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¿Lo han visto? ¿Tú sabes dónde está? No, no lo habían visto. Tres de sus fraternos contertulios lo buscaron por todos los lugares en que solía aparecer, con su cuerpo de atleta y la sonrisa de filósofo, sin encontrarlo. Recorrían La Habana Vieja cuando intercambiaron sus preguntas. ¿Dónde se habrá metido el Aristarco?, terminaron por interrogarse, y caminando siguieron. Sin duda, debía estar atravesando una de sus etapas de evaporación.

El Aguafiestas, como los coches anacrónicos o como quienes intentan hacerse desear mediante la ausencia, desaparecía de la circulación. Sus amigos no lo encontraban, ni tenían punto fijo donde encontrarlo. Aristarco Valdés carecía —o ellos lo ignoraban— de casa, habitación, cueva reconocibles. Vivía por Luyanó o Tallapiedra... Otras veces mejoraba de aire, y habitaba el Vedado o Miramar. ¿Pero dónde? Ninguno de sus interlocutores lo sabía a ciencia cierta ni habitáculo fijo. Semejante en esto a Nadja y a su hermana mayor la Maga, le gustaba al Aguafiestas, tras una larga y desconcertante ausencia, aparecer de repente, sin previo aviso, citas u horarios establecidos. A lo que llamaba irrumpir. Verbo exacto: se acomodaba con sus grandes gesticulaciones, su apostura y sus inmensas carcajadas. Al no tener casa, tampoco tenía teléfono. En eso era terminante. Yo no soy esclavo de aparatos. Algunos que padecen con las máquinas, cuando se les rompen, no recuerdan caminar. Ni se atreven a subir a una guagua. Se les oye lamentarse, llegan tarde o se quedan en casa aterrados, como si no tuvieran piernas. El teléfono es otra esclavitud, y una pérdida de la personalidad. Aclara eso, Ari, pidió uno al oírlo. Se vive pendiente de las llamadas. Si suena mucho, encabrona, y si no suena, angustia. Vas y lo levantas con una interrogante terrible: ¿estará roto? Y ahora te respondo: en vez de una persona, eres un aparato con número. Si se rompe, nadie te visita. Pierdes a los amigos y dejas de existir. A mí, quien me quiera y quiera verme, que me busque o que me invente.

Cuando recorrían los sitios habaneros que acostumbraba frecuentar, lo hacían sus amigos con el sobresalto —callado o proclamado— de que el Aguafiestas pudiera aparecer, irrumpir, en cualquier esquina, a media calle. O lo descubrieran sentado en el banco de un parque, las piernas cruzadas, enlazadas las manos y en movimiento la cabeza, sonriente, simulando que era él quien los había sorprendido.

En sus días joviales, de burlería criolla, solía silbarles sin dejarse ver, con silbido inconfundible. Chasquido estridente, rápido, como llamado perentorio de auxilio, que venía desde una columna habanera, infinitamente igual e infinitamente repetida, tras la que se ocultaba Aristarco. Se asomaba chiflando de nuevo y dejándose ver, para ocultarse al instante. Allí estaba, llamándolos, dispuesto al diálogo, a la conversación chispeante. Había terminado uno de sus periodos de evaporación.

Desaparecer, invernar como los osos polares, yacer en cámara helada, en su hibernatus, víctima de un filtro que detiene el tiempo y permite al corazón latir sin embargo, Julieta en su sepulcro fingido, y, a semejanza del protagonista de The Time Machine, pero sin polvo ni flor mustia en la mano, reaparecer lozano y erguido, con nuevas opiniones paradójicas, estimulantes para sus tres amigos, era la pasión más vital del Aguafiestas.

¿Y qué haría durante el hibernatus? Ninguno tampoco lo sabía. Si ignoraban su paradero, ignoraban también lo que hacía en sus desapariciones. Aristarco borraba cada huella. Esos estados duraban dos o tres semanas, dos o tres meses. Sus amigos perdían su rastro, su figura, su voz.

Pero en esa ocasión, caminando por la calle Mercaderes sin creer que lo encontrarían o creyendo que tal vez silbaría de improviso y les pondría una mano repentina en el hombro, los sorprendió el chiflido. Se volvieron, parados en seco. Nada vieron de inmediato. Estaban en la acera, frente a La Torre de Marfil, cuando el chiflido volvió a estremecerlos. Entonces descubrieron al Aguafiestas dentro del restaurante, sentado a una mesa, solo, ante una espléndida comida china. Los llamó haciendo señales como si estuviera en el puesto de mando de un buque, dispuesto a zarpar rumbo a Shanghai.

