23. Oh my god!
Y sin saber muy bien cómo logre sobrevivir al resto de los días que quedaban hasta el viaje. Bueno, miento, sí que sé cómo sobreviví a aquellos días. Fue gracias a la suma de carbohidratos, la concentración e ilusión extrema puesta en los detalles del que iba a ser mi primer reportaje y exposición y las largas llamadas de teléfono que mantuve con Carlos.
Al principio, nuestras conversaciones parecían breves ponencias sobre fotografía, donde yo intentaba retener cada detalle y cada idea como la alumna más aplicada pero, poco a poco, entre la templanza y la seguridad de sus palabras se fueron colando todos mis pensamientos locos e ideas disparatadas y empezamos a tener ese tipo de charlas eternas colgados al teléfono. Conversaciones que se mantienen haciendo malabares para sostener el teléfono entre el hombro y tu oreja mientras preparas un café, enciendes un cigarro, sacas la ropa de la lavadora, preparas la comida o te pones rímel antes de salir… simplemente porque colgar para hacer esas cosas con la movilidad de ambos brazos y sin torticolis deja de ser una opción. Hablábamos de todo saltando de un tema a otro, de lo profesional a lo personal, de lo formal a lo divertido, de lo cotidiano a las confidencias como si fuera una más de mis chicas solo que con bigote y en la versión no desequilibrada de ninguna de nosotras. El galán del cine clásico de los años dorados de Hollywood al que me recordaba Carlos escondía también a un tío divertido, sincero como el que más, abierto de mente, sin prejuicios, sin tabúes. Alguien que se carcajeaba con fuerza cuando lo llamaba para preguntarle si sabía si existían clínicas de desintoxicación de comida basura, pero sin dudar ni un momento que se lo preguntaba completamente en serio. Alguien a quien, cuando termina el día se bebe una copa de whisky, del caro, de ese que es delito mezclar con Coca-Cola, en un vaso ancho solo con hielo, sentado en un sofá orejero de piel desgastada de tantos años esperándolo llegar de sus viajes, escuchando viejas canciones de Serrat mientras lee el periódico en papel porque le gusta el ruido que hacen las hojas al pasar y la mancha de tinta que se le queda en el dedo como recordatorio de que le importa todo lo que pasa en el mundo. Un adicto a C.S.I, pero al de Horacio, porque opina que Grissom está sobrevalorado y que la cara de aguantarse un “peo” de Horacio cuando le habla a los malos, mola mucho. Un padre reciente, entregado y cariñoso. Un amigo.
A él fue al primero al que me apeteció contarle el drama, y el trauma, al que me vi sometida días después de la fiesta de cumpleaños de mi madre cuando decidí ir a verla a casa, sin avisar, para ponerle los puntos sobre las íes y pedirle que dejara de interceder en una reconciliación que no era suya. Tremendo susto e impresión que me llevé cuando abrí la puerta de nuestra casa. Mi casa, la de toda la vida, la que nos había visto convertimos en mujeres, abrir inocentes los regalos en la mañana de reyes, soplar velas de cumpleaños, ver juntas La Sirenita tantas veces que la rayamos, la que nos había visto reír, llorar, la que había sido testigo de las explicaciones violentas de mi madre cuando nuestro cuerpo dejó de pertenecerle a las niñas que aún éramos y nos insistía en que a partir de aquel momento debíamos tener mucho cuidado con los niños sin comprender, hasta mucho tiempo después, de que iba el tema y respiré aliviada de que ningún niño fuera a atacarme. Esa amada casa de mi infancia me recibió con una imagen insólita, nueva e incompatible con el hogar en el que me crie.
Mi madre estaba vestida con una lencería sacada de alguna de las películas de Fernando Esteso, con trasparencias y ribetes plumeados en medio del salón, haciendo lo que entiendo pretendía ser un pase de modelos que en nada se parecía al de Victoria´s Secret.
Yo grité. Ella gritó. Se asustó, se tapó demasiado tarde como para olvidar aquella visión con un cojín del sofá, el mismo cojín sobre el que a mí me gustaba quedarme dormida los domingos durante la sobremesa, y entonces, entre preguntas y asombro desmedido, reparé en el beneficiario de aquel espectáculo.- ¿¿Antonio??
Yo al padre de Fabio lo había visto mucho en la imprenta, era un señor afable al que le gustaba dar charleta a sus clientes. A mí siempre me trató con especial cariño, sospechando, quizás, lo que su hijo y yo hacíamos fuera del horario laboral, pero jamás habría podido imaginar que vería mucho más de aquella cara amable del padre de mi amante. Allí estaba él, desnudo, o en cueros como decía mi abuelo, palabra que me resulta más acertada para hablar del desnudo integral de un hombre de su edad, con su culo sobre nuestro sofá y su erección apuntando hacia la lámpara de araña de nuestro salón. Fabio tenía a quien salir desde luego. No existe terapia, ni lobotomía, que pueda borrar esa imagen de mi cabeza. No me quedé allí a que me dieran explicaciones claro. No fue hasta días después, cuando ambas nos habíamos recuperado algo de la impresión y la vergüenza, que mi madre confesó sus pesquisas pasadas y me puso al tanto de todo lo sucedido, sumando a la bronca que ya pensaba echarle más faltas y culpas. Superado el shock inicial supe de sus citas, de su cortejo y de su incipiente ¿amor?, así lo había llamado ella. Me prometió que no habían hablado de Fabio y de mí, que Antonio era muy discreto y que no pensaba interceder más y que a partir de ahora se mantendría siempre al margen.
Fue Carlos, también, quien me ayudó a tomarme aquel romance con una dosis menos exagerada de drama, quien me invitó a ponerme en el lugar de mi madre y el responsable de que finalmente le diera mi bendición.
Las chicas resultaron igual de compresivas aunque menos delicadas y se rieron mucho más, incluso se le escapó un poco de pis a Carolina de tanto reír, cuando les conté aquel trauma que me acompañará siempre.