A la putanesca
- ¡No te pongas nada bajo el vestido! Quiero comerte todita y voy a empezar por abajo… Después de la media noche te espero en el camarote 111. No lo olvides: el 111 -dijo la voz en el teléfono y, sin darme tiempo a responder, colgó.
- ¿Quién era, mami?
- Nadie. ¡Sigue durmiendo! -Y sin más, mi niña se dio media vuelta en la otra cama del camarote que compartimos.
¿Comerme todita? ¡Maldición! Se supone que este viaje es para desestresarme y un loco se equivoca de número y me despierta a… ¿dijo todita?
Quiero volver a dormir, pero la voz del desconocido, bermellón y circular, da vueltas en mi cabeza convocando instintos adormecidos, ¿o seré yo la que no la deja ir? Ya lo dice mi loquero favorito (¡Puta, qué señor! Con ése sí…): dice que soy una mujer que piensa demasiado, que soy obsesiva y me estreso y ¿dijo que va a empezar por abajo? No, no voy a despertar a Lolita encendiendo la luz, pero como tampoco quiero seguir dando vueltas en la cama, me deslizo en la oscuridad hacia el pequeño balcón. Respiro profundo y la frescura de la noche me serena un poco. “Para que descanses y regreses más tranquilita”. ¡Pendejo!, ¡crees que no me doy cuenta de que querías quedarte solo?
Empiezo a sentir frío y vuelvo a la tibieza del camarote, aunque la sola idea de meterme a la cama me provoca ansiedad, por lo que me refugio en el baño, abro las llaves del agua a todo lo que dan y lleno la minúscula tina donde, más que lavarme, me acaricio. Quiere comérsela toda… ¡Dios! ¿Quién será ella? ¿Y quién el loco que le habla para proponerle obscenidades? La embestida del chorro es vigorosa y me abro para ofrecerle mis pliegues, mis honduras… ahora ya no pienso, sólo siento hasta que mi cuerpo, oleaje turbulento, se desborda.
Disfruto la novedosa sensación de bañarme casi a la medianoche en alta mar. Más que untarme, me acaricio con la ostentosa crema de extracto de caviar -regalo de una amiga- sobre mi piel despierta. Miro mis senos desnudos en el espejo y los apruebo. Verifico mis nalgas… no, no me han traicionado. Antes de ponerme la piyama para meterme a la cama, instauro nuevas rutas para el perfume. ¡Qué desperdicio! Ni quien me huela. ¿De verdad le irá a comer todo?… y sueño con los angelitos.
Con la molicie de las vacaciones empiezo a recuperar mi ajetreado cuerpo de madre y esposa. De rígida maestra de arte, de chofer y de ama de casa agobiada por las agresiones de la ciudad y la sempiterna falta de tiempo.
- ¡Levántate, niñita perezosa! Hoy hacemos escala en Santo Tomás, y antes de bajar a la isla todavía tenemos que desayunar.
- ¿Qué hay en la isla? -pregunta mi pequeña Lola entre un bostezo y otro.
- No lo sé ¡veamos! Para eso nos mandó papi de vacaciones, para ver lo que hay en estas islas -le explico a Lolita pero inevitablemente pienso: ¿Sería para eso o para quedarse más libre con la putilla que le pinta los cuellos de la camisa?
Sólo mirar el fastuoso buffet donde coinciden afortunadamente una colorida variedad de frutas tropicales, de quesos, arenques, salmones y todos los panecillos imaginables, recién horneados y crujientes, bastaría para saciar mi apetito en cualquier otra circunstancia. Hoy, sin embargo, me apetece probar un poco de todo. Y para acompañar tan suculento popurrí, pido a un solí-cito mesero un botellín de champaña, ¿por qué no?
- Las vacaciones son para hacer cosas diferentes -me justifico al ver la mirada interrogante de Lolita cuando el camarero pone sobre la mesa la exquisita champañera plateada, destapa la botella con movimientos actorales y me sirve.
- ¡Salute, signora!
Después del opulento desayuno desembarcamos para caminar por las risueñas callecitas de Santo Tomás donde todo es inaugural para los nueve años de la cotorrita que me bombardea constantemente con sus comentarios, que escucho distraída porque dentro de mi cabeza la voz bermellón que ha insistido en llamar las tres noches de travesía, repite tercamente: “Quiero comerte toda”.
Pasamos por una pequeña boutique de lencería francesa e impulsivamente empujo a mi niña hacia dentro…
- ¿Aquí qué hay?
- No sé. Ven, vamos a curiosear.
- ¿Busca algo en especial? -pregunta la joven encargada, excesivamente risueña y servicial.
- Bueno, en realidad yo… -Y se me van los ojos a los calzoncitos breves, extrovertidos, que exhibe el maniquí.
Hay que decidirse rápido, porque mi cotorra tiene sed.
