CAPITULO III
Desperté después de Kike, al final conseguí dormir algo, él había preparado un rudimentario desayuno, saqué mi mano del saco y miré la hora en mi reloj de goma color lila que había comprado especialmente para aquel viaje, las 8:20 de la mañana, era temprano, mejor así, cuanto antes empezáramos a caminar más avanzaríamos, hoy era mi último día, si hoy no conseguíamos localizar alguna tribu o chocarnos con alguna señal de la existencia de mi padre nos volveríamos, adentrarnos más días en la selva sería un suicidio, no teníamos comida suficiente, ni medios; más que por mi vida, temía por la de Kike. Lo miraba y lo veía feliz, como si aquello fueran unas vacaciones habituales de verano, allí la única que tenía pleno conocimiento del peligro que corríamos era yo.
— Es hora de ponerse en marcha— dije cuando introduje en mi boca el último trozo de pan del desayuno, mientras me levantaba y alcanzaba mi mochila que ya estaba completamente cerrada.
— Muy bien, empecemos— dijo Kike poniéndose de pie y cargado con la suya.
Caminamos hasta medio día, intentamos encontrar un claro donde poder comer, pero parecía misión imposible, cada vez la selva se cerraba más y nos impedía el paso, la vegetación se iba haciendo más espesa y apenas se podía ver más allá de cinco metros, estoy segura que ambos sabíamos que el final de nuestro viaje estaba más cerca de lo que esperábamos. Yo iba delante de Kike, mirando la brújula para no perder la dirección, resoplé agotada y levanté la vista. Me detuve en seco, delante de mí no a más de tres metros había de pie la figura de un hombre, un indígena cuyas únicas vestimentas eran unos trozos de pieles que le cubrían por debajo de la cintura, me fijé que no tenía bello por el torso, y miré su cara, tenía aquellas dos rallas rojas en sus mejillas y aquellos ojos pintados de negros, como en mi supuesto sueño de la noche anterior…. ¿Sería el mismo hombre? Y si así fuera, no había sido un sueño, ahora no tenía excusa, estaba completamente despierta y además veía claramente como giraba su cabeza y cogía entre sus manos una flecha de algún tipo de saco que llevaba en la espalda, levanté las manos y me giré por inercia lentamente a advertir a Kike.
— Tira la mochila al suelo— le dije todo lo tranquila que pude para no alertar a aquel hombre— hay un indígena y me temo que está al punto de dispararnos una flecha— Kike esquivo con su cuerpo, sin mover los pies del suelo, mi cuerpo para mirar donde yo miraba momentos antes.
— ¿Dónde?— pregunto sin hacer lo que yo le decía, giré la cabeza para mirarlo disgustada, contraje mi mandíbula con fuerza, respiré hondo para no ponerme a gritar improperios a Kike que aun en aquella situación era incapaz de hacerme caso.
— Allí— me gire de nuevo hacia delante lentamente con las manos aun levantadas, pero allí ya no estaba aquel hombre, no se veía nada escuché a Kike gemir levemente y me giré de nuevo a el – ¿qué te pasa?— mis manos comenzaron a temblar, yo estaba segura de lo que había visto y en esos momentos solo deseaba coger a Kike de la mano y ponerme a correr hasta perder el aliento para alejarnos de allí.
— Me acaba de picar algo, algún bicho, un mosquito pero de los gordos— vi que se tocaba el cuello, mi nerviosismo iba en aumento, baje las manos y las apreté contra mis caderas para evitar que temblaran, estaba aterrada, el ambiente, como la noche anterior, había cambiado de nuevo, nos estaban observando, solo había visto a uno, pero no era tonta, estaba segura que habían más y que todos tenían las miradas clavadas en nosotros, cualquier movimiento podía ser nuestra perdición.
— Déjame mirarte— me acerqué a él muy lentamente evitando hacer movimientos bruscos, respiraba entrecortadamente, casi notaba un dolor previo en la espalda a cuando se me clavara la flecha que estaba segura al punto estaban de disparar, aquel dolor imaginario se cambió por un quemazón real en el brazo, era la sensación del picotazo de una abeja pero multiplicado por diez, el dolor era insoportable, grité también y me miré el brazo, tenía clavada una espina muy larga de color blanquinoso, la quité, vi a Kike tambalearse y caer de rodillas al suelo apoyando una de sus manos, aquel dolor me había hecho olvidarme por unos segundos de mi compañero de viaje— ¡¡Kike!!— grité agachándome con él, me miró con ojos suplicantes entrecerrados, lo agarré entre mis brazos para que no se golpeara con nada, poco después cerró los ojos y se quedó tumbado en el suelo boca abajo.
Tras derrumbarse Kike pude ver detrás de él de nuevo aquel indígena, apenas a un metro de nosotros, lo miré fijamente, aquel hombre no miró a Kike ni un momento, estaba fijamente mirándome a mí, como esperando algún tipo de reacción por mi parte, tenía una cañita entre sus dedos de color verde, empecé a verlo todo borroso, “oh , oh” pensé, con la poca dignidad que me quedaba intenté levantarme, hasta que mis rodillas se vencieron estrellándose de nuevo contra el suelo, “ veneno” pensé , no podía articular palabra alguna, pero por otro lado no eran necesarias, apoye mis manos en el suelo junto con mis rodillas, me faltaba la respiración, mis músculos no respondían, una sensación de mareo se adueñó de mí, todo se volvía cada vez más borroso, antes de perder el conocimiento miré por última vez a Kike, mi último pensamiento fue para él, me odiaba por haberlo animado a aquella aventura que había terminado con nosotros.