11. Sala de espera sin la esperanza
Siempre he pensado que pasar el control de seguridad de un aeropuerto es garantizarte empezar un viaje de mal humor. ¡Qué estrés por favor! Despójate de pulseras, relojes, cinturones, botas de tacón y dile adiós a tu look “casual chic” de mujer cosmopolita que vuela rumbo a convertirse en una gran profesional, para pasar a preguntarte por qué te has convertido en una liliputiense que anda con bolsas de plástico en los pies.
A esa pérdida de glamour instantánea también hay que sumarle lo nerviosa que me pongo si pienso que me van a apartar de la cola y a pedirme amablemente (o no) que abra mi maleta y que mientras buscan la lima prohibida, o el bote de crema de más de 100 ml, me va a tocar reorganizar todas las braguitas delante del de seguridad. Me sucede además que aun habiendo sido yo la que ha hecho la maleta y conociendo exactamente su contenido, si me piden abrirla, lo hago siempre temerosa de que vayan a encontrar en su interior un alijo de cocaína. Me sucede lo mismo y siento el mismo miedo absurdo e ilógico cuando conduciendo me para la policía en la carretera. Sé que no estoy haciendo nada ilegal, y que toda mi documentación está en regla, pero me pongo tan nerviosa, que cualquiera que me viera podría afirmar que es mi foto la que está colgada en todas las comisarías como una de las criminales más buscadas.
Pues eso, pasar el control de maletas del aeropuerto es la parte que menos me gusta de viajar, pero una vez superado con éxito el trance y de nuevo subida a los tacones, me cambia mágicamente el humor y soy toda excitación. De viajar y de los aeropuertos he de reconocer que me gusta casi todo. En la lista de lo que no me gusta está por ejemplo, el precio de una botellita de agua. ¿Es quizás agua de un manantial sagrado? Y en la lista de lo que sí y ocupando el primer puesto sin lugar a dudas está pasear por el Duty Free como si no hubiera una vida entera para gastar todos los perfumes que me apetece comprar.
Y en esas estábamos aquel día, oliendo a perfume caro y comiendo Toblerone gigante, mientras esperábamos a que anunciasen la puerta de embarque de nuestro avión. Parecíamos tres adolescentes que se iban de excursión. Tenía que repetirme a mí misma en una especie de regañina interior, que iba a Barcelona a hacer un curso muy importante para mi carrera y que no era sólo diversión y desconexión el motivo de mi viaje.
A esas alturas de nuestra escapada, justo antes de embarcar, aún no teníamos reservado ningún hotel. Paola había insistido en que dejáramos en sus manos el tema del alojamiento. ¡BRAVO!. Que Paola organizara el viaje era garantía de éxito, además, tanto Carolina como yo, no somos personas de poner pegas a encontrarnos las cosas hechas la verdad sea dicha.
Como seguíamos sin saber dónde íbamos a dormir, empezábamos a preocuparnos y a sospechar secretamente que Paola había perdido facultades e íbamos a tener que buscar un hotel a la desesperada al aterrizar. Justo cuando Carolina abría la aplicación de Booking en su móvil, Paola terminó la llamada más larga de la historia con cara de satisfacción:
- ¡Confirmado, ya tenemos donde quedarnos!! Vamos a disfrutar del piso de Francesc para nosotras todo el fin de semana. ¡Está en el mismísimo corazón de las Ramblas! Un maravilloso ático de lujo nos espera queridas.
No sabíamos quién era ese tal Francesc ni por qué accedía a meter allí a cuatro piradas como nosotras, pero si viajar con Paola tenía muchas ventajas, dormir en maravillosas casas o pisos magníficamente ubicados era una de nuestras preferidas.
- Pues claro que sí sabéis quien es Francesc bobas, lo conocisteis una vez. Es aquel escultor algo extravagante; como cualquier artista que se precie; de la exposición a la que os llevé en Granada hace unos años. Yo lo conocí hace 7 años en Milán y en la galería es uno de nuestros artistas predilectos. Cuando le avisé de que estaría en Barcelona con unas amigas, insistió en que nos quedáramos en su casa. Él está pasando una temporada en su casa de la Toscana y acabo de terminar de hablar con su asistente para confirmar la recogida de las llaves, pero la asistente ha resultado ser un poco desorganizada. ¡No entiendo cómo puede trabajar para alguien tan maniático del control como él!
