6. Princesas sin corona
Llegué al piso que de momento era mi refugio deseando poder darme un baño relajante y apagar el teléfono móvil. No podía seguir dándole largas a mi madre que insistía constantemente en que era en su casa en la que debería estar mientras “todo se arregla”. Ella terminaba todas las frases relacionadas a mi separación de la misma forma: “mientras todo se arregla”. Tampoco quería enfrentarme al resto de la gente que con toda su buena intención, algunos, otros con la intención de darle sabrosura al arte del cotilleo, no hacían más que estar pendientes de mí, agobiándome con llamadas y mensajes llenos de preguntas de las que no había encontrado aún respuestas. Así que apagando el móvil podía fingir que todas esas llamadas no existían. “Muerto el perro se acabó la rabia” decía mi abuelo.
Sólo necesitaba comerme un litro de helado de chocolate y maldecir en soledad el día que descubrí que era cierto eso de que la curiosidad mató al gato. Pobre gato.
No dejaba de preguntarme durante esos días, ¿qué habría pasado si no hubiera visto el WhatsApp de Teresa en el móvil de Damián? ¿Podría haber vivido feliz en la ignorancia? ¿No dicen que ojos que no ven, corazón que no siente? Ojalá el mío no hubiera sentido todo lo que sintió y no se encontrara como lo hacía en ese momento, pero ¿de verdad hubiera sido feliz así, o la historia habría caído por su propio peso, pudiendo ser incluso peor lo que hubiera podido llegar a ocurrir?
Era absurdo torturarme con lo que podría haber sido y no fue. La realidad era la que era y estaba decidida a asumirla.
Cuando abrí la puerta, rezando para tener el piso solo para mí, me encontré con mi hermana Carolina que había salido antes del trabajo porque el último paciente no se había presentado. Estaba comiéndose una manzana apoyada en la pequeña barra americana que unía la cocina con el salón y que hacía durante esos últimos días de mi habitación. Carolina aún vestía el uniforme del gabinete de fisioterapia donde se dedicaba “a tocar cuerpos desnudos”, como ella misma decía cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba. Le encantaba la expresión de la gente ante la extraña descripción de su oficio.
Carolina y yo, aun siendo mellizas, no nos parecíamos físicamente, ni siquiera parecía que fuéramos hermanas. En realidad ninguna de las cuatro nos parecemos, pero en el caso de Miriam y Valeria se puede llegar a comprender por la diferencia de progenitores, éramos nosotras las que teníamos que aclarar a todo el mundo que eran los gemelos los que se parecen, pero que los mellizos no tienen por qué, pudiendo ser su parecido como el de cualquier par de hermanos. La genética ya se sabe que es caprichosa y una verdadera lotería.
Evidentemente, ella salía a mi madre y yo a mi padre. Cuando juegas con un grupo de amigos a sacar parecidos razonables a la gente con algún famoso o personaje de alguna serie, película o animación, a mí siempre me decían, para asombro y regocijo de mi ego, que tenía cierto aire a Eva Mendes. Yo diría que ese aire no llegaba ni a brisa marismeña, pero en lo único que sí coincidía con la gente respecto a nuestro (im)posible parecido es en el lunar que ambas tenemos en la mejilla cerca de la comisura de los labios, el “porno-lunar”, como lo bautizó Paola al conocerme. Por lo demás, ni tengo ese tono de piel latino, ni esos rasgos faciales felinos. Soy mucho más rubia y mi cara es más redondeada, pero bueno, tampoco iba yo a ponerme a discutir con nadie por decirme que me parecía a Eva Mendes. Lo cierto es que me encantaba que me lo dijeran y el día que lo escuchaba no me hacían falta tacones para sentirme flotando.
Sin embargo Carolina sí que se parece increíblemente a Mila Kunis (solo que ella tiene los ojos de un color azul intenso) como todos le dicen durante el mismo juego. De ella sí que podría ser su melliza y no mía. Es bajita, muy delgada, pero muy bien proporcionada, con los pechos pequeños redondeados y perfectamente colocados, rara vez hace uso del sujetador y puede permitirse todo tipo de escotes abiertos e infinitos para nuestra envidia cochina. Yo soy más alta, con curvas y con cuatro tallas de sujetador más. Lo dicho, que no pasábamos ni por primas.
