Capítulo 8

Las sombras revestían la habitación. La única fuente lumínica procedía del exterior, más allá de la ventana. Suficiente para poder ver. Pero ver no era lo que más le interesaba a Scorpio. Tumbado boca arriba en la cama, dejaba que fuese ella quien marcase el ritmo. Encima, la mujer movía las caderas despacio pero firme, disfrutando. Disfrutando porque le sentía, disfrutando porque él disfrutaba.

El busto turgente de Deborah acompañaba a la danza sensual. El cabello negro le caía liso por debajo de la barbilla. Sus ojos verdes claro de vez en cuando se cerraban, pero prefería mantenerlos abiertos para poder ver cómo él cerraba los suyos. Sus manos femeninas estaban apoyadas en la parte superior del abdomen del chico.

Adoraba la sensación de poder cuando le tenía para ella sola.

Aumentó la velocidad de sus caderas, motivada cuando él inclinó la cabeza hacia detrás en silencio. Deborah se colocó el pelo detrás de la oreja derecha. Estaba decidida a no soltarle hasta que estallara de placer.

Entonces el ambiente se rompió.

Empezó a oírse el telefonillo en el piso de abajo. Annibal abrió los ojos. Alguien llamaba insistente desde fuera de la verja exterior de la casa.

—Quita.

—Aún son las nueve y media, no tienen que venir hasta las diez. Seguramente no tiene importancia —le recordó Deborah tras comprobar el reloj. No estaba por la labor de deshacer la unión.

—Quita.

—Anni, no bajes. Quédate conmigo —le pidió la mujer. No le gustaba que sus chantajes emocionales casi nunca funcionaran con él.

Sin molestarse en repetir una tercera vez la misma palabra, se incorporó en la cama. La agarró por los hombros, echándola hacia un lado. Procuró no hacerse daño. Se puso de pie y se encaminó hacia el cuarto de baño de su habitación. Después se colocó un albornoz negro y se marchó al pasillo. Deborah se quedó sobre la cama, frustrada y desnuda.

Annibal no estaba molesto por haberse quedado a medias, sino porque si él acordaba una hora, era esa la hora.

Una vez estuvo abajo, se acercó al cuarto de las pantallas de seguridad. El Lobo. Se extrañó al verle. Le abrió. Esperó a que su amigo completase el recorrido hasta la casa.

—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó Annibal—. No esperaba a nadie hasta…

—Déjame entrar.

Rafael se introdujo dentro de la casa sin esperar a que le diera permiso. No lo necesitaba. Scorpio se dio cuenta de que algo no iba bien. Nada bien. Miró la sangre en el brazo del hombre.

—¿Qué coño ha pasado? —inquirió Annibal. Cerró la puerta. Fuera lo que fuese, sabía que no iba a gustarle. Si hubiese sufrido un accidente, su amigo no tendría ese aspecto tan sombrío. Se olvidó por completo de su actividad anterior.

—Jay ha sido asesinado —soltó el Lobo sin rodeos. Le resultaba imposible intentar suavizar algo tan amargo.

—¿Qué?

—No sé muy bien cómo logré escapar de allí sin que me alcanzara alguna de las balas, pero el cabrón me dio en el brazo con una puta estrella.

Rafael le enseñó el brazo herido. El desgarro se apreciaba por debajo del pañuelo oscuro empapado de sangre. Le dolía demasiado y su expresión era una clara evidencia.

—Lobo…

Saber que había estado a punto de perder a su mejor hombre y amigo hizo que Scorpio tuviera que tragar saliva para deshacer el nudo de la garganta. Los ataques, todos dentro de la misma semana, estaban yendo demasiado lejos. Se habían atrevido a atacar a su mano derecha. Eso solo podía significar que habían empezado a apuntar más alto. El Lobo había conseguido escapar, pero ¿y si no lo hubiera hecho? Un escalofrío desagradable arañó la espalda de Annibal bajo el albornoz negro. Tanto él como los suyos eran intocables y los que presumían estar dentro del negocio lo sabían. O eso creía. Estaba visto que no era así, se lo estaban demostrando de la peor forma posible. Cinco muertos. Cinco. Y a punto habían estado de apuntarse un horrible sexto. Tensó la mandíbula y miró hacia otro lado.

