17. Los momentos que robé.

 

Los días siguientes trascurrieron entre risas, copas, turismo y confidencias. Para Paola y Carolina también trascurrieron entre muchas sesiones maratonianas de sexo. Hijas de su madre qué envidia nos daban. Alfredo y “el griego”, resultaron ser además de encantadores unos magníficos guías que conocían todos los rincones de la ciudad aún sin explorar por nosotras y que no dejaban indiferente. Estábamos relajadas, casi me atrevería a decir que durante aquellos días, a pesar de todo, nos sentimos felices. Yo me relajé, conseguí no pensar demasiado en Damián y en que había puesto mi vida patas arriba, estaba centrada en vivir aquellas nuevas experiencias y explotar al máximo el proyecto de fotografía al que nos habían retado. Recorrí Barcelona de punta a punta con mi cámara intentando fotografiar aquello que Carlos había denominado como “lograr captar lo extraordinario en lo ordinario”. El problema con el que me encontraba para conseguirlo es que yo ya tenía adquirido un estilo muy definido en mis fotos y lograr salirme de ese encuadre y esa visión mía tan particular que reflejaba en mis fotos, resultaba más complicado de lo que en un principio esperaba. Pero no desistí, fotografié y fotografié casi sin tregua, descubriendo ante mis ojos muchas situaciones y escenarios que resultaban especiales si se miraban con mimo, viendo más allá de lo evidente. Cuando llegó el sábado por la mañana descargué nerviosa en un pen la selección final de fotografías que iba a mostrar en el aula como la representación final de mi trabajo y, al echarles un último vistazo antes de copiar y pegar, reconozco que me sentí muy satisfecha con el resultado. Sólo deseaba no ser la única que lo viera así.

El objetivo de aquella clase era que tras exponer nuestro proyecto ante el resto de compañeros, pudiéramos analizar nuestros procesos creativos, el planteamiento de la secuencia, de la toma fotográfica y de la edición y retoques de las distintas fotos, para que así con esa puesta en común y repaso de las últimas técnicas aprendidas pudiéramos hacer un verdadero aprendizaje productivo.

La exposición de las fotografías que habían realizado mis compañeros fue, junto con los comentarios que iba aportando Carlos, muy instructiva. Estaba encantada con lo que veía. Me inspiraba y me hacía sentir de nuevo conectada con mi vocación, con mi creatividad. Hacía años que esas sensaciones estaban adormecidas en mí. Había acabado haciendo un trabajo mucho más técnico y vendible y me había alejado, sin darme cuenta, de la pasión que siempre había despertado en mí la fotografía. Para mí no era solo un trabajo, no, era mi forma de expresarme, de incluso a veces lograr entenderme y hacerme entender, algo que estaba conectado a mi alma y a mi forma de sentir, una forma de comunicación conmigo misma y con el mundo que no necesitaba de palabras para tener sentido. En aquella aula, rodeada de la forma de sentir de otros que, con la misma devoción que yo, se comunicaban a través de sus fotos, volví a sentir la necesidad de reencontrarme con aquella Adriana que me parecía tan lejana que me costaba creer que había sido yo. Esa Adriana no me había abandonado, no había desaparecido, solo estaba perdida y necesitaba que alguien le enseñase de nuevo el camino a seguir, que me mostrase mi propio camino de baldosas amarillas como le sucedió a Dorothy en El mago de Oz. En este caso, resulto que mi “mago de Oz particular” se llamaba Carlos.

Carlos consiguió que todos explorásemos fuera de nuestra zona de confort, entre aquellas imágenes expuestas había algunas fotos realmente maravillosas que invitaban a autosuperarse. Cuando llegó mi turno estaba bastante nerviosa, malditas inseguridades que siempre me acompañaban cuando nadie las llamaba y menos las necesitaba, entonces Carlos me miró expectante y me invitó a explicar ante mis compañeros en qué me había centrado estos días y con un discreto guiño de ojos que me desconcertó, me trasmitió toda la confianza y seguridad que él emanaba.

