Capítulo 19
Annibal se despertó el domingo casi a las cinco de la tarde. De buena gana se habría quedado durmiendo hasta el día siguiente. No había descansado bien. Lo primero que hizo al regresar a la realidad fue mirar al lado de la cama donde debía encontrarse Angela. Bajo las sábanas negras, sin embargo, solo estaba él.
Aquel vacío le decepcionó.
No le había dado la oportunidad de despedirse. Bueno, ¿y qué? ¿Acaso era esa una situación nueva? No. De hecho, estaba acostumbrado a amanecer solo tras una noche de sexo. ¿Entonces por qué se preguntaba dónde estaría? Tal vez en la planta baja desayunando. Más bien comiendo, por las horas que eran.
Al fijarse en la almohada, se percató de que allí había algo. Lo cogió. Descubrió que era un papel. Una nota en concreto. La ausencia de luz a causa de las cortinas le obligó a acercarla para poder leerla. Aquella debía de ser la letra de Angela. Había escrito, con bolígrafo azul, que había pasado una noche maravillosa y que sentía marcharse sin haberse despedido, pero que no le había querido despertar. “Por si te apetece volver a verme” fue la frase que precedió al número de teléfono móvil garabateado. Una sonrisa diminuta le suavizó el rostro. Cuando se dio cuenta, la borró. Dobló el papel.
El primer lugar al que acudió fue al plato de ducha. Bajo el chorro caliente, rememoró las escenas que había vivido en su cama hacía unas doce horas. No pasaba por alto ningún detalle. A pesar del alcohol, recordaba todo a la perfección. Esas imágenes le activaron el cuerpo. Se dejó llevar por sus impulsos.
Al salir se colocó una toalla alrededor de la cintura. La ducha le había despejado y le había ayudado a aplacar el dolor de cabeza. La resaca no le había perdonado esta vez. Se miró al espejo, por lo menos no tenía ojeras. Deslizó la mano por el pelo mojado y, echándolo hacia atrás, hizo que se levantaran las características puntas. Preparó las cosas para afeitarse.
Se vistió con unos pantalones cortos negros de estilo boxeador y una camiseta granate. Después bajó a comer algo. Casi eran las seis de la tarde, se moría de hambre. Tras preparar una buena cantidad de huevos con beicon, fue con el plato al salón y lo dejó encima de la mesa. No se molestó en colocar un salvamanteles. Se sentó en una silla y empezó a comer. Mientras tanto, buscaba algún canal que emitiera algo interesante en la televisión. Al final optó por las noticias, llevaba un par de días desconectado del mundo.
El teléfono móvil empezó a sonar. Durante un breve instante, el contenido de la nota atravesó su mente como un rayo. Se sintió estúpido al comprobar el nombre en la pantalla. El Lobo.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Annibal. El beicon del tenedor quedó a mitad del recorrido.
—Hola a ti también —protestó Rafael.
—¿Ha ocurrido algo?
—Nada. ¿Qué te pasa?
—Déjalo —comentó Scorpio. Le estaba cogiendo tirria al teléfono visto lo visto las últimas semanas.
—¿Qué tal estás? —preguntó el Lobo, algo confuso.
—¿Yo? Bien. ¿Por?
—Tranquilo, no muerdas. ¿No puedo llamar a mi colega para ver qué tal le fue la noche?
—Ah. Bien.
Era como si Rafael tuviese un radar. Pura lógica, en realidad. Recordó a Angela una vez más. Suspiró en silencio. Por supuesto, su amigo no podía saber nada acerca de la pesadilla. Se introdujo el tenedor en la boca. Masticó con desgana. Negó con la cabeza mientras pinchaba un trozo de huevo. Necesitaba vacaciones.
—Vino a mi casa. Se quedó a dormir —prosiguió. No necesitaba dar más detalles.
—Lo suponía. No te imaginas lo pesado que estaba anoche Harrison con tu rubia. —No le sorprendió la nueva información.
—Llevaba una cogorza importante. No sé ni cómo se tenía en pie.
—No pudo volver solo. Tuve que llevarle en coche hasta su casa y por poco me lo vomita. La tapicería se salvó de milagro. Cuando abrió la puerta al llegar, lo echó todo fuera —le contó Rafael. No quería ni pensar qué habría hecho si le hubiese manchado el Mercedes.
