III
De este modo transcurrieron diecisiete años desde la boda de Iván Ilich. Era ya un antiguo fiscal; había rehusado algunos cargos, esperando uno mejor, cuando, inesperadamente, surgió un acontecimiento desagradable, que turbó su existencia tranquila. Iván Ilich esperaba la plaza de presidente de Tribunal en una ciudad universitaria; pero Goppe le había tomado la delantera, se la arrebató. Iván Ilich se irritó, le hizo recriminaciones y se enfadó con los jefes. Todos se volvieron fríos hacia él y se lo omitió de nuevo en los siguientes nombramientos.
Esto ocurrió en 1880. Fue el año más penoso de toda la vida de Iván Ilich. Por una parte, el sueldo no le alcanzaba para subsistir; y, por otra, notó que todos lo habían olvidado. Consideró esto como la mayor injusticia del mundo. En cambio, a los demás les parecía naturalísimo. Ni siquiera su propio padre se creía en el deber de ayudarlo. Notó que todos lo habían abandonado, considerando que su situación, con tres mil quinientos rublos, era normal y hasta ventajosa. Sólo él sabía que, con la conciencia de las injusticias que habían cometido con él, las continuas recriminaciones de su mujer y las deudas que había contraído (al gastar más de lo que le permitían sus medios), su situación estaba lejos de ser normal.
En el verano de 1880 tomó un permiso; y, con objeto de disminuir los gastos, partió con su mujer a la aldea del hermano de ésta.
En el campo, sin ocupación, sintió por primera vez, no sólo un gran aburrimiento, sino una tristeza insoportable; y resolvió que no podía vivir de este modo y que era imprescindible tomar medidas decisivas.
Después de una noche de insomnio, durante la cual se paseó por la terraza, decidió que iría a San Petersburgo para arreglar sus asuntos, castigar «a los que no sabían apreciarlo», y pedir el traslado a otro ministerio.
Al día siguiente, a pesar de que su mujer y su cuñado trataron de disuadirlo por todos los medios, se marchó a San Petersburgo.
Partió con un objetivo: conseguir un puesto con cinco mil rublos de sueldo. Ya no tenía preferencias por un ministerio determinado, por ninguna tendencia ni por ningún género de actividad. Tan sólo necesitaba una plaza de cinco mil rublos de sueldo, ya fuera en la administración, en algún banco, en los ferrocarriles, en una institución de la emperatriz María o incluso en la aduana. Lo cierto era que necesitaba, de toda precisión, un sueldo de cinco mil rublos y salir de un ministerio en el que no lo sabían apreciar.
El viaje de Iván Ilich fue coronado por un éxito extraordinario e inesperado. En Kursk entró en el vagón de primera clase F. S. Ilin, un conocido suyo; y le contó que, recientemente, el gobernador de aquella ciudad había recibido un telegrama en el que anunciaban que uno de aquellos días tendría lugar su cambio en el ministerio; Iván Semionovich ocuparía la plaza de Piotr Ivanovich.
Aparte de la importancia que tenía para Rusia aquel presunto cambio, era particularmente significativo para Iván Ilich el hecho de que hicieran resaltar la personalidad de Piotr Petrovich, y, probablemente, la de su amigo Zajar Ivanovich, lo que presentaba grandes ventajas para él.
La noticia se confirmó en Moscú. Y al llegar a San Petersburgo, Iván Ilich se encontró con Zajar Ivanovich y obtuvo de él la promesa de una plaza segura en el mismo ministerio en que estaba.
Una semana después, telegrafiaba a su mujer:
«Zajar, plaza Miller. Recibiré nombramiento en el primer informe».
Gracias a aquel cambio de personajes, Iván Ilich ocupó una plaza tal, en su antiguo ministerio, que subió dos puestos en el escalafón y tuvo cinco mil rublos de sueldo y tres mil quinientos de dietas: Iván Ilich olvidó la indignación que había sentido contra sus enemigos y contra todo el ministerio; y se sintió feliz.
