28. Hasta los huesos solo calan los besos que no has dado

 

Carlos y yo teníamos un ritmo frenético de trabajo, todos los días finalizábamos la jornada sintiéndonos exhaustos, pero satisfechos. Hacía varias noches que habíamos instaurado en nuestra rutina diaria brindar con una copa de vino en la pequeña vinería que nos acogió la primera noche para celebrar lo bien que estaba saliendo todo y comentar los pormenores del día y planificar la siguiente jornada de trabajo en un ambiente relajado y distendido. Durante aquellas pequeñas celebraciones nocturnas se colaban, entre la satisfacción del trabajo bien hecho, confidencias de nuestra vida y de nuestros sueños por cumplir. Carlos me había alentado, con empeño y confianza, a que me atreviera a realizar una exposición de mi trabajo cuando volviésemos a casa, alegando que no había visto a nadie, excepto a él mismo, disfrutar tanto del trabajo de campo necesario para ello, ni nadie que fuera capaz de visualizar igual que yo cómo quedaría el resultado final antes incluso de hacer la fotografía. Me repitió tanto que tenía un don especial para hacer reportajes que acabé contagiándome de su entusiasmo y viéndome de la misma forma que lo hacía él. La idea cada vez me gustaba más, quizás por la seguridad que él trasmitía, por lo fácil que hacía que pareciese todo, por la gran ayuda que estaba dispuesto a brindarme abriéndome las puertas a todo su mundo de contactos… fuera como fuese, lo cierto es que la opinión de Carlos estaba calando cada vez más hondo en mí y ya no me veía capaz, después de estar viviendo aquella maravillosa experiencia, de volver a mi rutina laboral de fotos comerciales y eventos.

- Mañana es nuestro último día de trabajo. ¿Vas a llorar otra vez cuando nos toque despedirnos de nuestra longeva parejita de amor?- Preguntó pícaro mientras volvía a llenar nuestras copas vacías de aquel vino exquisito que sabía a vida y a ganas.

- Qué graciosillo… pues puede, la verdad que les he cogido mucho cariño, han sido maravillosos, todo lo que han colaborado y lo ilusionados que están con el proyecto. Me siento muy afortunada de estar haciendo esto con ellos

- No todos los días se le da el mérito y reconocimiento que merece a una relación como la suya.

- ¿Sabes, Carlos? Creo que en el fondo eres un romántico, que por más que te empeñes en ir de bohemio sin ataduras por la vida, en el fondo tienes un corazoncito deseando enamorarse al más puro estilo tradicional.- Dije mientras pestañeaba y sonreía coqueta.

- Pero mira que eres novelera… que no, pequeña, que no, pero eso no significa que no valore una bonita historia cuando la tengo delante- Pausa, mirada intensa a los ojos- ni que no aprecie a una mujer increíble y maravillosa cuando está conmigo y me invadan las ganas de querer hacerla feliz.

- ¿Y eso no es romántico?- Dije ignorando que las braguitas me temblaban bajo la falda.

- Una cosa es el romanticismo y estar enamorado, y otra muy diferente que ese romanticismo implique que debamos estar con una única persona para el resto de nuestra vida.

- A ti lo que te pasa es que eres un golfo.

Y entonces se reía de aquella forma. Sonora, exagerada, varonil. Una risa que podía acariciarse y que escondía una ternura infinita.

- No, pequeña, lo que soy es realista. Eso de la monogamia ya te he dicho que me parece antinatural e innecesario. Esa necesidad de posesión de la otra persona, como si fuéramos objetos que nos pertenecen, como si el sexo y el amor tuviesen algo que ver. No me parece natural simplemente. El compromiso para mí son otras cosas, niña.

Me levanté lentamente de mi asiento con la excusa de dirigirme al baño, pero con la verdadera intención de ser yo quien dijese la última palabra de aquella conversación y, en lo que para mí era una puesta en escena sin igual, le agarré de la mandíbula, me acerqué despacio a sus labios, y poseída por la esencia de Paola, a la que siempre había querido emular en alguna de sus escenitas, le susurré ya cobijada en su oído.

