Prefacio

 

 

 

La Villa de Madrid, 1660

 

 

La vida es el fluir del tiempo impenitente, que se desliza suave e implacablemente hacia un final inexorable.

El de este pobre infeliz ya había llegado.

El hombre alto, de enormes espaldas, pelo largo y oscuro como la noche, contempló impasible como el cuerpo del otro caía a la tierra, desmadejado y como un espeso charco carmesí se iba formando lentamente bajo su cuerpo. Aún con la espada firmemente aferrada, dirigió su tormentosa  mirada al segundo de sus asaltantes y vio impávido como el brillante filo de su acero volaba con rapidez hacia su pecho; Debes ser de los nuevos pensó, antes de moverse a una velocidad inhumana y rechazar el lance con un giro de muñeca que enredó ambas armas, hasta que las empuñaduras chocaron con un impacto tan brutal, que no le hubiera sorprendido  ver saltar chispas de ambos puños.

Diría yo que la  Orden de Ker es menos exigente con el paso de los años.

Como era de suponer él no contestó y siguió luchando con fiereza, con aquella aura de fanatismo que parecía rodear a cada uno de ellos. Si algo podía decir de éste es que era persistente, pese a que su defensa fuera terriblemente deficiente y su ataque flojo y poco certero. Habría podido matarle al menos siete veces en los últimos cuatro minutos, sin usar la magia, aun así decidió divertirse un rato antes de dar por terminada la noche.

El amanecer estaba cerca en la Villa y pronto la plaza del Arrabal, que apenas quedaba unos metros más arriba, estaría atestada cuando el mercado comenzara su rutina diaria. Las estrechas calles ya estaban limpias de inmundicias, aunque el olor aún permanecía cercano a los portales.

Era hora de acabar.

Chasqueó la lengua fastidiado y sujetando la pechera de la ropilla con la mano libre, hundió la hoja de su espada en el pecho del bastardo, que cedió ante la leve presión como si fuera mantequilla fundida. La sacó limpiamente de nuevo de su vaina de carne, dejando que el cuerpo sin vida cayera sobre la superficie arenosa de la calle, como uno más de los desperdicios que día a día se vertían en ella.

     —Corpus evanescit —Puso su mano desnuda sobre el cuerpo del caído y observó como desaparecía tras ser envuelto en una espesa bruma —Buena partida.

Murmuró suavemente limpiando la sangre en su capa, tan oscura como sus ropajes apenas compuestos por unas calzas largas y negras y una camisa suelta del mismo color, unas botas de piel, una capa y un sombrero de ala ancha. A simple vista, parecería uno más de los pobres que componían el tanto por ciento más alto de los poco más de cien mil habitantes de la Villa, quizás un burgués… aunque si se fijaban un poco más, verían que la calidad de las telas que cubrían su cuerpo eran dignas de cualquiera de los Austrias.

Envainó su arma, se agachó a recoger el sombrero que había caído en la pequeña refriega, sacudiendo la arena contra su pierna, se lo colocó en la cabeza, cubriendo sus ojos  y comenzó a caminar en dirección contraria al mercado. Una hora para el amanecer y aún no había dormido. Concibió la idea de acercarse a la mancebía de la calle De la Tercia, donde sabía que una muy bien dispuesta María, estaría encantada de proveer para él sustento y diversión. Pero solo pensarlo le resultaba tedioso.

La maldita Orden llevaba persiguiéndole desde que había decidido permanecer más tiempo del oportuno con los humanos. Había oído rumores sobre que algunos de los suyos vivían allí y quería comprobarlo pues, las leyes, hasta dónde él sabía, estipulaban que la convivencia no era posible y, de hecho, juraría que la condena por ignorar aquella ley en concreto, era la muerte. Morir a manos de las Keres no era la mejor de las muertes.

Continuó caminando, barajando la posibilidad de desvanecerse y evitarse el paseo, pero descartó la idea al oír sus tripas rugir en desacuerdo; sería mejor buscar alguna panadería que en aquellas horas tempranas tendrían ya más de un pan horneado. Giró la esquina sumido en sus posibilidades y jadeó con la imagen que se presentó ante sus ojos. Durante toda su vida y esta era extensa, había aprendido que el ser humano tenía la naturaleza de un depredador racional… algo francamente aterrador puesto que su salvajismo era, en muchas ocasiones, producto de una mente desviada o cruel. Situaciones como la que tenía ante sí no hacían más que corroborar esa hipótesis que iba cobrando forma en su cabeza cada día de su existencia.

Varios hombres se cernían sobre una mujer que estaba tirada en el suelo, con las ropas manchadas y desgarradas. Sus piernas pataleaban desnudas sobre la tierra sucia, intentando desasirse de las impúdicas manos que apretaban sus pálidos muslos. El vestido desvaído era prueba más que evidente de la situación social de la muchacha, que gritaba y sollozaba mientras uno de ellos rasgaba la tela, dejando un pequeño y sonrosado pecho al descubierto. El grandullón de ojos saltones y dientes separados apretó el pezón mientras otro amordazaba a la chica con una tela raída.