Volvió a la aldea, tan alegre y contento como no lo había estado desde hacía mucho tiempo. Praskovia Fiodorovna se alegró también; y hubo entre ellos una reconciliación. Iván Ilich le contó cómo se le había honrado en San Petersburgo, lo avergonzados que se habían sentido sus enemigos, cómo lo habían adulado, lo que le envidiaban su posición y, sobre todo, lo que lo apreciaban todos en San Petersburgo.
Praskovia Fiodorovna escuchó a su marido aparentando creerle, y no lo contradijo en nada; se limitó a hacer proyectos para su nueva vida en la ciudad a la que se iban a trasladar. Iván Ilich vio con alegría que sus planes eran idénticos a los suyos, que estaba de acuerdo con su mujer y que su vida interrumpida volvía a adquirir el carácter alegre y correcto que le era propio.
Estuvo poco tiempo en la aldea. Tenía que tomar posesión de su nuevo cargo el 10 de septiembre; y, aparte de esto, necesitaba tiempo para instalarse en su nuevo domicilio, trasladar las cosas que tenía en la provincia, hacer algunas compras y dar muchas órdenes. En una palabra, tenía que instalarse tal y como lo había dispuesto su mente y casi igual que lo había planeado Praskovia Fiodorovna en su fuero interno.
En aquella época en que todo se iba arreglando con buen éxito, en que Iván Ilich estaba de acuerdo con su mujer en todos los planes y en que casi siempre vivían separados, intimaron más que en los primeros años de su vida conyugal. Iván Ilich tuvo la intención de llevarse a su familia inmediatamente; pero su cuñado y la mujer de éste, que repentinamente se habían vuelto amables y afectuosos con los Golovin, insistieron en que la dejara allí, de manera que partió solo.
Se puso en camino. La buena disposición de ánimo, provocada por el éxito obtenido y por estar de acuerdo con su mujer, no lo abandonaba. Encontró un piso encantador, precisamente tal y como lo habían soñado marido y mujer. Tenía espaciosos salones de estilo antiguo, de altos techos; un despacho amplio y cómodo; habitaciones para su mujer y para su hija; un cuarto de estudio para el muchacho… En una palabra, todo parecía hecho expresamente para ellos. Iván Ilich en persona se ocupó del arreglo de la casa; elegía los papeles para empapelar las habitaciones y las tapicerías; compraba muebles, que buscaba particularmente entre los antiguos, porque creía que tenían un estilo comme il faut; y todo se llevaba a cabo, paulatinamente, y se acercaba al ideal que se había formado. Cuando la mitad de las cosas estuvieron dispuestas, la instalación excedió sus esperanzas. Comprendió el carácter comme il faut, elegante, nada trivial, que adquiriría el piso cuando estuviera terminado. Al dormirse, se representaba la sala, tal y como iba a quedar. Y contemplando el salón, no concluido aún, veía ya la chimenea, el biombo, la vitrina, las sillas dispuestas en su sitio, los platos en las paredes y los bronces. Le alegraba la idea de la sorpresa que se llevaría Pasha[2] y Lisanka, que también eran aficionadas a estas cosas. No era posible que esperasen ver aquello. Había tenido la gran suerte de encontrar y comprar, bastante barato, objetos antiguos que imprimían a la casa un carácter particularmente distinguido. En sus cartas presentaba adrede las cosas mucho peor de lo que eran en realidad, para sorprender a su familia cuando llegara. Todo esto lo entretenía tanto que, a veces, cambiaba los muebles de lugar y colgaba las cortinas con sus propias manos. Una vez, al subir a una escalera para indicar al tapicero cómo quería que colgara una cortina, perdió pie; pero como era un hombre ágil y fuerte, no llegó a caerse; tan sólo se dio un golpe en un costado contra el pomo de la ventana. La contusión le dolió cierto tiempo; pero los dolores cesaron, al fin. Por aquella época, Iván Ilich se sentía particularmente alegre y en perfecto estado de salud. Escribía a su casa: «Noto que me he rejuvenecido en quince años». Pensaba terminar la instalación en el mes de septiembre; pero ésta se prolongó hasta mediados de octubre. En cambio, todo resultaba encantador y no era sólo él quien opinaba así. Todo el mundo le decía lo mismo.
