27. Ellas

 

Valeria comenzaba su jornada de trabajo a las nueve de la mañana. Dejaba a Lola en la guardería hecha un mar de lágrimas y, con el corazón encogido, ponía rumbo a la oficina donde el tiempo transcurría a un ritmo mucho más lento de lo habitual.

Su trabajo se había convertido para ella en una jornada tortuosa en la que cada vez le era más difícil conseguir aguantar sin perder los nervios. No es que su trabajo no le gustase, su cometido, el trato con el cliente, ayudar y asesorar, era algo que le encantaba. Se sentía útil. Sabía lidiar muy bien con la gente, empatizaba y se adelantaba a sus necesidades. El cliente siempre acababa teniendo con ella un trato muy personal. La habían invitado incluso a comuniones y bautizos de los hijos de algunos de los asegurados que llevaba años atendiendo. Lo que hacía de su trabajo un verdadero infierno no era otra cosa que su jefe. El nuevo jefe, el hijo del jefe anterior, se había hecho cargo de la delegación tras su jubilación y era la antítesis de un líder de equipo. Era un jefe de los que si tuviese látigo, y la ley lo permitiese, lo usaría encantado con sus empleados. Era ese tipo de personas a las que les gusta tiranizar y gestionar a sus empleados bajo la dictadura del miedo. Siempre desconfiando de sus empleados, pensando que estaban allí para tomarle el pelo y rascarse la barriga. Ese tipo de jefe que había bajado los sueldos excusándose en la crisis y en que había que ajustarse a las nuevas circunstancias mientras él vivía en un nuevo chalet de lujo y se compraba un deportivo. Todos, menos él, debían apretarse el cinturón, y lo que era aún peor, lo que sacaba de sus casillas a Valeria era que pagaba las nóminas cuando a él le parecía bien, sin explicaciones de demora y como si te estuviese haciendo un favor cuando finalmente hacía el ingreso. Nunca enfocaba las críticas como algo constructivo y todo le parecía mal, aunque estuviese bien. Todos los logros de sus empleados eran abatidos con su actitud, minando así la iniciativa y la proactividad del equipo.

El buen clima entre los compañeros se había ido apagando, las conversaciones personales que los hacían sentir unidos eran cosa del pasado. Se habían ido instaurando una serie de normas no escritas que les hacían estar más pendientes de que ese día no viniese el jefe con los cables cruzados y la tomase con alguno de ellos, que de preocuparse por sus compañeros. Ese desmotivador escenario estaba orquestado además por una recepcionista que hacía las veces de correveidile al jefe. Una cuarentona que de cara al resto de la platilla se las daba de compañera enrollada, pero que disfrutaba sintiéndose directora en la sombra y malmetiendo entre el resto de la platilla y el jefe. José Luis, que así se llamaba el tirano, hacía de la bipolaridad y de los planes de gestión de la empresa descabellados y desorganizados la nueva rutina de la oficina.

Era un ambiente insostenible en el que Valeria se sentía cada vez más ahogada e impotente. Aunque todos sus compañeros estaban igual, parecía que era a ella a la que más le estaba afectando aquella situación. Era consciente de ser una olla exprés a punto de explotar. Sabía que ese día llegaría tarde o temprano… y vaya si llegó.

Cuando de la última nómina que debían cobrar no tenían ni la sospecha de que fuera a ser ingresada de nuevo otro mes más, decidió esta vez, sin fingir un tono amable y pausado como había venido haciendo las veces anteriores, preguntarle a “Putaestibaliz”, así era como llamaban a escondidas el resto de la plantilla a la recepcionista-administrativa-alcahueta-mala compañera que se encargaba de hacer los ingresos, si podía confirmarle cuándo iban a cobrar, y cuando ella, con aquella falsa sonrisa estudiada le dijo que no lo sabía, Valeria estalló.

