25. Pórtate bien y frena

 

La primera, y hasta el momento, única vez que había visitado Roma, fue un auténtico flechazo. Me enamoré tanto de ella que sentí incluso una pizca de culpabilidad por desmerecer a mi adorada Sevilla. Tenía 23 años y fue durante el viaje de fin de carrera que hice junto a mis compañeros de estudios y travesuras en un crucero por el Mediterráneo que estaba lleno de jóvenes que quieren comerse el mundo, sin obligaciones, ni grandes responsabilidades. Libres.

Recuerdo aquel viaje lleno de excitación y apenas me reconozco en aquella jovencita de moral intachable que se pasó los diez días de viaje rodeada de todo tipo de tentaciones y diversión pero que no se desvió, apenas, del camino correcto que era el único que por aquella época daba por bueno. En aquel momento de mi vida las cosas eran para mí o blancas, o negras, no conocía aún el sinfín de matices de grises. Lo que estaba mal, estaba mal y punto, por lo que no tenía la más mínima intención de ponerme a mancillar camarotes de aquel barco lleno de alcohol y hormonas por muy joven que yo fuera y por muy imposible que resultase que Damián se enterase de mis escarceos. Ya llevaba tres años saliendo con él y aunque reconozco que se me pasó por la cabeza aquello de “lo que pasa en aguas internacionales se queda en aguas internacionales” y una vocecita en mi cabeza que no conocía ni tan siquiera de vista a Pepito Grillo me susurraba "anda tonta, aprovecha" conseguí no descarrilarme demasiado. Fue muy difícil. Puse a prueba mi fuerza de voluntad una noche en la discoteca del crucero cuando un chico tan guapísimo, que parecía recién sacado de “Vacaciones en el mar” y con el que llevaba tonteando inocentemente los días que ya llevábamos de viaje entre miraditas y risitas, me sacó a rastras de la discoteca con la excusa de tomar el aire y hablar más tranquilos. La fría noche del exterior nos recibió con un cielo inmenso, él más oscuro y lleno de estrellas que había visto jamás, acompañado de un mar aún más oscuro que no tenía fin. Parecía que navegábamos por el medio de la nada, iluminados sólo por las pequeñas luces exteriores de seguridad del crucero, la luna y las estrellas. Y ahí fue cuando dudé. Allí solo estábamos él, aquella noche perfecta para un primer y tórrido beso, mi miedo a caer por la borda por un traspiés de mis tacones si el beso llegaba a producirse y yo. Me susurró al oído no sé cuántas cursilerías a las que yo le respondía con una sonrisa en absoluto cándida ni inocente. Esa noche, aquel chico encantador del que no recuerdo el nombre, me apretó de una forma exquisita contra él, haciéndome sentir pequeñita y menuda entre sus fuertes brazos mientras pensaba que solo existía el “ahora” y eso que decían todos de vivir el momento. Tenía los ojos verdes y el pelo muy negro, acababa de terminar la carrera de derecho y hablaba de todo creyéndose un experto, como si no hubiera nada de lo que él no supiera. Él sabía que era guapo, pero que muy guapo, y se permitía cierto tipo de comentarios que en la boca de cualquier otro mortal me habrían provocado un auténtico ataque de risa seguido de un “¿me estás vacilando verdad?” pero que escuchados en su boca, con tanta efusividad y convicción, me hacían babear como una tonta sin cerebro. Cuando me abrazó de aquella manera exquisita, dejando que notase una más que sugerente erección, sonaron todas mis alarmas “¡mec, mec, mec, peligro!” ¿Y ahora cómo sales de esta en la que con tanto tontear te has metido jovencita?

O me tiraba al mar (descartado) o le comía a besos esa boquita provocadora y me dejaba llevar (probable) o me hacía la santa mujer y reconocía que había estado jugando a eso que llaman calentar al personal sin pensar en las consecuencias (recomendable).