—Siento haberme presentado así, no sabía qué hacer —se disculpó Rafael. Presionaba el pañuelo sobre la herida con la mano libre. Con la izquierda sujetaba un envoltorio fabricado con papel de periódico.

—No digas gilipolleces.

Scorpio metió la mano en el bolsillo del albornoz, donde había guardado el móvil antes de bajar. Lo cogió e hizo una llamada. Requería la presencia inmediata del hombre que le atendió al otro lado. Le había asegurado que estaría en su casa con la mayor brevedad posible. Colgó.

—¿Pudiste ver algo? ¿Quién te atacaba? ¿Cuántos eran? —ametralló el jefe. Necesitaba respuestas y una base para improvisar en la reunión que debería empezar en veinte minutos.

—¿Annibal? —se escuchó a Deborah llamarle desde arriba, cerca de las escaleras. Tan solo vestía un tanga. No se molestó en ocultar el resto de su cuerpo.

—Deborah, vístete —le ordenó Scorpio de malos modos.

—¿No vas a subir conmigo? —Entonces reparó en la presencia del Lobo. Ni se inmutó.

—¿Es que no me has escuchado? ¡Que te vistas y te largues de mi casa de una vez, hostia! —gritó Annibal. No tenía ánimos de aguantar las tonterías infantiles de una mujer de treinta años. Aunque ella le sacaba dos, parecía una adolescente.

Ofendida, Deborah se dio la vuelta y se marchó al dormitorio.

—¿Qué viste? —insistió Scorpio.

—No mucho, estaba más pendiente de salir vivo de allí que de otra cosa. Pero antes de irme vi a alguien. Un tipo vestido de motorista, casco incluido, así que no le pude ver la cara. Solo sé que debajo del casco le asomaba el pelo, nada más —explicó el Lobo. El profundo corte le escocía demasiado.

—¿Rubio, moreno?

—No lo sé. Estaba oscuro, ni con las luces del coche pude verlo bien. Me ha dejado el capó y el retrovisor hechos una mierda. Hijo de puta. —Rafael levantó un poco el brazo lesionado para tenderle las hojas de periódico arrugadas—. Esto es lo que me quité en el coche.

Scorpio lo cogió y, con cuidado, abrió el papel con el que el Lobo había hecho un sobre improvisado. Una estrella de puntas afiladas, plateada y cubierta de sangre casi reseca le saludaba desde el interior. Grabado, un trece en el centro. Las líneas que lo conformaban rezumaban algo siniestro. De momento, aquella mierda era lo único que tenían para averiguar algo. No le decía nada.

Deborah bajó las escaleras, airada. Sin mirar a ninguno de los dos, salió de la casa dando un portazo. Annibal nunca terminaba de entender ese comportamiento. Le enfadaba, la mujer se atribuía derechos que no tenía. Ni siquiera era su novia. No merecía la atención que tanto se preocupaba en reclamar.

—Joder…

Guardaría la estrella. Estaba tenso, demasiada rabia acumulada.

No tardó mucho en sonar el timbre. El dueño de la casa había dejado abierto el acceso de la verja exterior para las futuras visitas. Edward Carson entró por la puerta. La llamada le había hecho aparcar momentáneamente sus actividades y presentarse con la mayor celeridad posible. El hombre, de treinta y cinco años, trabajaba como médico particular de Annibal desde hacía unos tres. Tenía empleo en un hospital, pero acudía siempre que se le requería. Sabía que su paciente no se acercaría a un centro sanitario si podía evitarlo. Las cantidades que le pagaba en cada ocasión eran generosas y nunca se había visto envuelto en un compromiso. En esta ocasión traía un maletín de primeros auxilios especializado. Había aprendido a intuir lo que podría encontrarse tras una de esas llamadas.

—Buenas noches —saludó el doctor—. ¿Qué ocurre?

—Échale un vistazo a su brazo. —Scorpio le guio hasta el Lobo, sentado en una de las sillas del enorme salón. Todavía oprimía la herida.

—Vamos a ver. —Con cuidado, Carson retiró el pañuelo rebosante de sangre y lo metió dentro de una bolsa de plástico en el maletín—. Esto no tiene buen aspecto, pero parece un corte casi limpio. ¿Puedo preguntar qué lo ha causado?

