De complicidades

Mariví Cerisola

Supo que quería arrimarse a él desde el momento en que lo vio comprando naranjas en el puesto de la esquina. Se acercó poco a poco haciendo mentalmente aquel juego de la infancia: Paso, pasito, paso, hasta quedar a casi nada de la figura varonil. Quería olfatearlo, mirar el tamaño de sus manos, el color de sus ojos, la manera como palpaba la fruta, la forma de sus uñas, de sus cejas, de su boca. Lo miró de arriba abajo. Lo miró generosamente, sin abstención, sin remilgos. Como si en el mundo no existieran las prohibiciones, ni el recato, ni tampoco la vergüenza. Como si a ese hombre lo hubieran colocado ahí para su uso personal; para satisfacerla, para que le hiciera, le dijera y le volviera a hacer. Dio un paso hacia atrás y le observó la cabeza, el pelo negro, la nuca. Se imaginó entre cipreses montando un caballo azabache con el lomo sudado y las grupas firmes, y al verse dentro de esa utopía quiso ser lo que no había sido hasta entonces: descarada, vulgar, ligera. Puta. La anduvo el deseo por todos sus rincones y ansió haber nacido con tetas grandes y tener un trasero firme, redondo, y diez años menos. Quiso muchas otras cosas: música, colchón, vino, caricias. Quiso también ser soltera.

La marchanta de fruta reparó en su presencia. Las dos se observaron en silencio. De por medio, el hombre guardando las naranjas, en su mundo, distante de esa pasión que desprendía. Y, al fin mujer, la vendedora comprendió el deseo de la otra y en complicidad bajó la mirada para que aquélla siguiera hilando fantasías.

Una melodía candente, guapachosa, de frases pecadoras, brotó con fuerza de algún otro puesto y ella, con la mente escrita hacia las ganas volvió a imaginarse, imaginando en ese siempre que jamás se iría, que rumbeaba libre, desnuda, deliciosa, en una habitación de ventanales sin cortinas. A la mitad, la cama, el hombre recostado con sus piernas largas, su sonrisa, el falo erguido, la voz revuelta de tentaciones, la mano izquierda, nerviosa, mostrándole el paraje pleno, encaramado. Y otra vez ella, sin preámbulos, revoloteando dentro de un espacio sin prejuicios, de un siempre que ha permanecido, se deja ser y hacer sin freno, sin culpa, sin trabas ni complejos. Y ahí, en el acto de la entrega, se convierte en maestra de impudores.

Al suelo caen dos naranjas. El sueño se interrumpe; despierta. Mujer y hombre se agachan al tiempo. Ella queriendo le roza el brazo; él sin querer toca uno de sus dedos. Se contemplan. Ella ya conociéndolo de sobra y él vislumbrando dentro de sus ojos goce e irreverencia, anhela adentrarse a partir de ese minuto en la feminidad de ese universo.

Entendiendo el lenguaje del deseo y como si en la tierra no hubiera censuras, se marchan codo a codo, sin distancia, en un siempre eternizado, rebelándose contra esos muchos que ansían ser lo que jamás han sido.

Y la vendedora, al fin piel, al fin en un tiempo esperanza y espejismo, levanta la mirada, los observa, los bendice, convirtiéndose de súbito en el ángel guardián de los infieles.