19. La niña bonita
Carolina repiqueteaba sus uñas contra la mesa de la recepción que había en la entrada de su trabajo mientras observaba su perfecta manicura con un esmalte en color rojo mate, felicitándose internamente a sí misma por la elección del color y por haber renunciado de una vez a su habitual y tradicional manicura francesa.
Su próximo cliente se retrasaba y eso le molestaba mucho. La impuntualidad era para ella una terrible falta de respeto hacia los demás. Y como estaba mucho más susceptible de la cuenta por todo lo que estaba pasando a su alrededor con nuestras desordenadas vidas, siendo ella nuestro paño de lágrimas, le estaba molestando más que en otras circunstancias que aquel nuevo cliente llevara ya diez minutos de retraso. La semana había sido un caos. Desde que volvió de Barcelona se había enfrentado a la confesión de nuestra madre de lo sucedido en la imprenta, y como consecuencia se había visto obligada por el chantaje emocional de ésta a ocultarnos al resto que mi madre y el padre de Fabio habían salido a tomar café y a cenar, dos veces ya, desde que le gritara viejo verde aquella mañana. También había lidiado con que Valeria le llorara durante horas todos los problemas con su jefe en la oficina. Sobrellevaba también, con sonrisas y buenas palabras, el vivir en la misma casa que yo que era un mar de lágrimas y no terminaba de tomar las riendas de la situación en la que estaba y esa falta de iniciativa por mi parte la estaban sacando de quicio, y por último y para rematar, también había tenido que obligar a Paola a ir al médico pues aún seguía aquejándose de unas terribles jaquecas que cada vez la tenían más preocupada, por mucho que ella le restase importancia. En Barcelona había abusado tanto de los analgésicos, sin éxito, que acabó prometiéndole sobre sus zapatos Jimmy Choo que a la vuelta iría al médico a que le mandasen un tratamiento más efectivo y que llevaría de ahora en adelante un ritmo de vida más relajado. La única que le había dado tregua entre tanto drama era Miriam, y por no tentar a la suerte apenas la había llamado para hablar con ella desde que volvimos. Demasiadas cosas en las que pensar. Estaba agobiada, asfixiada por ser ella quien debía estar para todo el mundo, aplazando constantemente su propia vida y preocupaciones. Tenía los nervios de punta y para rematar la semana, cuando por fin era viernes y ya se veía de compras en la nueva zapatería del centro, el cliente llegaba tarde.
Como se trataba de un nuevo cliente no tenía confianza para poder reprenderle cuando llegase con ese tono, cariñoso, pero tajante que ella usa con exquisita soltura, no quedándole más remedio que morderse la lengua.
Justo cuando Carolina estaba a punto de cancelar la cita de la agenda y volver a dejar un mensaje en el buzón de voz del teléfono de contacto que habían dejado, se abrió la puerta del gabinete y entró un joven sudado y acelerado que la miró apurado mientras Carolina lo recibía con una, falsa, pero encantadora sonrisa. Él empezó a disculparse por su retraso algo avergonzado mientras se secaba con un pañuelito las pequeñas gotas de sudor que le adornaban por la frente:
- Perdón, perdón, perdón, sé que tenía la cita a las once, siento llegar tarde, pero cuando ya venía de camino tuve que volver a casa porque me había olvidado la cartera allí, ¡cuánto lo siento!- Y lo dijo con una sincera y encantadora expresión de un niño arrepentido que, sin saber muy bien porqué enterneció el duro corazón de Carolina y consiguió que se le pasase, al menos un poquito, el mal humor.
- Bueno esas cosas pasan, nadie mejor que otra cabeza loca para saberlo. No se preocupe que al verlo llegar tan apurado ya le había perdonado. Es usted el Señor Olivar, ¿verdad? Yo soy la fisioterapeuta que le va atender hoy.
- Llámeme Marcos por favor, que Señor Olivar lo relaciono con mi padre.- Carolina sonrió y, sin poder evitarlo, al oír su nombre canturreó
- ¡Marcos se ha marchado para no volver!
- ¿Perdone?- Dijo él atónito sin poder dar crédito a aquel arranque cantarín. Fue entonces cuando Carolina le sonrió de verdad, sin protocolos, sonrió mostrando todos y cada uno de sus inmaculados dientes y con su mirada felina que combinaba a la perfección, en una mezcla exquisita, con su carita de niña buena, enamoró a Marcos irremediablemente.
De camino a la cabina donde Marcos recibiría su masaje Carolina, entre risas, intentaba justificarse
- Yo es que crecí entre las canciones de Sergio Dalma y Laura Pausini. Fue todo un éxito y ahora, cada vez que oigo el nombre de Marcos… pues no lo puedo evitar ¡me viene automáticamente a la cabeza!- Dijo Carolina pizpireta.
Y para no dejar de escuchar el tono de su voz y rendido ya a la evidencia de que iba a gastarse su sueldo en masajes si hacía falta, le siguió el juego
- Si ahora tú me dices que te llamas Laura, yo puedo cantarte al ritmo de Nek esa de “Laura no está” y después nos vamos directos al karaoke.- El sonido de sus risas compartidas les pareció a ambos algo muy familiar.