Había seleccionado para exponer en el aula una serie de siete fotografías a las que había titulado: “Los momentos que robé”

Eran siete fotos a color que combinaban y jugaban con la iluminación y el desenfoque de forma muy armoniosa haciendo que centraras la mirada justo en aquello que había llamado mi atención.

La serie comenzaba con una foto que mostraba un muro cualquiera de la ciudad en el que solo había pintado, con letras muy grandes de color negro, una frase que parecía imposible que pasara desapercibida en contraste con el blanco inmaculado de la pared, pero que sin embargo a nadie parecía llamar la atención aquella pequeña acción poética callejera. En la pintada se leía: “¿Cuánto tiempo te quedarás conmigo? ¿Preparo café, o preparo mi vida?” Y sobre dicho muro, junto a la pintada, estaban apoyados dos jóvenes enamorados, espontáneos protagonistas de mi cámara mientras se dedicaban un abrazo cargado de la ilusión y la inocencia del primer amor. La luz de aquella foto era perfecta, la naturalidad de ellos, su postura, sus miradas, incluso la ropa que llevaban bien habría valido para que fuera la foto publicitaria de una marca de ropa juvenil. Si hubiese preparado la foto indicándoles a los jóvenes lo que quería captar, no habría logrado que quedase igual de bonita. Una tras otra fui mostrando las distintas imágenes que había realizado acompañándolas de una breve descripción por mi parte donde procuraba dar la máxima información técnica usada a mis colegas de profesión. “Los momentos que robé” siempre serían para mí una serie de fotos muy especiales. Fotos donde intenté captar instantes y provocar reflexiones. Una selección que no necesitaba orden compuesta en exclusividad por la cotidianidad con la que convivimos.

A la foto de “Acción poética callejera” le siguió “La felicidad en un dulce… gesto”: donde se veía a un niño, aún con los ojos llorosos, junto al gofre que se le acaba de caer sobre sus pies mientras su madre, amorosa, decide no regañarle por su falta de cuidado y lo consuela en cuclillas con palabras tan dulces como debía serlo su merienda y con una caricia en la mejilla, mientras que el señor del puesto de gofres, justo detrás, se acercaba sonriente y generoso a regalarle un nuevo pastel a aquel chiquillo. La expresión con la que el niño lo recibió, eran la alegría y la gratitud por definición.

Tras esa foto, “Viaje al pasado”: donde aparecían una mujer leyendo un libro en una cafetería mientras su hijo, de unos siete años, hacía lo mismo a su lado con un cuento infantil, sin rastro de móvil, ni tablets. Sólo ellos disfrutando de su lectura y de hacerse comentarios y gracias sin distracciones 4G. Recuerdo que al mirarlos me recordaron a las pocas cabinas de Telefónica que aún quedan solitarias por algunos puntos de la ciudad, sin uso, abandonadas al olvido, quizás presentes solo para recordarnos que hubo una vez, no hace tanto, que éramos capaces de vivir así. Sin estar siempre conectados, disponibles, capaces de disfrutar de un café, un libro, la compañía, sin el alcance constante de una aplicación.

“Pisa con garbo” el andar sensual, seguro y elegante de una mujer sobre unos vertiginosos tacones rojos dejando tras de sí una colección de miradas nada indiferentes.

“Ilusión distorsionada”: esta era la única de la de la serie de fotos en blanco y negro, el resto de la gente que caminaba por la calle aparecían borrosos, con ruido, casi en movimiento, y sólo bien enfocada y nítida una resplandeciente joven con pelo largo y suelto que se sujetaba con una mano evitando que el viento le tapase la cara, le ocultase su inmensa sonrisa, una que hablaba por sí sola, mientras observaba, emocionada, el escaparate de una tienda de novias, justo un momento antes de decidirse a entrar.

