34. Mientras tanto... ELLAS

 

Seis meses y tres días después de su primera cita, Marcos y Carolina tuvieron su primera pelea. Para calmar los ánimos algunos días después, Marcos decidió sorprender a Carolina con una fantástica noche en una suite de un precioso hotel en pleno casco histórico de la ciudad. Lo tenía todo planeado. Champán, velas, música, baño de espumas, una cama súper King de esas tan grandes que podrías desearle las buenas noches a tu acompañante por WhatsApp de separados que se puede llegar a estar, y muchas ganas de pasar la noche en vela haciendo las paces.

Habían tenido una gran pelea, que como pasa con muchas grandes peleas empiezan por cosas aparentemente sin importancia. Marcos volvía a llegar tarde una vez más y en los 20 minutos que Carolina estuvo esperando a que llegase le dio lugar a repasar mentalmente todos y cada uno de los motivos por los que no era buena idea estar en pareja, por los que era mejor parar ahora esa historia y no dentro de unos meses que aún dolería más. Cuando Marcos por fin llegó e intento disculparse mientras la besaba, desató todos los demonios que Carolina guardada y que habían estado adormecidos todo el tiempo que llevaban juntos entre arcoíris y confetis. Lo que empezó por un “me tienes hasta los cojones con tu impuntualidad de mierda” acabó con un “yo no voy a estar con un hombre que no es capaz de organizarse y al que no le importa que yo esté esperándolo como si no tuviera yo otra cosa que hacer en la vida que esperarle a él”. Él que no entendía la magnitud, ni el tono del enfado, supo mantenerse al margen respecto a las formas, pero también se desquitó de todo aquello que de ella también le molestaba y que estaba tratando de sobrellevar simplemente porque la quería. Cada uno se fue a su casa, después de un cruce de reproches de más de dos horas, agotados y hechos polvos y con la sombra de la ruptura sobre sus espaldas. Llevaban tres días sin hablar cuando Marcos le propuso salir a cenar y hablar con calma sobre lo que había pasado.

Carolina aún estaba algo enfadada, pero no con él, pobre, si todo lo que hacía era para procurar que las cosas fueran bien entre los dos. Era impuntual sí, pero soportaba sus cambios de humor siempre con galantería, mostrándose comprensivo y respetando el espacio que notaba que ella a veces necesitaba para no asfixiarse. Si estaba enfada era con ella misma. Por no saber superar sus miedos, por ser su peor enemiga y por tener la certeza de que estaba boicoteando la mejor relación que había tenido en su vida. Tenía miedo, y mucho. No podía llegar a creerse que todo fuera tan bien, que todo estuviese resultando tan fácil, que la felicidad no se le resistiese. Estaba acojonada ante la idea de que mientras más alto se subiese a las nubes, más le dolería la hostia al caer contra el suelo. Algo acabaría saliendo mal, algo terrible sucedería, y entonces ella no podría volver a recomponer los pedazos de su decepción. Sabía que Marcos no se merecía a alguien así, contenida y temerosa. Él se merecía también todos los te quiero que a él no le asustaba decir, todos los abrazos y besos sin dosificar, los planes a largo plazo, todo, él se lo merecía todo, el pack completo.

Durante la cena, al principio callados, temerosos, incómodos, Marcos no dejaba de pensar que Carolina iba a romper con él, y no se atrevía a romper el hielo y empezar a disfrutar de aquella velada que con tanto cariño había preparado. Haciendo acopio de valor y valentía, aun a riesgo de que ella hubiese ido a cenar con la intención de despacharlo, le dijo tembloroso.

- Carolina, a veces tengo miedo de no saber decirte todo lo que siento, de no saber hacer que funcione, pero me gustaría intentarlo. No me interrumpas, por favor, porque si no lo digo de corrillo creo que se me va a quedar todo aquí, atascado en la garganta y habré perdido la oportunidad de explicarte todo lo que significa que para mí estés en mi vida.

Carolina lo miró con ternura y sonrió justo cuando Marcos le agarró la mano sobre la mesa y empezó a hablar.

