Metempsicosis

Mariví Cerisola

Una tarde supe que me eras infiel. Descubrí el secreto al tiempo que salías por la puerta el último día del año. Me quedé en penumbras, y las primeras horas de los primeros soles no pude encontrar consuelo en ningún sitio. Rabia y desconcierto hurgaron mi interior abriéndoseme un hueco como de bala que fluía a raudales y me arrinconaba, cual loba herida, para lamer la lesión de ingenuidad. Maldecía por haber confiado en una piel que imaginaba igual a la mía. Nunca pensé que el engaño profanara nuestra historia. En medio de tanto sufrimiento, desesperanza y abandono, los ojos se me iban hundiendo con los recuerdos, y escalofríos de dolor laceraron mi alma.

Rastreaba con ansia los escondites en busca de tu aliento, de tus caricias, de mi vida con tu vida. Todo fue en vano.

Una mañana, al despertar, me descubrí con los rasgos afilados, los ojos enrojecidos y un morro babeante que iba ensuciando con espumarajos blancuzcos el suelo por donde empezaba a agazapar mi encorvado cuerpo. Confundida, lanzaba zarpazos a los incautos que no podían comprender mi trance, y me oculté de la luz dentro de una zanja que cavé en un apartado del jardín.

Por las noches recorría en solitario mi tristeza, y en rotación aullaba a tu persona que, a manera de luna menguante, me despreciaba irónica en medio de las tinieblas.

Varios amaneceres los caminé sin rumbo con la esperanza de cazar alguna otra esencia semejante a la tuya. Sin embargo, al olfatear otros humores me flagelaba el terror a lo desconocido, y con gemidos lastimeros volvía a mi refugio.

Concebí el verdadero espanto de tu ausencia un anochecer, cuando el instinto nubló por completo mi ya menguada conciencia y tuve el deseo de desgarrar tu carne, empapar mi dolor con tu sanguaza, matarme las ansias con tu agonía y, a modo de contrición, extirparte las entrañas para comérmelas como carroña.

Anduve perdida dentro de un bosque de locura y tormento en donde manadas de depredadores rugían para que me uniera a su delirio, pero tan débil me hallaba que mi extenuado espíritu no pudo encontrar el llamado de mis iguales.

Cargué intemporal un pelaje dolorido mirando el mundo a través de rojos centelleantes.

Una mañana de las últimas horas, de estos últimos días, desperté para escudriñarme en manos, cuerpo y cara algún rastro de la bestia que hacía horas y estrellas habitaba en mí. No descubrí huellas ni lamentos. Había dejado de perseguir tu engaño. El exorcismo del olvido me había regresado a mi forma original.