Victoria’s Secret
Esta vez la salida del Aeropuerto Internacional y entrada al viaducto las veo más lúgubres que otras. El taxi que tomé está sucio y huele a cigarro o, más bien, el que huele mucho a cigarro es este malnacido chofer de mierda. Miro hacia atrás para ver si alguien nos sigue. Me siento amenazado hasta por las sombras de los pilares de un paso a desnivel. Aunque pensándolo bien, un asalto sería lo mejor que podría sucederme en estos momentos. Me defendería con rabia, como una bestia, y… ¡ojalá me mataran! Al menos sería una muerte digna. Algo podría aportar, aunque no fuera más que un grano de arena, a la lucha contra la pinche delincuencia que nos abruma. Un asalto, un secuestro, un accidente, representarían una insignificancia en comparación con la amenaza que me tiene aterrorizado. Nunca he sentido una angustia ni remordimientos como los de ahora. ¿Por qué chingaos me metí en esto…? ¿Cómo pude ser tan, pero tan pendejo? Sin duda estoy indignado, pero conmigo mismo.
Todo empezó hace poco más de una semana, cuando mi jefe me llamó desde Miami para encomendarme una breve auditoría ordinaria en nuestra planta maquiladora de lencería fina ubicada en Belice. Me acuerdo que, bromeando, le pregunté si existiría la posibilidad de coincidir en el viaje con alguna de las top models que suelen publicitar nuestros productos.
- Ninguna -me dijo tajantemente y recalcó-: Cuidado con el personal femenino, recuerda que estamos fortaleciendo nuestras políticas antiacoso sexual. No te metas en problemas; te lo advierto especialmente pensando en la mulata esa que tenemos como recepcionista.
La advertencia fue muy justificada, pensé al llegar a la planta. Ella, que me recibió sonriente, me pareció un verdadero monumento a la voluptuosidad. Además, al día siguiente ya estaba enterado de que, aparte de su puesto formal, el Comité de Gerentes la tenía designada para modelar ante ellos cualquier nuevo producto; era la prueba de calidad clave antes de autorizar su producción en serie.
Pese al clima tropical y a un entorno laboral verdaderamente inquietante, para decir lo menos, logré en unos pocos días dar por concluido mi trabajo. Sin embargo, las conclusiones a las que estaba llegando no eran muy halagüeñas para el Comité de Gerentes; pero cuando me disponía a comentárselas, ellos desenfadadamente me hicieron una invitación:
- Esta noche es Halloween y nos gustaría que nos acompañaras a un festejo muy propio de esta región. Algo privado a lo que asistiremos sólo un pequeño grupo de ejecutivos, muy discretos, de toda confianza, y tres o cuatro invitadas de la planta que ya conocemos bien y se han hecho acreedoras a consideraciones especiales.
No puedo negar que la invitación me tomó por sorpresa; titubeé, ya que no me fue difícil intuir que algo había detrás de tanta cortesía. Pero un “Valdrá la pena” impidió un cuestionamiento. Y un “No te arrepentirás” cerró el compromiso.
En la noche resultó que la celebración se había organizado en un pequeño salón privado, en el mismo hotel en que me hospedaba. Cuando llegué, sólo estaban presentes los dos principales ejecutivos de nuestra maquiladora, pero al poco rato llegaron tres invitadas. Sobra decir que la primera de ellas era nuestra exuberante recepcionista, vestida con un escote impresionante, el oscuro vientre a la vista y una falda floreada semitransparente que dejaba entrever una minúscula tanga. La segunda era una robusta supervisora de las líneas de costura. Pelirroja y alba, lo que denotaba su ascendencia irlandesa. De muy bonitas facciones y ojos de un azul muy claro, pero con mal disimulados ademanes que eufemísticamente calificaría de poco femeninos, algo que yo ya había advertido en alguna de mis revisiones del área de producción; aunque jamás me habría atrevido a insinuárselo, nada más por el miedo de que me partiera el hocico de un manotazo.
Pero la que me produjo un leve cosquilleo, que empezó en la nuca y terminó mucho más abajo, fue la tercera, a la que nunca había visto en la planta. Se parecía a la recepcionista, pero de rasgos más finos y una mirada misteriosa. Grandes ojos negros que me calaron muy profundo desde que hizo su entrada al saloncito. Manos delgadas de largos dedos que me llamaron la atención cuando me saludó, al tiempo que me daba un suave beso en la mejilla.
- Es mi hermanita, que ha venido para cuidarme -dijo con una coqueta sonrisa la recepcionista-. En casa le decimos la Brujita.
No quise preguntar el porqué del apodo, pero me quedó claro que de las tres era la más atrayente. En alguna medida eso me tranquilizó, y pensé que si algo llegaba a ocurrir entre ella y yo, no vulneraría el código de ética de la empresa, por muy hermana de nuestra recepcionista que fuera la tal Brujita.
Sin mayores preámbulos empezaron a circular las bebidas y los chistes de doble sentido. La irlandesa traía antifaces muy pertinentes para la ocasión y nos obligó a que nos los colocáramos. Fue increíble cómo ese solo detalle generó de inmediato un ambiente provocativo y de gran liberalidad; abundaban las risas y desde un principio se dieron con la mayor naturalidad leves contactos físicos.
La Brujita no hablaba mucho, pero su elocuente lenguaje corporal era más que suficiente para mantenerme muy inquieto. De pronto alguien me preguntó si era casado, a lo que contesté tratando de ser gracioso:
- Sí, pero no fanático.