Hacía tiempo que te buscábamos. Hacía tiempo que no nos veíamos, respondió entonces Aristarco Valdés. Pero ya nos hemos encontrado y nada menos que alrededor de una comida china. Tomen asiento, amigos míos, y se mostró obsequioso. Mandaré que pongan tres cubiertos más, pues supongo que no han comido. Desgraciadamente estamos repletos, dijeron a coro los tres, y se sentaron. Aristarco soltó una de sus carcajadas. Han tomado una medida sabia: me excusa de insistir con el Capitán, y no aumentará la dolorosa. Ese era el calificativo que daba a la cuenta, siguiendo en esto una expresión de sus mayores. Es lástima que pierdan estas exquisiteces orientales, pasadas un poco por la calle Mott de New York, calle donde los chinos empezaron su asentamiento en la urbe. Pues como ya conocen, y si no lo conocen tendrán la oportunidad de enterarse por mi boca, la comida china que se consume en occidente es más neoyorquina que de Cantón. Como no es posible aumentarme el dolor, tal vez, cuando llegue el momento postrero, puedan sumarse a este banquete solitario.

Los globos de papel rojo, encendidos, esparcían sobre la mesa un circulo rojizo, sobre la mesa y en la cabeza del Aguafiestas. Roja era también la luz de una especie de candelero, encerrado en una pieza de ébano tallado y seda pintada, encima del blanco mantel. Rojas, un rojo idéntico, las chaquetas de los camareros, cubanos achinados y de pelo lacio, que se movían con parsimonia alrededor de la cena. Todo era rojizo, incluso la cara del Aristarco parecía más sonrosada y pulida que de costumbre.

No crean que al sentarme aquí experimenté el asombro de Marco Polo al ocupar la mesa del Gran Khan y conocer por vez primera la cocina de la China milenaria. No empecé por ostras de Ning Po, ni seguiré con deliciosas hebras de aletas de tiburón, para continuar con ojos de carnero y picadillo de ajo, un plato de nenúfares en almíbar, y como remate naranjas de Cantón y arroz sacramental. No, amigos, y sorbió una cucharada. Empiezo con Chun Kuo Tong, modesta sopa china deliciosamente cubanizada en la calle Zanja. Y soltó una de sus carcajadas, a las que apellidaba homéricas.

¿Y qué motivo los trae por estos parajes? Te buscábamos. Paseando, te buscábamos. ¿Perdido? Me encanta esa expresión tan cubanamente ambigua. ¿Qué será ese perdido que dicen cuando dejan de verlo a uno? ¿Perdido de la vista ajena o extraviado del cariño de los demás? Perdido o hallado, no importa. Oí a un viejo decirle a una parejita de jóvenes que se besuqueaban en plena calle, la juventud está perdida, y la muchacha, que tenía al parecer la inteligencia despierta, ripostó sin vacilar: perdida para usted. Qué múltiple de sentidos la manera de hablar nuestra. Es un juego polisémico, como diría el Dante. Yo estaba muy cerca de ustedes y muy lejos. Cerca en la mente, distante con el resto del cuerpo. Y se llevó a la boca otra cucharada de sopa. Sus labios de gustador eran prominentes, sensuales. He reaparecido. ¿Me extrañaron? Con la cabeza y la voz afirmaron los tres. Siempre que me extrañen, reapareceré. ¿Venían pensando en mí? El coro confirmó de nuevo. Siempre que piensen en mí, reapareceré. Según los medievales, ciertos seres no deben invocarse, porque se corre el riesgo de que se presenten. Concluyó el Chun Kuo Tong, retiró el plato y suspiró. Pasó al Chun Khin, y se sirvió de la fuente de rollitos. Se ven tan tiernos, juveniles. Rollitos de primavera. La cocina china, una de las grandes cocinas del mundo junto a la francesa y la mexicana, conjuga la aparente oposición entre lo agrio y lo dulce. La nuestra, pobre por cierto, entre lo hervido y lo frito.