Unos pasos a la derecha un hombre luchaba frenéticamente por no desangrarse, apretando su abdomen con una mano, mientras su fluido vital escapaba inexorablemente entre sus dedos, él se estiraba hacia la mujer, el dolor y el horror presentes en sus ojos nublados por la angustia, sabiéndose cercano a la muerte sin poder evitar el sufrimiento de ella que iba a ser violada y asesinada ante él.

Suspiró, pensando que tal vez esa pequeña punzada que sintió en su estómago fuera piedad o lástima… Aunque lo más probable sería que fuera hambre. Él no era, ni remotamente, el epítome de la bondad. De todas formas, pensó que,  dado que se encontraban en su camino y no tenía ganas de dar un rodeo, bien podía dar cuenta de ellos y de paso hacer una buena obra… por lo que eso pudiera servir. Se movió con una vertiginosa velocidad, apoyando las palmas a ambos lados de la cabeza del asno que seguía tironeando del pecho de la muchacha y giró su cuello hasta que crujió. Dejó caer al suelo el cadáver y apuñó el pelo del otro, echando su cabeza hacia atrás y dejando que una descarga saliera de sus manos y calcinara su cuerpo. Se apartó con una sonrisa torcida para no mancharse cuando la ceniza cayó a sus pies y sujetó el antebrazo del último de los bastardos acercándolo a su cuerpo y clavando sus ojos en su atemorizada mirada.

     —¿Nadie os enseñó que no se debe forzar a una dama?

No le dio tiempo a pronunciar una sola palabra, torció la boca y, ante la fascinada mirada de la mujer que, tirada aún en el suelo les contemplaba desde abajo, dejó que de sus dedos brotaran llamas que crecieron en tanto se acercaban al aterrorizado hombre y lo lanzó envuelto en ellas contra un pequeño muro, silenciando los desgarradores gritos con un solo chasquido de sus dedos.

La muchacha se volvió hacia él, tenía el rostro tan golpeado que no hubiera podido decir si era hermosa o no, aunque sí que era joven y al hablar pudo ver que tenía todos sus dientes blancos y perfectos, extraño dado el lugar en que se hallaba y la época, pensó, ya que según había podido comprobar, por esta parte de Europa no daban buena cuenta de los beneficios del agua.

     —Ayudadle, por favor.

Ella se acercó tratando de tapar su cuerpo y de mala gana se quitó la capa pasándola sobre sus delgados hombros, pareció sorprendida aunque murmuró un agradecimiento y él se sorprendió una vez más por el suave olor a flores que desprendía su piel.

     —Por favor

Repitió agarrando su mano y tratando de arrastrarle hacía el caído.

Abrió la boca aunque no pronunció ni una palabra, clavó la mirada en los pequeños dedos de ella que aferraban su mano mucho más grande y morena y un extraño hormigueo recorrió su brazo. Nunca nadie le tocaba, al menos no así. Pudo sentir con el roce la inocencia que emanaba de la joven, el alma buena que habitaba en ella y el poder… ¿Acaso era una bruja?

Ladeó la cabeza clavando sus turbulentos y plateados ojos en la muchacha.

     —¿Cuál es tu nombre mujer?

     —Ximena

El asintió y se soltó de su agarre, acercándose al hombre. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era superficial. Se estaba muriendo. Miró a la joven y ella vio esa realidad reflejada en esos iris claros e inalterables. Sacudió la cabeza.

     —Ayudadle.

Mantuvo su mirada anclada a la de él, firme y serena consiguiendo un parpadeo de sorpresa del hombre. ¿Acaso podía ella saber que era? ¿Realmente importaba que lo supiera?

     —¿Qué es él para ti?

Preguntó aún en contra de su propia conciencia que le decía que se fuera de allí cuanto antes, sobre todo teniendo en cuenta que el amanecer estaba a las puertas de la ciudad, impaciente por hacer acto de presencia.

     —Es mi hermano.

Cerró los ojos maldiciéndose así mismo por haber preguntado y tendió una mano a Ximena apoyando la otra en el cuerpo casi sin vida de su hermano.

     —Ni siquiera mi poder puede sanarlo. Pero puedo ayudarte a ti.

Ella estiró el brazo hacia él pero en el último momento dudó, sin llegar a rozar su piel

     —¿Cuál es vuestro nombre?

     —Balan

Ximena se mordió el labio inferior y él apartó la mirada de sus pequeños dientes presionando contra la carne tierna y sonrosada de su boca. Definitivamente debió ir a ver a María.

     —¿Y… qué sois?

Su pregunta fue apenas un susurro, él sonrió volviendo a contemplar sus almendrados ojos verdes, no entendería si le dijera, de modo que solo dijo

     —Digamos que no soy de tu mundo.

Ella se hundió en las profundidades plateadas que la observaban sin un parpadeo, hipnotizada por la cruel belleza de sus rasgos marcados, de sus espesas pestañas, su nariz firme, sus labios llenos y su mandíbula cuadrada… casi suspiró, pues nunca en sus diecinueve años de vida había visto un hombre tan hermoso. El arqueó una de sus perfectas cejas oscuras y Ximena sujeto su mano con suavidad. Desaparecieron en el instante en que sus dedos rozaron su piel, minutos después despuntó el alba y la claridad comenzó a bañar las siluetas oscuras de las casas de la Villa.