Cierto es que para ella el dinero no era un problema, y que Román un millón de veces le había dicho que no se angustiase de esa forma, que dejase el trabajo y buscase otra cosa, pero el que necesitase, o no, de su nómina para sobrevivir le era indiferente, ella trabaja por dinero y no tenía que justificar en la necesidad el derecho de preguntar por su sueldo. Lo único que pedía, era que al menos les avisasen cuando los pagos se retrasasen para poder organizar su economía familiar. No dijo nada que no fuera verdad cuando con un tono de voz demasiado alto le soltó aquel discurso a aquella mala mujer, pero sabía que acaba de prender la llama de una mecha muy corta. Allí no se consentían ese tipo de exigencias, por mucho que lo que exigieses fuese el dinero que por ley te correspondía. Lo que la sacaba de sus casillas también era que, bajo un criterio que no alcanzaba a comprender, había compañeros que sí cobraban en tiempo y forma, y eran a otros pocos a los que no se les ingresaban hasta que a él no le daba la gana. Compañeros a los que sí les subían el sueldo, mientras que otros se iban de vacaciones el mes de agosto sin cobrar dos nóminas seguidas. Y como no le habían dado jamás una explicación de eso atrasos y distinciones, ella sabía que eran castigos personales para aquellos que en aquella desequilibrada cabeza del nuevo rico de su jefe eran menos merecedores de su sueldo.

No se hizo esperar la reacción, delante de ella la administrativa le puso su mejor cara y se justificó con frases vacías de verdad y cuando llegó José Luis se metió rápida como un rayo en el despacho a contarle la versión distorsionada de lo ocurrido y poder echar más leña al fuego en lugar de empatizar con la situación de sus compañeros.

Valeria supo en ese instante que la iban a despedir, que daba igual todo su trabajo, sus capacidades y su dedicación durante años, y ante esa certeza, y para su sorpresa, lo que sintió fue un alivió y una alegría inmensa. Así que simplemente sonrió al sentir aquel alivio inesperado y le escribió a Román.

- Cariño, me van a despedir. Pero estoy bien, de hecho estoy feliz, creo que es lo mejor.

- ¿Estás segura? Luego me cuentas mejor, estoy a punto de entrar en consulta, pero sabes que yo estaba deseando que salieras de allí. Todo va a ir bien, no te preocupes por nada. Es para mejor.

Al día siguiente argumentando la falta de liquidez de la empresa le presentaron su finiquito. Valeria hizo un gran esfuerzo por disimular la felicidad que aquello le suponía poniendo un mohín al firmar la carta de despido. Se despidió de todos sus compañeros con buenas palabras y entre lágrimas sinceras. Le daba pena que ellos no tuvieran su suerte y necesitasen mucho más que ella aquel trabajo ingrato y debieran seguir allí aguantando aquel tóxico panorama. Pero cuando salió por la puerta del edifico, se secó las lágrimas, dio saltitos de emoción, bailó sin música, y puso rumbo a la guardería de Lola.

Carolina esperaba en el café de la esquina de su trabajo a que Marcos la recogiese, no sabía exactamente cuando fue, que en medio de las frases de tonteo que venían intercambiando en los masajes ella había accedido a su insistente propuesta de una cita. Así que allí estaba ella, nerviosa como una quinceañera, esperando a la versión más impuntual de su paciente-¿ligue?-¿proyecto de ligue?

Con Marcos le pasaba algo distinto, diferente, se sentía cómoda con él incluso en aspectos insospechados, por ejemplo, él hablaba mucho durante las sesiones, algo que a ella por norma general, le incomodaba bastante, hasta que apareció él para ser la excepción de sus normas. Su conversación era amena, natural, y sobre todo, divertida. Marcos le había contado, sin que ella hubiera preguntado, que era el mediano de tres hermanos. Todos chicos y muy diferentes, que sus padres eran ambos psicólogos especializados en terapias de pareja y sexualidad, lo cual suponía para él y sus hermanos una auténtica tortura, pues se metían siempre en sus relaciones e intimidades y ya desde su más tierna infancia le hablaban de la sexualidad como si hablaran de los deberes del colegio. Marcos le contó también que había tenido una novia durante siete años y que ella lo había dejado hacia tres. A esa novia de la que no dio ningún nombre, Carolina le había cogido ya mucha manía sin razón justificada. Marcos hablaba y hablaba, y entre chistes y bromas Carolina se hacía cada vez una imagen más clara de cómo era en realidad ese desconocido del que ya tanto parecía saber. Sobre todo le parecía una persona sincera, alguien que no juega a los pulsos de poder que se daban ahora durante “la conquista”. Ella, acostumbrada a enseñar sus mejores cartas y que tenía más que aprendido el discurso y las respuestas que te venden bien durante las citas, estaba desconcertada con su naturalidad y cercanía. Él era tal y como se veía, sin más, ni menos, y eso era algo que le hacía sentir… expuesta, vulnerable… desnuda. Ser ella misma, sin la presión del coqueteo, le resultaba tan reconfortante como terrorífico.