- ¿Ves? tienes ese hoyuelo al principio de tu sonrisa que me hace creer que no lo estoy haciendo del todo mal. Y cuando te ríes se te achinan tanto los ojos que casi los cierras del todo, como si sólo quisieras ver la felicidad de ese momento. Y cuando algo te ilusiona lo llenas todo de alegría, me contagias a mí, y a quien quiera pararse a mirarte, de un entusiasmo que siempre parece nuevo. Eres capaz de reír y llorar con toda tu energía, pues todo lo haces con esa pasión que me descoloca. Cabezota y despistada, siempre buscando algo, aunque creo que aún no sabes bien el qué. A veces eres tan niña y a veces demasiado mujer, siempre estás en los extremos, volviéndome loco entre tu cabezonería, tus argumentos sin fin y tus besos a deshoras. Siempre quieres ganar las peleas con todo el mundo, pero cuando las pierdes no te guardas ningún lo siento. Mi defensora de todo lo que le parece injusto, demasiado utópica a veces para mí en tu manera de ver el mundo. Y aunque a veces te gustaría, no te callas nada, ni te guardas nada, compartes todo. Lo malo y lo bueno. Me gusta también tu expresión cuando algo te emociona o te sorprende, como ahora, o como te comportas cuando quieres disimular que no te estás dando cuenta de que te estoy mirando. Me pueden las ganas de besarte, cuando sentada a mi lado en el coche, te echas cacao en los labios en un gesto estudiado, tarareando alguna canción que casi seguro te estás inventando. Y si te has arreglado, y no te digo nada más verte lo guapa que estas, resoplas demasiado fuerte como para que no quieras que lo note, y sólo puedo arreglarlo si te lo repito mil veces besándote en el cuello. Pero si me quedo con algo de todo esto que estoy descubriendo a tu lado, si tuviera que elegir una sola cosa de entre todas las que me haces sentir, no sería ni con tus ganas contagiosas de todo, ni con tu generosidad al hacer y sentir. Me quedo, sin lugar a dudas, con el poder que tienes para hacerme creer en mí, en como consigues que me sienta y en como soy capaz de verme a través de ti. Me quedo con quien soy cuando estás ahí.

Carolina se levantó de la mesa en medio del restaurante y lo abrazó con fuerza, sentándose encima de él dándole igual que todos los mirasen. Le besó con todos los sentimientos a flor de piel y le dijo.

- Sólo tengo miedo de no ser todo lo bueno que tú te mereces.

- Nunca soñé con merecer a alguien tan extraordinario como tú.

Después de aquello les sobró la cena y rápidamente volvieron al coche, donde él le vendo los ojos y condujo gastándole todo tipo de bromas sobre el lugar al que la llevaba. Cuando al salir del coche le pidió que confiara en él, ella en la oscuridad, se agarró a la mano que él le daba nervioso, para que no tropezara, y entonces, Carolina, confió, a ciegas, sin saber a dónde les llevaría aquello, agarró con fuerza su mano y se prometió a sí misma que desde aquella noche, aun sin poder ver lo que estuviese por llegar se dejaría llevar agarrada a él...

Cuando le quitó la venda y vio aquella habitación preciosa con esas vistas increíbles de la giralda iluminada, y todo lo que había preparado, y su expresión ilusionada preguntándole en silencio si le gustaba, si la hacía feliz, si le perdonaba sus torpezas, si lo podría querer tanto como él a ella, lloró. Carolina la dura, la que no se dejaba engatusar, la que no necesitaba el romanticismo en su vida, lloró. Y lloró como esas tontas de las películas de las que ella se jactaba. Se abrazaron con ternura, él le pidió perdón y ella le calló la boca con besos nuevos, y le dijo que no, que de perdones ya habría tiempo, que si alguien tenía que pedir perdón era ella y sin que le dejara decir absolutamente nada más, porque ya sobraban todas las palabras, empezó a devorarla con pasión.

Con las luces apagadas e iluminados por las luces tenues de las velas, echaron el polvo más salvaje y bestial de toda su vida, pero haciendo juntos, por primera vez, el amor.

Cuando terminaron, exhaustos, sudorosos, deshidratados y felices, Marcos se levantó de la cama a por unas copas de champán, pero al encender la luz casi se desmayó llamando a Carolina en un hilo de voz.

- ¿Pero qué cojones ha pasado aquí?- gritó ella.

