37. Ángeles caídos

 

Acompañé a Ángel a ver el resto de la exposición, “no todos los días se tiene la suerte de hacerlo junto a la fotógrafa que las ha hecho” me dijo, pero muy a mi pesar no pude dedicarle muchas más atenciones pues no dejaban de reclamarme para presentarme a “fulanito y menganito de tal”.

Me quedé muy decepcionada cuando una media hora después lo vi marcharse sin despedirse, sin darme o pedirme el número de teléfono, sin preguntarme si podía volver a verme, sin comerme a besos y sin meterme en la cama, ya puestos.

Paola; que parecía ajena a todo lo que en su interior ocurría y estaba pletórica con lo bien que estaba saliendo la noche; se acercó a mí con una copa de cóctel “Adriana” en la mano.

- Toma, querida, tienes que tener siempre una bebida en las manos, más aún cuando esa bebida lleva tu nombre, y no estés triste, seguro que vas a volver a verlo.

- No sé a qué te refieres- Dije a punto de dar saltitos de emoción ante esa posibilidad

-Ha comprado el autorretrato.

Creo recordar que en ese momento no pude evitarlo y sí que di algunos saltitos ridículos, y lo único que evitó que no lo acompañara de ridículas palmitas fue no derramar sobre mi maravilloso vestido el cóctel “Adriana”

- Ha dejado una nota para ti al formalizar la compra- Dijo mientras me tendía un pequeño papel doblado por la mitad.

Si es posible, sería un placer que hicieras tú la entrega a domicilio”

- ¿Vas a ir?- Me preguntó Paola que ya me había quitado la nota de las manos y estaba leyéndola con una sonrisa casi idéntica a la mía.

- ¿Estás loca? Claro que no, ¡si no lo conozco de nada!

- Pues así lo conoces ¿no? Es la mejor forma de solucionar ese pequeño problemilla

- Podía haberse esperado y hablar más conmigo, no sé, hacer las cosas de una forma más normal…

- Más normal y más aburrida querrás decir. ¿Qué tendría eso de especial? Tienes todos sus datos de contacto en la solicitud de la compra, llámalo y pregúntale si necesita que la entrega sea esta noche

- ¿Pero qué dices? No voy a hacer eso… ¡qué no lo conozco de nada!

- Y aun así te ha encantado y te mueres de ganas de conocer más. Mira, para tu tranquilidad te diré que aquí en la galería sí que lo conocemos y no parece ser ningún psicópata.

- ¿Y quién es? ¿No te has acostado con él verdad?

- No por falta de ganas, cielo, porque es un caramelito, pero no, tranquila, lo conocemos porque es arquitecto y en el estudio donde trabaja se dedica también a la creación de espacios y decoración y son buenos clientes de la galería. No seas tonta, llámalo- Dijo Paola antes de marcharse y dejarme allí de nuevo con la notita en la mano.

Al verla dirigirse a atender a otros invitados, pensé en ella y en lo que le estaba pasando, en las cosas que dejamos de hacer poniéndonos cientos de excusas y que luego lamentamos y en que puede llegar un día en que no tengamos tiempo para hacer ninguna locura más. Así que lo llamé. Y me cogió. Y quería la entrega esa noche a poder ser. Y en cuanto terminó la exposición y dejé de atender y a unos y otros… fui. Y me abrió la puerta con una camiseta blanca de algodón, unos vaqueros y el pelo húmedo. Con una gran sonrisa me dijo “Bienvenida”.

Vivía en una casa preciosa, era un apasionado de la fotografía y tenía muchas por toda la casa, todas con mucha personalidad y muy artísticas “Aquí voy a poner la tuya” dijo señalando un pequeño hueco virgen en la pared de su magnífico salón comedor.

Con toda la naturalidad del mundo empezamos hablar como si nos hubiéramos visto también la tarde anterior, y la otra y la otra… Empezó a hablar de lo que hacía, de su trabajo con la misma ilusión y pasión con la que yo lo hacía de la fotografía, y creo que fue justo ahí cuando pensé “ Yo por mí si quieres no hace falta que hablemos más” Y puede que Ángel además de arquitecto, de guapo a rabiar, y encantador fuera telépata, porque dejó de hablar, se acercó al taburete alto del comedor en el que yo estaba sentada con una copa, me la quitó de la mano y empezó a besarme. Primero muy cerca de la oreja, luego suavemente a lo largo de la mandíbula hacia mi barbilla, y cuando llegó allí, se paró un instante, me miró a los ojos, respiró con deseo, y solo entonces empezó a dedicarse a mi boca. Tras aquel beso, me cogió en brazos y me dirigió hasta su dormitorio, me tumbó en la cama como si no pasase nada y continuó con aquel exquisito tour de besos. Sin ninguna duda, ni tensiones e inseguridades, me dejé hacer en sus manos, no pensaba en nada, liberé mi mente. Sólo era una mujer en los brazos de un hombre. Un hombre que conocía muy bien el cuerpo de una mujer y disfrutaba haciéndolo disfrutar.

Por primera vez en mi vida no estaba disfrutando del sexo como expresión del amor o de la frustración o de la necesidad de sentirme deseada. Estaba completa y absolutamente entregada al placer. Sin más pretensión que disfrutar y hacerlo disfrutar a él. Estaba experimentando el sexo por definición, no eran necesarias promesas de un amor que no nos teníamos para que aquello fuese perfecto. Aquella sensación de liberación se apoderó de cada poro de mi piel. Placer, placer, placer. Su lengua en mi ombligo, en mi cadera, en los pliegues de mi sexo. Sus manos acariciaban, apretaban, pellizcaban. Yo me retorcía de placer y me abandoné como nunca lo había hecho a un orgasmo brutal que recorrió y sacudió mi cuerpo una y otra vez hasta dejarme exhausta. Pasamos la noche así, hambrientos el uno del otro, insaciables e incansables.

A la mañana siguiente me desperté con unas agujetas horribles y la piel irritada aún por el roce de su incipiente barba en casi todo mi cuerpo, los labios hinchados y sobre todo muy, muy satisfecha. Él ya estaba despierto a mi lado, me miró y me sonrió con los ojos achinados

- Buenos días- Le dije algo avergonzada

- Buenas tardes querrá usted decir, que van a dar las dos

- ¿Las dos? ¡Hacía años que no me daban las dos de la tarde en la cama!

- Lo de anoche estuvo genial-Dijo besando la punta de mi nariz

- Sí que lo estuvo, sí

- ¡Y ahora me muero de hambre!- Dijo mientras saltaba de la cama con una energía que me desconcertó- Venga levanta y desayunamos algo.

- Emmm, bueno yo un café sí te lo agradezco, pero me marcho rápido

- La prisa que tú tengas, pero por mí no tienes que tener ninguna, desayunar hay que desayunar que es la comida más importante del día.

Y en aquella habitación no había cambiado nada, no había tensión, ni incomodidad, ni pensamientos extraños sobre cómo comportarse después de habernos acostado juntos.

Después de ese brunch improvisado colgó mi fotografía en el salón mientras yo terminaba de vestirme para marcharme. Me sentía algo ridícula con aquel precioso, escotado y ajustado vestido blanco y negro que simulaba la estética de un esmoquin en versión vestido saliendo a la calle a media tarde y plena luz del día, y cuando me acompañaba a la puerta me dijo:

- Ahora tengo que buscar de nuevo otra excusa lo suficientemente original como para que quieras volver.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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