Marcos se enamoró de Carolina justo dos minutos después de entrar en el gabinete de fisioterapia. Por supuesto que él no creía en los flechazos, ni se consideraba un romántico por definición. No confundía que se le pusiera dura como una piedra segundos después de haberla visto con amor, no era tan tonto, sin embargo, el tiempo pareció detenerse cuando ella le miró, le sonrió y le habló, y se sintió más torpe que nunca en su vida ante su presencia. Cuando le cantó la canción de Laura Pausini al decirle su nombre, quiso besarla allí mismo, como si fuera para lo único que había entrado en aquel lugar, como si necesitara calmar unas ganas de ella que eran imposibles pudiese tener. Amor de película o no, sintió una conexión que no sabía explicar, y supo, que aunque se gastase su sueldo en masajes y se auto-provocara contracturas musculares para seguir teniendo la excusa de verla, no se marcharía de allí hasta saber cómo era el tacto de su piel y el sonido de su voz después de un orgasmo. Quería saber si arqueaba la espalda o movía los dedos de los pies cuando se moría de placer.

De repente cayó en la cuenta de que era más que probable que ella ya tuviera quien le contara los lunares y la acurrucara en sus brazos para protegerla de todo lo que le preocupase. Y sintió miedo al pensar que quizás era tarde y ya no tenía nada que hacer. Lo primero era averiguar si tenía novio y si para ello tenía que contarle toda su vida y lograr así que ella compartiese con él también confidencias, entre ellas si ya contaba con un Romeo o no, lo haría. Sólo le pedía al cielo que por favor no tuviese novio, porque aunque lo tuviese, él no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad y no soportaba la idea de verse capaz de meterse en medio de una relación.

Sesión tras sesión fueron conociéndose más, así descubrió, que era hermana melliza en una familia de cuatro chicas, que su padre había muerto cuando ella era niña, y que estaban muy unidas entre ellas y con su madre, que quería alquilarse un piso y probar a vivir sola, que ahora lo hacía con una gran amiga que viajaba mucho, y que le encantaría hacer un viaje alrededor del mundo y que cuando estuviese por Asia aprendería las técnicas de sus masajes, “pero sin final feliz”, puntualizó ella para deleite de él. Pero lo más importante de todas las cosas que le contó, lo que más feliz le hizo fue saber que de un posible novio no había ni rastro.

El día que por fin quedaron estaba más nervioso que en toda su vida, no sabía que ropa ponerse y corría con el coche de camino a recogerla como si le persiguiera el demonio o el amor de su vida se pudiese escapar, porque una vez más volvía a llegar tarde.

Miriam se miraba en el espejo satisfecha con la imagen que este le devolvía. En la última carta que Ignacio le había enviado la había citado en un bar que ella no conocía. Llegarían por separado, recreando el ambiente de sus primeras citas a escondidas del resto del mundo, cuando ella estaba terminando aún con su último novio y no querían que nadie supiese que un nuevo amor había surgido en su vida y pudiesen confundirse los motivos de la ruptura que estaba en ciernes. Le daba miedo también, que la gente pensase mal de ella y la tacharan de ser “una mala mujer”. Así que de cara a la galería, Ignacio durante muchos meses no fue más que un viejo amigo de los muchos que tenía. Muchos años después de aquella época, allí estaban ambos haciendo esfuerzos por recuperar todo aquello que un día los unió. Miriam se había abierto mucho en las cartas que había escrito, y él, para su sorpresa, también. Evidentemente había problemas entre ellos, problemas de los que no hablaban, problemas que obviaban, problemas que no tenían nada que ver con que hubiesen dejado de querer estar juntos. Ellos se querían, tenían un hijo que era lo más maravilloso que podían haber imaginado y valoraban la familia que habían formado, sin embargo, sus caracteres tan diferentes chocaban en exceso, y sobrellevar los problemas del día a día con puntos de vista tan diferentes a veces hacían que la relación estuviese en un pie de guerra constante donde ambos pensaron que era mejor callar para no empeorar las circunstancias. Callaron y callaron… hasta emponzoñar todas las cosas buenas que sí existían.

