Zapatos

Ester Ortega

Aprieto fuerte el sobre con mis sueños. Los escribo y los llevo a la terapia desde hace tiempo. La semana pasada se cayeron y los tuve que recoger, esparcidos y sucios, de la escalera que sube al consultorio. Me dio vergüenza limpiarlos frente al médico; preferí meterlos arrugados en la bolsa y le dije que los había olvidado. Eso varió el tono de la plática: hablamos de mis insomnios, de la inapetencia crónica que padezco y de la infidelidad de mi padre, que me marcó desde niña.

mi padre, que me

Nada especial: ya se está acostumbrando a recibirlos, comentarlos y decirme que no deje de escribir. Si no hay material, la consulta baja en intensidad, como un caldo insípido.

Ahora, con las hojas limpias y en orden, espero que abra la puerta.

A los pocos minutos y sentada en el lugar habitual escucho mi voz:

Estoy a la orilla del Ganges, es el atardecer, un barbero me rapa la cabeza y empieza a desollarme; me trato de retirar, pero estoy paralizada, va a dejarme el cráneo expuesto. Pienso que abusa, no puedo darme a entender. Tengo las manos bajo una especie de túnica.

La gente se aglomera al margen del río y empieza a encender luces.

Voy a llegar tarde.

El cabello que me corta el barbero está sobre unos pies que tienen unos espantosos zapatos dorados y uñas pintadas de un rojo vivo, mi padre llega y se para enfrente de mí con una risa irónica, le suplico que me ayude, se ríe, le doy una patada y confirmo que soy yo la de los zapatos dorados, lo vuelvo a patear y se va, haciendo los mismos gestos que me enfurecían de niña.

Consigo liberarme, soy una calavera. Quedé hecha un montoncito junto al banco del barbero. Camino sin pelo y sin piel hacia el río.

No pude dar ofrenda, ya es de noche.

Llegué tarde.

- Notable: sigue siendo evidente tu preocupación por el tiempo; tenemos que trabajar en esa obsesión por llegar tarde, y claro, en la relación con tu padre. ¿Fue un sueño angustioso? -La pregunta me pareció idiota.

- Sí, muy angustioso.

- Explícame.

- Primero la falta de comunicación, no podía darme a entender, tenía que soportar que me hicieran algo que no quería, mi papá aparece sólo para burlarse, no cuento con él, eso está claro.

Despojada, siempre estoy despojada; en la vida y en el sueño, sólo convertida en esqueleto puedo liberarme. No llego a tiempo ni para dar una ofrenda ni para encender una luz.

- Veo que sigues enojada con tu padre.

- Sí.

Evado el punto; prefiero profundizar en el ritual del Ganges, el simbolismo de la muerte tan similar a las creencias prehispánicas y todo eso. Le platico de mi viaje a Calcuta y él empieza a hablar de hinduismo.

Así es mejor. No quiero revivir los zapatos dorados.

Estoy escondida debajo de la mesa del despacho; tengo ocho años. Afuera, en el jardín, una comida por el cumpleaños de mamá. Las mesas tienen manteles amarillos con blanco; los arreglos del centro, con rositas del mismo color.

Ella está estrenando un vestido que le regalamos; se ve preciosa toda de blanco. Los invitados sentados alrededor de las mesas beben y se ríen, mientras mi hermano y dos amigos corren y empujan a los meseros esperando que derramen alguna charola.

Mi mamá ya los regañó, pero no le hacen caso; entonces me llama y me dice discreta:

- Tú eres más grande, mi hijita, encárgate de que se porten bien.

Odio esas encomiendas; prefiero irme a mi cuarto, ahí me siento segura, protegida; además, puedo oír la música.

Cuando ya todos están bailando, bajo calladita para ver si como algo. No sé ni cómo entro al despacho; al oír unos tacones y una risa de mujer me escondo debajo del escritorio con un pedazo de pastel.

La mujer y mi papá están parados; sólo les veo los pies, después la mano con su anillo de escudo subiéndole el vestido. La mesa donde me refugié parece romperse; mi papá bufa y la mujer mueve las piernas y lanza al aire los zapatos dorados con unos tacones enormes. Ahora se vuelve y le veo las uñas rojas.

Cierro los ojos; tengo pánico de que me descubran. Al fin, ella toma los zapatos y veo cómo se abrocha las tiritas doradas. Sale ella primero y mi papá después, deteniéndose con los libreros.

- Mensa, te perdiste lo mejor de la fiesta -me dice mi hermano cuando vuelvo al jardín.

¿Qué pasa, cariño?

La mano de mamá me toma por la barbilla y me levanta la cara.

¿Qué tienes?

- Nada, sólo te estaba viendo los zapatos. Se te mancharon un poco.

En el blanco impecable hay restos de verde; sus tacones son chicos para no verse más alta que papá. Entonces me dice con su sonrisa cómplice:

- Pues tú también te embarraste de pastel, preciosa.

Y tomando una servilleta me la da. En eso la llaman y no puede ver mis lágrimas; lloro, lloro, lloro quitando el pastel de mis calcetines, de mis zapatos de charol negro, mientras el grupo norteño canta:

Huarachi de llanta

de cuatro correas,

borracho hasta espanta,

mejor ni lo veas…