—Un arma arrojadiza —respondió Annibal. Pese a la confianza depositada en ese hombre, no quería dar más detalles. Empuñó un poco más la estrella que todavía sostenía dentro del envoltorio.

Edward Carson no había buscado el morbo con la pregunta, sino información que le facilitara la evaluación. Le desinfectó la zona. Rafael apretó los puños al notar el escozor. A continuación, el médico procedió a darle puntos de sutura. Necesitó nueve. Después cubrió la herida con una venda para que, bajo su recomendación, estuviera protegida de la exposición al ambiente durante unas horas.

Scorpio había subido a su dormitorio para ponerse algo de ropa. No le parecía muy oportuno recibir a más gente en albornoz. En un principio había pensado en un traje, lo cual no se desviaría mucho de su imagen habitual, pero al final terminó eligiendo unos vaqueros y una camisa negra. Se la remangó. Una de sus Desert Eagle a la espalda y aseo personal. No necesitaba nada más. En todo ese tiempo solo pudo pensar en el último incidente. Regresó al piso inferior.

Annibal pagó a Carson sin escatimar, como de costumbre, y el hombre no tardó en marcharse. Su trabajo allí había terminado. Mientras salía por la puerta, otros llegaban. Eran casi las diez. El jefe pensó que, por una vez, habría podido dejar pasar la falta de puntualidad.

Ryan Coleman, un hombre de treinta y tres de estatura media, cabello castaño claro y ojos marrones, entraba a la casa poco antes que Sandro Biaggi, dos años más joven y de raíces italianas. Este último era un poco más alto que la media, y sus ojos azules destacaban frente al color marrón oscuro del pelo. Scorpio les saludó tendiéndoles la mano. No sonreía, tampoco dejaba traslucir la verdadera gravedad de la situación. La capa de hielo protegía sus emociones.

El siguiente en aparecer casi dos minutos después fue Larry Greenwich. Tenía treinta y siete años, pero parecía mayor. Sombras oscuras anidaban bajo sus ojos azules y saltones. Llevaba el pelo corto y castaño. También saludó. Fue hacia el salón, tal y como hicieron los demás. Lo primero que hizo al llegar allí fue preguntarle al Lobo por su vendaje. Este, de momento, eludió la respuesta.

Después, Hans Schneider. Con veintisiete años, uno menos que el jefe, era rubio, muy rubio. Su familia había emigrado de Alemania en el pasado a causa de la Segunda Guerra Mundial. Sus iris estaban teñidos de azul celeste y era, con diferencia, el más alto de los participantes en la reunión.

El último en llegar fue Frederick Harrison, casi cinco minutos después. Era un año menor que Greenwich y le superaba en altura. Tanto su cabello como sus ojos eran oscuros. Cerró la puerta tras de sí.

Llegaron cuatro hombres más, pero no entraron a la casa. Como seguridad privada, permanecían ocultos y armados dentro del recinto exterior.

Los convocados caminaron, guiados por Scorpio, hasta una sala amplia decorada con motivos geométricos. Los muebles eran negros. En el centro destacaba una mesa brillante de ébano con ocho sillas alrededor. Cada hombre ocupó la suya, quedando una vacía. Annibal tomó asiento en uno de los extremos. A su derecha, el Lobo. A su izquierda, Schneider.

—¿Y Jay? —preguntó Coleman tras reparar en la vacante.

—Jay no va a venir —sentenció el jefe, circunspecto. Mantenía los codos sobre la mesa y las manos cruzadas casi apoyadas en los labios.

—¿En qué coño estará metido ahora? —preguntó Harrison con una risotada.

—Está muerto, Fred —le corrigió Scorpio. Ante la abrupta noticia, al otro no le quedó otra opción que palidecer. Al igual que la mayoría.

—¿Qué ha pasado? —Biaggi miraba al que lideraba la reunión, preocupado.

—Lo mismo que a los otros cuatro. Le han asesinado —explicó Annibal. Era una realidad: en menos de una semana había perdido cinco efectivos.

—¿Cómo es posible? —preguntó Greenwich.

