CAPÍTULO XVIII

¡ELLOS SOLOS!

PETE disparó a su vez. El pistolero lanzó un grito de dolor. Se le desprendió de la mano la pistola. El bandido volvió la espalda y escapó corriendo.

Pasados uno o dos minutos podría encontrarse en el laberinto del barrio mejicano de Buffalo Ford.

Pete disparó de nuevo; el fugitivo cayó, atravesada la pierna por un balazo.

Pete se volvió y se encontró frente a Pedro Montes, el borra-marcas, que era el preso que Manuel había libertado.

Brilló un cuchillo a la débil luz que penetraba por la puerta.

Había furia homicida en los ojos de Pedro Montes. El cuchillo descargó su golpe, pero Pete retrocedió de un salto.

Un terrible mazazo de los puños del sheriff cogió al cuatrero en la barbilla.

Cayó hacia adelante.

El aterrado Manuel corría por el pasillo, intentando refugiarse en el comedor. Sonó un disparo, seguido de estrépito de cristales rotos, y el sheriff Warren lanzó un juramento.

El anciano había marrado el blanco.

Se lanzó al pasillo con la pistola humeante todavía.

—¡Rodeará la casa y huirá al barrio mejicano! —gritó—. ¿Qué ha sido de tus comisarios? ¡Saltaron por la ventana en cuanto oyeron el primer tiro!

Pete corrió por el pasillo a tiempo de ver doblar la esquina al zanquilargo Manuel. El mejicano llevaba una pistola en la mano y disparaba contra Pete por debajo del brazo, sin dejar de correr.

Una figura gigantesca surgió por el otro lado de la casa. Esgrimía un látigo de corto mango y larga tralla.

Dio tres largas zancadas y se detuvo. El látigo restalló.

—¡Crack!

El trallazo alcanzó a Manuel detrás de la oreja derecha. El fugitivo se tambaleó, pero se mantuvo en pie.

—¡Crack!

Restalló de nuevo el látigo. Y otra vez encontró su blanco. Manuel cayó a tierra. Un instante después, la figurilla de Hicks, “Miserias”, cruzaba diagonalmente al patio de la prisión, saltaba sobre las espaldas de Manuel y lo desarmaba.

Se había ido reuniendo la gente frente a la cárcel. Pete se preguntó cuántos espías del jefe de los cuatreros formarían parte de aquella multitud.

Teeny Butler trajo bajo el brazo a Manuel, rugiendo y pataleando, y le obligó a sentarse en una silla. El sheriff Warren se cuidó de volver a encerrar en su celda al inconsciente Montes.

Un comisario, atraído desde la calle principal por el ruido de los disparos, se hizo cargo del pistolero derribado por Pete.

El carcelero aporreado por Manuel recobró el conocimiento, y empezó a explicarse de un modo incoherente.

—Yo estaba hablando con Manuel —explicó—. Nunca desconfié de Manuel. Éramos buenos amigos. Hasta algunas veces me ha prestado dinero. De pronto me dio un golpe en la cabeza. Supongo que Manuel me cogería las llaves y que abriría la puerta a ese Montes. ¡Maldita sea! ¡Nunca creí eso de Manuel! ¡Nunca!

El viejo sheriff Warren movió la cabeza tristemente.

—Soy demasiado viejo —balbuceó—. ¡Ya voy perdiendo la fe en todo el mundo! Tenías razón en lo de Manuel, Pete Rice. Pero Manuel nunca me dio motivo para sospechar de él en todo el tiempo que llevaba aquí.

—Cuando la palma de la mano de un hombre se cierra para ocultar dinero —dijo Pete—, se parece al potro que no se ha montado... no se sabe de lo que es capaz.

Manuel fue encerrado en una celda. El anciano sheriff se sentó en su despacho, con la cabeza entre las manos y una mirada de desesperación en los cansados ojos.

