Capítulo 12

El whisky golpeó el fondo de los dos anchos vasos de cristal, uno detrás de otro. Annibal los estaba sirviendo en la cocina para luego llevarlos a la mesa del salón. También la botella. Después se sentó en una de las sillas. La televisión parloteaba de fondo, no le prestaba atención. El Lobo estaba enfrente. Hacía cerca de una hora que había llegado. Habían estado tratando de evitar la cuestión que protagonizaba los últimos días. No tenían nada nuevo que aportar y rehusaban convertirla en el centro de sus conversaciones. No permitirían tal merma psicológica.

—¿Harrison? ¿Esta noche? —Scorpio repitió las palabras de su amigo. Bebió primero.

—Eso me ha dicho, que tiene un reservado en un local para hoy. Mañana es su cumpleaños y dice que, como se acerca a los cuarenta, hay que celebrarlo —resumió el Lobo.

—Lleva tres años diciendo eso.

—Que le gustaría que nos pasáramos, que va a ir bastante gente. No sé a cuántos piensa meter en ese reservado. A ver cómo es de grande —continuó Rafael.

—No tengo ganas de ir —admitió Annibal. Se pasó la mano por la zona trasera de la cabeza.

—No te creas que yo sí. Lo mismo les da cuándo sea, se pueden tirar todos los días de fiesta. Yo, por lo menos, tengo un límite. Aunque sea la celebración de un cumpleaños.

—No estamos en el colegio para ir a esta clase de cosas por compromiso. Y él también debería tener más cuidado. Exhibirse por ahí de esa manera después de todo…

—Tampoco nos vamos a ir escondiendo —le interrumpió el Lobo. La herida del brazo estaba cicatrizando bien. Era menos profunda de lo que había parecido en un principio.

—Yo no he dicho eso —se defendió el otro. Bebió otra vez. Tenía el paquete de tabaco en la mesa, cerca.

—De todas maneras, si va a estar con tanta gente como dice, será raro que ocurra algo.

—Que se lo digan a los que estaban en el puticlub —recordó Scorpio. Sacó un cigarro. Lo encendió y aspiró.

El telefonillo de la verja exterior les interrumpió. El jefe resopló, empezaba a ser costumbre últimamente. No terminaba de encajar muy bien los acontecimientos inesperados. Antes de levantarse, terminó el contenido del vaso. Sacudió el cigarrillo en el cenicero antes de llevárselo de nuevo a la boca. Fue directo hacia el cuarto de las pantallas de seguridad.

Annibal arqueó las cejas en cuanto comprobó la imagen.

Wolfgang Sawyer, sargento de la Brigada contra el Crimen Organizado.

Le conocía. Por supuesto que le conocía. Lo que no habría adivinado era que tuviese el valor de presentarse en su casa y además acompañado. También reconoció a la mujer. La otra cara, sin embargo, le resultaba desconocida. No daba crédito. No comprendía qué demonios hacían esos allí. Frunció el ceño.

—Buenas tardes, sargento —saludó Annibal, tranquilo. No veía por qué habría de comportarse de otro modo. Su voz se escuchó robótica por el interfono.

—Buenas tardes, Scorpio —le imitó el hombre rubio. Tanto la imagen como el sonido ocultaban la pequeña tensión que rodeaba a los policías. Verificar que el gánster se encontraba en casa era uno de los motivos—. Queremos hablar con usted.

—¿Traéis una orden judicial? —preguntó el chico sin alterarse lo más mínimo.

—¿Acaso la necesitamos? —respondió Sawyer. Miraba en dirección la cámara perfectamente visible. Esperó unos segundos de cortesía por si le contestaba, pero tan solo encontró silencio a través del telefonillo—. Confiamos en poder tener una charla.

—Me pilláis en un mal momento. Volved otro día.

—No puede ser otro día. Hay cierto tema que ni a usted ni a nosotros nos interesa dejar de lado. —El sargento no podía perder la oportunidad que se le presentaba esa tarde.