Ignacio era un hombre de esos que nosotras en nuestras reuniones de chicas denominábamos “de los de antes”, un hombre que se vestía por los pies como le gustaba decir a Concha cuando hablaba de él con mi madre mientras preparaban croquetas juntas y se ponían al día de cotilleos y pasaban revista a todas nuestras vidas. A Ignacio se le notaba que había vivido su juventud en otra generación muy distinta a la de ahora. Era el mayor de todo el grupo, a sus 45 años a veces nos sorprendía con cometarios que cualquiera que lo escuchara pensaría que era uno de los personajes de la serie de televisión “Cuéntame” y había vivido con pleno conocimiento la postguerra. Sin embargo, era quizás el alma más joven de todos nosotros, le gustaba una juerga más que a nadie, era puro nervio, inquieto, súper protector con todas nosotras a las que nos trataba como hermanas a las que parecía debía de cuidar, pero dentro del amor que todas le procesábamos había que reconocer que era: desorganizado, olvidadizo y un auténtico plomo si se ponía a hablar de política, muy cabezón, de los que les cuesta ver otro punto de vista que no es el suyo y con un sentido del humor que casi nadie entendía. Todas esas pequeñas cosas eran una bomba de relojería ante la organizada Miriam, que acababa sintiendo que todo el peso de las responsabilidades de la casa recaía sobre sus hombros, y que en vez de un marido, tenía otro hijo más del que estar pendiente y cuidar. Pero si había algo que caracterizaba a Ignacio era que, a pesar de todo, de los roces que tenían, de las broncas y el distanciamiento, veneraba y adoraba a Miriam. Por eso, en sus cartas había hecho también un gran esfuerzo por abrirse y facilitar una comunicación que era vital para que aquella situación pudiese tener retorno.

Esa noche Ignacio y Miriam, tras la propuesta de la última carta de Ignacio que en un principio Miriam tomó a broma, pero a la que finalmente accedió, jugaron por primera vez, la primera de muchas, a ser dos desconocidos con otras vidas que no eran las suyas dispuestos a tener una aventura extramatrimonial en el bar de un hotel en pleno centro de Sevilla. Miriam sería Marta, una abogada de viaje de negocios, que no tenía tiempo para una relación seria, e Ignacio sería Hugo, un piloto que hacía escala de una noche en la ciudad.

“¡Qué empiece el juego!” se dijo Miriam, excitada y expectante, al entrar en el bar del hotel donde se habían citado pisando con garbo como sólo ella sabía.

La última vez que mi madre tuvo tres orgasmos seguidos, Carolina y yo aún llevábamos pañales. Antonio salió del baño desnudo y con su abundante melena gris mojada tras la ducha se apoyó en el quicio de la puerta y, provocador, le preguntó a una Elena embelesada que no le quitaba los ojos desde la cama.

- ¿Quieres más?

- ¿Es que acaso quieres matarme?

- No sería mala forma de morir…

- Anda, ven aquí- Dijo ella acariciando suavemente la cama con la palma de la mano- túmbate un rato conmigo antes de marcharte, es temprano, podemos dormir un poco juntos

- No puedo Elena, me esperan, es muy tarde ya, pero me encantaría.- Se acercó a ella, le dio un dulce beso en los labios, recogió su ropa del suelo, terminó de vestirse y se marchó con la promesa de que la próxima vez se quedaría más tiempo con ella. Mi madre se despertó cerca de la media noche, se colocó su bata de seda negra y se fue a la cocina, donde con una copa de vino y escuchando uno de los primeros discos de Sergio Dalma, se preguntó si quizás la vida había reservado para ella este último amor, si quizás lo que para mí había supuesto la ruina de mi matrimonio, a ella le traería el amor que siempre había deseado, el que siempre había merecido. La pasión siempre es la antesala de sentimientos que se cuecen a fuego lento, sin embargo, para ella, sus ganas de vivir, de sentirse de nuevo joven, guapa, deseada, de creer que una nueva oportunidad era posible, hicieron que no necesitase mucho tiempo para sentirse completamente enamorada. A pesar de todo lo bonito que le explotaba en el pecho, tenía que reconocer que había cosas que no entendía y que le provocaban un gran desasosiego. No soportaba que Antonio tuviese que marcharse siempre después de hacer el amor y nunca pudiesen dormir juntos aunque eso dotara al romance de un aire más juvenil y despreocupado, un romance con prisas, de unas ganas del otro que no entendían de horarios. La soledad después del sexo no era para ella buena compañía. La experiencia le había enseñado también que aquella falta de intimidad después de la pasión no era nunca una buena señal… Apuró su copa de vino y todavía oliendo a los restos de las caricias que habían compartido se volvió a la cama, inquieta ante la posibilidad que en lugar de un nuevo amor, lo que la vida le traería, una vez más, sería un corazón roto. ¿Podía ella soportar que aquello le ocurriese de nuevo? Ya no contaba con la fuerza de la juventud para superarlo, ya no tenía unas niñas pequeñas que la necesitasen para seguir adelante, ya no encontraría motivos para convencerse de que el amor siempre merece la pena. Quizás estaba arriesgando más de lo que imaginaba en aquella partida, y ya no tenía edad para ser una inconsciente, se decía.