Otra voz preguntó poco después:
- ¿A qué podemos jugar?
Yo me atreví a contestar como un torpe puberto:
- Propongo que al doctor.
- Al doctor no todavía, pero quizás podríamos tener una exhibición de danza vudú -decretó el gerente de planta.
Todos aprobaron entusiastamente la idea y nuestra “diosa de ébano”, sin mayor insistencia de nuestra parte, se lanzó al ruedo y empezó a contorsionarse sensualmente. El mesero que nos atendía apagó algunas luces y cerró discretamente la puerta, teniendo el cuidado de permanecer solícito dentro del privado. Antes de un minuto capté que la danza tenía poco de ritual vudú y mucho del más burdo tabledance urbano. Traté de adoptar una actitud prudente y mantener cierta distancia del torbellino de erotismo que se me venía encima, pero la supervisora, decidida a eliminar mis inhibiciones, dispuso en forma autoritaria que por cada pequeña copa de licor que yo me tomara, ella le quitaría una prenda a nuestra Salomé versión postindustrial. Calculé que con tres o cuatro tragos la tendría totalmente desnuda, pero reconozco que cometí un grave error, ya que el proceso incluía pulsera, collar, aretes, sandalias, etc. Pese a todo, en unos veinte o treinta minutos como máximo, logré mi cometido… ¿Mío o el de ellos? En esos momentos la verdad es que mi lucidez y estado físico ya dejaban mucho que desear, contrastando con la euforia de mis anfitriones y la disposición de la supervisora, que asumió con exquisita delicadeza la tarea de volver a vestir a nuestra exótica bailarina, que yacía sudorosa sobre la alfombra.
A estas alturas de la reunión, ya no supe cómo fue que la Brujita, muy comedida, me propuso sutilmente llevarme a mi habitación a descansar, a lo que obviamente me fue imposible oponer resistencia.
El gerente de la planta nos acompañó al elevador y me pareció que intercambiaba con ella miradas que podían interpretarse como muy amenazantes para mí; pero lo que menos tenía en esos momentos y circunstancias era intenciones de razonar. En cuanto llegamos al piso de mi cuarto y traspasamos abrazados el umbral de la puerta, lamentablemente caí desplomado sobre mi cama.
Lo que ocurrió después fue todavía algo más confuso, ya que yo estaba casi inconsciente. Sólo recuerdo que el cuarto completo giraba mientras yo trataba de ver cómo mi, hasta ahora, encantadora brujita embrujadora se desvestía lentamente. Y la verdad es que debo de haberme desmayado, con una horrenda sensación de asco, cuando demasiado tarde me percaté de que lo que tenía enfrente de mi cara era la evidencia de que me encontraba en manos de un bien equipado brujo. ¡Qué infamia! ¡Qué ingenuidad la de un imbécil de cuarenta y cinco años como yo!
Mi despedida de la planta al día siguiente fue más bien una rápida y muy bochornosa huida. Por mucho sentí la peor cruda de mi vida y jamás olvidaré la sonrisa burlona y retadora de esa mulata desgraciada encargada de la recepción.
Pero ahora vuelvo a mi realidad; inexorablemente me sigo aproximando a mi casa. Esta vez no es el final de un viaje de trabajo ordinario. Es el final de una imagen, de un proyecto de vida. Me espera mi querida, dulce e incondicional esposa. Junto a ella mis hijos y todas mis ilusiones. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a decir? Me lo pregunto una vez más. No atino a darme una respuesta. Lo único prudente y decente que se me ocurre es evitar todo tipo de contacto íntimo con mi esposa. Someterme, lo antes posible, a exámenes médicos rigurosos… y, si el diagnóstico resulta positivo, ¡la debacle! Se acabaría trágicamente una magnífica relación y obviamente sería el fin de lo que podría haber sido la imagen de un padre ejemplar.
Me bajo del taxi y siento un gran vacío en la boca del estómago. Me invade una gran debilidad, física y moral. Sé que estoy pálido.
¡Toda una vida tirada a la basura! Y lo peor: muchas vidas muy queridas a mi alrededor afectadas para siempre. Nunca imaginé que esa brujita trajera integrado su palo de escoba, me burlo con odio de mí mismo.
Entro a mi casa titubeante, desorientado. Sigo sin saber qué actitud adoptar. Imposible que mi esposa, que me conoce muy bien, no capte de inmediato que traigo a cuestas un tremendo problema. Ella está en la alcoba; le digo con una voz que apenas sale de mi garganta:
- ¡Hola, Vicky…! Mi amor… ¿Cómo están los niños?
Ella cierra la puerta, se sienta al borde de la cama y se pone a sollozar; no sólo eso: percibo en su frágil cuerpo unas pequeñas convulsiones. Es más que tristeza, más que angustia, es espanto. En la mano tiene un sobre. Me lo entrega temblando y llorando ahora desconsoladamente. Un presentimiento fugaz cruza mi mente.
¿Recibió información de Belice? Imposible. ¿Chantaje? ¿Vudú? ¡Qué estupideces estoy imaginando!
Saco del sobre un papel y leo un escueto diagnóstico clínico: “vih positivo”. No entiendo. ¿Se trata de una premonición demoniaca? Leo más arriba y no lo puedo creer. Inaudito: los exámenes médicos y el aterrador diagnóstico corresponden a mi amorosa esposa.