Scorpio se fijó bien en la imagen. Ni Sawyer ni los otros dos habían mostrado su placa. Tal vez porque daban por hecho que les reconocería o quizá porque sus intenciones no eran hostiles. En todo caso, se planteó dejarles entrar. Si fuesen a detenerle se lo habría comunicado o, lo que era más probable, le habrían intentado capturar por sorpresa. No lo harían a traición, sabía que no era su estilo. El chico ya había aprendido unas cuantas cosas. Pulsó el botón que abría el cerrojo de la valla metálica y esperó mirando el monitor hasta que vio cómo los tres accedían a su recinto privado.

Regresó al salón con una nueva expresión en el rostro.

—¿Qué pasa? ¿Quién es? —Rafael se dio cuenta.

—La policía.

—¿Cómo?

—Sawyer y dos más están entrando.

—¿Pero han dicho lo que quieren? —El Lobo miró a su alrededor inconscientemente. Pero dada la tranquilidad de su amigo, no había nada a la vista que les pudiera poner en un compromiso. Al menos en apariencia.

—Hablar, dicen. A ver qué tienen que contarnos estos cabrones.

—¿Crees que vienen por los asesinatos? —El hombre de la coleta arrugó el entrecejo.

—Ni puta idea. —Annibal se quedó pensando—. Seguramente.

—Pues igual nos termina viniendo bien.

Sin prisa alguna, el más joven volvió a servir los dos vasos de licor con una cantidad similar a la primera. No sacó otros tres más. Que él recordara, no había invitado a nadie. Después de un tiempo prudencial, el timbre interior sonó por segunda vez. Annibal se tomó los segundos que consideró necesarios para terminar su cigarro.

Se levantó. Al llegar a la puerta, giró el pomo. Eliminó la última barrera que le separaba de los nuevos visitantes.

—Buenas tardes, Scorpio —insistió Sawyer. Su apariencia no revelaba la inquietud que sentía.

—¿Qué queréis? —Fue directo. La hipocresía de lo innecesario no formaba parte de su catálogo.

—¿Vamos a hablar aquí, en la puerta? —le presionó el sargento.

—Confío en que seáis breves —contestó el chico. Miraba a los fríos ojos azules de Sawyer.

—Me temo que tardaremos algo más de lo que espera.

Annibal les dio la espalda y se internó en el pasillo. Ellos le siguieron después de cerrar la puerta. Así llegaron al salón, donde el Lobo también les esperaba. A pesar de su sorpresa, Sawyer pareció no inmutarse. Sin embargo, Roger miró a su compañera, quien también le buscó. No podían creer en aquel enorme golpe de suerte.

—Podéis sentaros —dijo Scorpio señalando otras sillas vacías. Recuperó el vaso y la botella y se sentó en el sofá de cuero blanco. Esperó a que esa gente se acomodara. Era una situación tan surrealista que en otras circunstancias tal vez le habría parecido divertida. Pero no le hacía ni puta gracia—. ¿Qué coño queréis?

—Tranquilícese, no le he mentido cuando le dije que habíamos venido solamente a hablar —le respondió Sawyer, aunando paciencia. No entraría en su juego, se negaba. Debía controlar la situación para obtener el máximo beneficio.

—Que me tranquilice. —La mueca del anfitrión distaba demasiado de parecerse a una sonrisa—. Todavía no habéis dicho nada que me interese escuchar. —No sabía hasta qué punto tendría aguante suficiente para afrontar aquella conversación—. Pero estoy muy tranquilo, sargento. Estoy jodidamente tranquilo.

—Vámonos. Estamos perdiendo el tiempo —no pudo evitar decir Roger. Ahora que le había visto en persona, le parecía aún más irritante. Le exacerbaba aquella impertinencia. Esos pocos minutos habían bastado para formar el juicio.

—Por una vez estoy de acuerdo con un policía —comentó Annibal. Encendió un cigarro. Miró a Roger. Tenía curiosidad por ese tipo. El detective le sostuvo la mirada sin esfuerzo, pero fue quien la desvió primero.

—Sabemos que alguien está asesinando a hombres que usted conoce —prosiguió Wolfgang. Creyó que era mejor ignorar los comentarios anteriores.

—Cuéntame algo que no sepa —le respondió Scorpio. No estaba por la labor de ser amable. Demasiado previsibles.

—¿Qué nos puede decir al respecto?

