35. Nada de novelas eróticas
Mientras me arreglaba para la cita no paraba de repetirme, intentando convencerme y llenarme de una seguridad que no sentía, que era una mujer joven, soltera, con una experiencia sexual bastante limitada a mis espaldas, en lo que a variedad se refiere, no a calidad, y que lo que estaba haciendo era lo más normal del mundo. Pero estaba muy, muy nerviosa.
Yo sólo me había acostado con el noviete que tuve antes de casarme con Damián y con Fabio. Mi primer novio fue con quien perdí la virginidad y, aunque ambos le poníamos muchas ganas, aquello no dejaba de ser un espectáculo que visto ahora desde la perspectiva que da el tiempo, era bastante lamentable, no disfruté de un solo orgasmo con aquel chiquillo que me quería con la inocencia y toda devoción de la adolescencia, pero que todo lo que sabía del sexo lo había aprendido con las pelis porno, y claro, pues así… no. Luego llegó Damián, con su seguridad, con su experiencia, y me enseñó toda la gama de colores y variedades del placer. Nos dedicamos a hacer de todo, de todas las formas que se nos ocurrían, así que cuando llegó Fabio yo no era ninguna alma cándida. Aun así, mi forma de dar y entregarme al placer estaba hecha a la medida de una persona.
Por eso en aquel momento arreglándome para mi primera cita en serio con un chico desde hacía años luz, no dejaba de repetirme que no debía de sentirme mal por dar el paso, si surgía, de acostarme con otra persona después de mi separación. Ya era hora me decía, y casi que me estaba obligando a abrazar ese tipo de soltería con unas ganas que no sentía. Más decidida estaba aún a ello después de haberme enterado de que Damián ya había reorganizado su vida amorosa de la mano de (“oh sorpresa”) Teresa.
Jesús se llamaba aquel encantador contable de ojos verdes y que se había mostrado siempre cariñoso, comprensivo y paciente todas las veces que nos habíamos visto. No me parecía guapo, o al menos no era ese tipo de belleza evidente, pero sí tenía ese aire de seguridad en sí mismo que me resulta tan atractiva. Las dos veces que habíamos quedado, tras mucho insistir por su parte e intercesión de Paola, me lo había pasado realmente bien, así que me decidí de una vez a salir a cenar con él.
Para mi sorpresa, me llevó a cenar a uno de mis restaurantes favoritos de Sevilla, enclavado en pleno barrio de Santa Cruz “El callejón del agua”, parada obligada para cualquier “guiri”, y que sin embargo a mí me llenaba siempre de romanticismo. No esperaba, ni contaba con ir allí, yo le había dicho en alguna ocasión a Jesús hablando de lugares con encanto de la ciudad que aquel sitio me encantaba, pero ni de lejos lo veía apropiado para ir a cenar con alguien por quien no sientes de momento más que simpatía y atracción en una primera cita. Además y sumado a eso, ese restaurante era el lugar donde habíamos celebrado siempre nuestros aniversarios Damián y yo, pero claro, él eso no lo sabía, así que yo me obligué a olvidar de golpe todos los bonitos recuerdos que allí acumulaba y fingir que estaba encantada con la elección. Me daba pena desmerecerle el detalle con mi cara de disgusto y desconcierto. Ya era hora de tener recuerdos nuevos me dije, aunque no me sentía del todo cómoda estando allí por más que me esforzaba. Era como estar traicionando algo que, aunque ya no existiera, nos pertenecía sólo a los dos.
La cena no resultó ser un auténtico desastre, bebimos un vino maravilloso, el camarero disimuló a la perfección no conocerme al ver mi cambio de acompañante y hablamos sobre las muchas, muchísimas cosas que resultaba teníamos en común. Tras la cena, le propuse ir a tomar una copa, y antes de que él propusiese el lugar donde ir a tomarla, no fuese a ser que me llevara a otro rincón prohibido, decidí ser yo quien decidiese la siguiente parada de aquel tour. Un lugar que no estuviera asociado a Damián, pero que no me importara en absoluto asociar para siempre con ese chico que tanto interés estaba poniendo.
- ¿Conoces una terraza que se llama Puerta Catedral?- Le pregunté.
Aquella terraza que había descubierto hace poco por recomendación de Paola; que era muy amiga del dueño, un joven simpatiquísimo al que conocimos la noche de la inauguración; me enamoró el alma. Estaba en plena Avenida de la Constitución y contaba con unas vistas mágicas e increíbles del rosetón iluminado de la Catedral. Como era un terraza pequeñita que pertenecía a un hotel, estaba tranquila y sin masificar, lo cual nos garantizaba también tranquilidad, intimidad y no cruzarme con ningún conocido casi con toda seguridad, a la vez que me sumaba el tanto de enseñarle a Jesús un lugar tan bonito que muy poca gente conocía aún.
- No la conozco, no
- Te va a encantar, después de que la conozcas ya nunca jamás querrás volver al Hotel Eme a que te atraquen por un cubata.
La terraza nos recibió con sus vistas impresionantes y una suave brisa. Jesús no pudo evitar mirarme sorprendido y encuadrar rápidamente con su teléfono móvil la panorámica que aquel rincón nos brindaba. El camarero nos sirvió unos mojitos preparados con esmero y dedicación al ser, de momento, los únicos clientes que habíamos llegado. La música no demasiado alta nos envolvía en un clima que invitaba a hablar en susurros como si debiéramos hacernos una confesión. Nos sentamos en el mejor lugar de la pequeña terraza; unos pequeños sillones blancos; como el resto de la decoración, sobre un césped artificial y escondidos en un pequeño ángulo ciego respecto a la barra, lo que nos hizo imaginar que allí no había nadie más, ni siquiera el camarero.