—Parecía un puto adolescente —dijo Scorpio masticando huevo.
—Y que lo digas. La próxima vez que le lleve otro. O que pida un taxi.
—Vaya tela.
—En fin. Llamaba para ver si todo estaba bien. No pienses mal —le previno el Lobo, anticipándose a cualquier posible respuesta.
—No iba a pensar mal —se defendió Annibal.
—Ya nos veremos.
Escueto, como siempre. Colgó el teléfono y lo volvió a dejar encima de la mesa. Miró el plato. Quedaban algunos trozos.
Al día siguiente madrugó para acercarse al despacho de Leicester. Debía recoger una copia de los papeles de lo que ahora, por derecho, era suyo. Tenía que encargarse como era debido de ese treinta por ciento. En la oficina también se encontró con Zack Collins, el hombre que le avisó de la tardanza de Thomas durante la fiesta de aquel sábado. Estrechó la mano de ambos, cordial. Por lo que parecía, todo marchaba sin contratiempos. Así era como le gustaba trabajar.
Annibal había notado cómo Leicester estaba más pendiente de él de lo necesario. Lo atribuyó a la ahora lejana metedura de pata, aquella en la que había insinuado que Angela era una prostituta. No dijo nada. A fin de cuentas, no era un mal tipo, solo trataba de enmendar su error. Incluso se había ofrecido a invitarle a tomar algo antes de comer. El chico le rechazó, aún no tenían la confianza suficiente como para darle el rango de colega.
Al cabo de tres cuartos de hora de atascos insufribles, Annibal aparcó el Ford Mustang en el garaje. Apenas había entrado al pasillo principal de la casa cuando llamaron a la puerta exterior. Puso los ojos en blanco. No esperaba a nadie. Fue a mirar por la pantalla y comprobó que se trataba de Deborah. Resopló. Con la paciencia mermada por las anteriores condiciones del tráfico, esperó al lado de la puerta principal.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Scorpio, seco.
—Hola, ¿puedo pasar? —Deborah se mostraba tan cantarina como siempre. Se había propuesto que no le afectara su actitud. Ni el tono que acababa de recibir.
—¿Desde cuándo te molestas en hacer esa pregunta? —Le hizo un gesto con la mano para que entrara. Estaba empezando a aborrecer las visitas sorpresa.
—Supongo que nunca hay que perder los buenos modales. —Le siguió hasta el amplio salón. Allí se sentó en el sofá de cuero blanco, con él.
—Acababa de entrar en casa. ¿Cómo…?
—Vine hacía un rato. Llamé y no estabas. Así que decidí esperar fuera a que llegaras. Cuando te he visto pasar con el coche, he dejado tiempo para que te bajaras y luego he llamado —le interrumpió la morena. Hablaba como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Y qué querías? —Annibal decidió ignorar que podría haber estado esperando horas. Prefirió no pensar en que aquel había sido un comportamiento que rozaba el acoso.
—Verte. —Deborah habló sensual y después se acercó más. Le puso la mano en el cuello y le acarició. Este se echó hacia atrás para liberarse del contacto—. Pues sí que estás irritable hoy.
—Sí, lo estoy. —Era una verdad a medias.
—¿Ha pasado algo?
—¿Es que tiene que pasar algo?
—Si lo supiera, no te preguntaría.
—Pues no, no pasa nada.
Annibal estaba demasiado acostumbrado a sus manías cargantes, pero ese día le estaban molestando de más. Esperaba que se diera cuenta ella sola. No quería llegar hasta el punto de tener que echarla.
—¿Entonces? Podemos pasar un buen rato… —sugirió Deborah. Casi se le había subido encima. Demasiado directa. Le besó en los labios.
—¡Que no, coño! Quita.
La apartó. Annibal no sintió ni un ápice de culpabilidad. Todavía le duraba la huella impresa de la noche del sábado. Era imposible que Deborah llegase a la altura. La morena perdía la comparación por goleada.
—Eres un gilipollas, ¿lo sabías?
—Te estoy diciendo que no. Y tú sigues, y sigues, y sigues. Siempre haces igual, joder. A ver cuándo te enteras de que, si digo no, es no.
—Pues bien que te gusta cuando te la chupo. O cuando follamos. —La mujer estaba dispuesta a ganar el asalto. Por lo menos a intentarlo.
—Tampoco es para tanto.
