10. Mientras tanto… ELLAS.
Miriam ojeaba en internet distintas páginas al respecto de cómo reconducir una relación de pareja. Se estaba quedando sin ideas y además se sentía patética buscando algo así en google en lugar de estar invirtiendo ese tiempo con el portátil en comprar zapatos rebajados en ASOS, por ejemplo. Se decía a sí misma que no perdía nada por intentarlo y que al menos hacerlo así era menos vergonzoso que comprando un libro de autoayuda en una tienda teniendo que exponerse a los consejos del vendedor, o peor aún, a una mirada de lástima y fingida comprensión.
Releyó un par de veces el último párrafo que había encontrado en el blog de una terapeuta de parejas sobre la comunicación constructiva, a sabiendas de que lo único que le iba a construir a ella era un dolor de cabeza.
“Cuando tengas que dar tu opinión, primero le escuchas atentamente y luego le dices:
“ENTIENDO QUE... ” (Demuestras que has comprendido su idea, muestras empatía y, si es posible los puntos de acuerdo con su postura)
“TAMBIÉN ES CIERTO QUE... ” (Procura no usar un PERO... porque parece que lo anterior no vale. Das tu opinión o argumentas con hechos otro punto de vista distinto al escuchado. Si vas a dar tu opinión subjetiva, utiliza mensajes “YO”, habla por ti, y no te metas en descalificaciones hacia los demás).
“POR LO TANTO SUGIERO... O ¿QUÉ PODRÍAMOS HACER?... ” (Propones un cambio que satisfaga a ambas partes)”
Cerró los ojos e intentó trasladar esas pautas comunicativas a una de sus frecuentes discusiones con Ignacio. Imaginaba que acabaría resultando algo parecido a:
“Entiendo que… eres un egoísta, egocéntrico, insensible y frío como el hielo. También es cierto que a veces, lo sabes disimular muy bien y se me olvida, aunque te duran cinco minutos los encantos y resurge siempre el hombre despistado, poco cuidadoso y nada detallista. Así que sugiero te vayas a tomar por culo”.
No, no iba a salir bien. Miriam no tenía muy claro cómo habían llegado a esa situación. Aunque siempre habían tenido grandes discusiones y caracteres muy distintos, se consideraban una pareja feliz y apasionada. Cualquiera que los miraba veía en ellos a la familia perfecta, y entre bromas les decían, que un día al abrir la revista “Hola”, allí estarían ellos, en el primer reportaje de la publicación sobre viviendas que dan mucha envidia, mostrando su casa perfecta, y su vida perfecta.
Ambos eran guapos, trabajadores, independientes, con aficiones y vida social por separado. Salían y entraban sin problemas, respetaban su propio espacio, desempeñaban el papel de padres como un equipo, compartían tareas y la educación de su hijo casi por igual y digo casi porque aún son muchos los detalles y responsabilidades de más que adquieren las madres por muy implicados que estén los padres (que vacuna le toca, que ropita nueva le hace falta, que alimentos puede ya tomar, la próxima cita con el pediatra, el cumpleaños de tal amiguito y comprarle un regalito…), se respetaban, confiaban el uno en el otro. ¿Qué pasaba entonces? ¿Por qué era tangible aunque solo fuera para ellos que no se soportaban? Miriam tenía la sensación de que parecían estar interpretando alguna obra de teatro sobre su propia vida para un público inexistente, dónde se dedicaban besos y preguntas protocolarias con fingida dulzura. Pero por las noches, en la soledad de su dormitorio, era tal la falta de ganas de dedicarse un rato el uno al otro, que podrían vivir pingüinos en su cama con tanta frialdad. No quedaba ni el recuerdo de conversaciones o ratos juntos que de verdad les apeteciera llevar a cabo. Todo formaba parte de una rutina interiorizada, donde convivían en armonía, sin el más mínimo interés el uno por el otro. Cuando pasaban más tiempo a solas del acostumbrado, porque se imponían citas o planes solos como la pareja bien avenida que eran, en un intento silencioso de ambos por recuperar algo de lo que fueron, siempre acababan discutiendo. Siempre por la más mínima tontería, se desataba la tensión y entraban en un cruce gratuito e hiriente de ataques hacia el otro.
Ya no sabía qué hacer. No, no aguantaba mucho más en esa aparente normalidad cargada de tantas cosas que no funcionaban si no quería perder la cabeza. No quería que su hijo viviera un divorcio, eso era lo que más le preocupaba, que su pequeño que tanto disfrutaba cuando estaban los tres juntos. No, no podía privarle de eso, tenía que buscar una solución. Además, ella siempre ha tenido un sentido del compromiso demasiado arraigado y es demasiado cabezona, como para tirar la toalla. Pero se le acababan las ideas. Mientras más se esforzaba, peor salían las cosas, y por cada intento fallido, su frustración aumentaba.