“La roja”: foto a todo color, en el centro de una estrecha callejuela repleta de banderas independentistas colgando de sus balcones, paseaba un viandante con la camiseta de la selección española tan orgulloso como las banderas que le daban paso.

Y la última foto de todas. Mi preferida. En ella aparecen un grupo de tres amigas (mis amigas) riéndose a carcajadas. Una que besa en la mejilla a la que parece estar algo avergonzada, pero sonriente también, y la tercera que ríe y aplaude a la vez ante lo que acaba de ocurrir y las hace reír juntas en una bonita terraza con vistas al mar. A esa foto la titulé: “EL FARO”. Evidentemente no salía ningún faro en la foto, pero sin lugar a dudas para mí, momentos y personas como esas, eran los que hacían posible no perdernos, ni hundirnos ante los problemas y la parte más oscura de la vida.

Expliqué una a una cada fotografía, técnica, objetivo, luz, ángulos, retoques, si es que tenían, usados durante el proceso de edición, para finalizar contando el por qué había decidido hacer este tipo de fotos. Mis compañeros habían centrado su atención principalmente en paisajes, arquitectura y demanda social. Intenté explicarles que trataba de captar aquellas pequeñas cosas que nos pasan desapercibidas en la rutina de nuestro día a día y dejamos de apreciar mientras olvidamos que son los pequeños detalles del día a día los que son capaces de marcar grandes diferencias. ¿Cuántos momentos dejamos de valorar cuando se disfrazan de cotidiano? Y aunque ellos no lo supieran, para mí el peso de la rutina, y de lo que arrasa a su paso, era algo de lo que sabía mucho más de lo que me gustaría.

Carlos no hizo ningún comentario en concreto sobre mi trabajo. Sí comentó, de forma genérica, lo que era susceptible de mejora y diversos tecnicismos. No entró a valorar si le gustaban o si coincidía artísticamente con el tipo de foto que habíamos decidido hacer ninguno de nosotros. Y aunque no sabría decir exactamente por qué, yo sospechaba que mi trabajo le había gustado especialmente.

Al día siguiente tras las últimas clases y dar por finalizado el curso nos regalaban una entrega de material digital para que pudiéramos usar en adelante y que incluía programas de edición con las últimas y más novedosas herramientas, seguido de una pequeña recepción de clausura donde nos hacían entrega de un diploma como título acreditativo de lo aprendido, y para finalizar un pequeño aperitivo para hacer networking entre nosotros.

Dos cervezas y treinta minutos después de charlar sobre nuestros próximos proyectos y planes con mis compañeros, Carlos se acercó a mí aprovechando la ocasión en que me dirigía al sencillo buffet que habían dispuesto de platos fríos, dispuesta a abastecerme de unos cuantos canapés y así procurar no chisparme en exceso con tanta cervecita. Siempre he tolerado bastante peor que cualquier otra bebida la cerveza. Dos gin-tonics y tan fresca, cuatro cervezas y estoy borrachina. Misterios de la vida.

Sin tan siquiera fingir hacerse el encontradizo conmigo entre pinchos y tortillas, me preguntó provocador

- ¿Finalmente crees que has aprendido lo que esperabas durante estos días, Adriana?

Lo miré consciente del tono irónico que escondía su pregunta y aunque una parte de mí se resistía a darle la razón, pues imaginaba que era de ese tipo de hombres que se vanagloriaban de estar siempre en lo cierto, estaba tan contenta con el subidón de motivación profesional que me llevaba de Barcelona, principalmente por su empuje, que no pude más que ser sincera y dejarme de juegos para hacerme la interesante.

- Pues la verdad, no sé si es lo que esperaba aprender aquí, pero he salido de mi zona de confort con la cámara, y me he arriesgado con otro tipo de fotos. He recordado la fotógrafa que había en mí hace unos años, la que sentía tantas ganas e ilusión por hacer de su pasión su profesión, que se tiró al vacío dispuesta a arriesgar porque creía en sí misma. En aquel momento solo necesité un pequeño empujoncito para sentirme segura, y de nuevo sin esperarlo y sin saber que lo necesitaba, me lo han vuelto a dar. Hacía tiempo que no me sentía así… De modo que contestando a tu pregunta te diré que ha sido mejor de lo que esperaba y estoy muy contenta de haber venido.- Confesé mientras levantaba mi cerveza para brindar con la suya.

