El caballo de Dace atravesó el puente como un rayo y los hombres bestiales quedaron desperdigados como desechos ante su carga. Balanceó su daiklave Luz del Amanecer mientras trazaba una brillante parábola, que acabó clavada en el pecho de uno de los que no consiguieron huir a tiempo.

La Esencia brotaba del cuerpo de Dace en doradas llamaradas. Guiaba su mano mientras paraba las lanzas de sus enemigos, apartando tres flechas de un golpe y esquivando la punta de otra. Dibujó con su boca un círculo apretado y su cuchilla brilló mientras giraba a su alrededor. El brazo del mercenario se movió a una velocidad sobrenatural, fintando y atacando sin dudas ni pausas. Cuando el caballo acabó su carrera, el patio estaba lleno de cadáveres.

Dace miró a su alrededor y vio cómo el patio estaba construido con las mismas piedras irregulares encajadas con el arte imposible de la Primera Edad. Los grandes escalones se alzaban entre los muros a ambos lados y conducían a una inmensa terraza. En ella había más bestias humanoides. Su brazo alzó la espada y estiró la hoja de su arma apartando una flecha que iba dirigida directamente a sus ojos. Luego notó que algunos ya habían cargado sus arcos.

Azuzó a su caballo, que comenzó a trotar escaleras arriba. La bestia fue cogiendo cada vez más velocidad. Cuando la montura llegó a lo alto, el mercenario volvió a clavarle las espuelas y el caballo saltó sobre las cabezas de los humanoides que se dirigían hacia él, mientras dejaba atrás una gran estela de Esencia. El caballo aterrizó y sus cascos resonaron y, antes de que los guerreros pudiesen girarse, Dace estaba sobre ellos.

De nuevo su daiklave comenzó a funcionar y una vez más sus enemigos dejaron la vida sobre aquellos escalones. El guerrero, su caballo, su espada, todo está cubierto por la sangre. El olor a muerte lo invadía todo.

El eco de la voz que procedía de las sombras era miedoso, casi atractivo. “Tu espada está afilada, Solar. Estás rajando a mis niños con poco esfuerzo, como quien siega trigo con una guadaña. Extraña forma de penetrar en la Morada de un camarada. ¿Qué te trae a mi reino?”.

Dace volvió su montura para enfrentarse al rincón último de la plaza donde había una entrada de piedra muy sombría. En ella dominaba la oscuridad y algo más negro que la sombra. Salió de la oscuridad, hacia la luz. Su forma era la de un terrible engendro, parte lobo, parte cabra y para nada se correspondía con la voz plateada que salía de su boca. La negrura de sus garras brillaba en la luz de la noche. Llevaba una lanza, blandida de forma despreocupada. Su boca se abrió para emitir una risa no articulada, pero sus ojos brillaban con algo más que inteligencia animal.

“Elegido de la Luna, tu gente marcha contra las tierras del noroeste, que están bajo la protección de mi Círculo. Dos veces hemos derrotado a sus tropas, y dos veces os hemos mandado supervivientes con mensajes para que ceséis vuestros ataques. Mas con todo seguís atacando. No hemos dejado a nadie vivo durante el tercer ataque; en su lugar vengo yo”.

“Eres un insensato”.

“Soy tu defensor. He venido aquí a pesar de las protestas de mi gente. Si se hubiesen salido con la suya, mi hermana Jade Armonioso te habría proporcionado una muerte silenciosa durante la noche”.

El Exaltado Lunar dio un salto hacia atrás, atónita su mirada. Ejecutó el salto con un solo movimiento, que le llevó directamente al arco. “No tengo ni idea de las políticas de los Exaltados. Mis hermanos y hermanas pasaron siglos en el exilio por su culpa. Deberías haber hecho caso a tu Círculo y enviado a tu hermana. Si quieres que cesen los ataques, entonces demuéstrame que debo temerte”.

“Van a hacer falta algo más que acrobacias para impresionarme, Ma-Ha-Suchi”.

“Si sabes mi nombre, Solar, entonces seguro que sabes también que soy algo más que un acróbata. Ven aquí, si tantas ganas tienes de conocerme”.

Y así lo hizo.