—Hay que joderse… —comentó Biaggi.

—Le han abatido a tiros, yo iba con él —contó el Lobo. Se tocó el antebrazo de la extremidad herida.

—Tío, ¿estás bien? —se alarmó Schneider.

—Estoy aquí. —Rafael no iba a exponer que aún mantenía el susto en el cuerpo—. A mí también me dispararon. No me dieron, pero me atacaron con otra cosa.

—¿En el brazo? —se interesó Greenwich. El Lobo asintió.

—¿Eran varios? —dijo Coleman.

—No lo sé. Solo pude ver uno. Llevaba casco y no le reconocí, pero vi que tenía el pelo largo. Nada más.

Mientras tanto, Scorpio iba desenvolviendo otra vez el arma oculta en el papel de periódico. La dejó sobre el envoltorio, encima de la mesa oscura. La sangre de Rafael todavía la impregnaba.

—¿Qué es eso? —preguntó Fred Harrison.

—Una estrella arrojadiza —contestó Annibal.

—¿Una estrella ninja? —siguió el mismo.

—Por lo visto, no es la primera vez que usan una. Nuestro contacto en la policía me lo comentó ayer. Tampoco tienen mucho más. Solo saben que los muertos son de los nuestros. Han sido lo suficientemente inteligentes como para hilar eso —informó el jefe.

—Tampoco es tan difícil si investigan un poco —comentó Sandro.

—¿Qué significa el trece? —dijo Greenwich.

—¿Y yo qué coño sé? —A Scorpio no le sentaba nada bien ser incapaz de entender lo que estaba pasando. Larry calló de inmediato y miró a sus colegas.

—Podrían ser los chinos. O los japoneses. Pelo largo y estrella ninja —tanteó Coleman.

—No podemos dejarnos llevar por estereotipos —intervino el Lobo.

—¿Qué motivos tendrían para atacarnos? Hace un par de años ya solucionamos las cosas con ellos. Nosotros no tocábamos aquí el mercado de heroína y ellos no olían la coca —expuso Hans Schneider.

—Nunca mejor dicho —rio Harrison.

—¿Te hace gracia? —le soltó Annibal, hostil.

Fred levantó las cejas, apretó los labios y miró hacia abajo. Pensaba que solo había hecho un comentario divertido. Al menos a él se lo había parecido.

—Pero esa gente se toma muy en serio el tema del honor y todo eso. ¿Por qué iban a romperlo? No les hemos dado motivos —opinó Biaggi.

—Porque no habréis oído hablar de que alguno de los tipos que tenéis a cargo haya movido heroína, ¿verdad? —inquirió el jefe. Los hombres se miraron entre ellos y negaron con la cabeza, algunos curvando los labios hacia abajo—. Si llega a mis oídos que es así, haré culpable al que sea responsable directo de ese idiota. Controlad muy bien a los que trabajan para vosotros y, por tanto, para mí.

—Eso no tiene por qué estar ocurriendo, Annibal —le recordó Greenwich.

—Los avisos no me cuestan dinero, las cagadas de otros sí —le respondió el chico.

—No podemos permitir que sigan atacándonos —insistió el Lobo. Esperaba no tener que volver a pasar por lo mismo, quizá no tuviera suerte la próxima vez. Le recorrió un escalofrío. Tampoco quería ver más sillas vacías alrededor de esa mesa. Se acordó de Jay: estaba a punto de salir de ese barrio de mierda y se lo habían cargado.

—Evidentemente. Y si hay alguien, además de estos hijos de puta, que quieran jodernos, ¿por qué no iban a intentarlo? Si ven que otros lo consiguen, ¿por qué no ellos? —razonó Scorpio. Se sentía más inseguro de lo que estaba dispuesto a reconocer—. Todos tenemos que estar muy pendientes estos días.

—¿Todos? ¿Te incluyes? ¿Crees que pueden ir a por ti también? —se extrañó Greenwich, inquieto.

—No lo descartes —contestó Annibal. Su rostro era sombrío. Si la hipótesis tenía algo de cierta, sería la primera vez en cuatro años que alguien intentaba atacarle directamente. Y el poder que tenía ahora no era comparable con el de entonces.