- No sabes cuánto me alegro de escuchar eso, ahora que ya se me permite dar mi opinión personal sobre vuestros trabajos, me toca admitir a mí que han sido tus fotografías las que más me ha gustado- Dijo sonriente mientras nuestros vasos de cristal coincidían con ese maravilloso “clin” que siempre acompaña a buenas palabras y deseos.

- Muchas gracias- Dije sintiéndome realmente alagada.- Yo he disfrutado muchísimo haciéndolas- Afirmé satisfecha. Entonces me miró intensamente durante unos segundos antes de preguntar

- Adriana… ¿tienes planes para comer?- No me lo esperaba ¿estaba intentando ligar conmigo? Casi no sabía ni que contestar y mi cara debió de ser un poema que habló por sí misma, porque rápidamente añadió

- Me gustaría comentarte un proyecto profesional en el que creo que encajarías perfectamente y del que me gustaría formaras parte si estás disponible.- Si el que pensara que trataba de ligar conmigo me había dejado en estado de shock, aquello me dejaba ya completamente noqueada. ¿Una oferta de trabajo? ¿Estaba acaso yo buscando trabajo? ¿Este profesional como la copa de un pino quería contar conmigo? Conseguí, no sé muy bien cómo, articular palabra y disimular que la única frase que me pasaba por la cabeza era “¿pero qué me estás contando?

- Pues tengo que volar de vuelta a Sevilla esta noche, pero no me supondría ningún inconveniente cancelar mis planes para comer y hacerlo contigo… comer quiero decir, no hacerlo de hacerlo- Añadí nerviosa arrepintiéndome de haber dicho esas palabras en cuanto salieron de mi boca. Opté por fingir no haberlas dicho y él no haberlas escuchado a pesar de su expresión divertida y continué hablando- Siento mucha curiosidad por saber en qué tipo de proyectos piensas que podría encajar.

- Vámonos pues y te pondré al tanto de todos los detalles- Dijo apoyando ligeramente su mano en mi espalada mientras nos dirigíamos a la salida.

Nos sentamos a comer en el primer bar que nos cruzamos con velador. No llenamos los silencios con conversaciones vacías, tipo “qué bien se ha quedado el día hoy” ni “en Sevilla ya estaréis pasando calor ¿no?”. Simplemente silencio hasta que el camarero se marchó tras atendernos, y no resultaba incómodo, ¿por qué? Una vez nos sirvieron las bebidas comenzó.

- Verás, Adriana, por motivos personales he tenido que dejar atrás la vida que llevaba en EEUU- Hizo una pequeña pausa, como si estuviese valorando hasta qué punto necesitaba o quería darme esa información, pero continuó hablando igual de decidido después de darle un breve sorbo a su cerveza- Tengo una hija de 25 años de la que no sabía nada hasta hace apenas un año, vive en Barcelona y quería conocerla y recuperar el tiempo perdido con ella, es por eso que me mudé aquí. Acepto trabajos que me permitan no tener que viajar tanto, entre ellos impartir cursos a profesionales y algunas colaboraciones con revistas de tirada nacional.

No sabía ni qué decir, ni por qué me estaba contando el drama de su vida digno de un telefilm de siesta de domingo.

- Carlos, no quiero que pienses que soy una antipática, pero la verdad es que no sé porque me cuentas todo esto…

- Lo sé, y no es que vaya contando mi vida a la ligera no creas, pero si te estoy contando algo tan personal, es para que puedas entender mejor lo importante que es para mí poder contar con ayuda en el proyecto del que me gustaría que formases parte.

- Si crees que tiene relación, de acuerdo, continúa.