No me dio tiempo a pensar qué iba a decirle para no quedar del todo mal cuando allí, en medio de algún punto incierto del mar mediterráneo, me plantó un besazo de los que solo le falta tener banda sonora para ser perfecto. Reconozco que me dejé besar, estaba como hipnotizada, y reconozco además que me dejé besar el tiempo suficiente como para tener que sentirme culpable, pero insuficiente para que bajarme la braguitas fuera imprescindible. Fui capaz de parar, a pesar de lo mucho que me estaba gustando aquello, cuando la imagen de Damián despidiéndome en el aeropuerto con su “te voy a echar de menos” y su casto besito apareció ante mis ojos y se convirtió en lo único en lo que podía pensar. Me aparté, me excusé diciendo que estaba más mareada de la cuenta y salí corriendo (literalmente) de allí. Lo dejé plantado, con cara de alelado, a él y a su sugerente erección y me refugié en mi camarote donde sintiéndome tan culpable como si hubiéramos fornicado salvajemente en plena popa, me dediqué a leer una y otra vez la divertida y tierna carta que Damián había metido en mi maleta sin yo saberlo y que solo descubrí al deshacer el equipaje. Entre las muchas cosas que me decía la carta había hecho una original y alocada lista de todas las cosas que suponían un peligro a bordo de un barco para una patosa como yo. Piratas, Icebergs, tacones y barandillas…. Casi todo lo imaginable excepto el moreno de ojos verdes y boquita de piñón. Ese no lo había puesto en esa lista, no.

Al día siguiente atracamos en Roma y al verla, me olvidé del moreno, que también se había olvidado de mí y ya estaba dedicado a otra menos comprometida joven, y solo podía pensar en lo maravilloso que sería volver a aquella ciudad y pasear por esas maravillosas calles llenas de vestigios de historia estando enamorada. 

De nuevo volvía a estar en Roma. De nuevo sin Damián y con la conciencia llena de culpa, pero por primera vez fui consciente de que, quizás, nunca se haría realidad mi propia versión de “Vacaciones en Roma” de la mano de Damián. Parándonos a hacernos fotos como dos enamorados más por todos sus rincones. Riéndonos ante un café en una terraza con maravillosas vistas. Sí. Por primera vez fui consciente de que en medio de todas las cosas que podía perder al separarnos, no solo estaban las ya conocidas, mis rutinas, sino que se encontraban, también, todos los sueños y planes que teníamos por hacer y quizás ya nunca serían.

Podía dejarme abatir por la desolación y ahogarme en el mar de preguntas sin respuestas que me angustiaban o centrarme en lo importante, mi trabajo, sin importar nada más. Tenía que abandonar la melancolía si no quería estropear aquel viaje.

Miré, desafiante, mi reflejo en el inmenso espejo que adornaba la amplia habitación del coqueto hotel al que acabábamos de llegar retándome a no ser una cobarde. Respiré profundo y me convencí, no sin tener que repetírmelo varias veces, que adoraba aquella ciudad y que aunque estuviésemos allí por trabajo, en Roma sólo quería sentirme feliz, así que no iba a dejar que nada, ni nadie, me estropeasen aquella experiencia.

Una vez deshecho el equipaje me dispuse a reunirme con Carlos en el hall para ir a cenar y organizar las jornadas de trabajo tal y como habíamos quedado al separarnos para instalarnos en nuestras respectivas habitaciones.

Comprobé aquella noche que hablar con Carlos en persona era incluso mejor que nuestras largas charlas telefónicas de los últimos días. Era casi una experiencia terapéutica. No dejaba de sorprenderme que alguien que hacía apenas un mes me era un completo desconocido, ahora sabía todo tipo de detalles sobre mi vida, mis gustos, expectativas, sueños y deseos. En ninguna de las conversaciones que habíamos mantenido hasta el momento le había oído hacer jamás una mala crítica, ningún juicio de valor. Tenía una capacidad innata para escuchar y reconfortarte sin casi decir nada. Su mirada, sus gestos, no sabría explicar qué era exactamente lo que hacía o dejaba de hacer, pero trasmitía fuerza. Seguridad. Masculinidad y experiencia. No era de grandes discursos, no, pero lo que decía, lo hacía con tal confianza y seguridad, que el mensaje llegaba mejor que cualquier largo alegato cargado de argumentos. Él también me había hablado de su vida, de todo lo que le había supuesto enterarse de una paternidad de la que tantas cosas se había perdido. No alcanzaba a entender cómo la madre de su hija decidió que era mejor dejarlo al margen y no contarle nada. Aunque no había tenido ninguna relación seria con aquella joven, él jamás se habría desentendido de su hija si lo hubiera sabido. Sentía que lo habían privado de una experiencia y unos momentos irrecuperables ya. Se sentía impotente, frustrado, sabía que sería una pena con la que siempre tendría que vivir. No le quedaba más opción que la de resignarse a que la relación con su hija hubiera empezado cuando lo había hecho y procurar compensar tantos años perdidos. Había sido ella, su hija, quien le había localizado cuando su madre por fin le confesó, tras años de anonimato, quién era su verdadero padre.