- Carlos, querido, si los flamencos por naturaleza pueden ser monógamos… tú también.- Y allí lo dejé viéndome marchar con las ganas en la mirada y el vicio en el pantalón.

Después de aquello, la noche terminó como todas las demás. A pesar de que aquella era la última que pasaríamos en la ciudad, y juntos, ninguno de los dos hicimos por cruzar una línea que sabíamos no tenía vuelta atrás por mucho que se mascara en el ambiente aquella posibilidad que en absoluto pertenecía a nuestra faceta más profesional. Ninguno de los dos nos lanzamos. Era consciente de que a ambos se nos había pasado por la cabeza, negármelo a esas alturas era ya absurdo e innecesario. Los dos sabíamos que tonteábamos y que existía una gran complicidad y que había habido momentos en los que irnos cada uno a nuestra habitación nos había supuesto un esfuerzo sobrehumano. Relacionarnos así, coqueteando, nos divertía, era un pulso constante de ingenio y originalidad, de frases con dobles sentidos en un duelo de miradas y sonrisas. Creamos una atmósfera tan especial que creo que a ambos nos preocupaba que dejará de ser así, divertido y excitante, si cruzábamos la línea. Carlos, además, era consciente del momento en el que me encontraba y conociéndolo como ya sentía que lo conocía, creí en aquellos días que si de verdad no se atrevió a nada fue por no complicarme más ni provocar que todo se enrareciera entre nosotros. Era respetuoso y elegante hasta en eso, pero la verdad es que hubo ciertos momentos de aquellas semanas en que me hubiera encantado que se hubiera despeinado aquellas canas y se hubiera abalanzado sin piedad callándome la boca con besos y las preocupaciones con caricias. Pero Carlos no estaba dispuesto a ser sólo eso en mi vida, en él había encontrado un amigo. Uno de los buenos.

Cuando después de cenar, me dejó aquella noche en la puerta de mi habitación, me abrazó con ternura, resopló, me miró intensamente y justo cuando yo pensaba que llegaba la parte del beso, de lucir la ropa interior bonita que llevaba días usando, me dijo.

- No vamos a estropearlo por una tórrida noche de pasión, ¿verdad?- Entonces me soltó, sonrió y supe que tenía razón, que no eran las circunstancias, que las explicaciones sobraban, que así quería demostrarme cuanto le importaba en realidad. Y de esa forma, aunque nos calasen hasta los huesos todos los besos que no nos daríamos, puso rumbo a su habitación. Me quedé mirándolo desde mi puerta y justo antes de que llegase a la suya le grité

- ¡Carlos!, pero habría sido una gran noche tórrida, ¿eh?- Con un guiño de ojo y su mejor sonrisa me contestó antes de entrar en su dormitorio.

Y así, amigos y confidentes, pero no amantes, nos despedimos de mi segunda ciudad favorita. Así dijimos adiós a Enzo y Lura, entre lágrimas de emoción que se escurrían por los surcos de sus arrugas, agradecidos, deseosos de que la vida les diese aún más tiempo para llegar a ver aquel trabajo sobre su historia y su ciudad del amor. Así, entre ganas, consejos, confidencias, vinos y burratas, me despedí de aquellas dos semanas de mi vida para volver a casa un poquito más feliz, un poquito más madura, un poquito más profesional, un poquito menos perdida y un poquito más cachonda también, la verdad. Y con un amigo más, alguien a quien no diría adiós, sino hasta pronto. Alguien que me abrazó con cariño sincero en el aeropuerto antes de separar nuestros caminos, alguien que me deseó suerte, me recordó lo mucho que él creía en mí, y cómo y dónde encontrarlo cuando yo dudase.

Que no te duerman con cuentos de hadas
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