En el carácter sí que éramos muy parecidas, prácticamente idénticas. Ambas alegres, divertidas, apasionadas, con un humor absurdo que no todos comprenden, amantes del cine clásico y de los documentales de historia y ovnis, devoradoras de libros, cabezotas, algo intransigentes, gran amiga de nuestros amigos, y enemiga de los enemigos de nuestro amigos con todo el fervor posible, confiadas, tiernas y cariñosas, olvidadizas, poco dadas a las destrezas físicas. Jamás jugamos a ningún deporte en el colegio, no le veíamos el interés a ese venga a sudar, venga a correr, venga a cansarse y a tener el pelo pegajoso y los cachetes colorados. Llorábamos aterradas cuando por consecuencia de nuestra poca habilidad (o falta de interés según se quiera mirar) al correr tras un balón nos obligaban a ser las porteras del partido. Jamás paramos un gol para sufrimiento de nuestro profesor de educación física que no sabía ya que hacer con nosotras al vernos taparnos la cara y gritar cuando se acercaban a la portería con la intención de chutar. Al final mi madre nos apuntó a natación, no quería que creciéramos sin practicar ningún deporte y como en natación si sudas pues no lo notas, sabía que lo llevaríamos mucho mejor. Y acertó, lo que no sepa una madre… nos encantaba. Aún hoy buscamos huecos para continuar yendo juntas a nadar todas las semanas. No obstante, a pesar de ser “gemelas en el carácter” y estar especialmente unidas, el ritmo de vida que cada una habíamos llevado en los últimos años habían hecho más palpables nuestras diferencias, pues hasta hace apenas una semana estábamos en momentos de la vida muy distintos. Yo casada, intentando sacar adelante un negocio de fotografía, esquivando el tema de la maternidad y encontrando huecos donde no los tenía para seguir dedicándole todo el tiempo posible a mi vida social, más allá de mi marido (y ups! mi amante). Y ella, soltera sin compromiso, ni ganas de comprometerse, con todo el tiempo libre para salir entrar y acumular resacas, con un trabajo estable y un horario de oficina, y con la tranquilidad de no complicarse la vida con nada que la hiciera sentirse atada. Eso abarcaba desde una hipoteca, hasta el compromiso que requiere una relación.
Carolina trabajaba en el gabinete de fisioterapia desde hacía 4 años y su trabajo era la parte de su vida con la que más encantada estaba. En el plano sentimental, después de que su novio desde los 18 años le rompiera el corazón a los 24 años anulando sus planes de boda que ya estaban marcha, no había vuelto a querer enamorarse de nadie, cerrándose en banda cuando intuía la posibilidad. Le espantaba volver a sufrir como lo había hecho cuando las cosas no salen bien y los sueños por cumplir se convierten en frustraciones. Ella hacia un uso de su vida sentimental totalmente práctico.
“Si me pica me rasco, si quiero cine y palomitas, levanto el teléfono, si quiero domingo de carantoñas, igual, pero ¿para qué aguantar lo malo de una relación si puedo tener lo bueno y además variando de plato?”
Mi madre estaba muy preocupada por ella. Lo que al principio pensamos todas era una fase lógica después de salir de un noviazgo de tanto años, y de una decepción como la suya, se había convertido en su estilo de vida. Su novio rompió con ella porque un día se levantó y decidió que había recibido la llamada de Dios. Sí, así tal cual. Que se quería meter a cura. Y, ¿cómo te enfadas con alguien que te deja por Dios? Contra Dios… ¡no puedes competir! La sorpresa que nos llevamos todos fue inmensa. Sabíamos que él era una persona religiosa, pero a día de hoy, no nos explicamos, cómo, cuándo y por qué surgió su vocación. Desde entonces Carolina, además de no haberse vuelto a enamorar, no ha vuelto a ir nunca más a misa. Y no penséis que fue una excusa del novio en cuestión que quisiera poner pies en polvorosa no, ahora es “el padre Julián”. Jesuita.
