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Sí, en su presencia, santiaguero. Que el eterno femenino te guíe. No por el cielo, sino por la tierra. Con la misma pasión que el hombre medieval amaba lo celeste, alzaba en su homenaje catedrales como encajes anónimos, amemos lo terrenal. Ya que no tenemos piedras, pongamos palabras, palabras emocionadas.

Alargó el brazo y con el tenedor pinchó la fruta bomba en el plato de Actité. Sus labios de gustador emitieron un chasquido. Otra vez “bomba” fue pronunciada con idéntica resonancia, premonitoria de una catástrofe... verbal. Filonús se quedó mudo. Rehuía mirar a Actité, mirar al Aguafiestas. Vagaban sus ojos sin punto fijo. Evitaban, sobre todo, posarse en el plato. Ante el silencio creciente y la espera de los amigos, se sintió al cabo obligado a decir que podía darle a Actité el nombre científico de la fruta. ¿Científico...?, rezongó el Aristarco. ¿El que le puso el señor Linneo? El mismito, y Filonús hubiera querido escapar.

No era el nombre al que Aristarco Valdés se refería. Esperaba que Filonús pronunciara el nombre común en presencia de la recién llegada. El vulgar, el que viene espontáneo a la boca, el que muerdes y tragas. Tampoco lo sustituyas por ese anodino “fruta bomba”, simple traición a la analogía, al pensamiento analógico del hombre. ¿Harás como Menéndez y Pelayo o Juan Valera? Al publicar y traducir a los clásicos griegos, una comedia de Aristófanes, deliciosamente deslenguado, Lucio el Burro de nuestro amado Luciano, o Dafne y Cloe, de las más bellas novelas escritas por la mano del hombre, tan franca en la descripción de todo tipo de amor, que se vuelve sana y honesta, cercenaban las partes pudendas, y una sonrisa se extendió callada sobre sus labios, convirtiéndolas en líneas misteriosas de puntos suspensivos, que como todo lo prohibido, despierta una curiosidad sin sosiego, o las traducían al latín para el solo disfrute de los curas en la quietud erótica del claustro. No, Filonús, esperamos de ti otra cosa, más humana y más ambigua. Que hagas reinar la analogía en La Torre de Marfil. Carica la clasificó Linneo, insistió el santiaguero recalcitrante, perteneciente a la familia de las Caricáceas. Planta cultivada, cuyo fruto es grande, amarillo. El Aguafiestas se le encimó, chispeante la mirada. Ese fruto, ¿cómo se llama? Carica la clasificó Linneo, repitió Filonús como un escolar sencillo. Dime, bebé diligente, ¿ese es el nombre latino? ¡Por supuesto! Pues nada nos dice. Demasiado aséptico. ¿Carica...? ¡Nada! La menor resonancia. Parece apropiado para denominar un pájaro o una maraca. ¿No es cierto, amiga y amigos?