—No, Sawyer. ¿Qué me puedes decir tú? La última vez que lo comprobé, eras tú el policía —recalcó Annibal. Bebió de golpe el licor que acababa de servirse.

—Aún no sabemos quién puede estar detrás —admitió la detective Jones.

—De eso estoy seguro. —El chico notaba la quemazón del whisky bajar por el esófago.

—¿En qué se basa? —preguntó el sargento. Apoyó los codos en las rodillas y se inclinó unos centímetros hacia delante.

—En que no hace ni una semana del último asesinato.

—¿Entonces admites que tienes conocimiento de esas muertes? —tanteó Roger.

—¿Es que no me estás oyendo? —le atacó Scorpio. La especial antipatía del tipo hizo que no se planteara mostrar contemplaciones.

—Perfectamente. —Rickman entornó los ojos.

De inmediato, Sawyer se percató de que la tensión se disparaba. No era complicado. El carácter de Scorpio y la impetuosidad del detective formaban una combinación arriesgada.

Roger no le quitaba los ojos de encima al gánster. Acababa de confirmar que el desagrado era mutuo. Le reconcomía las entrañas pensar que ese hombre probablemente creyese que podía tenerlo todo, que cualquier cosa estaba a su alcance, incluso despreciar a la autoridad y salir impune. No soportaba esa arrogancia, no podía con ella.

Catherine no sabía si arrepentirse de haber propuesto aquella locura o intentar reconducir el plan como pudiese. Se guardó su respuesta para sí, creía que Sawyer era quien debía intervenir, reunía más experiencia. Pero, maldita sea, Scorpio lo complicaba demasiado. Pese a tener una mente más abierta, en ese momento entendía muy bien a Roger. Veía un enorme muro de piedra dentro de los ojos oscuros del siempre presunto narcotraficante.

Entonces Annibal se permitió dibujar una tenue sonrisa sin dejar de mirar al líder de ese pequeño grupo policial.

—¿Qué es lo que queréis exactamente? —Sus palabras volaron enredadas en el humo del tabaco.

—Se están produciendo una serie de asesinatos, todos relacionados con hombres que sabemos que tienen relación con usted —repitió Sawyer. No quería tener que decir “sus hombres”. Aunque todos allí sabían cuál era la realidad, no era la mejor manera de afrontar el diálogo—. No le veo muy preocupado al respecto, no parece que le interese mucho el tema

—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió Annibal. No caería en una burda provocación que consistía en una acusación estúpida.

—No está poniendo mucho de su parte para facilitarnos el trabajo —apuntó el sargento. Se sentía más relajado si Rickman decidía guardar silencio.

—Mi forma de hacer las cosas es bastante diferente a la vuestra —se defendió Scorpio. Levantó las cejas para remarcar la evidencia.

—Tenga cuidado con lo que dice, Scorpio —le aconsejó Sawyer. Se veía obligado a advertirle, pero no le importaba en absoluto que pudiera meter la pata en su afán por situarse un escalón por encima. De hecho, hasta lo prefería.

—Y con lo que haces. —Roger no podía librarse de la necesidad de colocar a ese hombre en el lugar que él creía que le correspondía. Contaba hasta diez, veinte y treinta para no decir algo peor.

—¿Les parece que no tenemos cuidado? —preguntó el Lobo. Fue esa la primera vez que le escucharon. Consideró bueno recordarles a quiénes se estaban dirigiendo, una manera muy sutil de que tuvieran en cuenta que no les podían acusar formalmente de nada.

—No el suficiente, al parecer. Aquí estamos —comentó Catherine con el mismo tono cordial que recibieron esta vez. No tenía por qué perder la educación.

—Le estamos ofreciendo la posibilidad de solucionar esto. Queremos disponer de todos los medios que podamos reunir. —A Wolfgang se le terminaban las opciones.

—¿Me estás diciendo que colabore? —resumió Annibal. Apareció una segunda sonrisa en su rostro, en esta ocasión más evidente y con tendencia a la derecha. Definitivamente, la situación no podía parecerle más absurda.

—Es otra manera de llamarlo. Saldría beneficiado si detenemos a quien está haciendo esto.

