Penitencia

Mercedes van Santen

Mariana llevaba veinticinco minutos esperando a Jorge, su marido, en el restaurante preferido de los dos en la colonia Condesa. Había escogido la mesa junto a la ventana que daba al parque. Saboreando un tequila observaba el desfile de parejas jóvenes, no tan jóvenes, de grupos de amigos y de perros con sus amos, imaginándose historias de amor y de enredos, pero sobre todo se preguntaba cómo serían en la cama. Últimamente no podía pensar en otra cosa. Hoy cumplía cuarenta y dos años que, por cierto, le estaban sentando muy bien. Se sentía especialmente bonita con el suéter rojo que estaba estrenando, pues contrastaba con el negro de su pelo y delineaba su cintura enfatizando su mejor atractivo: los senos. Al ver por fin el coche de Jorge en la esquina, sacó rápidamente el lápiz labial de la bolsa y se los retocó. Estaba ansiosa por ver qué le iba a regalar.

- Perdón, vieja, pero la junta se alargó y además Eulalio se tardó en ir a recoger tu regalo. Ten. Felicidades. Si no te gusta lo puedes cambiar -dijo con voz tranquila-. No me voy a poder quedar mucho tiempo, pero por la noche seguimos celebrando.

“Sí, cómo no…”, pensó Mariana, quien se emocionó al ver el juego de collar y aretes de plata que ella misma había insinuado que le gustaría tener. Inclinándose le dio un beso que no pudo ser más que un ligero picotazo pues él se hizo para atrás mirando con vergüenza a su alrededor. No le gustaban las demostraciones efusivas en público, aunque tampoco en privado. Era parco y contenido para expresar sus sentimientos. Siempre había sido así, hasta de novios, pero como era tan guapo ella no le había dado mucha importancia, pues su barba partida, los ojos verdes y el pelo rubio compensaban su frialdad; además, como decía su mamá, era muy buen partido. Hacían una pareja atractiva: de buenas familias católicas, dos hijos, una casa en Tlacopac, buenos coches, viajes y hasta una perra labrador. Lo que no era de película era el sexo. Sí, sí tenían relaciones, claro, ahí estaban Jorgito y Marianita para probarlo, pero no como en las películas ni en las series gringas que veía en la televisión; esas en las que las protagonistas gemían al hacer el amor y que ella quitaba en cuanto oía llegar a Jorge. Ella nunca había gemido.

Un par de meses después de su cumpleaños se empezó a sentir rara. De repente, un calor que parecía quemarla desde las entrañas la recorría toda, y para apaciguarlo no encontraba mejor remedio que bajar a la cocina, abrir la puerta del congelador y dejar que el frío la refrescara. Estaba tan sentimental que lloraba aun con los comerciales de pañales para bebé y se irritaba por cualquier tontería, hasta que se preguntó si estaría menopáusica. Su ginecólogo le informó que todavía no lo estaba, pero que iba por buen camino, y le recetó un calmante para cuando tuviera las crisis de hormonas alborotadas y que ni siquiera ella misma se aguantara.

Mariana andaba por la vida con la sensibilidad a flor de piel y Jorge ni en cuenta, pero su estilista sí, pues cuando le lavaba el pelo ella murmuraba que así, que más fuerte, que qué rico olían su loción y el champú, que se tardara otro rato, y empezó a frecuentar más el salón de belleza. Ahí también leía revistas con artículos de cómo mejorar la vida en pareja, sobre las diferentes posturas inspiradas en el Kama Sutra y hasta recetas para cocinar comidas eróticas. Al pobre de Jorge lo acosaba aunque llegara cansado a casa.

El último jueves de cada mes, Felipe, el bañador de perros, llamaba por la noche para confirmar que iría al día siguiente a bañar a la Cookie. Una de esas mañanas de hormonas alteradas, Mariana lo vio por la ventana que daba al patio y observó detenidamente la ceremonia del baño; cómo con agua calientita le mojaba el pelo abundante, enjabonándola con un buen masaje, y por último le pasaba una toalla en forma vigorosa al tiempo que le hablaba con dulzura. La figura de Felipe riéndose, descalzo, con los pantalones y la camiseta empapados, casi la hacía gemir. Le descubrió en el bíceps moreno un tatuaje de una serpiente verde ahorcando un corazón rojo; desde ese momento le parecieron fascinantes el tatuaje, lo moreno y él. Empezó a comprarle a la Cookie un champú especial con fragancia fresca y exótica; de ahí pasó a pedirle a Felipe que en lugar de una vez al mes fuera cada quince días, por supuesto sin dejar de asomarse para disfrutar imaginándose que la bañaba a ella, que se bañaban los dos, que sus manos fuertes la masajeaban con energía a la vez que la acariciaban y él le decía palabras amorosas.

La última vez que la perra quedó limpia, con el pelo brillante y sedoso, Mariana se sintió tan culpable que tuvo la urgencia de irse a confesar. Fue a la iglesia de una colonia lejana, buscando un sacerdote desconocido que tranquilizara su conciencia. Cuando vio en el confesionario a un padre bastante joven con cara de bonachón, se animó pensando que seguramente él la comprendería.

- Me acuso, padre, de tener malos pensamientos.

- Explícate, hija.

- Bueno, es que… tuve un sueño: soñé que le era infiel a mi marido.

- Un sueño no es un mal pensamiento.

- Es que… después, ya despierta, seguí pensando en lo que había soñado…

- Si consentiste el mal pensamiento es como si hubieras cometido el pecado. Dios te perdona el pecado siempre y cuando…

¿Entonces -interrumpió- pensar en eso tiene la misma penitencia que hacerlo? ¡Gracias, padre! -Se levantó del reclinatorio apresuradamente sin esperar la absolución.

Por el camino iba examinando los asuntos pendientes: ir de compras al Body Shop por un champú y crema para el cuerpo con aroma a fresa, hablarle a Felipe para adelantar el baño de la Cookie, darle el día libre al servicio, encargar los niños a su hermana, y lo más importante: hacerse meritoria de la penitencia.