—Cada vez tengo más claro que, quien sea que esté haciendo esto, sabe perfectamente con quién se está metiendo —afirmó el Lobo.

—¿Entonces estos ataques son contra la organización en sí o contra quienes la formamos? —preguntó Schneider.

—Ni idea —admitió Scorpio. Cuanto más intentaba sacar algo en claro, menos sabía. Le resultaba endemoniadamente frustrante—. ¿Qué importa? Me parece lo mismo.

—Supongamos… Contemos con que saben contra quiénes están yendo. Siendo así, es obvio que saben que tú eres el jefe —razonó Biaggi—. ¿Qué sentido tiene no ir a por ti de primeras?

—Puede que no conozcan a Annibal —propuso Greenwich.

—¡Venga ya! —exclamó Harrison.

—O tal vez no han visto la oportunidad de acercarse a él todavía —apuntó Coleman.

—No han tenido problema en encontrarme a mí. Pongo mi brazo jodido en el fuego a que saben muy bien quién soy —dijo el Lobo. Algo no le encajaba. Nada le encajaba.

—Saben quién eres, pero no te han atacado — le dijo Schneider al jefe—. Puede que te tengan miedo.

—¡Oh, sí! ¡Un miedo terrible! Vaya miedo nos tienen —discrepó Fred, todo sarcasmo.

Ese comentario había bastado para que Scorpio barajara la posibilidad de que alguien le había perdido el respeto. Tuvo que morderse la lengua. No quería que sus pensamientos salieran a flote.

—¿Y si son mensajes? —sugirió Sandro.

—¿Mensajes de qué? —preguntó Coleman.

—Mensajes de que van a ir a por ti. Y de que, si pueden pisotearte primero, mejor.

—No lo veo claro. ¿No tendría más sentido ir a por él y punto? Nadie es tan rebuscado pudiendo escoger lo simple —le contestó Harrison.

—¿Quién querría hacer eso? —intervino Greenwich.

—Pues en eso estamos, Larry —le contestó el Lobo—. Quizás alguien que quiera debilitar nuestro sistema. Alguien que esté metido en el tráfico de cocaína y quiera ocupar nuestro lugar, tal vez.

—¿O’Quinn? —se le ocurrió a Hans.

—Ese gilipollas no. Sabe que, si se pasa de la raya, me lo cargo. No se atrevería —se metió Scorpio. Tal sugerencia le había ofendido. No veía al viejo O’Quinn con la capacidad de llevar adelante un plan de tal calibre.

—Ya intentó matarte antes —le recordó el Lobo.

Annibal se quedó en silencio. Se repetía una y otra vez que O’Quinn era un maldito cobarde, un inútil. No podía ser él. No. Se negaba a creer, a plantearse siquiera, que ese tipo pudiera encontrarse detrás de las muertes. Sería una humillación. Tras colocarse un cigarro en la boca, lo encendió con el Zippo plateado.

—Ya le advertimos en su día. No pudo matarme entonces. Sabe que la única razón por la que no le maté yo a él fue por Orlando y por los negocios que tienen en común —recordó el jefe mientras soltaba el humo—. Tal vez piensa que valoro el porcentaje que me pasa cada mes. Lo que me da es una puta mierda. —Hablaba de miles de dólares mensuales—. Se cree imprescindible, el muy imbécil. Se preocupa más de querer hacerme ver que me besa el culo que de sus propios asuntos. —Dejó que el rencor guiase sus palabras.

—De todas formas, ¿para qué sirve quitarnos de en medio? Scorpio es quien, a fin de cuentas, lo mueve todo. Aunque nosotros no estemos, él sigue ahí —razonó Biaggi.

—Sin ofender, Annibal no va a ponerse a vender en la calle como un camello. Alguien tiene que hacer ese trabajo y, si nosotros no estamos, ¿quién lo hace? Forzosamente le saca del mercado, por lo menos hasta que encuentre más gente que lo haga —argumentó Ryan Coleman.

—Nosotros tampoco vendemos directamente y es a quienes están liquidando, no a los muertos de hambre que tenemos en la calle —le contestó Harrison.

—Pero bajo nuestras órdenes —añadió Coleman.

—Si eso fuese cierto, conocen nuestras identidades y cómo estamos organizados —dedujo Biaggi.