Con el fin de mantener en el aprieto a Filonús, todos confirmaron que se trataba de un término indiferente, indigno de una planta cuyo fruto tenía tan sugerente nombre, nombre que Filonús, avergonzado delante de una mujer, se negaba a pronunciar. Por el contrario, es cálido nombre, ardoroso, y dé consecuencias imprevisibles, dijo el Aguafiestas, que no cejaba en su propósito. Lo tienes ahí, detrás de los dientes. ¿Pero no se refieren a la fruta bomba?, trató de defenderse con la pregunta. ¡Ciertamente! A tan hermosa, dura y rosada fruta. La toco con la punta de mi cuchillo inoxidable. Fíjate, la pincho. Por tanto, Filonús, apóstata de la palabra vulgar equívoca, no se trata de un sueño ni de una pesadilla, aunque sientas perturbada tu lengua, sino de un fruto real, táctil, que casi inocente, pero no inofensivo, descansa en el plato, ante la hermosa mirada de Actité. ¡Vamos!, clamó. Dilo de una vez. Basta de evasivas y circunloquios. ¡Al grano! O mejor: ¡a ella! Estamos en la parte occidental del país, estimado Aristarco, Filonús comenzó a explicar pausado, tratando de restarle malicia al término, y en él se llama fruta bomba. Siguiendo el consejo que le diste a acá, el Jenofonte, hablo como se habla donde estoy. No tú, que eres oriental y la llamas como se debe. Tampoco nosotros ignoramos ese nombre ni sus connotaciones. No sé para qué insistir, entonces, en subrayar lo evidente. Es más divertido tenerlo oculto, y saber de qué hablamos cuando decimos fruta bomba. Además, Aristarco, hace un rato tú mismo la nombraste así. Hice estallar ese nombre en mi boca descreída. Seamos francos. Practiquemos esa gran virtud, anacrónica en nuestra circunstancia. La franqueza es sanidad del espíritu, remató el Aguafiestas. Estamos delante de una mujer, dijo al fin Filonús. Ah, he ahí la clave de tu silencio. Pero yo, más que partero de almas, soy partero de lenguas. Tengo la tuya entre mis pinzas. Tratemos de igual a igual a nuestra Actité. ¡Me encanta!, exclamó ella. Con la misma dignidad, agregó Aristarco. Me parece muy bien, y muy justo, habló Actité de nuevo.

Desde el comienzo de la disputa con Filonús, durante la cual Aristarco hacía gala y despliegue mayéuticos, Actité se había dado cuenta de su intento, y se sentía regocijada. Disfrutaba de una discusión seria y jaranera a un tiempo, según acostumbraba Aristarco sostener con sus amigos. De igual a igual. Y sin feminismo barato, expresó. La de los lindos y desnudos pies se lo merece.

Filonús tomó el plato de Actité y lo alzó de repente. Lo atrajo hacia sí y lo mantuvo a la altura de su barbilla. Todos quedaron sorprendidos, temerosos de que pudiera arrojar la fruta al suelo, escupirla o llamar al camarero para ordenarle que se la llevara porque estaba podrida. El santiaguero era imprevisible en sus reacciones. Lo habían visto luchar en vano, negándose a pronunciar una palabra que, seguramente en el transcurso de su vida en Santiago, pronunciara tantas veces sin inhibición alguna. Pero Filonús había sufrido un cambio repentino: alargó nuevamente el plato y lo depositó en el lugar de Actité. Con gran tranquilidad y ceremonioso, recordó la entrega de la naranja por Jenofonte y la de la piña por Aristarco, para manifestar que le tocaba ahora la de la papaya, pronunciando al fin la palabra que tanto rato se había prohibido a sí mismo. Su tranquilidad, tan demorada e imprevista, resultó cómica, y los comensales rieron. Actité afirmó que se trataba de una linda palabra. Cortó un pedazo de la papaya y se lo tendió al Aguafiestas. Me gustaría que la probaras. Su acento era ligeramente malicioso. Con gusto, repuso él, un tanto exaltado. Acercó los labios: la fruta desapareció en su boca. Masticó despacioso, y cuando terminó, su voz pareció inundar el ámbito de La Torre de Marfil.

Por desventura, ¿existe en esta tierra tropical, al igual que en otras americanas y caribeñas donde se establece el mismo nexo analógico entre el sexo femenino y el fruto del papayo, existe soñador de palabras que no se estremezca con la palabra papaya? Respiró, pues la pregunta le había quedado un poco larga. Volvió a repetir papaya, entusiasmado. Colma el cielo de la boca, metáfora que siempre me ha parecido deslumbrante. Papaya no es ya una metáfora. Para mí es una analogía, simple y a la vez complicada. Además, reveladora, al igual que la yuca o el plátano, de ciertas relaciones significativas que la mente descubre entre cosas del mundo, en apariencia disímiles. La analogía, en este caso, es también una forma del conocimiento. Una de sus pequeñas conquistas. La metáfora me parece una relación de mayor complejidad. Creo que toda metáfora posible descansa en el descubrimiento previo de una analogía. De una analogía y de una diferencia, pues relacionar no es igualar, sino acercar para entender. No sé dónde he leído, y el Aguafiestas frunció el entrecejo, que la mayoría de las palabras en los idiomas modernos son metáforas enfriadas. Es decir, fueron en su origen metáforas, simplemente. Ya mencioné la del cielo de la boca. Elevó una de sus grandes manos y trazó, delante de sus labios entreabiertos, un gesto que parecía reproducir en el aire la forma de la bóveda celeste. Descomunal, afirmó. ¿Quién pudo descubrir una relación tan extraordinaria entre la bóveda del paladar y la del cielo? Me parece que sólo un tipo contemplador de la línea del horizonte. ¿Y línea del horizonte no es una metáfora tan metafórica como la propia palabra bóveda?

