V
Así transcurrieron dos meses. Antes de Año Nuevo, llegó el cuñado de Iván Ilich y se detuvo en su casa. Iván Ilich estaba en el Tribunal. Praskovia Fiodorovna había salido de compras. Al entrar en su despacho, Iván Ilich encontró allí a su cuñado, que, con sus propias manos, sacaba las cosas de las maletas. Era un hombre sanguíneo y de complexión robusta. Levantó la cabeza al oír pasos; y, por espacio de un momento, miró en silencio a su pariente. Esa mirada le reveló todo. Su cuñado abrió la boca para proferir una exclamación; pero se contuvo. Eso confirmó las dudas de Iván Ilich.
—¿Qué? ¿He cambiado?
—Sí…, has cambiado.
Después, cuando Iván Ilich intentó varias veces reanudar la conversación acerca de su aspecto, su cuñado guardó silencio. Al llegar Praskovia Fiodorovna, su hermano entró en sus habitaciones. Iván Ilich cerró la puerta con llave y fue a mirarse al espejo, primero de frente y luego de perfil. Tomó una fotografía, en que estaba retratado con su mujer, y la comparó con la imagen que reflejaba el espejo. Se observaba un cambio enorme. Entonces, se remangó hasta los codos, se miró los brazos, volvió a bajar las mangas y se sentó en un sofá, presa de un desánimo más negro que la noche.
«No debo pensar… No debo pensar», se dijo; y, levantándose de un salto, se acercó a la mesa y empezó a leer un asunto judicial. Pero no le fue posible concentrarse. Abrió la puerta y fue a la sala. La puerta del salón estaba cerrada. Se acercó a ella, de puntillas, y escuchó.
—Exageras —decía Praskovia Fiodorovna.
—¡Qué voy a exagerar! ¿No te das cuenta de que es un hombre muerto? Fíjate en sus ojos. No tienen luz. ¿Y qué es lo que tiene?
—Nadie lo sabe. Nikolaiev (era uno de los médicos), ha diagnosticado algo; pero no sé exactamente qué. Leschetitsky (era un doctor eminente) opina lo contrario.
Iván Ilich se retiró de la puerta y entró en su habitación. Después, se tendió y empezó a pensar: «El riñón, el riñón flotante». Recordó lo que le habían dicho los médicos acerca de cómo se le había desprendido y cómo flotaba. Haciendo un esfuerzo de imaginación, procuraba asir ese riñón para detenerlo y afianzarlo. ¡Le parecía que se necesitaba tan poca cosa para eso…! «Iré otra vez a ver a Piotr Ivanovich». (Era aquel compañero suyo que tenía un amigo médico). Llamó al criado, le ordenó que preparara el coche; y se dispuso a partir.
—¿Adónde vas, Jean? —le preguntó su mujer, con una expresión particularmente triste y bondadosa, desacostumbrada en ella.
Esto último irritó a Iván Ilich. Miró a su mujer, con aire sombrío.
—Necesito ir a ver a Piotr Ivanovich.
Al llegar a casa de su amigo, ambos fueron a ver al doctor. Éste recibió a Iván Ilich y conversó largo rato con él. Analizando anatómica y fisiológicamente los detalles de lo que, según opinaba el doctor, le ocurría, Iván Ilich comprendió todo.
Había una cosa muy pequeña en el intestino ciego. Aquello podía arreglarse. Era preciso aumentar la energía de un órgano, debilitar la actividad de otro; y se produciría una absorción, con lo que todo se normalizaría. Iván Ilich se retrasó un poco para la cena. Después de cenar, charló un rato alegremente; pero tardó mucho en decidirse a volver a su despacho para trabajar. Finalmente lo hizo, y puso enseguida manos a la obra. Examinó algunos documentos sin que lo abandonara la conciencia de que tenía un asunto importante, íntimo, del que tendría que ocuparse al acabar con el trabajo. Cuando terminó su trabajo, recordó que aquel asunto íntimo era pensar en el intestino ciego. Pero no se dejó llevar por ese pensamiento; y fue a tomar el té al salón. Había invitados que charlaban, cantaban y tocaban el piano. Entre ellos se encontraba el juez de Instrucción, futuro prometido de Liza. Iván Ilich pasó aquella velada más alegremente que otras, según observó Praskovia Fiodorovna. Sin embargo, no olvidaba ni un momento que había aplazado para después la importante meditación acerca del intestino ciego. A las once, se despidió y se retiró a su habitación. Desde que había caído enfermo dormía solo, en un pequeño cuarto contiguo al despacho. Al llegar allí, se desnudó y tomó una novela de Zola; pero no pudo leer y empezó a pensar. En su imaginación se realizaba el deseado arreglo del intestino ciego. Se representaba la absorción, la eliminación y el restablecimiento. «Todo esto es así; pero es necesario ayudar a la naturaleza», se dijo. Al acordarse de la medicina, se incorporó; y, después de tomarla, se tendió de espaldas, para prestar atención a su acción favorable y fijarse en cómo le hacía desaparecer el dolor. «Lo que hace falta es tomarla con regularidad y evitar las influencias perniciosas; ya me siento algo mejor, mucho mejor». Se palpó el costado y notó que no le dolía al tocarlo. «No lo siento, verdaderamente estoy mucho mejor». Apagó la vela y se echó de lado. «El intestino ciego realiza la absorción y se está curando». De pronto, sintió el antiguo dolor, que le era tan familiar, aquel dolor sordo, lento, tenaz y serio, y el mismo mal sabor de boca. Se le oprimió el corazón y se confundieron sus ideas. «¡Dios mío! ¡Dios mío! Otra vez, otra vez lo mismo. Esto no cesará nunca». Súbitamente, aquella cuestión se le representó bajo un aspecto distinto. «¡El intestino ciego! ¡El riñón!… No se trata del intestino ciego ni del riñón, sino de la vida y… de la muerte. La vida existe; pero he aquí que se va y que no soy capaz de retenerla. ¿Para qué engañarse a sí mismo? ¿Acaso no están convencidos todos, excepto yo, de que me voy a morir y de que la cuestión estriba tan sólo en la cantidad de semanas o días que me quedan de vida? Tal vez, ahora mismo… Aquello era la luz y esto son las tinieblas. Entonces estaba aquí y ahora me voy a allí. Pero… ¿adónde?». Sintió frío y se le cortó la respiración. Ya no oía más que los latidos de su corazón.