- Antes de romper con la vida que llevaba y mudarme a Barcelona, dejé todos mis proyectos y colaboraciones cerradas, todos excepto uno. Este. Tengo el compromiso de realizarlo desde hace mucho y podría hacerlo solo… pero cuando he visto el tipo de trabajo que haces, cuando has mostrado tus fotografías y nos las has explicado, no pude evitar pensar lo realmente bien que encajarías en esto y lo mucho que me podrías ayudar. Contigo lograría terminarlo antes sin necesidad de viajar más de una vez y además aportarías sabia nueva. Desde hace algún tiempo soy consciente de que mi trabajo se ha vuelto lineal, tengo la cabeza en otras cosas y no consigo conectar con las fotos que realizo. Mis fotos tienen sello propio sí, se reconoce mi trabajo, pero ahora necesito una visión nueva y diferente, una llena de la pasión que a mí me falta y que antes me sobraba. Hoy he reconocido de nuevo esas ganas y esa fuerza en ti.

Estaba ojiplática. Tenía ganas de abrazarlo y poder decirle “pero qué salaó eres leñe, qué bien hablas, ahora mismito hago yo todo lo que tú me pidas”, pero manteniendo a raya a la desequilibrada que vive en mí continué profesional y contenida.

- Me siento muy halagada, mucho, pero aunque me sobren las ganas Carlos, creo que me falta la experiencia.

- Aún no sabes en qué consiste el trabajo y, no obstante, no se trata de experiencia Adriana, sino de visión, sensibilidad y pasión… y también de intuición. Yo la tengo, y tú también. Y en este caso, mi intuición me dice que eres la persona que necesitaba para que este proyecto no se alargue aún más meses. Sinceramente no me apetecía hacerlo en estos momentos y lo estaba posponiendo hasta el plazo límite. Necesitaba a alguien que me ayudara a recuperar lo que este tipo de fotos requieren para ser perfectas.

- ¿De qué trata el proyecto?- Dije nerviosa e intrigada con tanto preámbulo y misterio

- Se trata de un reportaje fotográfico, con mucha sensibilidad y personalidad, para una exposición itinerante que se expondrá en los principales museos de arte contemporáneo europeos. Berlín, París, Londres, Dublín y también en España, en el Centro de Arte del Reina Sofía en Madrid, y en el MACBA, aquí en Barcelona.- En ese momento sentí que la boca se me iba a abrir tanto que me llegaría al suelo como a los dibujitos animados- Es una exposición colectiva que lleva por nombre “Historias de una pasión”, donde se fotografiará y se contará la historia de ciudades que han sido y serán, escenarios de grandes historias de amor, tanto famosas, como hasta ahora anónimas. Cuando yo decidí trabajar en la exposición, en la que lo harán también otros 12 fotógrafos, sabía perfectamente en que ciudad quería situar mi obra y me centré en investigar hasta dar con la historia que realmente quería contar. Estaba seguro que no quería una historia de amor famosa que todos observaran, pero que ya creyeran conocer a través del cine o de la historia en sí misma, sino una que llegara sin adulterar a todo aquel que la viese por primera vez.- Estaba tan emocionada por lo que me contaba que me daban ganas de abrazarlo, así, sin conocerlo de nada, de darle muchos besos de abuela en las mejillas y gritar con una vocecilla aguda que me parecía un trabajo precioso- La ciudad que he elegido será Roma ya que para mí es uno de los destinos más románticos que existen y el reportaje tratará sobre una pareja romana de 102 años que llevan juntos desde los 20. Ellos nos recibirán y nos contarán su propia historia y cuáles han sido los icónicos escenarios románticos que la presenciaron con la idea de captar en las fotografías a través de la pareja que hoy son, la que fueron en su juventud.