En fin, amigos, vuelvo a mi materia. Papaya, una de las grandes palabras del habla cotidiana, no tendrá la hermosura, pongo por caso, de la palabra armario o aurora, pero está tan cargada de una especie de electricidad equívoca, que no puede pronunciarse con indiferencia, sin soltar chispas. Cada vez que la decimos, es dúplice su sentido. Parecen nombrarse, y en realidad enlazarse, dos cosas a un tiempo, la fruta y el pubis femenino, para mentarlo discretamente, pubis terreno, no angelical. Papaya se inicia de un modo musical, lento, acentuado. Por dos veces se repite la sílaba inicial. El pa-pa abre el vocablo, y declina suavemente en el ya final, como apagándose silencioso, o más bien, en una caricia. Se arrastra la palabra y nos va cerrando la boca. Es lástima que en esta parte occidental del país, unas cuantas damas pudibundas la desterraran de nuestra conversación. “Por gazmoñería imprudente”, opina Esteban Pichardo en su Diccionario del siglo pasado, observó de pronto Jenofonte. Y afirma que fue el vulgo de esta parte de la Isla quien la sustituyó por fruta bomba. Aplaudo lo de gazmoñería, juicio asombroso en un cubano del diecinueve. Pero atribuirle al vulgo el eufemismo, no es un acierto del señor Pichardo, geógrafo y auditor de Marina, dijo rotundo el Aguafiestas. Eso es obra de damas melindrosas, y en el fondo, escondidamente lúbricas. El vulgo hubiera seguido diciendo papaya, como sucede en la región oriental, pese al inesperado prurito de Filonús. Ya me lo curé. ¡Y bien curado!

Aristarco, apoyo lo que dices. Me parece muy acertado. Sin duda fueron esas damas... Pero no es más que una conjetura. No puede comprobarse, concluyó Actité. Parecía decepcionada. Se comprobará cuando el cubano se dedique a los estudios serios, y en la entonación del Aguafiestas vibraba el desplante. Soltó de pronto una de sus risotadas homéricas.

Es curioso que la papaya no tenga su poema, como lo tiene la piña. Tiene un poema oculto, una silva entera, un canto en octavas reales, dijo de inmediato el Aguafiestas, respondiéndole a Jenofonte. ¿Qué más silva que el secreto vínculo...? Pronunciar solamente el nombre nos produce un estremecimiento.

Y acabó, con su estrafalaria pronunciación francesa, diciendo el final de una frase famosa, un frisson nouveau.

Se volvió hacia Filonús y le preguntó, con mordaz voz de intriga, cómo estaba su memoria. ¿Puedes recordar, amigo? Creo que sí. Depende del recuerdo. Lo estimularemos. ¿Se habla de la papaya en una silva cubana del dieciocho? Asintió Filonús y citó a su autor, el poeta santiaguero Rubalcava. ¿Podrías recordar la estrofa dedicada a la fruta en cuestión? Podría. La cara del Aguafiestas sonrió complacida. Empieza, que estamos impacientes. Filonús meneó la cabeza. Sus ojos negros se iluminaron y entreabrió sus gruesos labios. Tenía los dientes grandes, muy separados, y como recortados en punta por una tijera. Había perdido su actitud anterior. Parpadeó con alegría, con la alegría de recordar la estrofa. Tranquilo comenzó, dichoso. La papaya sabrosa, / al melón en su forma parecida / pero más generosa / para volver la vacilante vida / al hético achacoso, / árbol a todo apetito provechoso.

