un intenso y punzante dolor extendiéndose por el pecho con dedos monstruosos. Apenas duró cinco segundos. Por último, nada. Cayó exterminado al suelo, como un muñeco viejo. Un objeto quedó adherido a su cabeza tras el impacto. Nunca lo llegó a sentir.

Larry Greenwich había muerto.