Les voy a contar un secreto

María Esther Núñez

El otro día, una amiga me hizo una confidencia. Desde el momento en que advirtió: “No se lo vayas a contar a nadie”, surgió el monstruo. De inmediato quise saber todo, todísimo. Pero quería saberlo sin saberlo. Me explico. Junto con el deseo de la revelación venía el rechazo. La responsabilidad parecía demasiada. Apareció el monstruo de la ambivalencia: el deseo vanidoso, algo mórbido, de tener un secreto, junto con la necesidad de que el mundo supiera que lo tengo, que soy capaz de despertar en alguien una confianza de tal envergadura; si no, cuál es el chiste. Pero al mismo tiempo llegaba la súplica: por favor, no me cuentes; la carga puede caer de su tinglado y hacerse pedazos como una frágil pieza de cristal, cuyos fragmentos pueden lastimar a otras personas.

Yo he hecho confidencias así miles de veces, muchas de ellas, por su propio contenido, a sabiendas de que lo contarán más adelante, pero mis amigas saben a quién contarlo y no me molesta. Precisamente por eso confío en ellas y no en otras personas. Sabrán cómo y a quién, si es que deciden hacerlo. Y están en su derecho, por qué no. A partir de la comunicación de algo, ese algo tiene otro dueño o, por decirlo más suavemente, se comparte propietario. Una deja la exclusividad. Es una ley evidente y absoluta. Por eso precisamente se confía en quien se confía y se llama amigos a los amigos.

También sé con absoluta certeza cuándo no serán capaces de mover un solo músculo de su boca; no conocen la traición. Son esas ocasiones en que solamente se busca la comprensión cariñosa, el desahogo, el cómplice, en esta vida tan inexplicablemente necesitada de testigos.

Y bueno, somos seres humanos con debilidades y a veces hacemos, como dicen por ahí, de la necesidad una virtud. Una también cuenta a veces un secreto con la finalidad de que sea pasado a otras personas, pero por vía indirecta, como escondiendo la mano. Cuando esto sucede, nos debatimos o hacemos que se debatan otros entre contarlo o no. Es natural; no es nada grave o trascendente. O así veo yo a la amistad. Ése es el tipo de valor que doy a la intimidad de una conversación dentro del cerco protector de los amigos.

Aquella tarde, mi amiga inclinó el cuerpo hacia mí y acercó sus labios a mi oído. Parecía a punto de hacerme un maravilloso obsequio celestial. Y empezó a contar. Un mechón de su cabello lacio y negro ocultaba parte de su cara al resto de la gente, su mano derecha hacía círculos diminutos en el aire mientras yo miraba atenta el lenguaje de su cuerpo. Me alejé unos milímetros para verla y la encontré muy concentrada, entrecerrando aún los ojos como escudriñando cada palabra para que concluyera el relato sin que terminara en un malentendido y también, por qué no decirlo, para que me fuera interesante y yo agradeciera la revelación. Una prueba de cariño, pensé, a pesar de que el secreto resultó ser muy ingenuo y muy poco secreto.

En ese instante, el verdadero secreto se deslizó en mí con una deliciosa sencillez. Empecé a entenderla en cada uno de sus gestos, ya que en realidad dejamos de comunicarnos con palabras. Conocí de golpe su intención: era irrelevante lo que contara; el objetivo era hacerme saber que me quería y que por eso era capaz de depositar en mí cualquier cosa, cualquier palabra, cualquier sentimiento, porque me consideraba su Amiga. Así, con mayúsculas.

Esto lo descubrí antes de que ella terminara de hablarme en esa forma tan suya de susurro misterioso. Dejé de escuchar su anécdota, insustancial para mí. Y también para ella, tuve la certeza. La ambivalencia había desaparecido; las sensaciones más puras circulaban reconfortantes por mi torrente sanguíneo. Me dieron ganas de abrazarla, de decirle que había recibido su mensaje, el relevante.

Por fin terminó de contar y tomó un poco de distancia. Se enderezó en la silla repasándose la falda con la palma de las manos. Luego, sus ojos fijos en los míos esperando una señal. La miré linda con su necesidad de decirme: “Soy tu amiga”. La miré linda con su carita larga y sin maquillaje; la miré linda porque logró su cometido: ahora yo también la quiero más que antes de saber este secreto.

Por unos breves segundos puse mi mano sobre las suyas, que descansaban en su regazo. No dije nada.

Decidí que este secreto es de los que sí se pueden divulgar.