Se me escapó un ¡Qué bonito!, no lo pude evitar, a pesar de que no podía dejar de pensar que yo no me encontraba en un momento personal muy adecuado para saber captar la esencia del romanticismo. Poco a poco, Carlos, fue contestando a todas mis preguntas y dándome más información sobre un proyecto que me gustaba cada vez más. Poder trabajar en una exposición de ese calibre y difusión era un sueño que jamás alcancé ni tan siquiera a imaginar.

¿Pero para qué me necesitaba en realidad? ¿Las fotos no llevarían acaso su nombre? Entonces me explicó que él tenía la libertad, y la opción de, que en la serie de fotografías que expusiera, poder colaborar con otros profesionales, que no era una exposición sobre el trabajo de un fotógrafo, sino una exposición temática, que contarían una historia a través de muchas historias diferentes y que para ello podía buscar a quién colaborara con él. Podía hacerlo solo, me dijo, pero le llevaría más tiempo realizar el trabajo y además le faltaba concentración y enfoque en estos momentos, y como ya me había adelantado, no quería viajar demasiado. Su situación personal aquí era bastante complicada y en este momento también su prioridad. Si yo le acompaña y colaborábamos juntos, podríamos hacerlo mejor y finalizarla antes.

Él se encargaría de todo lo que se refería a la organización, de ponerme en contacto con el representante de la exposición para lo que pudiera necesitar, y por supuesto, no tendría que correr con ningún gasto además de pagarme bastante bien por los trabajos que llevasen mi firma. Trabajar junto a su nombre, como iguales, me daba un caché que en otras circunstancias me hubiera llevado años lograr. Además de eso, estaría dos semanas en una de mis ciudades preferidas haciendo un trabajo que me podía abrir numerosas puertas y aportarme una gran experiencia con la que engordar mi currículo. ¿Era Carlos mi Hada Madrina? Sin duda lo era. Sólo le faltaba la varita mágica y que sus milagros no caducaran al dar las doce campanadas.

No me hizo falta pensar en los detalles del puesto de trabajo, acepté con un entusiasmo y alegría imposibles de disimular ¡Qué ganas de contárselo a Damián! Esos instantes en que recordaba, casi de golpe, que mi matrimonio se estaba haciendo añicos y que las alegrías ya no serían compartidas, ni celebradas juntos, eran realmente terribles.

Carlos y yo hablamos mucho sobre mi trabajo y me animó, en exceso, a que me plantease en serio dedicarme a los reportajes y exponer mi propia obra.

- ¡Cuántas historias podrías contar, Adriana, cuántas! Tienes mucho talento, si te atrevieses a salir de esa comodidad en la que parece te has instaurando podrías llegar muy lejos.

Pensando en aquellas palabras llegué a casa. ¿Podría llegar lejos? Pero ¿a dónde? Nunca me había planteado mi carrera de esa forma, lo cierto es que yo no soy una persona ambiciosa. Los grandes sueños y la superación siempre habían sido para mí algo que había experimentado a través de los sueños de Damián y que había hecho también míos apoyándolo a conseguirlos. Pero respecto a mí, nunca había sentido en realidad esa necesidad de ser la mejor, ni de que mi trabajo debiera suponer éxito y grandes reconocimientos. Siempre había querido, por supuesto, trabajar y sentirme realizada y satisfecha con lo que hacía, pero teniendo un sueldo a final de mes que me permitiera vivir sin preocupaciones, para mí, siempre había sido suficiente. Así que todo esto que estaba a punto de sucederme, aunque excitante, me hacía plantearme también, con cierto vértigo, si ese era realmente el camino que deseaba recorrer.

Ya de nuevo con las chicas nos pasamos todo el vuelo de vuelta a casa hablando de la propuesta de Carlos. Todas coincidían en que debía lanzarme a vivir la experiencia sin miedo, que debía aprovechar, sin dudarlo, aquella oportunidad. Me recordaron que no era una situación que supusiese grandes riesgos, pero que sí me ofrecía mucho. Siempre tendría mi trabajo y mi vida tal y como la conocía esperándome después…

Y era cierto, no tenía nada que perder, y sí, mucho que ganar.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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