Como ella se lo toma todo con ese sentido del humor que ambas compartimos como escudo bajo el que protegernos de todo lo que nos duele, siempre dice que acostarse con ella lleva al éxtasis de tal forma que es, como en la canción de Enrique Iglesias, una experiencia religiosa. Masticando la manzana y hablando con la boca llena, para espanto de mi madre si la viera, me recibió con cariño.
- Hola golfilla infiel
- Hola bonita, yo también te quiero.
- Jaja, oye sabes que está el fin de semana aquí ¿no? ¿Te apetece que salgamos las tres juntas a tomar algo de “tranquis”?
- De “tranquis” las tres, ahora voy yo y me lo creo. No me apetece mucho hacer nada la verdad Carol, estoy agotada, quiero comer chocolate y dormir.
- Eso te llevamos dejando hacerlo toda la semana y creo que ya está bien. Necesitas despejarte un poco, cambiar el chocolate por un gin-tonic y el sueño por una resaca. Además, ya me he cansado de verte arrastrándote como un alma en pena. Me deprimes, y bastante tengo yo con ver todos esos cuerpos fofos y feos que tengo que masajear durante el día, como para deprimirme también en mi casa, así que vamos a salir bonita de cara, además Paola ya ha reservado para que cenemos las tres juntas en “M, de mmm”.
- ¿Y Miriam y Valeria no vienen?
- No, Miriam tiene a Nachete malito con la tripa y Valeria está sola con la pequeña hija de satanás que tiene por hija, Román está de guardia en el hospital y ya sabes que ella no se la deja ni a mamá ni a sus suegros. Pero vamos, en cualquier caso, yo de lo que me extrañaría es de que sí viniera con nosotras por la noche alguna vez, no sé ni por qué le seguimos preguntando
- Carolina haz el favor de no volver a llamar a tu sobrina “pequeña hija de satanás” te lo ruego y de meterte con Valeria. Ya volverá a ser la de siempre, Lolita es aún una niña muy pequeña y además los niños cambian mucho. Vale, está mimada sí, pero ya verás que en cuanto entre en el cole el próximo curso y se relacione con más niños cambia mucho, pero por favor déjala tranquila que no me gusta que te metas con ella.
Carolina me miró con incredulidad, mientras guardaba el resto de la manzana en la nevera y sacaba un phoskito.
- Mira tita del año,- dijo con retintín- es mi sobrina también y la quiero, pero no te des golpes en el pecho ahora de súper tía conmigo porque la niña saca lo peor de cualquiera. Es insoportable, todo el día chillando y llorando, pone de los nervios a cualquiera. Antisocial y antipática con todo el que le dice alguna monería. Lo siento chica pero la niña está muy mal criada y la culpa no la tengo yo, ni la niña, es de tu hermana y de su marido por mimarla tanto.
- Bueno, ni tú ni yo somos madres, habría que vernos en su lugar si nos tocara una hija que llora y grita por todo, quizás también la consentiríamos con tal de no escucharla.
- ¿Te acuerdas de aquella vez que te tiró por la cabeza el tazón con la papilla que intentabas darle haciendo el avioncito, y lo remató dándote un tortazo en la cara por la que te caía toda la papilla de frutas?- Dijo entre carcajadas
- Sí claro ¡cómo para olvidarlo!, nos reímos ahora recordando la escena, pero yo en ese momento la habría estrangulado, a ella y a Valeria, que cuando entró en la cocina y se encontró con dicha escena lo único que dijo, con el mismo tono con el que le hablarías a un cachorrito, fue “Lolita cariño, no le tires la comida a la tita, pobrecita, que ella te quiere mucho, además tienes que comerte toda la frutita para crecer fuerte”. La verdad que sí que ha cambiado mucho, ya apenas hace planes con nosotras y a todos lados tiene que ir con la niña, pero es que con Lolita no se puede ir a ningún sitio.