—¿Y va a conseguirnos unas identidades nuevas y una casa en las Bahamas? —satirizó el Lobo. No tenía pensado hablar mucho, no consideraba que fuera necesario, pero aquello le resultaba demasiado ridículo.

Scorpio no pudo sino reírse ante la ocurrencia de Rafael. Lo hizo en voz baja y sus dientes blancos quedaron al descubierto. Miró hacia abajo. El whisky estaba haciendo de las suyas. Todavía sonriendo, acercó la mano derecha a la cara y con los dedos índice y pulgar se tocó los lagrimales. Luego apoyó ambas manos en las rodillas y se levantó del sofá, no sin antes sofocar la punta incandescente del cigarro en el cenicero. Caminó hasta la puerta del salón, sabiéndose diana del resto de miradas.

—Cerrad la puerta cuando salgáis —dijo Annibal. Les indicó la salida con la diestra. Era la invitación más cortés que era capaz de manifestar.

Wolfgang fue el primero en seguir la indicación pasados unos segundos. Los detectives le imitaron. No necesitaban más pruebas, la conclusión general se resumía en que era inútil que continuaran calentando las sillas allí. Parecía que era lo único que habían hecho.

De pronto, tras unos cuantos pasos, Sawyer se detuvo en seco.

—¿Qué tal lleva la herida, Rafael? —preguntó el sargento. Le miraba casi sin parpadear. No estaba dispuesto a dejar que se anotaran una victoria absoluta.

—Bien, gracias —respondió este al instante. Medio segundo fue lo que le hizo falta para darse cuenta de que lo sabían. Mentir o elegir los rodeos no arreglaría nada. No tenía nada que ocultar. La tranquilidad con la que afrontó ese nuevo giro de los acontecimientos era una buena mano con la que jugar.

—¿Cómo se la hizo? —insistió Sawyer. Su atención estaba tan solo centrada en ese hombre de indudable inteligencia.

—Tuve mala suerte.

—Dudo que fuese el menos afortunado la noche del pasado sábado —comentó el policía rubio. Al igual que su interlocutor, mantenía su papel de un modo impecable.

—Tenemos pruebas que te sitúan en la escena del crimen, Lobo —le informó Roger sin poder evitarlo.

—Vaya, no se equivocaron con vosotros en las pruebas de selección —comentó Scorpio con desprecio. No tenía ni idea de cómo demonios habían vinculado al Lobo con aquel incidente, pero no le gustó nada. Así que resultaba que al final tenían más información de la que habían fingido poseer. Eso le indignaba incluso más que el hecho de que el maldito Sawyer todavía quisiera buscar los tres pies al gato en su casa. Mantuvo las formas. No era idiota, prefería no tener que enfrentarse a un policía. Era un enredo que no necesitaba añadir a su lista de problemas.

—No estaba hablando contigo.

Las palabras de Roger derivaron en un completo silencio. De los tres agentes de la ley, él era el único que no creía que esas palabras fueran a tener consecuencias. La placa constituía su seguro. Rickman estaba convencido de que, si se dejaba avasallar por gente como Scorpio, su valía como policía era cuestionable. No le asustaba ese hombre. Sawyer entonces aguantó la respiración. El exceso de confianza de Roger era un pecado que en su profesión podía salir muy caro.

Annibal entornó los ojos sin apartarlos de Roger. Una intensa punzada en el centro del estómago le indicó que su débil tolerancia estaba a punto de consumirse. La actitud desafiante que el detective mantenía frente a él incrementaba la magnitud de aquellos picotazos de furia. Bajo aquella máscara inflexible, las llamas eran intensas. Avanzó dos pasos.

—Estás en mi casa. Cualquiera que abra la puta boca aquí, está hablando conmigo. —El veneno que rezumaba la voz de Scorpio amenazaba con intoxicarle. El autodominio se convirtió en una proeza estoica. Entre dientes, la modulación fue más grave de lo normal.

Roger no se movió ni un ápice. No dio un paso atrás ni tampoco tragó saliva. Continuaba empecinado en su desafío. Su intuición le alertó del peligro y pudo sentirlo dentro. Sin embargo, lejos de manifestarlo, alzó la barbilla. A pesar de la sutil diferencia de altura, se estaba encarando al traficante. Ramalazos de tensión sacudían sus fibras.