- Siento decepcionarte, pero no, me llamo Carolina- Él meditó unos segundos y, dejándola completamente alucinada, cantó muy emocionado
- “¡Caroooolina trátame bien, no te rías de mí, no me arranques la piel”!
- ¡Ocurrente y rápido sí señor!, pero ya estamos en la sala toca relajarse para el masaje, así que sintiéndolo mucho ¡se acabó el karaoke!
- De momento al menos ¿no? Dos estrellas de la música como nosotros deberían compartir su talento con el mundo.
En ese momento Carolina se dio cuenta de que aquella conversación se parecía más a las que ella solía tener durante una primera cita que a las que mantenía habitualmente con uno de sus clientes, así que interrumpió lo que podría parecer un coqueteó y volvió a su pose profesional y comenzó a darle todas las indicaciones necesarias para que se pusiera cómodo antes de empezar con el masaje.
Carolina era alocada, despistada y nada convencional, pero en su trabajo era muy profesional y meticulosa. No le gustaba mezclar a la Carolina ociosa, con la Carolina fisioterapeuta y, bajo muchas normas autoimpuestas, se obligaba a mantenerlas separadas. Jamás intimaba más de lo necesario con sus pacientes, ni había dejado nunca que lo personal interfiriese en su trabajo. Nunca se plantearía salir con un paciente, ocasiones y proposiciones no le habían faltado, de todo tipo además, algunas incluso muy golosas, pero nunca se permitía cruzar la línea. Creía que hacerlo era una forma de no respetar un trabajo tan vocacional como el suyo, además de aquello de que “donde tienes la olla no metas la…pues eso” y precisamente era eso mismo lo que se repetía cada vez que la tentación llamaba su puerta. Sin embargo, no pudo evitar imaginar mientras atendía a Marcos, cómo sería salir a cenar con él, cómo sería seguir con esa conversación tan dinámica y natural que parecían compartir con unas copas por delante para luego comenzar a tocar su cuerpo de una forma nada terapéutica. Tuvo que hacer grandes esfuerzos de concentración para no pensar en imágenes en aquello que, jamás de los jamases, se debía tener en mente cuando tenía un paciente, desnudo y en sus manos, en la camilla.
Marcos físicamente era un chico bastante normal, lo que no terminaba de encajar en el prototipo de hombre con el que Carolina solía salir en los últimos años. No era musculado, ni fibroso, más bien podría decirse que entraría en esa nueva definición de “fofisanos” que tanto usaban ahora los hombres con algunos kilitos de más. Era moreno y no demasiado alto, un pelín más que Carolina quizás, sino prácticamente iguales. Pero había algo en él que le atraía y que la invitaba a querer conocer más y más. Cada rincón, cada secreto, cada deseo. Eso la puso nerviosa, muy nerviosa, porque hacía mucho, mucho tiempo, que Carolina no estaba nerviosa delante de ningún hombre.
Al finalizar el masaje, entre sonrisas y agradecimientos, acordaron las siguientes citas y el tiempo que Marcos necesitaría como mínimo para eliminar la contractura que tenía en la espalda. Él le explicó que era community manager por lo que pasaba muchas horas sentado frente al ordenador y que tenía muy mal control postural. Ella le recomendó un tipo de silla específica para corregir la postura y poder trabajar sin problemas, así como hacer estiramientos y levantarse cada hora de su puesto de trabajo aunque fuera solo unos minutos. Él, de nuevo encantador, le dio las gracias y antes de marcharse le confesó, sin ningún atisbo de pudor, con una seguridad en sí mismo que la desarmó, que estaba deseando llegara el lunes para volver a verla- para que así deje de dolerme la espalda es lo que quiero decir- Aclaró un segundo después muy pícaro y nada convincente.
Al día siguiente Carolina aún seguía sonriendo de la misma forma en que lo hizo el viernes al salir del trabajo. Y así se la encontró mi madre, con aquella expresión ilusionada, cuando llegó a su casa, la primera de todas nosotras, para comer juntas.- Comer juntas los sábados va a ser nuestra nueva tradición- Había dicho mi madre sin preguntar ni nuestra opinión, ni nuestra disponibilidad. En aquella ocasión, como después de nuestro viaje habíamos estado prácticamente desconectadas las unas de las otras y teníamos muchas novedades que contarnos, habíamos aceptado, felices y conformes, que aquella tradición tuviese al menos aquel sábado de duración.
Una vez Carolina consiguió librarse de las primeras preguntas de mi madre sobre su semana, aprovechó que aún no habíamos llegado ninguna para escribirle un WhatsApp a Paola que, aunque también había sido invitada a la comida, nos había dicho que una próxima exposición que tenían que preparar la tendría también ocupada todo el fin de semana
Carolina.
“Dime qué te dice el médico cuando salgas”
Pao
Pero mira que eres pesadica, disfruta de la comida en ese aquelarre de brujas que sois y graba la reacción de tu madre cuando Adri suelte lo del trabajo con el fotógrafo famoso y a mí déjame tranquila
Carolina
Jajaja, lo intentaré. Te echaremos de menos, luego me cuentas, besitos.
Pao
Muchos más para allá.