- A mí lo que de verdad me fastidia, es que no se dé cuenta de la cagada tan grande que está haciendo. Ha renunciado al resto de cosas que hay en su vida, y al marido, el pobre, lo trae por la calle de la amargura, que no sé cómo no coge las maletas un día y se pira. Cada vez que lo veo tiene la mirada más perdida y está más delgado. Se está consumiendo. No sé cómo teniendo tan cerca la experiencia de Miriam como madre, pueden ser tan diferentes. Me da pena Valeria la verdad, vivir la maternidad de forma tan absorbente…debe ser agotador.
- Bueno si ella es feliz así…nosotras no somos quien para opinar en algo que ni siquiera hemos experimentado.
- Ahí es donde te equivocas Adriana, primero, porque no me hace falta comerme una mierda para opinar que es un asco, ¿verdad? Se puede, y se debe, tener opinión de muchas cosas en la vida, de todo, sin haberlo vivido en primera persona, porque son eso, opiniones. Y por supuesto, también puedo cambiar de parecer llegado el momento. Y segundo, es nuestra hermana, la queremos y nos importa, y al igual que a ti te estamos diciendo las cosas que pensamos, porque queremos ayudarte, a mí ya me duele la boca de decirle a ella que por ser madre no se deja de ser, ni mujer, ni esposa, ni amiga, ni hermana, ni se deja de necesitar invertir tiempo en el resto de parcelas que conforman la vida. Parece que todo eso se le está olvidando y así no se hace ningún favor, y lo que es peor, no se lo está haciendo tampoco a la pequeña Lola que va a ser una niña repelente. Bueno miento, ya es una niña repelente que no consiente estar con nadie que no sea su madre. Es una niña de tres años pegada a una teta. ¡No he visto tantas veces en mi vida unos pechos, ni los míos los he visto tanto como los de Valeria! Que digo yo… con tantos dientes que tiene ya Lola, ¿eso no dolerá?
- ¡Las cosas que piensas! Bueno, pues yo te repito que no creo que seamos quienes para opinar sobre eso, déjala que ella sabrá lo que hace, pero intentemos convencerla para que el próximo fin de semana hagamos algo todas juntas. Me vendría bien en realidad.
- Perfecto, pero eso el “finde” próximo, éste vamos a hacer un ensayo general las tres, y no se hable más.
En ese momento entró Paola por la puerta despotricando en arameo sobre lo mal que conduce la gente en esta ciudad, contándonos el volantazo que había tenido que dar en una rotonda para no colisionar con otro coche que había invadido su carril.
- ¡Valiente imbécil! Y encima me grita a mí ¡¡¡ a mí que era la que iba por el carril correcto!
Nos reíamos a carcajadas mientras nos describía la escena y como había dado por zanjada la discusión, ventanilla a ventanilla, haciéndole un corte de manga al conductor suicida y gritándole- ¡¡bizco, cabrón!! Qué ni era bizco ni nada, pero desde que lo vi en aquella película, “Quién mató a Bambi”, ¿la habéis visto? Una comedia española, es muy divertida, tenéis que verla… pues desde entonces lo he convertido en mi nuevo insulto preferido, deja a la gente muy desconcertada- y nos reímos mientras admirábamos su elocuencia.
Paola era la persona más organizada, trabajadora y apasionada que había conocido. Trabajaba representando a una galería de arte, viajaba bastante a Madrid, Barcelona, París y Londres, y se desvivía organizando cada exposición. Se enamoraba prácticamente de cada nuevo escultor, pintor y artista novel que conocía y por el que apostaba con todo su empeño hasta que le hacía un hueco en el siempre confuso mundo del arte. Era muy independiente, siempre afirmaba que su “alma gemela” éramos nosotras. Nunca estaba más de tres semanas en una relación, ni jamás la vimos llorar, ni lamentarse por amor. Hija única de unos padres aventureros y extravagantes afincados en Suiza que la educaron haciéndole sentir que su hogar era el mundo. Aun no siendo excesivamente cariñosa con nosotras, y respetando como nadie el espacio que todas necesitábamos, siempre estaba ahí, y nos cuidaba y nos mimaba de una forma única y diferente, pero maravillosa.