Su hija se llamaba Sofía, y era una chica realmente guapísima como había podido comprobar en las preciosas fotos que Carlos le había hecho y me había enseñado en su móvil. Se parecían mucho. Irradiaba la misma personalidad carismática y fuerte que él. Tenían los mismos ojos llenos de vida, una mirada que parecía ver más allá que el resto de los mortales. Una melena negra, espesa y larga que le caía por encima de unos delegados y definidos brazos bronceados. Carlos hablaba de ella con la misma devoción que lo haría un padre sobre su bebé recién nacido. Sofía estaba terminando la carrera de periodismo y vivía muy cerca del piso que Carlos se había alquilado en Barcelona. Con la madre de Sofía no había vuelto a tener contacto, ni siquiera ahora que formaba parte activa de la vida de la hija que ambos tenían en común como fruto de una tórrida noche en Los Ángeles después de un concierto. Y aunque él no me lo había dicho directamente, por las cosas que contaba parecía que aquella señora muy equilibrada no estaba y que la relación que mantenía con Sofía, no era especialmente estrecha, ni buena.

Aquella primera noche cenamos en una vinoteca cercana al hotel. Teníamos que repasar los detalles de la cita que teníamos al día siguiente con la pareja centenaria que harían de guion de fondo de nuestro reportaje. La vinoteca era un pequeño local con poca iluminación, asientos de madera acoplados a la pared y envueltos por estanterías con innumerables botellas de vino. En las mesas cercanas a la nuestra había grupos de jóvenes italianos, con aires bohemios, que disfrutaban de unas copas de vino frente a la luz de una vela. Me sentía como si estrenara zapatos nuevos, y de los caros además. Pedimos una ensalada con burrata y una botella de vino que elegimos del catálogo inmenso y envejecido que nos dio el camarero. Sabía que en mi vida había muchas cosas que no estaban como quería, sabía que aquello era un paréntesis de mi realidad, sabía que Carlos no era Damián y que no era el amor lo que nos unía entre sorbos de aquel delicioso de vino. Sabía que estaba ante un espejismo que se desvanecería al acercarme… pero me sentía muy cerca de ser feliz. En aquel instante, en aquel lugar, no me importaba nada de lo que hubiera sucedido antes, o de lo que fuera a suceder después. Estaba viviendo un momento único en un lugar maravilloso y atesorarlo para mí, sin un ápice de tristeza que lo turbara, era lo que necesitaba, lo que quería.

Me sentía con ganas de hacer mil cosas, dispuesta a comerme el mundo. Me había quitado un peso de encima que había cargado durante demasiado tiempo y al sentirme libre de él, la sensación de bienestar podía invadirlo todo.

- ¿En qué piensas? Estás sonriendo de una forma exquisita.

- Pensaba que eres mi hada madrina

- Pues sí que te ha gustado la burrata, sí- Rio.

- La mejor que he tomado en toda mi vida.

- ¿Estás nerviosa por mañana?

- No, estoy deseando empezar.

Cuando acabamos de cenar nos dirigimos al hotel dispuestos a descansar, al día siguiente la jornada empezaría temprano y queríamos estar al cien por cien. Carlos me deseó buenas noches en la puerta de mi habitación antes de marcharse hacia la suya, dudó por instante si acercarse. Cuando cerré la puerta no pude evitar preguntarme si a él, como a mí, también se le habría pasado por la cabeza la posibilidad de compartir durante aquellos días nuestras sábanas revueltas.

Ya tumbada en la cama, con el pijama puesto y la mascarilla de pepino en la cara, llamé a mi madre para contarle los planes de la jornada y escribí a las chicas.

Adri(ana)

Chicas, estoy feliz. No sé si se me permite sentirme así con todas las cosas que van mal, pero sé que estoy viviendo un sueño, uno que no sabía que tenía.

Valeria

Qué bien pequeña. Disfruta mucho y aprende un montón. Aquí te echaremos de menos.

Miriam

Bravo!! Manda también muchas fotos para darnos envidia.

Caro(lina)

-¿te vas a tirar al bigotinchis?

Adri(ana)

Noooooo qué pesada!! Yo también os echo de menos. Cuidaos mucho estos días! Paola, espero que esté todo bien por París, háblanos un poquito cuando puedas anda, que nos tienes abandonadita mujer ocupada. Besos reinas moras!

Que no te duerman con cuentos de hadas
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