33. Llueve sobre mojado
Los meses que siguieron a aquella noticia, fueron la antesala de una serie de cambios en nuestras vidas que se sucedieron unos a otros sin pausa y a un ritmo vertiginoso. Fui parte de uno más de los cientos de divorcios exprés que abundan en nuestro país. Todo mi empeño consistió en acabar pronto con aquel proceso, me dieron igual todos los consejos de amigos y profesionales para obtener la mejor y más beneficiosa resolución de lo que era mi vida. Hablaban de mi matrimonio como un negocio, como la liquidación de una empresa y nadie comprendía que allí yo ya había perdido lo más importante de todo, que el dinero y los bienes me daban exactamente igual. Apenas hablé con Damián en ese tiempo, toda comunicación pasaba por el abogado que compartíamos. Hizo todo tipo de intentos desesperados para explicarme, para convencerme, para retenerme a su lado. Mensajes, correos, llamadas, darle la brasa a nuestros amigos en común para que intercedieran… sólo se detuvo cuando le dije que me sentía acosada y que, o paraba, o aquello iba a acabar en los titulares del telediario pues me estaba haciendo perder una paciencia, que en aquellos tiempos estaba a flor de piel. Cuando por fin llegó el día de la firma y la sentencia de divorcio y lo vi allí sentado frente a mí, desolado, suplicante, ambos sin poder reconocer en aquella escena lo que habíamos sido, sentí pánico al reconocer entre todos mis sentimientos un inmenso rencor y resentimiento por el que había sido el amor de mi vida. Me había dejado unas heridas tan grandes que no sabía cómo iban a sanar, no era capaz de sentirme yo misma y estaba segura de que el miedo a sufrir y la desconfianza serían ya siempre, y por su culpa, el denominador común de todo lo que estuviera por llegar. Me había robado la capacidad de confiar en las personas, de creer en la parte buena de la gente… Y sí, le odiaba por ello, pero más aún odiaba saber que me había dejado rota, cínica, escéptica, “estropeada”, para siempre.
Me compró mi parte de la casa y él se quedó a vivir en el que había sido nuestro hogar soñado, nuestro nido de amor, nuestro refugio del mundo, él se quedó allí y no alcanzo a comprender cómo era capaz de vivir entre los restos de una vida que había llegado a su fin.
Yo encontré un apartamento precioso y coqueto con una terraza muy grande que me enamoró desde el primer momento y en el que jamás llegué a vivir. Se lo quedó mi hermana Carolina. Decidimos, alentadas por Paola, que Carolina no debía vivir los comienzos de una relación en torno a una vivienda a la que rondaba la muerte, y la obligó, ahora sí con ganas y convencimiento, a marcharse de allí. Cuando Carolina me lo contó le di las llaves de mi lindo piso sin estrenar y decidí, y en realidad nada me apetecía más, que yo me mudaría con Paola. No íbamos a dejarla sola.
Fue en mis primeras semanas en casa de Paola cuando empecé a hacer retratos. Había hablado con Carlos mucho esas semanas, que me insistía en que le acompañara a la presentación de nuestra exposición, invitación que yo declinaba porque no quería estar en aquellos momentos fuera de casa, aunque sí le confesé que iba a realizar mi propia exposición, que ya estaba trabajando en ella y que la galería de Paola me iba a ayudar a ponerla en marcha y que por supuesto contaba con que él pudiera venir el día de la presentación en sociedad de mi nuevo trabajo.
Un día, semanas después de aquella conversación con Carlos, llegando a casa, justo antes de alcanzar el portal, recibí un mensaje de él, lo cual me extrañó mucho, porque Carlos era de llamadas, largas además, por teléfono, pero no le iban nada los mensajitos.
- Estás preciosa con ese abrigo mostaza, pequeña saltamontes.
Me puse a mirar a un lado y a otro, incrédula, y entonces lo vi apoyado en la esquina del callejón que llegaba hasta nuestro portal. Empecé a reírme y salí corriendo hacia él para abrazarlo. Me levantó sobre el suelo con mucha fuerza mientras yo le preguntaba qué hacia allí.
- ¿Cómo es posible? Pero, ¿qué haces aquí?
- He venido a ver a mi pequeña saltamontes, que hace mucho que no la oigo reír como ella sabe
Y entonces empecé a gimotear como una tonta. Tenía las emociones a flor de piel en aquellos momentos y me descubría demasiadas veces llorando ante lo más mínimo. Lloraba con un anuncio de Coca Cola en el que un hijo ayuda a su madre a conseguir empleo, lloraba con las canciones de la radio mientras conducía, e incluso, como prueba irrefutable de que no tenía las emociones muy ordenadas, lloraba también con el programa de Master Chef, cada vez que expulsaban a algún concursante, o el plato no les salía bien.
Me fui con Carlos a un bar irlandés que nos pillaba cerca, allí me contó que Paola le había llamado por las invitaciones de la exposición que estábamos preparando y que se habían compinchado para darme la sorpresa.
- Sí que es alguien excepcional tu amiga Paola, hemos hecho muy buenas migas- Otra vez llorando- Venga, venga, no llores, que he venido a intentar que te animes, que no me dan los 2000 minutos contratados en el móvil para todo lo que me obligas a escucharte. Así me gusta, que sonrías, porque vaya lo fea que te pones cuando lloras, niña.