—Eso es lo único que tenemos claro —afirmó Rafael.

—No quiero pensar que tenemos un topo —planteó Scorpio. La idea había brotado en su mente de repente. Deseaba no tener que confirmarlo. Sería una traición muy grande y actuaría al respecto sin pensárselo dos veces.

—¿Un infiltrado? —se extrañó Coleman. Jamás se le habría ocurrido.

—¿Crees que alguno somos un topo? —preguntó Schneider, también sorprendido.

Durante unos tensos segundos, las miradas de todos se cruzaron. Ninguno veía a nadie como posible chivato de otra banda o a saber de quién. Además de compañeros profesionales, también eran amigos. En diferentes grados, pero seguía siendo confianza. Era imposible descifrar si, detrás de los ojos oscuros del jefe, se escondía una evaluación de sus comportamientos. Al igual que él, todos esperaban no tener que encontrarse con ninguna traición. Sabían lo que ocurriría con el acusado si la culpabilidad se confirmaba.

—Quiero pensar que no —reconoció Scorpio—. Igual que tampoco querría que ninguno de los vuestros lo fuera.

—Tranquilo, Annibal. Si descubro que alguno de mis chicos se está yendo de la lengua con alguien, me lo cargaré personalmente —dijo Harrison.

—Los demás deberíais hacer lo mismo.

Un nuevo silencio. Scorpio hablaba en serio, muy en serio. Todos estaban enterados de lo que era capaz de hacer. Buena parte del respeto que se había ganado residía en el miedo que sus actos infundían. El dinero, segunda causa en cabeza, le respaldaba.

—¿Y si fuese Orlando? —propuso después Harrison. Alguien debía retomar la conversación, aunque fuese para desviar el tema de la posible y poco deseada traición.

—Eso es ridículo —respondió Schneider.

—Estuve en Colombia hace un par de días —explicó Annibal—. Acabo de abrir un nuevo negocio con él. Me provee de gran cantidad de cocaína y gana mucho dinero conmigo. Además, los asesinatos empezaron antes. Orlando no es. —Prefirió esperar a otro momento más propicio para explicarles las características del trato. Hasta dentro de dos semanas no empezarían a mover la droga con el nuevo sistema.

—No lo sabía —reconoció Fred.

—No tenías por qué. —El jefe retrasó la respuesta hasta que hubo sacado el humo de sus pulmones.

—De todas formas, Orlando no tendría interés ninguno en quitarle el puesto. Dentro de la cadena de distribución, nos necesita —recalcó el Lobo.

—Joder, pues ni idea. —Greenwich se rascó la parte posterior de la cabeza, dubitativo.

—Estamos igual que antes —se lamentó Coleman.

—Pues empezad a moveros. Preguntad, investigad, enteraos de algo. No quiero que vosotros digáis nada. Sé que es inevitable que ya se haya corrido la voz de las muertes, me da igual. Pero no quiero que vuestra actitud buscando información nos haga parecer débiles o desesperados —advirtió Scorpio—. No seáis vosotros quienes levantéis rumores absurdos, sed discretos. Que nadie crea que tiene una puta oportunidad de ganarnos terreno.

—¿Qué crees, que no hemos intentado algo ya? —dijo Larry.

—Pues habéis hecho un trabajo pésimo —le reprochó su superior—. Me jode mucho que maten a mis hombres, pero más preocupados deberíais estar vosotros. Cualquiera podríais ser el próximo cadáver tirado por ahí con una puta estrella de metal en la cara.

Una vez más, silencio. Las palabras eran duras, demasiado realistas. Ninguno quería acabar en un depósito durante los próximos días.

—En cuanto a mí, intentaré sacarle más información a nuestro contacto en la policía. A ver si averiguan algo.

Annibal sentía que debía dar ejemplo a la hora de esclarecer aquel maldito asunto en la medida de lo posible. Por sus hombres y por él mismo. Por orgullo. Era su negocio, su forma de vida. Y alguien estaba buscándole. Le encontraría. Vaya si le encontraría. No podía permitirse mostrarse acobardado. No lo estaba. Todo lo contrario.

—Si me entero de quiénes son, no será la policía quien se encargue de ellos.