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Con gran seriedad empezó su disertación.
No avanzó mucho de una vez. Parecían su mente, y a medias su lengua, luchar con lo inexpresado. No voy a detenerme en las múltiples ocasiones en que me he recostado —¿o debo decir recliné?— en las columnas de los portales habaneros, ni en las tantas que vi a otros recostarse en columnas idénticas... Debo mencionar, sin embargo, aunque apurado, varias posturas que se adoptan para recostarse en ellas. Vaciló unos segundos, como si uno de los pequeños círculos concéntricos en los que se expresaba se hubiera deshecho sin enlazarse al siguiente. Actité creyó ver que de la boca de Jenofonte, semejante a las bocanadas de un fumador, salían anillos de humo que se disgregaban. Hay quien dobla la pierna y pega el pie en la pilastra, o más arriba, sin importarle estampar la huella del zapato y llevarse, cuando se aparta, una partícula de la columna centenaria, o quien reclina la cabeza —parte del hombro y a continuación la cabeza— con apariencia de meditabundo, Filonús gustaría decir, y actitud como de espera, espera peculiar de resignado. Éste aguarda un ofrecimiento de la vida. Cree que pasará por delante de su cabeza reclinada, por entre la inmensa columnata de la vieja ciudad... O este hombre descansa, toma aliento para proseguir luchando. Aquél no pone la cabeza, sino alzado el brazo, pone la mano. Busca amparo... ¿Se inventó, conforme aseguraría nuestra misteriosa Actité, su columna vertebral de hormigón?
Ya reclamaba Jenofonte el diálogo, el interlocutor. Y más: reclamaba al bienhechor contrincante. Esta vez sus amigos no acudieron en su auxilio. Estaban dispuestos, los muy pertinaces, a escuchar, no a discutir. En esta ciudad de miles de columnas, se vio obligado a continuar, siempre se encuentra una vacía donde coger aliento y soltar un suspiro. El que está recostado parece esperar. ¿Vendrá la novia o la muerte?
Miró a sus cuatro oyentes. Y sin mover un brazo ni un músculo de la cara se preguntó inmutable. ¿Vendrá la guagua?
El cuarteto sonrió callado.
Jenofonte desvió —bruscamente— sus ojos amarillosos y los detuvo en sus pies. Los tenía sin medias, calzados con mocasines. Luego miró otra vez, pero sólo al Aguafiestas, y se dio cuenta de que él también estaba recostado, recostado desde hacía mucho tiempo. ¿Por qué no pedirle que contara su experiencia, ya bastante larga? El árbol era una columna, columna con hojas sonantes. Antes de volver a hablar, los labios de Jenofonte se curvaron en una sonrisa condescendiente.
Él mismo había sido, y era, un tipo recostado. El tipo que se reclina. De muchacho lo hacía hasta en el bate de la pelota. Todavía le encantaba, cuando lo sorprendía la lluvia en la calle, recostarse contra cualquier pared que se ofreciera benigna. Su padre afirmaba que, al igual que ocurría a las vacas en el campo, cuando llovía era su momento de mayor debilidad. Me flaquea la osamenta, pipo. Como las vacas, no debía realizar ningún movimiento. Su encanto se duplicaba si, al llover, podía recostarse en una de las columnas de los portales habaneros. No sé si me encanta o me calma. La lluvia parece más linda. Saco la mano y dejo que en ella caigan las gotas. Qué alivio, mis sociales. Llueve, y uno está recostado: la ciudad se pone tierna cantidad. Cuando era chiquito, corría bajo el aguacero. Se empapaba, chapoteaba en los charcos. Ahora, aunque le duraba el impulso, se quedaba en la columna recordando esa alegría, cogiéndole el gusto a distancia. Otros corrían por él... Oigan, realmente recostado y lloviendo es mejor que estar en la falda de mamá.
Buscó a Licino con la vista, como llamándolo a la palestra. Este, al igual que el resto, siguió sin embargo callado. Entonces Jenofonte tornó al respaldo del banco, del largo banco de antigua piedra carcomida.
Nada hay más triste, mis sociales, que el joven buscando en qué recostarse. No le bastan las columnas ni los muebles, el marco de las puertas. Los divanes lo aburren o calientan su sexo en secreto. Busca un pecho, quien le ofrezca su espalda, una osamenta tierna. Nada más triste, mis sociales.