- ¡De mayor quiero ser como tú!- Dijo satisfecha Carolina mientras la besaba- Yo si me acuerdo de Francesc, es el escultor de la exposición sobre chorras y chuminos, ¿a qué sí?
- ¡Carolina, por favor! Era una oda a la belleza del ser humano y a su naturaleza primigenia. ¡Qué poca sensibilidad artística tienes de verdad!
- Eran chorras y chuminos, Pao, no te pongas ahora fina conmigo, que eso es lo que eran, ¡vamos si sabré yo lo que es un rabo!, bueno y tú también, ¡así que no me hables ahora a mí de belleza primigenia del ser humano!
Ya habíamos estado todas en Barcelona por separado, pero nunca antes juntas. Nos encantaba y estábamos ansiosas por disfrutarla. Queríamos hacerlo todo y volver a conocer la ciudad como si se tratase de nuestra primera vez.
No pude evitar recordar una vez ya sentada en el avión, un pequeño juego entre Damián y yo al que dábamos rienda suelta cada vez que nos íbamos de vacaciones. Les asignábamos a todos los pasajeros que nos rodeaban en asientos cercanos historias inventadas de lo más variopintas intentando adivinar cuál sería el motivo de sus viajes. Las historias más originales se le ocurrían a él, espías, prófugos, científicos locos… Yo, menos ocurrente, imaginaba reencuentros con la familia, viajes de negocios y escapadas románticas llenas de la ilusión de las primeras 48 horas seguidas juntos.
¿Sería así a partir de ese momento? ¿No podría hacer nada sin que el recuerdo de Damián fuera el denominador común en todo lo que hacía? ¿Todo me dejaría un regusto amargo en los labios por tenerle presente en cada pequeño detalle?
- ¿Qué te pasa, hermanita? ¿Y esa carita de pena? ¿Te da miedo volar a estas alturas?
- No, nada, cielo, no te preocupes, sólo me acordaba de una tontería. No tiene importancia.
- Pues toma, déjate de pensar tanto y lee el Cuore ¡Mira qué de celulitis tienen también las famosas! ¡Ya verás qué bien! Mano de santo, palabra de Carolina
Y así comenzó nuestro vuelo, escuchando las indicaciones de las azafatas en caso de emergencia mientras comentábamos lo feos que nos parecían sus uniformes y nos preguntábamos grandes dudas existenciales , como por ejemplo por qué no seguirán de moda aquellos coquetos uniformes tipo años 50 de las películas americanas con sombreritos y colores azul cielo.
- Joder macho, estamos en Laponia, ¿es necesario este frío?- Se quejó Carolina.
- ¡Hija de mi vida naciste con una queja en la boca! Pues por muy feos que sean sus uniformes a mí no me hubiera importado ser azafata- Afirmó Paola- Debe ser un trabajo apasionante. De escala en escala, ligando con pilotos y pasajeros, y con un hombre esperando en cada destino.
- Sí, ya, claro…cualquier trabajo que no sea el nuestro nos parece mucho más atractivo cuando no conocemos la realidad de su rutina. Pero desde dentro todo cambia, créeme. Yo imaginaba que lo de los masajes era mucho más atractivo… además, Pao, no creo que lo que dices que te gusta de ser azafata, diste mucho de la que ya es tu realidad laboral. ¡Guarrilla que eres mu guarrilla!
Y así, hablando de todo un poco, leyendo las revistas y organizando los planes que queríamos hacer juntas cuando yo no estuviese en el curso, aterrizamos impacientes por comenzar nuestro tour particular por Barcelona. ¡No me iba a quedar ni un minuto libre para pensar!, Con suerte, quizás, lograba olvidarme de ese email sin leer que guardaba bajo un silencio ensordecedor en mi correo electrónico.
O quizás no.