El Aguafiestas prorrumpió solemne. ¡Oh, memoria! Qué haríamos sin tu auxilio gratuito. Después advirtió que había dos o tres afirmaciones singulares en la estrofa. Rudimentaria como toda la poesía de Rubalcava, rudimentaria y grácilmente desenfadada. Yo recordaba el inicio, el primer verso, interrumpió Actité, de otra manera. En vez de sabrosa, me figuraba que decía umbrosa. Amiga, Filonús la ha recordado textual. Umbrosa sería un adjetivo quizá más inquietante por aludir al pubis, no a las virtudes de la fruta. Y antes de referirse a esas afirmaciones singulares, que había encontrado en la cita, comunicó que haría un paréntesis muy breve, para recordarles otra analogía, la de vulva con la araña peluda. O como dice la gente, despectiva con ambas, pelúa. Creo que depende de la valoración que el hombre realice acerca de la conducta de la mujer. Todos sabemos que la mayoría de las arañas son animales bastante inofensivos, ancestralmente juzgados como peligrosos y devoradores. Sus virtudes son todas negativas para el hombre. Terminado el coito, en ciertas especies, el macho se ve obligado a huir para no ser devorado por la hembra. Y por el contrario, la papaya contiene propiedades medicinales reconocidas. El jugo lechoso que emite la fruta cuando se hiere su corteza, sobre todo si está verde, es un valioso remedio contra la dispepsia. Pedazos del fruto, recién cortado, comunican al agua de tomar propiedades curativas. Es, como dice el poeta Rubalcava, fruta muy generosa, provechosa a todo apetito. La analogía entre la vulva y la araña, considerada como animal devorador, resulta diferente de la que se establece entre el sexo femenino y la papaya. Implica una valoración distinta de la mujer, en rigor.

El hético moriría de consunción en un caso, y en el otro, quizá se salvaría.

“Yo soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles”, afirma la Sulamita. Sí, la interrumpió el Aguafiestas, en la tradición analógica europea es habitual comparar las flores con la mujer. Los ejemplos podrían multiplicarse. Su piel es similar al pétalo de las rosas, su inocencia, a la blancura de los lirios. La virginidad es una flor escondida. “Y en el sexo ardía una flor”, dice en algún poema Rubén Darío. Un amigo, me dijo una vez, refiriéndose a su hermana solterona, “es una flor de piedra”.

Si el sexo virgen es una flor oculta, la posesión la deshoja. Por el contrario, la fruta se incorpora, se come. Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro ser un hermoso objeto viviente, ajeno y, al igual que nuestro cuerpo, nutrido por la tierra. Significa, y la voz del Aguafiestas resonó gustosa, consumar un sacrificio. Sacrificio que se transforma, cuando optamos por nuestra continuidad vital frente al fin de las cosas, en sangre, en calor, en corazón palpitante. Me gustaría recoger una expresión popular, cifra de lo que digo. Al acto de posesión, violenta o no, se le llama, “¡se la comió!”, entre admiraciones y todo. No olvido mencionar que “¡se la comió!” alude —secretamente— a la papaya. Es una traslación de sentido, una analogía perfecta. Poseer es comer, para nosotros. No tanto deshojar la flor como incorporar la fruta. Es uno de nuestros grandes ritos ambivalentes. El intento de adueñarnos y tragarnos el mundo, el monte, el mar... ¡Se la comió! es también, igualmente, una acción admirable y desmesurada, realizada por alguien.

Es una proeza. He aquí otra clave.

¿Van a ordenar algo más o cierro la cuenta? El camarero estaba ante ellos, sonriente, con remota sonrisa asiática.