«Cuando yo no exista, ¿qué habrá? Nada. ¿Dónde estaré, pues, cuando no exista? ¿Es posible que sea la muerte? No, no quiero». Iván Ilich se levantó, de un salto; y, al buscar a tientas la vela con sus manos temblorosas, la dejó caer al suelo, con la palmatoria; y volvió a echarse, reclinando la cabeza sobre la almohada «¿Para qué? Es igual», se dijo, fijando los ojos en la oscuridad. «La muerte. Sí, la muerte y ninguno de ellos lo sabe, no quiere saberlo ni lo siente. Están tocando (se oía desde lejos una voz que cantaba y repetía un ritornello). A ellos les tiene sin cuidado; y, sin embargo, han de morir también. ¡Qué tontos! A mí me ha llegado antes, a ellos les llegará después; pero tendrán lo mismo. A pesar de eso, se divierten. ¡Qué animales!». La ira lo ahogaba. Experimentó una angustia insoportable. «No es posible que todos estén eternamente condenados a este horrible terror». Iván Ilich se levantó.
«Algo no marcha. Es preciso calmarse y reflexionar». E Iván Ilich empezó a pensar. «La enfermedad empezó… Me di un golpe en un costado. Pero seguí bien, tanto aquel día como el siguiente, exceptuando un pequeño dolor que fue en aumento. Después, visité al médico. Me sentía triste y abatido; y volví a consultar a otros. Y cada vez me acercaba más al precipicio. Me iba debilitando. Y ahora me encuentro agotado y sin luz en los ojos. La muerte está aquí y yo pienso en el intestino ciego. Pienso en la manera de curar el intestino, cuando se trata de la muerte. Pero ¿es posible que sea la muerte?». De nuevo lo invadió el terror y sintió ahogo. Al agacharse para buscar las cerillas, apoyó el codo en una silla y se hizo daño. Irritado, se apoyó con más fuerza; y volcó la silla. Desesperado y sofocándose, se echó de espaldas y esperó que la muerte viniera de un momento a otro.
Entre tanto, empezaron a despedirse los invitados. Praskovia Fiodorovna los acompañaba a la puerta. Al oír que se había caído algo, entró en la habitación de Iván Ilich.
—¿Qué te pasa?
—Nada. La he tirado sin querer.
Praskovia Fiodorovna salió y volvió con una vela. Iván Ilich estaba tendido sobre la cama, respirando rápida y fatigosamente, como un hombre que acaba de recorrer una versta a toda velocidad. Fijó la mirada en su esposa.
—¿Qué te pasa, Jean?
—Na… da. He de… ja… do caer…
«¿Para qué hablar? No me comprendería», pensó. En efecto, Praskovia Fiodorovna no comprendió nada. Recogió la palmatoria, encendió la vela y salió presurosamente: tenía que acompañar a un invitado a la puerta.
Cuando volvió a la habitación, Iván Ilich seguía echado de espaldas mirando hacia arriba.
—¿Qué te pasa? ¿Estás peor?
—Sí.
Praskovia Fiodorovna movió la cabeza.
—Oye, Jean; tal vez sea conveniente que llamemos a Leschetitsky —dijo, después de permanecer sentada un rato a su lado.
Llamar a aquel célebre médico significaba que Praskovia Fiodorovna no reparaba en gastos. Iván Ilich la miró con expresión malévola y dijo:
—No.
Praskovia Fiodorovna permaneció sentada otro ratito; después se acercó a su marido y lo besó en la frente.
Iván Ilich sintió un odio profundo hacia su mujer en el momento en que ésta lo besaba; e hizo un esfuerzo para no rechazarla.
—Buenas noches. Dios quiera que duermas.
—Sí…