Conocí a Paola hace diez años, ella estaba a punto de cumplir los treinta y yo los veinte en aquella época. Coincidimos en una clase de yoga del gimnasio a las que me apunté pensando que con el yoga iba a ejercitar cuerpo y mente. Tras varias clases adquiriendo posturas imposibles, e intentando controlar mi respiración, crucé una mirada frustrada con ella, y sin explicación necesaria, nos echamos a reír juntas ante nuestra falta de destreza. Desde aquel día, las clases de yoga fueron sustituidas por un café con aquella mujer, que aunque diez años mayor que yo, se convirtió en imprescindible en mi vida, entrando a formar parte de mi mundo, de mi familia y ocupando un lugar que parece siempre estuvo esperándola a ella.
El piso en el que estaba refugiada era de Paola y lo compartía con Carolina por el placer de ver una cara amiga cuando llegaba de sus viajes, y por facilitarle a ella estar más desahogada económicamente cobrándole un alquiler prácticamente simbólico. Iba a permanecer en Sevilla un par de semanas y yo me alegraba infinitamente de que en momentos como por el que estaba pasando pudiera contar con ella tan cerquita.
- Bueno, queridas, ¿nos ponemos el disfraz de pecadoras dispuestas a disfrutar de esta noche de viernes juntas?- Preguntó Paola mientras liberaba su preciosa melena castaña de la coleta alta y tirante que siempre le acompañaba a la oficina, perfectamente a juego con su traje de chaqueta de falda lápiz color gris perla y una blusa de seda en color crema, conjunto que realzaba su alta y atlética figura.
Entre las dos me convencieron, y al final, decidí arreglarme con el objetivo de ahogar en vino y ginebra todas y cada una de mis penas. Que no eran pocas. Antes de salir, escribí en el grupo de WhatsApp que compartimos las cinco y al que bautizó Carolina:
“Con faldas y a lo loco”
Adri(ana)
“El próximo sábado NO HAGAIS PLANES, cenita obligada las cinco juntas, necesito de vuestros súper poderes para ordenar de nuevo mi vida”
Miriam
Claro pequeña! Hoy tengo al peque malito, pero la semana que viene se queda con el papi y yo estreno vestido especialmente para la ocasión! (seguido del emoticono de la flamenca)
Miriam y yo habíamos hablado tranquilamente las dos solas durante aquella semana, y aunque mis sospechas no eran infundadas y estaba más que disgustada conmigo, tras mucho hablar y llorar con ella, había dejado nuestras diferencias a un lado y se había centrado en intentar ayudarme y apoyarme como siempre lo hace. No sin antes decirme más de una y de dos verdades que me habían hecho bastante pupita. Es muy duro decepcionarse a uno mismo, pero lo es aún más, cuando ves la decepción en los ojos de un ser querido al que admiras y respetas.
Carol
Hija de Belcebú! Pero ¿dónde guardas tanta ropa? Ahora tendré que buscar un vestido digno de eclipsarte bandida.
Valeria
Yo haré todo lo posible por estar ahí, ya lo sabes, pero no me atrevo a dejar por la noche sola a Lolita con Román, podíamos tomarnos algo tempranito para almorzar, una tapita por el centro ¿os parece?
En ese momento se abrió en mi teléfono una conversación privada con Carolina,
- ¿veeeeeesss?
- Muérdete la lengua víbora- contesté
Pero no hizo falta que se la mordiera porque ya había saltado Paola en su lugar.
Pao
Adriana estaremos TODAS allí, todas, no te preocupes, xq Valeria seguro que se acuerda de que su marido no es un completo imbécil que no es capaz de cuidar de un bebe que él tb ha concebido, qué digo yo que ¿quién mejor que a un médico para dejar al cuidado de tu hijo?
¡Y sal ya del cuarto de baño de una vez que tienes el pelo precioso, no te lo planches más que te vas a quedar calva, corre que la reserva es a las 10!
Ninguna dijimos nada más en el grupo, la tensión por nuestras diferencias de opinión sobre la actitud de Valeria quedó flotando en el ambiente.