Hablamos y hablamos hasta que acabamos borrachos perdidos con aquellas cervezas gigantes y nos tuvimos que ir a casa a dormir la mona, a prestarle a él nuestro sofá, y a que se enamorara, como todos nosotros, de Paola.
Carlos pasó en Sevilla uno de los mejores fines de semana de su vida, diga él lo que diga a día de hoy cuando se lo recuerdo, que por más que disimule no me cabe duda de que fue así. Por mucho mundo que ya conociese, como en Sevilla, Carlos, no se lo había pasado en ningún otro sitio. Le conté todos los detalles de mi exposición y que me había centrado finalmente en retratos a mujeres. Mujeres fuertes y luchadoras. Mujeres que se enfrentaban a miedos. Mujeres que no entran en los cánones de la sociedad y por un motivo u otro brillaban con luz propia. Él me hablo de su hija, de su nueva vida en Barcelona y de que ahora se veía con la directora de una revista con la que a veces colaboraba y con la que estaba bastante ilusionado.
Yo le hablé de mi nueva vida de soltera. Ya llevaba cinco meses divorciada y aún no me había habituado a ello. Le conté, algo avergonzada, que las chicas insistían en hacerme un perfil en alguna aplicación de ligues y que a cada soltero que conocían lo acosaban para procurar presentármelo.
- Pero yo estoy bien así, Carlos, aún no estoy preparada… Además no tengo ni una sola amiga soltera con la que salir-Reí algo triste- para cuando me quedo soltera yo, Carolina se echa novio y Paola…- me paré en seco, incapaz de decir y asumir porque Paola no estaba para salir de juerga- En fin, bueno que eso, que cada una tiene su vida, y la verdad es que no estamos ahora para irnos de grandes juergas.
- Bueno, mujer, pero no te vendría mal conocer a alguien, salir un poco y despejarte. No todo puede ser trabajar y estar en casa con Paola. Ella está muy preocupada por ti.
- Bueno, también voy a casa de mi madre y de mis hermanas a estar con mis sobrinos y pasar tiempo juntas…
- Claro, ese es justo el planazo al que me refería, niña
- Mira qué eres idiota
- Bueno cambiemos de tema, cotilleemos un poco a ver si así te animas, cuéntame, ¿cómo le va el romance a tu madre? Estoy seguro de que su vida amorosa me entretiene más que la tuya
- Pues lo ha pasado un poco regular la verdad. Resulta que Antonio, aunque parecía tener mucho interés en pasar tiempo con ella, nunca podía quedarse a pasar la noche y no hacía más que poner excusas vagas que a mi madre le dejaban cada vez peor sabor de boca. Un día cogió el toro por los cuernos, se puso flamenca, y le dijo que a su casa no volviese más si no se quedaba a dormir, que ella no tenía años ya para que la trataran como a una pilingui- Sí, uso esa palabra, pilingui- y sólo llegar, acostarse con ella y después salir corriendo.
- Vaya, lo siento por ella, yo era defensor de ese romance ya lo sabes, esperaba más de Antonio
- Calla, calla, que ahí no termina la historia. Antonio le contó entonces que su longeva madre vivía con él, que estaba muy enferma y era él quien la cuidaba, que podía dejarla unas horas con una cuidadora pero que las noches no le parecía bien pasarlas fuera. Que no le había dicho nada por no asustarla con problemas y desgracias y también para que no pensase que era como el de la película de Psicosis con una madre lunática que no le dejaba relacionarse a esas alturas de la vida.
- Sabía yo que Antonio era de fiar- Dijo él guiñándome un ojo
- Sí, es verdad, no sé a quién sale su hijo…
- ¿Has vuelto a saber algo de Fabio?
- Teniendo en cuenta que a estas alturas puede que acabemos siendo hermanastros, no es como si pudiera expulsarlo de mi vida aunque quisiera. Tengo que asumir que llegará el momento en que nos toque incluso cenar juntos en Nochebuena, porque ya te digo yo que lo de mi madre y Antonio va para largo. Ahora es ella quien lo ayuda con el cuidado de su madre y vive más en su casa que en la nuestra.
- Acostarte con un hermano es incesto para tu información.
- Quita, quita, que no somos nosotros los Lannister, además, sería hermanastro… no habría pecado.
- Qué cochinilla
- Qué no, que eso está ya más que acabado. Nos vemos en la imprenta y hablamos de vez en cuando, la verdad es que es un tío muy divertido y es buena persona, golfillo e inmaduro, pero buena persona, no le puedo guardar rencor. Ahora sale con una chiquilla de 23 años que no ha visto jamás en su vida una camiseta sin escote. Se pasa el día con él en la imprenta vigilándolo de cerca.
- ¿Estás celosa?
- En absoluto, capullo. No tengo yo el “chichi pá farolillos”.
- Pues… ya que tú no te animas a soltar prenda… Paola me ha dicho que tienes una cita la semana que viene…
- ¡Será chivata!
- Ya sabes que nadie puede resistirse a mis encantos y me lo contó todito todo sin tener que hacer ni una sola pregunta.
- Bueno sí, más que una cita es una encerrona. Es un amigo de Paola, un encanto de chico, trabaja en La Galería como contable. De hecho ya hemos salido un par de veces, un par de citas inocentes sin ningún intercambio de fluidos no me mires con esa cara. Y no es que no sea agradable, que lo es, es que simplemente no sé si aún estoy preparada.