El viaje a Barcelona después de todo le iba a venir muy bien, quizás si se echaban algo de menos… Dejaría a Nachete con su abuela así él también estaría libre de responsabilidades durante esos días y podría disfrutar del fin de semana para él. Esperaba que de ese modo ambos se relajaran un poco y recuperaran algo de lo que habían sido.
Sacó su agenda y en la parte del final donde acumulaba listas sobre un millón de cosas diferentes: la compra, las tareas pendientes, la ropa y los libros prestados, los próximos eventos y los looks para cada uno de ellos,… su vida se podía resumir en listas de todo y para todo, apuntó con su boli de cristal de Swarovski con sus iniciales:
“ROPA ESCAPADA A BARCELONA CHICAS”.- Y sonrió como una quinceañera que prepara su viaje de fin de curso.
A Valeria le apetecía irse de viaje claro que sí, pero ¿acaso olvidábamos que tenía responsabilidades y que era madre? Su hija era mucho más pequeña que su sobrino, no estaba bien que la dejara sola para ella irse de parranda. Sabía que Miriam era una madre ejemplar sí, pero en el fondo, y aunque se avergonzara por ello, no podía evitar pensar que era algo “despegadilla” y no alcanzaba a entender cómo era capaz de compaginar todas las facetas de su vida con la maternidad.
¡Qué fácil lo veíamos todo nosotras!- se decía hablando sola mientras terminaba de preparar la comida de Lola. No entendíamos que ser madre te cambia la vida, y ya no puedes hacer siempre lo que te apetezca. Además, es que ella no quería separarse de su niña. Ya había vivido la época de viajes, de escapadas y copas, ahora estaba en otro momento de su vida. Terminó de darle la comida a Lola y la dejó en el suelo con sus juguetes, preguntándose si debía hablar del tema con Román. Quizás él también creyese que era una buena idea, no hacían más que discutir desde que nació Lola y también le recriminaba lo absorbente que era con la niña. Le había dicho en más de una ocasión que era tal el vínculo que tenía con ella, que hasta él sentía que estaba de más. Nunca habían peleado de esa forma, ni de esa forma ni de ninguna otra, nunca antes de ser padres habían discutido por nada importante. Hasta que llegó Lola no empezaron a discutir y siempre todo relacionado con la niña y la forma que cada uno tenían de tratarla.
No, no le diría nada a Román, él la animaría a ir y le diría, con ese tono pausado y conciliador que usaba para todo, los motivos por los cuales no suponía un problema que se marchara tranquila. Pero no, ella donde tenía que estar era con su niña, estaba segura que pasaría toda la noche llorando si su madre no estaba allí.
Paola estaba dejando todo organizado en La Galería para que su ausencia se notase lo menos posible. No tenía a nadie en quien delegar sus funciones, así que aunque estuviese de vacaciones unos días, tendría que estar revisando el correo y el teléfono del trabajo constantemente y también dedicar un rato todos los días a coordinar el trabajo desde Barcelona. No podía permitirse desconectar del todo, aun así, pensaba hacer de esos días un viaje épico. Se pasó los dedos por la sien con pesadez y una mueca de dolor, de nuevo esos malditos dolores de cabeza que cada vez eran más fuertes y frecuentes. Sacó un sobre de Enantyum de su bolso de Carolina Herrera deseando que le hiciera efecto lo antes posible, tenía mucho trabajo que dejar organizado antes de irse y no podría hacerlo bien lidiando con sus fuertes jaquecas. Esos días fuera deberían relajarla y liberarla de tanto estrés y con un poco de suerte los dolores de cabeza desaparecerían. Con un golpe de coleta al aire, se dijo que era el precio que tenía que pagar por llevar con tanto éxito tantas responsabilidades. Adoraba su trabajo, y aunque era frenético, la llenaba de vida. Seguro que a la vuelta del viaje las jaquecas eran parte del pasado, solo necesitaba disfrutar de unas merecidas mini vacaciones y rodearse de diversión con nosotras para estar como nueva.
Carolina odiaba hacer el equipaje, siempre se frustraba y no sabía qué llevar, toda su ropa le parecía de momento indispensable y no quería dejar nada atrás. Aunque sólo fueran unos días fuera tenía que llevar ropa para hacer turismo, ropa para salir de cena, ropa para salir de copas, y todo eso con sus respectivos zapatos, bolsos y complementos. No sabía qué llevar, al final metería un batiburrillo de prendas sin sentido y acabaría vistiéndose allí con el exceso de ropa que llevara Miriam. En ese momento sonó su teléfono, era nuestra madre.