Los mojitos se nos aguaron al final, pues en cuanto nos sentamos, sin apenar haberle dado un sorbo, Jesús busco mis labios, y toda la contención que había estado poniendo en no ir demasiado rápido como yo le había pedido, se desató. Me besaba con ansia, con prisas, buscaba mi contacto por encima de la ropa. Yo me sentía aturdida entre lo desconocido, el vino, las ganas de experimentar, el despecho que aún acumulaba y me dejé llevar por el ritmo que él marcaba, intentando no encenderme demasiado. Me había prometido a mí misma que esa noche al menos NO me acostaría con él. Quería ser libre y soltera y no sentirme culpable acostándome con nadie vale, pero no quería precipitarme para luego sentirme fatal. Quería estar segura.
Una hora de besuqueos después, ya no podíamos más, y decidí que ya era hora de marcharnos a casa, cada uno a la suya, le aclaré, pues de seguir así todos mis propósitos serían en vano.
- Déjame que te lleve a casa, no seas tonta, no pasará nada que tú no quieras. Pero no te voy a dejar que cojas un taxi a estas horas tú sola. ¿Recuerdas que soy un caballero?
- Bueno, vale, pero tenemos que enfriar un poco el ambiente, que ya te dicho que quiero ir despacio…
Sonrió como sonríes cuando piensas que va a ocurrir justo lo contrario a lo que estás escuchando.
- No pasará nada que usted no quiera, señorita.
Fuimos adentrándonos en las calles oscuras de la ciudad de camino al coche que habíamos dejado aparcado junto a los Jardines de Murillo.
Cuando dejamos atrás el Patio de Banderas de la salida del Alcázar y caminábamos por aquellos oscuros y desérticos callejones de la antigua judería, justo antes de salir a la fuente de los deseos, Jesús me empotró contra una portezuela de madera en mitad de aquella callejuela.
¡Qué susto! fue lo primero que pensé antes de darme cuanta siquiera de lo mucho que me había excitado. Podía pasar por allí cualquiera y encontrarnos así, besuqueándonos con pasión… pero aquello no tenía él la intención de que se quedase solo en besos… Jesús empezó a besar mi cuello con prisas mientras sus manos se colaban debajo mi falda. Yo me retorcía como una culebra entre sus manos soportando el peso de su cuerpo que me mantenía atrapada entre el portón y él, en una mezcla de que sí y que no, que parecía ponerle aún más cachondo.
- Jesús, por favor, que puede pasar cualquiera… Pero no paraba, me miró intensamente, jadeante, y yo me ruboricé algo sobrepasada por las circunstancias, entonces me bajó las tirantas del vestido dejándolo caer justo hasta mi cintura.
Allí estaba yo, en plena judería de Sevilla con las domingas al aire, el las besó con unas ansias irreconocibles en el chico tranquilo y respetuoso que antes me parecía, justo antes de que la compostura se instaurara de nuevo en mí persona y lo apartará con decisión a la vez que me recomponía la ropa.
Aunque me estaba poniendo bastante a tono, no estaba yo por la labor de hacerlo en medio de la calle, aún no me había dado por soltarme tanto la melena, y aquello que estaba haciendo era de todo, menos ir despacio. Con bastantes reticencias por su parte y algún que otro nuevo amago frustrado de asalto, conseguí llegar al coche aún con las bragas puestas. Una vez en el coche, a aquel chico tranquilo, delicado y encantador le poseyó el espíritu de Nacho Vidal, y una vez consiguió ponerme en el asiento trasero del vehículo empezó a desnudarme y a besarme a un ritmo al que yo no conseguía acompasarme. No me daba tiempo a reaccionar, cuando no me ponía la pierna por allí, me la ponía por allá, que yo me creía ya a esas alturas del polvo que había trabajado en el Circo del Sol y se lo había callado. Me daba la vuelta, me agarraba el pelo, pero el colmo de la incomodidad llegó cuando empezó a retorcerme los pezones como si intentara sintonizar una cadena de música en una radio imaginaria y antigua. En ese momento yo ya decidí que aquello lejos de gustarme estaba empezando a agobiarme bastante y le grité “¡Para, para ya, que no son de quita y pon joder!”
Me dejó en mi casa entre avergonzado y desconcertado, creo que no podía llegar a comprender como aquel despliegue de artes amatorias no me habían entusiasmado y enloquecido, y aunque alguien debería decirle que era un amante pésimo, que no sabía nada de cómo tocar a una mujer y que no tenía ritmo, ese alguien no iba a ser yo. Además, y para rematar, a mí el resultante de su operación de fimosis me dejaba bastante descolocada y no sabía muy bien qué hacer con aquello entre mis manos. Se me hacía todo excesivamente raro la verdad.
Cuando subí a casa y le conté a Paola que aún estaba despierta trabajando en mi exposición lo que había ocurrido, ella entre risas, y yo con los pezones en carne viva, simplemente sentenció:
- Querida mía, bienvenida, ya has aprendido que al igual que las relaciones no son cuentos de hadas, los primeros polvos con un tío nuevo no son capítulos de una novela erótica. Ambos géneros nos han hecho mucho daño, créeme.
Aquella noche decidí que, al menos de momento, iba a dejar aparcados mis intentos de reconquistar una vida sentimental activa. No me obligaría a nada, ni me dejaría llevar, si no era con alguien con quien sintiese esa química que no tiene explicación desde el momento uno.