En honor a la verdad, no había sido muy justo. Deborah era muy buena en la cama. Pero la posibilidad de que le estuviese dejando de atraer crecía por momentos. No le interesaba su plan lascivo.
—¿Por qué eres tan mentiroso?
—¿Otra vez? ¿En serio? Me estoy cansando de repetirte siempre lo mismo. Lo que tú esperas de mí, ni puedo ni quiero dártelo. ¿Lo entiendes ya? Así que déjame en paz, me hartas. Y mucho.
Annibal no reparó en lo duras que sonaron sus palabras. Los intentos de la morena de conservar su dignidad estaban quedando por los suelos. Era el cuento de nunca acabar. Ya no sabía cómo abordar la situación, estaba visto que ningún modo era efectivo. Tal vez entrara en razón con poco tacto. Nulo. Ni por esas.
Deborah no se molestó en ocultar las lágrimas. Pronto resbalaron por sus mofletes. La abrumaba una enorme impotencia. Nunca era capaz de ablandarle, daba igual lo que hiciera. No era tonta, él nunca la había alentado a pensar que podría haber algo más. Pero si tan solo le dejara atravesar esa barrera...
Despacio, la morena agarró el asa del bolso que había dejado apoyado en el sofá. Se levantó. Los tacones le estilizaban las piernas. Empezó a caminar en dirección al vestíbulo. Se detuvo de repente.
—Es por ella, ¿verdad? —dedujo la morena, fría como el invierno. Su mueca de desdén dejó muy claro a quién se refería.
—Deborah… —Scorpio, cansado, pensó en explicarle que eso no era asunto suyo. Decidió advertirle con silencio. Era inútil malgastar saliva, le entraría por un oído y le saldría por el otro.
—Qué ironía que me digas que tú no puedes dar ciertas cosas cuando vas babeando detrás de esa tía.
—No digas gilipolleces. —Levantó el dedo índice, señalando hacia ella.
—Gilipolleces, sí.
—No tienes ni puta idea.
—Ah, ¿no? —dijo Deborah, impertinente—. Tú verás lo que haces, pero alguien como tú no puede permitirse tener puntos débiles.
—Y seguro que prefieres ser tú mi punto débil —atacó Scorpio. Había perdido su escaso aguante. Se levantó del sofá y se quedó de pie, quieto—. No se te ocurra volver a meter las narices donde no te llaman. No puedes venir aquí y decirme lo que te dé la gana. ¿Quién te crees que eres para cuestionar lo que hago? Vete de aquí. Y no te vuelvas a presentar sin avisar.
Ella no respondió. Le miraba con los ojos muy abiertos, con perlas húmedas y brillantes en ambos. Le temblaba el labio inferior. Había vuelto a hacerle daño. Se dio media vuelta y reanudó el paso sin regresar la vista en ningún momento. Salió de la casa con un portazo. Aún parecía escucharse el sonido de sus tacones airados repiqueteando contra el suelo.
No iba a seguirla. No era habitual que Deborah le hablase así. Siempre lo había hecho sensual, animada, con buen humor. Ahora solo era un manojo de celos enrabietados.
Annibal no reconocería que podría estar en lo cierto. Él no era un hombre que pudiera permitirse, por su propio bien, tener ningún punto débil. ¿Qué le había hecho pensar que Angela podría ocupar tal lugar? Le pareció una absoluta sandez. Estaba claro que la rubia no le hacía sentir indiferente. Pero, de ahí a esas acusaciones, existía lo que él pensaba que era un abismo.
¿Estaba seguro de que solo se trataba de eso?
¿Qué demonios podría ser si no?
Todo el mundo, incluida Deborah, daba por sentado que mantenía algún tipo de relación con Angela. ¿En qué se basaban? Nunca le había interesado demasiado lo que comentaran sobre él, hacía tiempo que había aprendido a no darle importancia. ¿Qué hacía que esta vez fuera diferente?
De nuevo esa pregunta.
Se estaba esforzando en encubrir algo que no entendía muy bien. Podía aceptar y aceptaba que la chica le gustaba, ya le había ocurrido con otras mujeres.
¿Seguro?
De pronto, una sombra anidó en su pecho. Su enemigo invisible había localizado a sus hombres. Podía localizarla a ella. No. No tenía sentido. Angela no pertenecía al negocio.
Maldita Deborah.