32. Se filtra la desolación

 

Caminé durante horas sin rumbo por la ciudad, en trance, perdida, con los ojos secos y el alma rota. Durante el tiempo que habíamos pasado separados, aunque también sufrí y sentí miedo, en el fondo rozaba con la punta de los dedos la posibilidad de la reconciliación, de que tuviese solución, de que no todo tenía por qué estar perdido. Ahora, la certeza de saber que sin lugar a dudas mi matrimonio se había acabado, dejaba un vacío extraño en mi interior que no me permitía reaccionar.

Todo era mentira, no sabía qué parte de nuestra historia compartida había sido auténtica. Sentía que no conocía a Damián. No alcanzaba a comprender cómo había podido engañarme tanto y durante tanto tiempo, cuando aún éramos felices, cuando aún pensaba que las promesas que nos habíamos hecho no se habían roto. Incluso habiéndole sido yo también infiel, no podía ver de la misma forma lo que habíamos hecho. Yo me acostaba con otro hombre sí, me refugié de mi soledad y de mi frustración y complejos en otros brazos, pero ¿él? Él había enamorado a otra mujer, le hacía promesas también a ella cuando me las hacía a mí, decía que quería a otra que no era yo, todo eso cuando nosotros aún estábamos bien, antes de las decepciones y los secretos, y además, durante el tiempo que habíamos estado separados, mientras intentaba reconquistarme, estaba acostándose con ella, seguía con ella, mientras me pedía nuevas oportunidades a mí y me juraba que no había pasado nunca nada entre ellos… ella estaba en su vida. Era su plan B, o quizás ¿el plan B era yo?… Me dolía tanto el alcance de su engaño. ¿Me habría engañado antes? Ya nunca lo sabría, porque lo terrible de la situación es que ya jamás podría confiar en él, nunca sabría cuando me estaría diciendo la verdad. Había jugado con mis sentimientos y con los de Teresa en un baile con su propio ego y egoísmo que no me permitirían jamás volver a mirarlo de la misma forma. El Damián a quien yo quería, simplemente, no existía. Mentiras viejas, nuevas, antiguas… sin fecha de inicio, ni de caducidad. Todo nuestro matrimonio hecho añicos sin posibilidad de recomponerse.

Me senté en un banco del parque de María Luisa, al que no sabía ni cómo había llegado y comprobé mi teléfono móvil. Tenía 5 llamadas perdidas de él. Habíamos quedado para comer juntos en casa, donde yo, por supuesto, no había aparecido en horas. También tenía varios WhatsApp de mi aparentemente preocupado marido mentiroso, manipulador y reincidente infiel. En el último decía

dónde estás??? Me tienes preocupado. Llámame”

Me reí ante la pantalla del móvil como la que acaba de ver un video de broma de gente a la que asustan. ¿Qué argumentos usaría cuándo supiera todo lo que me había contado Teresa? Sorprendida comprobé que me daba igual, no quería escuchar ninguna mentira más. No quería volver a verlo en mi vida.

Apagué el teléfono, y me fui directa hacia casa de Paola donde habíamos quedado, necesitaba más que nunca lamer mis heridas y no sentirme tan terriblemente traicionada rodeada de un poco de comprensión y de planes maquiavélicos en los que imaginaríamos como acabar con Damián y deshacernos de su cadáver.

Llegué la primera a casa de Paola y Carolina, Paola me abrió la puerta incluso más demacrada que yo, me dejó pasar sin apenas mirarme y me dijo que estaba sola, que aún no había visto a ninguna de las chicas. Yo estaba deseando abrazarme a ella y llorar, pero siguió su camino hasta el salón donde se sentó entre los abullonados cojines último diseño y volvió a agarrar su copa de vino. Nunca había visto a Paola tan demacrada y sin arreglar, ella hasta con la ropa de salir a correr estaba glamurosa, pero como estaba tan preocupada por mí misma, lo achaqué al cansancio del viaje y el estrés del trabajo, y lo siguiente que hice fue sentarme a su lado y empezar a contarle la tragedia de mi vida, entre amagos de lágrimas y desesperación. Ella me escuchaba impasible, encendiendo cigarro tras cigarro; tampoco nunca la había visto fumar así; sin apenas pestañear ante mi devastador relato. Cuando terminé de contarle los últimos acontecimientos, en lo que pensaba había sido un alegato de los hechos magistral, digno de una película americana de abogados en donde habría convencido a todo el jurado de la pena de muerte para el cruel marido y llorarían empatizados con la desgracia de la esposa, Paola apagó el cigarro en el cenicero a rebosar y en lugar de abrazarme, de hacerle un mal de ojo a Damián, de decirme que todo iría bien, me miró durante unos segundos y dijo:

- Tu matrimonio se acabó, sí, ¿y qué?

¿Cómo qué y qué? ¿Es qué no había escuchado ni una palabra de todo lo que le había dicho sobre cómo me sentía? ¿Qué carajo le pasaba a aquel cuerpo que fingía ser Paola? Me quedé tan a cuadros que en lugar de hablar, empecé a llorar.

- Deja de llorar, Adriana, tienes 29 años, la vida por delante y te acabas de librar de un matrimonio que ya no te hacia feliz, tienes un trabajo que te apasiona y miles de proyectos por cumplir. Joder, deja de compadecerte de una puta vez de ti misma que aburres ya ¡y vive joder, vive!

- Paola, por Dios, no me hables así ¿no ves que estoy rota? ¿Qué estoy sufriendo?

- Adriana, que no pasa nada de verdad, que lo superarás que tu vida no se acaba…- y entonces fue ella quien empezó a llorar dejándome completamente descolocada…

- ¿Pero qué te pasa, Pao? ¿Qué ocurre?- Entonces ella tras darle un sorbo demasiado largo a su copa de vino, tomó aire, respiró unos segundos, y por primera vez dijo en voz alta.

- Tengo un tumor cerebral, Adriana, me voy a morir- Y me sostuvo la mirada sin atreverse a mostrar ninguna emoción ante las palabras lapidarias que acababa de decir.

Lo que sucedió después, son hoy una serie de recuerdos borrosos que no soy capaz de poner en orden qué sucedió primero, si la incredulidad, las lágrimas, los abrazos, las posibles soluciones, o si que llegaran mis hermanas y nos encontraran a las dos llorando abrazadas en el sofá para unírsenos después de conocer lo que ocurría en aquel maremágnum de tristeza y desolación, o si que acabásemos dormidas y rendidas ante la peor noche que habíamos compartido juntas.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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