Carolina no alcanzaba a comprender qué es lo que estaba mirando. Las sábanas manchadas de sangre, rastros de las palmas de sus manos, ensangrentadas también, sobre la inmaculada pared blanca y toda la entrepierna y la barriga de marcos y de ella con el mismo aspecto gore que paredes, almohadas y sábanas. En un primer momento Carolina pensó que habían tenido que hacerse alguna herida mortal que les estaba pasando desapercibida, aunque sabía que la explicación era mucho más natural. Le había bajado la regla durante aquel despliegue de artes amatorias, y con tanto subir, bajar, meter, sacar y cambiar de postura, habían ido dejando un rastro rojo de su pasión por toda aquella lujosa y carísima habitación de hotel.

Marcos aprensivo con la sangre, como Carolina no podía imaginar existiese alguien, andaba pálido hacia el baño con la intención de ducharse mientras pudiera aún mantenerse en pie.

- Qué me desmayo, qué me desmayo- y casi, Carolina tuvo que ayudarlo a ducharse sosteniéndole prácticamente al peso para que no perdiera el conocimiento cuando en la bañera, mezclada con el agua, caían los restos de lo “maravilloso” que es ser mujer. Y a pesar de lo desagradable de la situación y del bochorno que sentía, apenas podía reprimir un ataque de risa por lo surrealista de aquella escena que hasta hace unos momentos era tan romántica.

Cuando ambos se habían duchado y volvieron a contemplar el lamentable estado de la habitación, decidieron, con solo mirarse, que se irían con el amor y el romanticismo a casa de Marcos y que no volverían a pasar nunca ni por la puerta de aquel hotel. Salieron de allí corriendo sin mirar atrás como si escapasen de la macabra escena de un crimen.

Carolina nos contaría luego, que aquella noche se relajó tanto, tanto, al reconocer que estaba enamorada hasta las trancas y que no había nada que temer, que hasta la regla le bajó, y tituló la primera vez que hizo el amor con Marcos, como la noche de la matanza de Texas.

Desde que Valeria se quedó en el paro, no hacía otra cosa que no fuera exclusivamente cuidar de su hija y escribir en el blog que había creado y que se había hecho bastante famosillo entre madres como ella. Y digo exclusivamente porque dejó de dedicarle tiempo a todo lo demás, si antes ya habíamos notado como había cambiado, ahora aún más. El tiempo que invertía en estar con nosotras era principalmente por la situación de Paola, que aunque también le había afectado mucho, no hacía por facilitar planes juntas, ni por prescindir de llevar a todos los sitios a Lolita. Se dedicaba a pasar el tiempo en actividades con otras madres de amiguitas de Lolita. Cumpleaños infantiles y reuniones en el parque eran sus rutinas diarias. Yo cada vez que la veía, la encontraba más mayor, no tenía tiempo para nada decía, lo cual era difícil de comprender para mí porque ahora no tenía que compaginar su vida familiar con una jornada laboral. Que la casa era una jornada laboral de 24 horas decía también, lo que le valía para no estar nunca arreglada, ni quitarse aquella coleta desecha. Había engordado aún más en los últimos meses, y se depilaba solo si intuía que por algún motivo iba a tener que enseñar las piernas. De su relación con Román apenas hablaba, pero yo sabía por él que se había desahogado conmigo en más de una ocasión que ya no podía más. Estaba al borde del precipicio. Se sentía fatal por criticarla, pues sabía que era una gran madre, pero había perdido a su mujer. No sabía cómo hacerle ver ya que necesitaba intimidad con ella, se había llegado a sentir muy egoísta cuando discutían sobre la necesidad de que Lolita durmiera ya en su propia cama y habitación, se había sentido torpe y desplazado cuando ella no le dejaba ni bañarla ni prepararle los potitos, porque siempre acababa revisando como lo estaba haciendo y terminaba diciéndole “quita, quita ya lo hago yo”. Enfrentamientos constantes cada vez que él intentaba que la niña pasara más tiempo con sus padres y Valeria reaccionaba como si le estuviese pidiendo dejar a su hija al cuidado de Cancerbero. Se sentía desplazado en su propia casa, y aunque su mujer se desvivía por organizar el día a día de la casa, hasta arriba de tareas, compras, limpiezas, cuidado de su hija y cocina, no podía evitar sentir decepción, rechazo, y luego culpabilidad, por pensar así de la nueva versión de su mujer. Estaba agotado de la discusión constante que era su casa desde que su hija nació. Sumado a todo ello, Valeria insistía en que le diesen un hermanito a Lola, y Román se quería morir solo de pensarlo.