En realidad, allí había lo que suele haber en las casas de las personas no demasiado acomodadas, pero que quieren parecerlo y que, por ese motivo, se asemejan unos a otros; tapicerías, muebles de ébano, flores, tapices y bronces oscuros y brillantes, todo cuanto cierta clase de personas acumulan y con lo cual se parecen unas a otras. La casa de Iván Ilich era tan parecida a otras, que nada llamaba la atención; sin embargo, veía en ella un encanto especial. Cuando recogió a su familia en la estación y la llevó al piso bien alumbrado, donde un lacayo con corbata blanca abrió la puerta que conducía a la antesala, adornada de flores, y entraron después en la habitación y en el despacho, lanzando gritos de entusiasmo, Iván Ilich se sintió muy feliz; y, mientras les mostraba todas las cosas, disfrutaba de los elogios que hacían, experimentando una alegría inmensa. Aquella misma noche Praskovia Fiodorovna le preguntó, entre otras cosas, cómo se había caído; e Iván Ilich se echó a reír y representó la escena de su caída y el susto del tapicero.
—No en balde hago gimnasia. Otro se habría matado; en cambio, yo apenas si me he dado un golpe. Cuando me toco aquí me duele; pero ya se está pasando, y sólo queda un cardenal.
Empezaron su nueva vida; pero como ocurre siempre, cuando se acostumbraron al nuevo domicilio, notaron que les faltaba una habitación; y aunque vivían bien con el nuevo sueldo les faltaba un poquito, es decir, unos quinientos rublos. Vivieron a gusto, sobre todo durante la primera temporada, cuando aún no habían terminado la instalación y ora tenían que comprar o encargar algo, ora cambiar de sitio un mueble o arreglar alguna cosa. Aunque había algunos desacuerdos entre los esposos, los dos estaban contentos y, por otra parte, tenían tantas cosas que hacer, que no podían surgir grandes disputas. Cuando terminaron por completo el arreglo del piso, se sintieron ligeramente aburridos, como si les faltase algo; mas, como ya habían trabado nuevos conocimientos y adquirido nuevas costumbres, éstos llenaron su vida.
Iván Ilich pasaba las mañanas en el Palacio de Justicia y volvía a casa para comer. Durante la primera época, solía estar de buen humor, aunque su nueva instalación le hacía sufrir un poco. Cualquier manchita en un mantel o en una tapicería, o algún fleco roto, lo irritaban. Había puesto tanto trabajo en el arreglo de la casa que le dolía el más pequeño desperfecto. Pero, por lo general, su existencia discurría con arreglo a sus creencias: era fácil, agradable y correcta. Se levantaba a las nueve, tomaba café, leía la prensa, se ponía el uniforme y se iba al Palacio de Justicia. Allí le esperaba la noria en torno a la cual daba vueltas; e inmediatamente ponía manos a la obra. Solicitantes, informes de cancillería, audiencias y reuniones públicas y privadas. De esto era preciso saber excluir todo lo que turba la regularidad de los asuntos del servicio: no se debían admitir ningunas relaciones, excepto las oficiales; y el motivo de estas relaciones también debía ser oficial. Si llegaba un hombre cualquiera para enterarse de alguna cosa, Iván Ilich no podía tener ninguna relación con él; pero si veía en su solicitud algo oficial, algo que puede escribirse en un papel sellado, hacía en los límites debidos cuanto le era posible y le dispensaba, además, un trato amistoso y lleno de cortesía. Y en cuanto terminaba la relación oficial, también ponía fin a toda otra. Iván poseía en el más alto grado el don de separar lo oficial de la vida real, sin confundir nunca ambas cosas. Con la práctica y el talento, lo había perfeccionado hasta el punto de que, a veces, se permitía, como un virtuoso, mezclar en broma lo oficial con lo humano. Hacía esto porque tenía la conciencia de una fuerza interior que, en un momento