La tristeza alcanza su punto álgido cuando el tal joven frecuenta una fiesta de gente de su edad. Están sonando Los Beades, submarino amarillo, el tonto de la colina, y él, apoyado en la pared de la sala, y los otros, los acompañados, bailando... Vaya momento, el más solitario de la juventud. Se está metido en el submarino yellow, se es el bobo de la pared. Y con Los Beatles se puede bailar solo, despegarse de la pared y meterse en el barullo propicio, pero si tocan un bolero, la desgracia es total.
Apartando la cabeza de la fila que formaban sentados, Actité lo contempló interrogante, un tanto incrédula. ¿Sería él ese muchacho apoyado en la pared? Del tono de Jenofonte resultaba casi imposible obtener conclusión alguna. ¿Resumirían sus palabras observaciones que no le concernían personalmente? Si llegaban a obviarse prevenciones sociales contra el color de su piel, Jenofonte podía complacer el gusto de cualquiera muchacha. Parecía tan naturalmente bello... A primera vista se le tomaría por un conquistador despreocupado. Después de ese momento percibió en su expresión cierta melancolía altiva, la sombra de una desesperanza. Y de pronto se burló de sí misma: estaba poniéndose picúa.
Su cabeza volvió a alinearse entre las otras.
Tras la intervención de Jenofonte, sólo interrumpió el silencio un ruido inesperado: uno de sus mocasines, rodando de sus pies, había caído en el piso del parque. Cayó luego el segundo, con ruido parecido. Como volcados cerca de los pies que antes ocultaban, quedaron solitarios en las viejas baldosas. Los pies de Jenofonte, avergonzados quizá de su desnudez o imprevista aparición, continuaron discretamente inmóviles, hasta que al rato se movieron. Parecían desentumecerse y tomar el fresco de la noche. Avanzaron los dedos parados sobre las uñas, sin dirección determinada. Al cabo adquirieron una: fueron en busca de los pies de Actité, y la pequeña guarnición se detuvo al lado de sus sandalias. Un pie se separó del otro, como una avanzadilla, y un dedo hurgó en el cuero de la suela y las tiras. Tras ese movimiento inusitado, semejante al de una guarnición que se desplaza por un áspero terreno en dirección del cuartel, regresaron. Mientras sus pies descalzos se acercaban a los de Actité, Jenofonte recordó algo que ella había dicho al entrar en La Torre de Marfil, algo relacionado con la soltura y la libertad. “No puedo pensar si me los cubro o aprieto.”
Entonces Actité, ante el desconcierto sonreído de sus amigos y el estupor celoso del Aguafiestas, se descalzó y puso sus pies desnudos en las baldosas, quietos, casi aferrados. Tenía las uñas pequeñas, perfectamente recortadas. Se veían relucientes en la claridad de las farolas. Inesperados, acudieron al llamado de sus pies los de Jenofonte. Se unieron. Subieron, se acomodaron, cada dedo suyo en un dedito de Actité, y quedaron ambos así, deditos sobre deditos, por un rato. Esta es también una manera de recostarse. Recobro fuerzas. Eres ahora mi suelo de tierra. Y antes de que él los retirara, ella invirtió la posición: sacó sus pies de debajo y los puso sobre los de Jenofonte. Esta es también una manera de recostarse. Eres ahora mi suelo de tierra. Alzó los pies y se anudó las sandalias. Regresaron a sus mocasines los pies de Jenofonte.
Él, después de este estímulo, debía esforzarse en llegar al final. Moviendo la cabeza encrespada, aseguró haberse perdido, no en la ciudad bajo el aguacero, sino en el asunto indicado. Soldar las ideas lo ponía mal. Sentía ganas de correr como un animalejo asustado. Ya que la sinhueso no corría, lo hicieran sus piernas, dotadas de mayor poder.
Las venas de su vigoroso cuello se agudizaron, su voz enronqueció. En tales momentos de extravío, cuando su aspecto adquiría, opinaba Actité, el de una belleza atormentada, sus oyentes presentían que se acercaba lo más intrincado de la exposición. Aumentaban los estados de repentino mutismo, los puntos suspensivos.