Uno de sus interlocutores dijo entonces que en la charla anterior, sentados en el muro del Malecón, se había quedado algo pendiente. Los otros dos asintieron. Confían demasiado en mi memoria. No me acuerdo de ese algo que se quedó sin desarrollar, en el tintero de la lengua. Despejen el horizonte mental, recordándomelo. Pues se trata de las tres razones para releer un libro. ¡Caramba! Las tres razones. Se han puesto a meditar, opinó a continuación con tono de pregunta, si la memoria se extinguiera... Es decir, para ser preciso, si las funciones de la memoria dejaran de funcionar, y su voz adquirió un dejo irónico, qué sería de los seres humanos. No se trata de fallar, pues falla, suele fallar, y acaba de ocurrirme. Se trata de que la memoria se apague, como el farol de una esquina en la noche. Si tal señora dejara de prestarnos sus silenciosos servicios, asistencias misteriosas e imprevistas, qué iba a pasar con nuestro saber, acumulado con tanto esfuerzo durante siglos. La lectura, por supuesto, resultaría irrecuperable, y la relectura, pura irrisión. Sola se quedaría la inteligencia, sin su archivera. Fantasmagóricos vagaríamos por las ciudades. No alcanzaríamos a pronunciar el nombre de sus calles ni nuestro propio nombre. El saber adquirido se borraría de nuestras mentes a cada segundo. Tenemos diarias experiencias de este hecho atroz. Las llamamos “quedarse en blanco”. Y nada más atroz que la tal blancura. Les ocurre a los actores, cuando no recuerdan la letra, quedarse vacíos, perplejos, embobecidos. ¿Cómo seguir? Los demás, que todavía recuerdan, miran al desmemoriado estupefactos, en un pánico. La obra está en suspenso, un blanco suspenso. Entonces, los que recuerdan le soplan la letra, y la letra salva el desastre. El actor recupera su humanidad. Vuelve a decir, y por tanto, vuelve a ser persona. Nuestra mente, en esos instantes se esfuerza hasta el dolor. Ha perdido algo, y no puede, por el momento, recuperarlo. Si el exceso de memoria es un imposible y una enfermedad, como sucede al Funes de Borges, la carencia de memoria es un desastre. Ambas tienen idéntico final: la ruina del pasado individual y colectivo. Los recuerdos de Luis Buñuel, Mi último suspiro, se abren con un párrafo estremecedor. Díganme ahora que lo recuerdan. Es necesario, para que al menos pueda comer gustoso este primaveral rollito. Si quieres, Aristarco, te cuento el inicio de ese suspiro, acudió en su ayuda el llamado Jenofonte. Te lo agradecería. Así alejamos la posibilidad atroz de quedarnos en blanco.

El que Aristarco apodaba Jenofonte, pasó a recordar el comienzo de las memorias de Buñuel. Casi lo repitió textual. La madre de Buñuel, en los últimos años de su vida, fue perdiendo poco a poco la memoria. Sus hijos hacían con ella la siguiente prueba: le daban una revista y la madre la miraba atentamente, de la primera página a la última. Luego se la quitaban y fingían darle otra, que en realidad era la misma. Volvía a hojearla con idéntico interés. Así llegó a no reconocer a sus hijos. Olvidó sus nombres, quiénes eran y hasta quién era ella misma. Luis Buñuel entraba y le daba un beso. Se sentaba a su lado un rato —su madre gozaba de buena salud y se mantenía ágil— y salía después de la habitación. De nuevo entraba al poco rato. La madre lo recibía con idéntica sonrisa, lo invitaba a sentarse como si lo viera por primera vez, y sin saber ni cómo se llamaba su hijo.

La cara enrojecida de Aristarco se había puesto sombría. Dijo de repente que eso le recordaba a una amiga, a la que quería mucho. Los tres se quedaron en vilo, a la espera de alguna confesión íntima, hecho inusitado en el Aguafiestas. Pero no continuó. Se limitó a contar la anécdota, sin agregar nada sobre la desconocida.

Leía mucho. Las novelas la entusiasmaban. Parecía como vivirlas. Transformaba los personajes en sus amistades. Reproducía el argumento sin olvidar nada. Una vez me contó Orgullo y prejuicio, de trama tan desvanecida que, si me viera precisado a contarla, daría varios traspiés, detallada y minuciosamente. Al cabo de un tiempo la vi leyendo dicha obra. Acercándome le dije que por qué releía esa novela que conocía tan bien. Me miró sorprendida. No se acordaba de haberla leído nunca.

La relectura, dijo tras un silencio, es imposible sin la memoria. Un día tendremos que levantarle, a la usanza de los antiguos, un monumento a esa diosa. Una estatua a su memoria. En un parque apropiado. Se me ocurre que en el Parque de la Fraternidad, opinó un amigo. El Aguafiestas, recuperado el humor, soltó una carcajada. ¡Exactamente! Sin memoria no habría fraternidad ni tampoco gratitud. Se nos han olvidado las tres razones. ¡Ya ven, amigos míos! Paguemos tributo a la diosa: dejemos las tres razones para el postre.