De lunares

Alexandra Palomino Arnold

Dos tequilas no eran suficientes para el estado de nervios en que se encontraba Diana.

- Sí, déme otro -contestó cuando se acercaron a ofrecerle el tercero.

Se había puesto un vestido corto y escotado; debía verse espectacular por si confrontaba a Julián. Giró el caballito que tenía entre sus dedos y tomó el último sorbo del líquido transparente. Su lengua ardía. Encendió otro cigarrillo. Había dejado de fumar hacía un mes. “No más tabaco si se quiere embarazar”, le dijo el ginecólogo al hacerle el Papanicolau, pero esa tarde en que los ánimos estallan, hizo caso omiso y le pidió al capitán que le consiguiera una cajetilla de Marlboro. El humo la envolvía. El mesero le ofreció la carta y Diana negó con la cabeza. No quiso ni voltear a verlo, pues tenía la mirada fija en aquel rincón del restaurante donde estaba Julián con su traje impecable, su corbata nueva, el whisky en la mano, esperando ansioso.

Esa misma ansiedad fue la que le descubrió por la mañana al verlo rasurarse. El rastrillo viajaba de un lado al otro de la mejilla. De pronto, un hilito de sangre.

- Te cortaste -le dijo Diana, y Julián sin voltear le preguntó dónde comería-. Pensé que estaríamos juntos esta tarde -replicó ella.

- Tengo mucho trabajo -contestó Julián acercándose al espejo para ver su herida-. ¿Por qué no te organizas algo con tus amigas?

Pero Diana insistió:

- Hoy es nuestro aniversario, Julián; tómate la tarde… -y él contestó que imposible. Todo parecía imposible últimamente.

Julián continuaba con el ritual del rastrillo y Diana en el marco de la puerta viendo la navaja chapotear en el agua y el pelo girando y mezclándose con la crema de rasurar.

Siguió el curso de la danza hasta ver cómo la espuma desaparecía por el desagüe. Así habría querido desaparecer ella. Girar y girar hasta no volver. Lo miró. Estaba nervioso. No era la firma del contrato, ni el banco con la respuesta del préstamo. Era algo que lo había mantenido despierto toda la noche como muchas anteriores, algo que no le permitía tocarla ni responder a sus caricias.

Apresurado, se colgó la corbata nueva al cuello y por un momento Diana sintió ganas de jalarla y ahorcarlo. Un poco de loción en los puños y la barba. Tal vez de más. Toda la casa olía a Julián. Un adiós frío, el beso al aire. Diana lo despidió y se miró al espejo. Odiaba su rostro despintado.

Ya tenían un año viviendo juntos. Ella lo cazó una noche de empresarios cuando con una sonrisa encantadora le asignó su gafete para la feria. No le importó su argolla en la mano izquierda ni su mirada fiel que prometía un regreso seguro a su hogar. Le prendió el gafete en la solapa y se prendió de su cadera cinco horas después. Él enloqueció con sus ojos avellana y su suave piel, que apenas tocaba los treinta.

Desde esa noche, Julián perdió su mirada conyugal, y sus pupilas dilatadas vagaban en un mundo lejano. Se transformó en un huésped fugaz de su propia casa. Caminaba sin rumbo de un lugar a otro y se detenía con frecuencia a mirar por la ventana como si allí fuera a encontrar eso que tanto necesitaba. No fue irrespetuoso, adoraba a sus hijos y nunca dejó de comentarle a su mujer lo bonita que se veía al salir de la regadera.

Julián y Mónica llevaban veinte años de casados. Adolescentes y locos al fin en ese entonces, se escaparon de la ciudad y se fueron a esconder a un pueblo donde los vecinos no reparaban en el vientre abultado de la jovencita de trenzas doradas. Ahí, en una iglesia del monte recibieron su bendición y los mandaron a seguir sus vidas ordenadamente. Dos criaturas fueron el resultado de su estancia en provincia. Julián fabricaba zapatos y tenía un negocio propio. Trabajaba de sol a luna, pero al regresar corría detrás de su mujer para arrojarla a la cama y viajar de un muslo al otro contando los lunares que se le amontonaban en la entrepierna. Dos años más tarde, ya de regreso a la ciudad, Mónica parió gemelos, que vinieron a sumar cuatro hijos en la familia. No había en el mundo algo que impidiera que Julián navegara por su piel canela, y así al año siguiente llegó la quinta hija.

Pasaron varios veranos, y uno de ellos fue cuando su mujer y sus cinco hijos se adelantaron a la playa y él prometió alcanzarlos para pasar todo el mes juntos, pero tenía que asistir antes a la feria del calzado.

Fue entonces cuando Diana con su vestido negro lo recibió en la entrada y le puso el gafete antes que cualquiera de las demás edecanes. Ella lo había visto salir del elevador y era con él con quien había decidido pasar la noche y el resto de sus días. Sólo era cosa de bajarse un poquito el escote y acercarse a su oído para informarle dónde se sentaría. Sólo era cosa de rozarle el pantalón con su pierna larga y bronceada. Sólo era cosa de meter su manicure francés entre sus dedos al darle el papel con la información del evento. Sólo era cosa de aprovechar sus veintinueve años. Sólo era cosa de eso.

No pasaron más de seis meses cuando Julián dejó su casa una mañana después de decirle a su mujer lo bonita que se veía al salir de la regadera, y no volvió. Se llevó una maleta y sus veinte años de matrimonio. Decidió irse con Diana y sus escasas tres décadas.

El principio fue como todos los principios. Días y noches de sábanas. Meses en que no sabían cuándo salía el sol ni si era martes o primavera. Las once o fin de año. Si hacía frío o caían las hojas. No hubo un no ni un por qué. Julián pasó de la entrepierna de su mujer a la de Diana. Sin embargo, en sus muslos suaves, perfectos y firmes no había lunares que contar.

Y ahí estaba Diana. En el mismo restaurante que Julián, el lugar donde él había hecho la reservación en voz baja esa mañana. Las mujeres tienen muy buen oído cuando sí quieren escuchar, y sentada con sus cuatro tequilas y su cajetilla de cigarrillos, esperaba ver con quién comería él. ¿Por qué no pasar la tarde de aniversario con ella, por qué la corbata nueva, por qué tanta loción, por qué la ansiedad?

La mujer que entró por la puerta de cristal y que caminaba hacia la mesa de Julián no era exactamente la que se pondría un vestido negro y escotado. Tenía por lo menos diez años más que Diana, el caminar pausado y la mirada satisfecha. Una trenza dorada y discreta prendida en la nuca y un vientre abultado y orgulloso. Diana se estremeció. Él se levantó de inmediato y la tomó de la cintura. La besó. La besó mucho y la abrazó. Le rozó el vientre con ternura, y acercándole una silla le dijo algo que la hizo sonreír. Tenía un rostro alegre. Diana sintió los tequilas en la cabeza. Prendió temblorosa otro cigarrillo. Julián tomó las manos de la mujer y besó cada uno de sus dedos con veneración; le besó la punta de la nariz y los ojos. Le besó todo lo que se le besa a la mujer que amas.

Eso Diana lo supo de inmediato. Bajó la cabeza y miró el cenicero lleno de colillas. Ya no pudo regresar la mirada y ver a Julián y a Mónica. Pidió la cuenta y salió del lugar con su escote y sus piernas largas y bronceadas. Esa tarde Julián, después de besarle todo lo que se podía besar en un restaurante, le besaría a su mujer los lunares de la entrepierna.