dado, separaría lo oficial y rechazaría lo humano. Los asuntos de Iván Ilich marchaban, pues, de un modo fácil, agradable, correcto e incluso virtuoso. En los intervalos, fumaba, tomaba té, charlaba un poco de política, un poco de asuntos generales, un poco de los naipes y, más que nada, de nombramientos. Regresaba a su casa cansado; pero con la sensación del virtuoso que ha ejercido perfectamente su parte como primer violín en una orquesta. Mientras tanto, su mujer y su hija salían o recibían alguna visita; su hijo estaba en el gimnasio, preparaba sus deberes con un profesor y estudiaba bien lo que le enseñaban. Todo iba perfectamente. Después de comer, si no había visitas, Iván Ilich leía a veces algún libro del que se hablaba mucho, y por las noches se ocupaba de sus asuntos, es decir, repasaba documentos, estudiaba las leyes y confrontaba las declaraciones con los artículos de la ley. Este trabajo no le resultaba alegre ni aburrido. Sólo le aburría cuando se podía jugar al whist; pero si no tenía ocasión de hacerlo, prefería trabajar así a estar en casa solo o acompañado de su mujer. Los placeres de Iván Ilich se cifraban en las comidas que ofrecía a personas importantes, señoras y caballeros; y esa manera de pasar el tiempo en compañía de ellos se asemejaba al pasatiempo de hombres como él, lo mismo que su salón se parecía a todos los salones.
Una vez, hasta organizaron un baile. Iván Ilich se sentía contento y todo iba perfectamente, cuando, de repente, surgió una terrible discusión a causa de las tartas y los bombones. Praskovia Fiodorovna tenía su proyecto respecto de estas cosas, pero Iván Ilich insistió en que se encargaran en una de las mejores pastelerías. Había pedido tal cantidad de tartas que sobraron y la cuenta ascendió a cuarenta y cinco rublos. La discusión había sido muy desagradable. Praskovia Fiodorovna lo había tachado de necio y de amargado. Iván Ilich se había llevado las manos a la cabeza; y, en su acaloramiento, habló del divorcio. Sin embargo, la velada resultó muy alegre. Asistió la mejor sociedad; e Iván Ilich bailó con la princesa Trufonovs, hermana de la célebre princesa que había creado la sociedad llamada: «Llévate mis penas». Las alegrías oficiales eran las del amor propio; las sociales eran las de la vanidad; pero las verdaderas alegrías de Iván Ilich eran las que le proporcionaban el juego de whist. Confesaba que, después de cualquier contrariedad en su vida, su mayor alegría, que era como una vela encendida ante todas las demás alegrías, era sentarse a la mesa con buenos jugadores tranquilos, y organizar una partida entre cuatro (entre cinco le resultaba penoso, aunque fingiera que le agradaba mucho), jugar de una manera inteligente y beber un vaso de vino. Iván Ilich se acostaba en una disposición de ánimo particularmente buena después de haber obtenido una pequeña ganancia al whist (las grandes le resultaban desagradables).
Así vivían los Golovin. Recibían en su casa a la mejor sociedad, tanto personas importantes como hombres jóvenes.
El punto de vista respecto de las amistades del matrimonio, así como el de la hija, eran exactamente iguales. Sin ponerse de acuerdo, sabían rechazar a los parientes y amigos inoportunos que llegaban a su salón, de paredes adornadas con platos japoneses, deshaciéndose en amabilidades y caricias. En breve, esas personas suspendieron sus visitas; y en casa de los Golovin quedó la mejor sociedad. Los jóvenes hacían la corte a Lisanka; y Petrischev, único heredero de su fortuna y juez de Instrucción, galanteaba a la muchacha de tal modo que Iván Ilich discutió con Praskovia Fiodorovna la conveniencia de organizar algún paseo en troika o algún espectáculo para los dos jóvenes. Así transcurría la vida, siempre inmutable; y todo marchaba bien.