—Ahora comprenderá usted por qué me opongo a que organice ninguna “posee”. No quiero exponer a los honrados ciudadanos de esta población a que les suceda lo que a mí y a mis hombres cuando nos dejamos engañar por Soapy Briggs. Los cuatreros tienen una organización que lo abarca todo. Si usted organiza una partida, ¿cómo sabrá que son honrados todos los que formen en ella? Tome a Manuel como ejemplo.

Warren movió su blanca cabeza.

—Me estoy volviendo demasiado viejo...

—No es eso, compañero —replicó Pete—. Es cierto que usted tiene mucha más edad que yo, y también más experiencia. Pero como yo soy más joven, soy capaz de mayor esfuerzo. Decididamente, no organizaremos la “posse”, Warren. Un solo criminal que formase en ella, sería lo suficiente para llevar al aniquilamiento a toda la partida.

—¿Pero es posible que haya tantos malvados en Buffalo Ford? —gimió Warren.

—No se sabe —contestó Pete—. Puede ser que Manuel no cometiera en su vida, hasta esta noche, un acto verdaderamente criminal. Algún esbirro del jefe de los cuatreros le habló, le untó la mano y... ya ha visto usted lo que ha sucedido.

—¡No sé ya en qué confiar! —siguió lamentándose Warren.

—Confíe usted en mí —le dijo Pete, palmoteándole en la espalda—. Antes de que yo naciera este país vivía en paz, gracias a usted. Si yo puedo hacer otro tanto, me consideraré satisfecho.

Bajó la voz y miró al pasillo. No había nadie a la vista.

—Escuche, Warren. Voy a darle una noticia que le rejuvenecerá veinte años. Dentro de unos minutos, yo y mis hombres iremos a celebrar un pequeño “corazón a corazón” con el jefe de los cuatreros! ¡Sé quién es!

—¡Cómo! —exclamó Warren, con la boca abierta de asombro—. ¡Tú tratas de... de animarme, Pete!

—Nada de eso. Le estoy diciendo la verdad.

—¡Dios santo! ¿Y quién es? —preguntó Warren.

—Se sorprenderá usted al saberlo, compañero. Es un hombre que usted conoce, y muy respetado por estos alrededores. Ya sabe usted que el hombre que es respetado no siempre es respetable... pero la mayor parte de la gente no nota la diferencia... Usted, compañero, cumplió su misión cuando le correspondió. Ahora nos corresponde a mí y a mis hombres cumplir la nuestra.

El sheriff de la Quebrada del Buitre abandonó Buffalo Ford, sin revelar al viejo Warran el nombre del jefe de los cuatreros.

Warren era muy testarudo, y probablemente hubiera insistido en su plan de organizar una partida para rodear la casa del criminal.

En opinión de Pete, aquello sólo hubiera servido para que el cuatrero se pusiera en guardia y emprendiese la huída.

En la partida que pudiera organizarse, no dejaría de haber espías. Y en cuanto se pusiera en movimiento, empezaría a funcionar el telégrafo misterioso.

Había, además, otras dos buenas razones para no intentarlo. Tal “posse” estaba condenada a sufrir grandes pérdidas de vidas. Pete quería evitarlo.

Por otra parte, aunque Pete conocía al culpable, había que recorrer un largo camino hasta conseguir demostrarlo.

EL jefe de los cuatreros puesto frente a una partida podía ser lo suficientemente astuto para reírse y justificarse de toda sospecha. Pero enfrentado con tres representantes de la Ley solamente, era seguro que enseñaría la mano.

Hicks “Miserias” estallaba de júbilo. Llevaba su nuevo juego de boleadoras y estaba impaciente por ensayarlas en un combate.

Teeny mostraba su látigo colgado al puño. Llevaba también un frasco de té sasafrás frío, que le había sido regalado por la esposa del viejo sheriff.

Los tres camaradas cabalgaban entonces en sus propios caballos.

—Te oí decir, patrón —cuchicheó “Miserias”—, que íbamos a ir a casa del jefe de los cuatreros. Esto me extraña, porque nunca te he cogido en ninguna mentira...

Teeny cabalgaba en silencio. Este descendiente del héroe del Alamo —su nombre de pila era William Butler— no era curioso por naturaleza.