- Carolina pequeña, ¿te pillo mal?
- No mamá, me libras de la batalla que tengo con la maleta de Barcelona
- No sé si me parece buena idea ese viaje, nena, es una forma de huir de los problemas y yo, no os eduqué para que fuerais unas cobardes.
- Mamá, nos vendrá bien, Adriana necesita tomar algo de distancia, a la vuelta se enfrentará a todo, no te preocupes.
- Tened mucho cuidado, hija, no hagáis demasiadas locuras por favor.
- Tranquila, mamá, seremos unas niñas muy buenas.
- Ya… eso díselo a quien no te haya parido bonita. Oye, Carolina, estaba yo aquí pensado…
- ¡Qué miedo!
- ¡Calla, y escucha!, ¿tú crees que tu hermana se ha enamorado de ese tal Fabio?
- Yo no lo creo mamá, a mí Fabio me parece un niño bonito que lo único que hace es acumular conquistas, no creo que Adriana signifique mucho más para él, a pesar del mensaje que nos leyó.
- No sé hija, yo no paro de pensar, que fue por ese mensaje que ella se marchó de casa, y que a lo mejor se ha enamorado .Y si se ha enamorado, y él resulta ser lo que tú dices, ha tirado su matrimonio por la borda por algo que no merece la pena, y yo soy su madre, si estoy viendo que va a cometer ese error no puedo quedarme de brazos cruzados ¿no crees?
- Mamá sea lo que sea lo que estés tramando, ¡NO ES UNA BUENA IDEA!
- Yo no me voy a quedar quieta como una mera espectadora de sus errores hija, pudiendo ayudarla. Necesito saber qué clase de tipo es ese Fabio y si lo que quiere es enamorar a tu hermana para luego darle la patada, o si por el contrario tiene buenas intenciones
- Mamá, que no te metas, ¡te lo digo en serio!- Resopló sabiendo que era absurdo insistir, su madre iba a hacer lo que le viniera en gana, así que como no podía hacer nada por evitarlo decidió conocer la envergadura de su plan- Dime, ¿qué tienes en mente?
- Voy a ir a la imprenta a conocerlo.
- ¿Pero estás loca? Mamá, eso es una mala idea hasta para ti, sabes que no tienes que meterte, además, ¡qué no está enamorada de ese tío, me apuesto todos mis zapatos a que no!
- Me da igual, por si acaso, yo no puedo consentir que tu hermana siga equivocándose y quedarme de brazos cruzados. Voy a ir a conocerlo y hablar con él.
- MAMÁ NO. Adriana no te lo va a perdonar.
- Bueno tú no le digas nada, disfrutad del viaje y a la vuelta te cuento qué ha pasado.
- Uff…- Suspiró resignada- ¿vas a hacer lo que quieras no?
- Sí, hija sí, llevo haciéndolo toda mi vida, no voy a cambiar ahora. Sólo quería contártelo para que teniendo eso en mente intentes averiguar estos días si estamos hablando de amor, y a la vuelta yo te podré contar también si él la quiere a ella o no.
- Mamá…
- Nada, hija, nada no te preocupes. Pasadlo bien, avisadme de que llegáis bien y esas cosas para no tener a tu pobre madre preocupada.
Y colgó. Como Carolina ya no rezaba no podía pedirle a Dios que no permitiese que nuestra madre lo estropeara todo más aún; pero hubiera dado igual que lo hiciera, nuestra madre estaba decidida a conocer a Fabio y no había ningún argumento que Carolina pudiera usar para hacerle ver lo terrible y desacertado de esa idea.
Aún dándole vueltas a lo que nuestra madre le había contado observó, pesarosa, su maleta a medio hacer. Miró el reloj. Suspiró mientras se decía a si misma que aún tenía tiempo de sobra para terminarla y que lo que ahora necesitaba para despejarse de tanto estrés y sobresaltos que la rodeaban, era tirar de su “chorboagenda” y marchar a Barcelona con el cutis y el pelo resplandeciente. Llamaría a Fernando, sí. Nadie como Fernando para una emergencia como aquella. Le dejaba las piernas temblando durante días y era el único que había conseguido, aun sin que ella apreciara que aquel día él hiciese nada diferente a lo habitual, que disfrutara de un orgasmo femenino con eyaculación. Y aunque no había vuelto a suceder desde entonces y en aquella ocasión ambos se sorprendieron por igual, fue más que suficiente para garantizar su permanencia entre los asiduos de Carolina como apuesta segura.