- ¡Sí, señorita, también el brasier…! Es un regalo para una amiga, ¿sabe? -explico innecesariamente a la risueña, mientras Lolita me jala hacia afuera.
- Quiero una coca -insiste impaciente entre una pregunta y otra- ¿Quién descubrió esta isla? ¿Aquí hay escuelas para los niños? Tengo calor, ¿por qué mejor no vamos a nadar al barco?
- Está bien, pero primero hay que caminar un poco más -respondo en automático mientras floto por las callecitas de la isla tratando de descubrir, entre la variopinta marejada de turistas, al de la voz.
En la terraza donde nos sentamos, una colorida guacamaya, desde su aro, hace las delicias de Lolita, quien bebe por fin su coca mientras yo me receto un refrescante Planter’s Punch. En la exuberancia caribeña todo me parece lascivo.
- ¿Se te hace guapo, ma? -pregunta la niña cuando, al pasar frente a nosotros, el joven italiano que se pavonea por la alberca saluda sonriente.
- Está guapito, pero demasiado peludo; parece orangután…
Después del refresco caminamos hacia el embarcadero para abordar de nuevo. En traje de baño y muy embadurnadas de bloqueador, corremos a darnos un chapuzón.
A bordo sigue la fiesta, pero yo, obstinada en detectar una mirada, una señal que delate al degenerado…, estoy como en otra dimensión.
Antes de cenar, hago una escala para beber dos mint julips en el ambiente festivo del bar; pero nada me refresca. Estoy febril. Para acompañar la cena pido media botella de blanco:
- Soave Bola, signora; es ligero y va muy bien con el espagueti a la putanesca que ordenó -sugiere Guido, el guapo camarero que me atiende, mientras mis ojos se escapan hacia su bragueta: ¿Acaso será éste el lamedor?
Lolita tiene sueño y la llevo al camarote. Espero hasta que se duerme, e ignorando el libro de Egon Schiele que reclama mi atención desde la mesita de noche, salgo un rato a tomar el fresco en cubierta. ¿Dónde quedará el camarote 111?
Inquieta y con la sensación de estar perdiéndome algo, finalmente busco sosiego en mi cama. El vino, la tibieza de la noche, el olor del mar, la imaginación en llamas, el degenerado mordisqueando mis pezones, yendo de uno a otro, ¡los dos! ¡Carajo! En doce años de casados mi marido sigue pensando que sólo tengo uno. Lo imagino pintando mi cuerpo con el húmedo pincel de su lengua. Dijo: “Todita, voy a comerte todita”, ¡eso dijo!
Las lentejuelas rojas del breve traje de domadora me pican, pero aun así me muevo con agilidad montada sobre la trompa del elefante. El rítmico paso del animal es placentero. Tomo la punta de la trompa que el paquidermo levanta triunfal, la acerco a mi boca y empiezo a lamer con fruición. Ansioso, el animal escupe, y ríos de semen escurren sobre mis muslos. El público aplaude de pie. Despierto angustiada y sudorosa al tratar de secarme con la sábana, que se enreda tercamente entre mis piernas.
¡Maldición, qué calor! Cierro los ojos tratando de reconstruir el sueño. Enciendo la luz para anotarlo y Lola ni pestañea. El sueño se ha ido y retomo de la mesa de noche el libro que traje con la esperanza de que algo se me ocurra al fin para comenzar a escribir el ensayo que sobre Egon Schiele tengo pendiente. Algunos grabados me resultan grotescos, van directo a mi inconsciente, y más que erotismo sugieren lascivia. Al mostrar sus más íntimas reconditeces, las modelos pierden el misterio que confiere la intimidad, usurpando al tacto y a la cercanía el placer de explorar y descubrir el objeto del deseo. La verdadera y única pasión del artista parece ser él mismo y su alucinante relación con lienzos y pinceles. Me detengo en la fotografía póstuma del joven y brioso pintor, que de pronto se mete en la tina donde me baño.
Me abro para acoger su cuerpo entre mis piernas y empieza a morderme el cuello suavemente mientras mis dedos se enredan en su pelo. Desciende ansioso por mi vientre buscando la parte más escondida de mi cuerpo y, cuando al fin la encuentra, el ruido del libro al caer de la cama vuelve a despertarme. Miro el reloj: pasan quince minutos de la medianoche. Me levanto, me pongo el vestido sin nada abajo, salgo a cubierta y dejo que el aire marino me posea mientras me dirijo al camarote 111.
- ¡Óigame, majadero! -le espeto indignada ¡al peludo orangután! que abre la puerta sigiloso, y me deslizo hacia dentro.
Cierro bruscamente, corro el pasador de seguridad y le digo con firmeza:
- ¡Óyeme, jovencito! ¡Tú a mí no vas a comerme nada…! ¿O sí?