—¡A tomar por culo de aquí ya! —vociferó Annibal. Perdió la batalla contra sus propios estribos. Señaló la puerta una vez más, pero esta vez de un modo más brusco. Necesitó mucho control para evitar que le acusaran de cargos por agresión a un policía. Se consideraba mucho más inteligente que eso, no cedería a algo tan estúpido e impropio de él.

—Me resulta extraño que, habiendo sido asesinado su compañero estando usted allí, no diese el aviso —continuó Sawyer, incansable. Tenía que arañar esos segundos, debía insistir más allá de aquel enfrentamiento palpable.

—¿Es necesario que llame a mi abogado? —preguntó el Lobo. Era quien se mostraba más calmado. No aclararía que en realidad era otra víctima del asesino fantasma.

—¿Es necesario, Rafael? —repitió Sawyer. Sus engranajes mentales funcionaban al doscientos por cien para grabar todo cuanto estaba aconteciendo allí.

—Fuera. —El tono de Scorpio se mantenía grave, impregnado de témpanos de hielo.

—Estoy seguro de que sabe lo que significa la desobediencia a la autoridad —le hizo frente Wolfgang.

Los ojos oscuros de Scorpio brillaban con absoluta desconfianza. Se ahorró la carcajada despectiva. Sabía que, si quería, el sargento podría aventurarse a llevárselo a la comisaría. Y pese a que no le creía tan imbécil, no era una idea descabellada. Tendría que morderse la lengua a la hora de hablar con esos desgraciados. Cualquier otro sin placa y pistola ya habría sufrido las consecuencias.

—Perfectamente —contraatacó Annibal. Las ascuas incandescentes volvían a chamuscar su estómago. Luchó por mantenerlas a raya—. Habéis venido a tocarme los cojones y a acusarnos en mi puta cara, Sawyer. ¡En mi puta cara! Id a por la puta orden judicial si queréis volver a pisar mi casa.

—Tenga cuidado, Scorpio.

—¿Es una amenaza, sargento?

—Una advertencia.

—Fuera de mi puta casa. Ya.

Sawyer sabía cuál era el momento de retirarse y determinó que era ese. La tirantez entre ambos bandos era tan espesa que parecía haberse convertido en un participante más. No le había pasado desapercibido el esfuerzo del gánster por no cometer una temeridad, le estaba resultando demasiado fácil leer su lenguaje corporal. La suerte que se había puesto de su lado podría esfumarse en un abrir y cerrar de ojos si el chico decidía dejarse llevar.

Y en la comisaría no habían dejado constancia de la visita.

Con el fin de evitar una posible tragedia, Wolfgang apoyó la mano en el brazo de Rickman. Debían marcharse. Roger aún estaba centrado en Scorpio y, si las miradas matasen, este último habría caído fulminado hacía un rato. La influencia de su superior hizo que el detective abandonase el salón. Jones fue la última en incorporarse a la fila. La mujer miró por última vez a Annibal y después al Lobo. Lamentaba profundamente que no se hubiese llegado ni al entendimiento. En el fondo había albergado esa esperanza.

Scorpio se mantuvo en guardia hasta que los policías abandonaron su propiedad y desaparecieron tras la valla negra exterior, cerrándola.

—Hijos de puta —Annibal regresó al amplio salón.

—No esperaba que hubiesen averiguado que estuve con Jay aquella noche —admitió el Lobo. Era bastante más hábil que su amigo conservando las formas.

—Saben más que nosotros y tienen los huevos de venir a intentar sonsacarnos algo. ¡Qué colabore, dice! —Scorpio todavía no se había sentado—. ¿Para qué coño me gasto el dinero en un policía de mierda si luego no nos da la puta información?

—Tal vez no se haya enterado.

—Ya.

Annibal apoyó la mano derecha sobre la mesa y bajó la mirada. ¿Tan difícil era pasar una maldita tarde sin contratiempos? Como habría hecho antes de que alguien decidiese declararle la guerra... Solo había pedido una puñetera tarde. Pero no. Al parecer no era suficiente con las muertes de sus hombres, también tenían que llegar esos inútiles con acusaciones y otras tácticas ridículas. Habían intentado ponerles de su lado. ¡De su lado! Se jactaban de conocerle, pero lo cierto era que no le conocían en absoluto.