¿Cuándo descubrió que pertenecía al tipo reclinado? No se proponía insistir en esto, pero ya que iba espontáneamente por ese camino, alguna utilidad tendría. Cuando le asignaron hablar de la segunda posición, pensó en dos cosas, muy físicas y muy tangibles, en una foto y en un retrato. En el retrato fue en lo primero que pensó. ¿Pensó o recordó? El retrato formaba parte de su vida, de la más escondida y cierta. Como en un relámpago, rápido vino el retrato a su mente. Después, la foto. De entrada no se referiría al primero, sino al segundo recuerdo, menos importante. Dejaba lo mejor para el final. Un remate sorprendente. ¿Sorprendente por qué? Exceptuado Licino, que en otro tiempo tanto amó los retratos, el resto no conocía su interés por dicho retrato. Ni su interés ni su relación vital con él. Pues con un retrato se puede llegar a tener más relación que con una persona. Por eso Licino, que lo sabía, le dio el turno del reclinado. Y lo hizo porque él era, según la calificación del Aguafiestas, también un neoclásico. El término brotó unido a una sonrisa ambigua que sus oyentes no supieron descifrar: ¿admitía el calificativo o lo rechazaba con irónica cortesía? El retrato estaba considerado por la crítica un alto exponente de la escuela pictórica neoclásica. Y Licino, al designarlo, unía ambas cosas, el neoclasicismo y la pasión. De eso hablaría más tarde, si la noche continuaba siendo favorable. Ahora debía responder a la pregunta de cuándo o cómo descubrió... ¿En qué manual de sicología se estudiaba el tipo reclinado? O más bien, ¿en qué manual de fisiología? Para su padre él figuraba entre los haraganes y los sin porvenir. No comprendía su padre o no quería comprender que recostarse no significaba —solamente—vividor, chulo y gandul, sino también ir por la existencia con una ligera inclinación. Podían padecerla los hombres más perfectos humanamente, sin dejar de ser útiles. El manso cuello inclino.
¿Cuándo...? ¿Cuándo lo descubrió? La culpa la tuvo Filonús. O la responsabilidad, según se mire. Como buen apasionado a la fotografía, Filonús andaba por todas partes con la cámara colgada del cuello, una Nikon, dorado sueño de los fotógrafos. Fue Filonús quién lo retrató, apoyado en una columna de la ciudad, sin que se diera cuenta, cuando él estaba —puramente— recostado. No hubo pose, ni preparación, ni aviso. No se dio cuenta de que Filonús había tirado una instantánea hasta varios días después, cuando le regaló la foto. Por vez primera se vio a sí mismo como un tipo reclinado. Con la foto adquirió conciencia de su inclinación. Su imagen estaba en el papel de brillo, apresada por el lente imprevisto de Filonús, con su flaquencia de joven en crecimiento, sus largas piernas y aquella ropa que parecía quedarle chica... Esa foto, que nunca olvidó, lo ayudó a conocerse, revelado en su inclinación. El tipo escorado perfecto. Por ahí había oído decir que sin ver la cara de una persona nunca se sabe con quién se trata. Y después de la foto, sabía ya con quién trataba: con el tipo que va por la vida pidiendo le permitan recostarse un ratico... Y después de esa foto casual, se sorprendía imitándola. Al recostarse la tenía presente, y se imitaba. O mejor, imitaba al que veía en la foto. Por graduaciones se acercaba a ella, en un proceso de concientización, como dicen los locos de hoy, y de parodia mezclados. Eso tuvo que pasarle igualmente a la mujer del retrato. Seguro que quiso parecerse. Él era el de la foto, y después intentó serlo más, trazarse a voluntad. En el fondo le pareció que de nuevo se retrataba.
Soltó una carcajada, que terminó en un cloqueo agudo. Preguntó si no creían que se había excedido. No me ocurre mucho, pero suele venirme una parrafada completica. Mis manifestaciones más perfectas se componen de tres líneas orales. La cuarta es el punto crítico: en ella comienza el ajiaco. Nada tan confuso. Chapucero a la vista, como dicho plato criollo, pero tan divertido al paladar. Ahora una masita de puerco, luego el fufu de plátano.
En los instantes en que se animaba, Jenofonte se hacía dueño de la palabra, galvanizado por la pasión. Lo que llamaba su maquinaria lingual no ofrecía resistencia ni lanzaba chasquidos de dolor. Así había ocurrido horas atrás, durante la conversación dedicada a las frutas, en la que expuso las diferencias entre las europeas y las americanas, y trazó la defensa del anón como una de las frutas más misteriosas de la Isla. Si callaban sus oyentes, la emprendía consigo al presentir la llegada de la disgregación. Intentaba en el momento de agredirse que de sí propio surgiera el contrincante, salvador del caos, y parecido al alacrán, se clavaba su ponzoña irónica, no para darse muerte» sino, por el contrario, para resucitar como expositor.