Paola estaba sentada en el alfeizar de la ventana de la habitación del hotel que hacía las veces de su casa en París. Siempre en la misma habitación por las vistas maravillosas que desde allí tenía de la ciudad. En esta ocasión, aún con la vista puesta en las maravillosas fachadas de los edificios de París coronados por la majestuosidad de la Torre Eiffel, Paola no miraba a ningún punto concreto de aquella espectacular imagen que ante ella se proyectaba. La hermosa París, testigo siempre incondicional de su felicidad, era ajena al tsunami que en su interior se estaba produciendo.

Así, con la mirada perdida y vacía de lágrimas, no dejaba de pensar en todas las alternativas que se sentía obligada a lograr encontrar. Se repetían en su cabeza, una y otra vez, en un bucle tortuoso de flashbacks inconexos, las mismas frases e imágenes de las últimas semanas. Incluso dos días después de la confirmación de la noticia, y que habían transcurrido en un absoluto silencio, encerrada en aquellas cuatro paredes de su habitación, no era capaz de asimilarlas.

Inoperable. Estado inicial. Quimioterapia. Radio. Tratamientos experimentales. Dolor. Lentitud de pensamiento, falta de concentración y cambios del carácter o del comportamiento. Alteraciones del lenguaje y del movimiento. Ese era el proceso irrevocable al que su cuerpo se vería expuesto según fuese avanzando la enfermedad. Así se lo habían explicado, con sumo detalle y en un tono esperanzado aun en la fatalidad de los resultados: tumor cerebral.

Ella, la mujer más fuerte que jamás habíamos conocido ninguna.

Negación.

Llevaba una vida sana, hacia deporte, cuidaba su alimentación, el alcohol y el tabaco estaban limitados a las ocasiones en las que salía, pero eran las menos veces las que se excedía. Ella siempre se había imaginado llegando a viejecita, siendo la tía enrollada, la que nos obligaba al resto a hacer viajes juntas recordando batallas. Se imaginaba aún con un largo camino por recorrer, y que cuando llegase al final, cual ancianita de la película de Titanic, se sentiría plena y satisfecha por haber tenido la vida que siempre quiso, libre por no haberse dejado llevar por ninguna de las imposiciones que la sociedad nos marca a las mujeres. ¿Ya no existiría esa viejecita entrañable y picarona? ¿Ahí acababa para ella? ¿Y qué pasaba con todas sus ganas de vivir?

Ella aún tenía muchas cosas que experimentar, que descubrir, que aprender y que sentir. Muchos lugares que visitar y muchas risas que compartir. Tenía aún mucho amor que dar. No lo iba a consentir. Ella era una mujer fuerte y de carácter que jamás se daba por vencida. Esta vez no iba a ser una excepción. Eso era lo que necesitaba: determinación y un plan que llevar a cabo. Sin embargo, ante cualquier posibilidad que se le ocurría, se repetían de nuevo en su memoria los recuerdos y las frases sueltas de sus conversaciones con los médicos. Inoperable. Tratamientos experimentales. Seis meses en el peor de los casos.

¿Cómo iba a poder simplemente aceptar que en seis meses quizás tendría que despedirse de la vida, que tendría que aceptar la derrota y asumir lo inevitable?

Llevaba dos días sin hablar absolutamente con nadie, había visitado al segundo especialista en París, tras conocer los primeros resultados que le dieron en España, dos días en los que sólo había sido capaz de sentir un miedo atroz que no reconocía y contra el que luchaba con toda la fuerza que poseía. A nosotras sólo nos había dicho que estaría de viaje de negocios y como nos tenía acostumbrada a sus ausencias ninguna sospechamos que tras su silencio se escondía ese tipo de fatalidad a la que nunca imaginamos vamos a tener que hacer frente. Porque esas cosas pasan sí, pero le pasan a otras personas, a unas vidas que son ajenas, a conocidos de conocidos, pero no a nosotros, ni a nuestros seres queridos. A ella no. No, simplemente no podía ser. No podía ser.

Shock y negación.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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