El se limitaba a seguir las pistas como un apache, y a luchar como un jaguar.

El pequeño Hicks “Miserias”, pronunciaba diez palabras por cada una de su compañero.

—Me oíste bien, “Miserias” —contestó Pete—. No he querido deciros nada hasta que nos encontrásemos solos en la senda. El número aumenta la seguridad... pero no el secreto... ¿Os habéis fijado alguna vez en la manera de vestir de un hombre?

—Yo no soy postinero —contestó Hicks “Miserias”—, y, generalmente, no me fijo en cómo visten los demás.

—A mí sólo me llaman la atención las pistolas de los otros —confesó Teeny.

—Bien —rió Pete—; pues habéis de saber que no hace mucho nos hemos encontrado con un hombre mucho mejor vestido de lo que acostumbran los habitantes de esta región. Fingía mucha curiosidad e interés por los asuntos de Buffalo Ford. Desde un principio me llamó la atención. Pero no se puede acusar a un hombre porque vaya bien vestido y sea muy cortés.

—¿Te refieres a Cuthbert?

—No. Reconozco que mi descripción coincide con la de Cuthbert, pero el hombre a quien me refiero es otro. Yo tampoco entiendo mucho de ropas; pero voy alguna vez de tertulia al taller del sastre de la Quebrada. El traje de ese hombre es de un paño costoso. Y por esta razón se salía de lo ordinario. Hasta ahora lo que digo no tiene nada de particular. Si el individuo era elegante... ¡allá él!

Pete se metió una mano en el bolsillo.

—Encontré algo en el puño cerrado de Hank Brown cuando estaba sin conocimiento en la corralada del rancho. Es un trozo de ese mismo traje de que os estoy hablando. Ese hombre y Hank Brown debieron reñir en Fiddleback. Y Hank arrancó un trozo del traje del individuo encapuchado, antes de recibir el golpe que lo dejó sin sentido. El encapuchado debía tener demasiada prisa para darse cuenta. El pedazo de paño parece ser un trozo de esa tira que se cose en las chaquetas para formar el bolsillo.

Pete abrió la mano y mostró el fragmento de tela a sus camaradas.

—Como veis, tiene el mismo color y el mismo tejido que el traje que vi al hombre de que os estoy hablando.

Teeny Butler se levantó sobre los estribos.

—¡Duval! —exclamó.

—¡Acertaste a la primera! —admitió Pete—. ¡El jefe de la banda de los cuatreros es Duval!

—¡Recoyote! —gritó Hicks “Miserias”—. ¿Pero no es ese Duval un hombre muy rico? ¿Para qué quiere más? ¿Y para qué necesita arruinar a estos pobres rancheros?

Pete rió.

—”Miserias”, hay mucha gente que disfruta más yendo en carruaje cuando ve que los otros van a pie. No sé por qué será. Pero es así. Sí, Duval es un hombre riquísimo. Pero quiere más riquezas y más poder. Lo único que se interpone entre él y su deseo, somos nosotros.

“Vamos a correr un gran peligro. Pero en una ocasión conocí a un cowboy mejicano que era una especie de filósofo. Acostumbraba citar un viejo proverbio español. “Cuando encuentres un peligro, atácale de frente y te salvarás”. Esto es lo que vamos a hacer. Yo no siento la menor preocupación yendo acompañado de vosotros.

—¡Y atrévete a dejarnos atrás, patrón! —desafió “Miserias”—. ¡Recoyote! ¡Con las ganas que tengo yo de un poquito de jaleo!

Teeny Butler se atizó un espantoso trago de su té de sasafrás.

—Yo soy tu hombre, patrón —dijo, limpiándose la boca con la mano.

—Pero es preciso tomarlo con calma, muchachos —aconsejó Pete a sus comisarios—. Después de todo, no tenemos pruebas bastantes... aunque sí casi seguras, en mi opinión. Duval puede no ser el único que lleve trajes de ese paño. Y aunque lo sea, puede haber alguna excusa, alguna equivocación... ¡Lo mejor que podemos hacer es averiguarlo!