Si me comprendieras
Al mirar de nuevo tu figura, se me alborotaron los recuerdos y empecé a extrañar. Te extrañé en el ayer, en este mi revoltoso ahora y ya estoy extrañándote mañana. Y es que antes y después me acuerdo de ti. Cuando visto de azul desteñido y traigo las piernas asoleadas, cuando deambulo por Coyoacán chupando una nieve de tuna y cuando observo al viento jugar con las basuritas del callejón de Tetelpan.
Quisiera que estuvieras a mi lado en el instante mismo en que se empañan los cristales del café de don Juan y escucho a Milanés entonar: “Si me comprendieras…”
Te he de confesar que un tiempo, harta ya de las nostalgias, me aparté de los olores comunes que yo hice tuyos, como el de la papelería de enfrente, el pan nuestro de nata y mantequilla, el de las flores del mercado de San Ángel y el de las ediciones húmedas de los puestos de viejo. Pero se me cayó el orgullo a las seis de una tarde cuando aspiré el mojado de las piedras por donde solíamos andar, y entonces volví de nuevo a todos aquellos rincones que han sido de tantos y también nuestros.
Desde que nos dejamos, a partir de esa tarde adversa cuando te encontré en la cama con aquella otra, tengo la costumbre de ir los domingos a la parroquia del barrio, pero no a rezar ni a ver imágenes. Me quedo afuera, con los perros de mirar perdido. Ellos me entienden mejor que cualquier santo y me consuelan mucho más que cualquier oración.
A causa de tu ausencia sufro de insomnios y he tenido que cambiar el café de olla por el té de jazmín, y aun así duermo en sobresalto a falta de tu respiro y de tu oreja que yo caracoleaba si me sorprendían las pesadillas o se me subía el muerto.
No quiero decir con esto que la vida se me acaba ni que no volveré a disfrutar de los algodones rosas, la rueda de la fortuna, la compra de chucherías, el incienso de canela o las canciones a media tarde. Pero es que al volverte a mirar te extraño tanto, que los recuerdos se me alborotan.