—Sawyer ha venido para comprobar si sabemos algo —comentó Rafael. Sujetaba el vaso de cristal, donde aún quedaba algo de whisky.

—Eso ha quedado muy claro. Joder, ¿de verdad creía que íbamos a abrir la puta boca? Es gilipollas si no se imagina que, si supiera quién coño me está haciendo esto, no iba a haber una puta muerte más relacionada conmigo.

—Entonces ha venido para ver qué es lo que no sabemos.

—¿Cómo coño saben que te hirieron? —Scorpio tenía la sensación de que todo el mundo tenía más información que él. Le resultaba imposible relajarse.

—No lo sé, Annibal. No sé si quedó algún testigo que pudiera describirme. Puede que hayan encontrado gotas de sangre por el suelo, no me fijé en eso. No me extrañaría, mi coche quedó perdido por dentro. No sé qué pensar. Alguien pudo ver mi matrícula. O habría algún policía por la zona. A lo mejor Sawyer me tiene vigilado —razonó el Lobo. Se encogió de hombros.

—Les habrías visto en el momento. ¿Para qué dejar que te fueras siendo un testigo potencial de lo que había pasado? —El hombre negó con la cabeza—. Sawyer lleva un tiempo obsesionado con nosotros, incluso antes de que toda esta mierda empezara. No iba a dejar escapar una oportunidad así si hubiese sabido desde un primer momento que estuviste allí.

—No lo sé.

—Bueno, no me importa cómo se hayan enterado. Pero la cuestión es que lo saben. En este momento lo que menos necesitamos es que te acusen de algo o que te metan en declaraciones, juicios y otras mierdas —dijo Annibal. Miró hacia otro lado y resopló. Esos policías complicaban la situación.

—Lo que sea que tengan me ha situado en la escena del crimen. ¿Y qué? Yo no maté a Jay, no pueden encontrar pruebas que digan lo contrario. Es probable que lo que tengan sea circunstancial y que pruebe mi presencia allí, pero nada más —explicó el Lobo. Sabía de lo que hablaba. No tenía la carrera de Derecho, pero sí había leído lo suficiente como para saber cómo cubrirse las espaldas. La información era poder.

—Pues el cabrón de Sawyer parecía saber muy bien por dónde tirar. ¿A qué coño venía que debías avisar del asesinato? Este hijo de puta puede verse en un callejón sin salida e intentar inculparte. Me cago en su puta madre.

—A ver, tranquilo. No te preocupes por eso ahora. Puede que hayan probado que estuve allí, y algo consistente tienen que tener porque no se equivocan, pero eso no demuestra que fuese yo quien matara a Jay. Haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado no me hace culpable. Y no me preocupa, porque no lo soy. Que hagan lo que les dé la gana. Y si me llamasen para declarar o cualquier idiotez similar, yo pude haberme marchado de allí antes de que el otro fuese asesinado —dijo Rafael—. Además, ¿qué clase de argumento es ese? No tiene mucha credibilidad basarse en que no informé a la policía. Yo, precisamente. Se cae por su propio peso.

La firmeza y convicción de Rafael ayudaban a Scorpio a calmarse. No le faltaba razón. Si había algo de su amigo que admiraba, entre otras muchas cosas, era su capacidad intelectual por encima de la media. Su inteligencia se aplicaba a cualquier ámbito, ya fuese teórico o propio de la vida diaria. Había salido de bastantes embrollos gracias a él. El papel del Lobo había sido determinante en el éxito de la organización, e incluso en el suyo propio. Le conocía desde hacía poco menos de veinte años y, desde entonces, también contaba con su amistad. Era el único en el que depositaba confianza absoluta.

—¿Todavía sigue en pie lo del reservado de Harrison? —preguntó Annibal de repente.

—Supongo.

—Llámale y dile que voy.

Ni el hijo de puta que le quitaba la vida a los suyos ni el cabrón de Sawyer iban a influir en sus malditas decisiones. No iban a interferir en su vida, no manejarían los hilos. Saldría a la calle una vez más, se mostraría una vez más. Y estaría deseando que alguien intentase algo contra él. Ansiaba sangre.