Miriam lloraba desconsolada. Llevaba semanas intuyéndolo, pero ahora había dejado de ser una sospecha y aquella doble rayita rosa, confirmaba todos sus temores. ¿Cómo había ocurrido? No se trataba de un descuido por su parte, tenía puesto un DIU desde que nació Nachete, y sin embargo, allí estaba aquella doble raya mirándola fijamente sin piedad y diciéndole que le iba a tocar volver a empezar de nuevo. No querían más hijos, sus rutinas ya estaban bastante ajetreadas con uno solo, eran consecuentes con su vida y habían decidido que tener otro más sería una irresponsabilidad. Y allí estaba ella mirando aquel test de embarazo sin poder llegar a creérselo.

Acababan de superar una crisis matrimonial, estaban inmersos en plena reconquista, habían recuperado unas ganas perdidas, una pasión apagada que había ido tomando todo tipo de formas y personajes en bares de hotel y juegos sexuales libres de tabúes. Estaban mejor de lo que podía haber imaginado hace unos meses. Su niño ya no era un bebé, no necesitaba atención constante, iba al cole, a sus actividades extraescolares y ella había vuelto a su jornada completa en la clínica dental, a sus ratitos para ella, para sus amigas, para su marido… No quería volver a estar embarazada. Para ella el embarazo no había sido aquella experiencia maravillosa de la que algunas mujeres hablaban. Había engordado muchísimo y había sufrido un hambre atroz después de dar a luz para recuperarse. Se pasó gran parte de su embarazo con incontinencia, almorranas, retención de líquidos y gases. Cuando ya estaba más avanzado el embarazo, apenas podía dormir por las noches, estaba incómoda y le dolían los riñones. Se sofocaba constantemente y tenía siempre un hambre insaciable. El parto tampoco resultó ser una horita corta, como la gente le deseó. Se llevó 24 horas con unos dolores que no conocían límites, la epidural no le hizo efecto en la mitad izquierda de su cuerpo y el desgarro que sufrió supuso una reconstrucción total de su esfínter. Solo de pensar que iba a volver a pasar por eso, hacía que se planteara cosas inconfesables para ella. Adoraba a Nachete y no se arrepentía ni un solo día de haberlo tenido. Fue un niño concebido con todo el amor y la ilusión del mundo, pero no, no quería volver a repetir. Y le daba exactamente igual que cada vez que todas esas personas entrometidas le preguntaran para cuándo iba a tener otro hijito, la tacharan de egoísta. Le daban ganas de callarle la boca a la gente con explicaciones de su vida que no tenía por qué dar, así que al final optó por no entrar al trapo, pues si de algo estaba segura ya, es de que la sociedad aunque se las diera de muy moderna y progresista seguía pidiéndole a las mujeres que desearan por encima de todo reproducirse.

Ignacio reaccionó mucho mejor que ella ante la noticia, dándole ánimos, diciéndole que saldrían adelante, que no se preocupara, aunque tampoco estuviese en sus planes, no era algo que en realidad no desease, simplemente habían decidido que era mejor no tener más por el ritmo de vida que tenían, pero a él, en el fondo, siempre le había hecho ilusión tener otro hijo, así que disimuló su alegría y se dedicó durante los nueve meses que quedaban por delante, a ser el mejor marido de mundo, con una paciencia infinita, a hacer dieta con ella para apoyarla en su obsesión por no volver a engordar de más, en atender paciente sus llantos espontáneos y descontrolados, a no rechazarla ni una sola vez cuando las hormonas se adueñaron de todo su cuerpo y solo quería hacerlo una y otra vez. Ya había aprendido de la primera vez que no había nada peor que rechazar a una embarazada para que ella entrara en un bucle de sentirse gorda, fea y terriblemente deprimida. Así que la mimó, la deseó, la cuidó, se desesperó en silencio y la quiso a voces y a besos. Y como la experiencia dicen que es un grado, una vez aceptaron lo que estaba por llegar, lo vivieron por segunda vez con ilusiones renovadas y disfrutaron de un segundo embarazo muy distinto al anterior.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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