II

La historia de Iván Ilich era de las más sencillas y corrientes, y de las más terribles.

Murió a los cuarenta y cinco años, siendo miembro del Palacio de Justicia. Era hijo de un funcionario que había hecho, en diferentes departamentos ministeriales de San Petersburgo, una de aquellas carreras que demuestran claramente que el individuo es incapaz de desempeñar cualquier función importante, pero que, gracias a la larga duración de sus servicios y a su escalafón, no puede ser despedido. Por ese motivo, recibe un puesto ficticio, expresamente inventado, con un sueldo de seis a diez mil rublos, nada ficticios, con el que vive hasta la más avanzada vejez.

Tal había sido el consejero secreto Ilia Efimovich Golovin, miembro inútil de varias inútiles instituciones.

Había tenido tres hijos y una hija. Iván Ilich era el segundo. El mayor seguía la misma carrera que el padre, aunque en un Ministerio distinto; y se acercaba ya a la época de servicio en que se percibe un sueldo por la fuerza de la inercia. El tercer hijo era un fracasado. Había quedado mal en cuantos puestos había ocupado; y en aquella época estaba empleado en la administración de ferrocarriles. Tanto su padre como sus hermanos y, sobre todo, las mujeres de éstos, no sólo evitaban encontrárselo, sino que sólo se acordaban de su existencia en casos de necesidad. La hermana estaba casada con el barón Gref, un funcionario de San Petersburgo, igual que su padre político. Iván Ilich era le phénix de la famille, según se decía. No era tan frío ni tan ordenado como su hermano mayor, ni tan alocado como el pequeño. Ocupaba el justo medio entre los dos: era inteligente, vivo, simpático y formal. Había estudiado, junto con su hermano menor, en la Escuela de Jurisprudencia. Su hermano no acabó la carrera; lo echaron antes de llegar al quinto curso. En cambio, Iván Ilich terminó bien sus estudios. En la Escuela fue lo que iba a ser durante toda su vida; un hombre dotado de capacidades, alegre, bondadoso y sociable, aunque, al mismo tiempo, fiel cumplidor de lo que consideraba su deber; y por deber admitía cuanto era considerado como tal por los que ocupaban puestos superiores al suyo. Nunca había sido adulador, ni de muchacho ni de adulto; pero, desde sus años juveniles, se sintió atraído, como las moscas por la luz, hacia las personas que ocupaban puestos superiores en la sociedad. Los imitaba en sus maneras y en sus puntos de vista; y sostenía con ellos relaciones cordiales. Las pasiones de la infancia y de la juventud habían pasado sin dejar huellas en él. Se había entregado a la sensibilidad y a la vanidad y, en los rasgos más elevados, a la liberalidad; pero siempre dentro de ciertos limites, que sin duda le indicaba su buen sentido.

En la Escuela de Jurisprudencia había realizado actos que antes le parecieran villanías y le inspiraban repulsión hacia sí mismo; pero, posteriormente, al ver que hombres de elevada posición cometían actos por el estilo y no se consideraban malos, no los juzgó precisamente buenos, pero los echó en olvido, sin amargarse con tales recuerdos.

Al acabar la carrera recibió de su padre una cantidad de dinero para equiparse. Encargó sus trajes en la casa Sharmer y, entre los dijes de la cadena del reloj, colgó un medallón con la inscripción siguiente: Respice finem; se despidió de sus profesores, dio una comida a sus compañeros, en Donon; y, provisto de una maleta nueva con ropa interior, trajes y objetos de tocador, que había adquirido en las mejores tiendas, partió a una provincia, a ocupar el puesto (que le había proporcionado su padre) de encargado de los asuntos particulares del Gobernador.

En cuanto llegó a aquella provincia, supo crearse una situación fácil y agradable, como la que había tenido en la Escuela de Jurisprudencia. Servía, hacía su carrera y, al mismo tiempo, se divertía de un modo agradable y conveniente.

De cuando en cuando, efectuaba viajes por los distritos, por orden de la superioridad. Se mantenía dignamente, lo mismo ante sus superiores que ante sus subordinados; y cumplía con exactitud y honradez incorruptibles, de las que no podía por menos de sentirse orgulloso, las misiones que se le encomendaban, sobre todo si estaban relacionadas con los sectarios.

A pesar de su juventud y de su tendencia a distracciones ligeras, se mostraba reservado, oficial y hasta severo en lo que se refería a los asuntos privados del servicio. En sociedad, era siempre jovial, ingenioso, lleno de bondad, correcto y bon enfant, como solía decir de él su jefe y la mujer de éste, que lo recibían como a un miembro de la familia.

Sostenía íntimas relaciones con una dama de la provincia, que se había impuesto a aquel leguleyo; tenía una amiga modista; se emborrachaba en compañía de los ayudantes militares de paso en la provincia; daba paseos por las calles solitarias de la ciudad; adulaba a su jefe e incluso a la mujer de éste; pero había en todo esto un tal aire de corrección, que hubiera sido imposible calificarlo con malas palabras. Todo estaba de acuerdo con el aforismo francés: Il faut que jeunesse se passe[1]. Llevaba a cabo estas cosas con las manos limpias, con camisas impecables y empleando palabras francesas; y lo principal era que tenían lugar en la alta sociedad y, por consiguiente, con la aprobación de personajes elevados.

Así fue como pasaron los cinco primeros años de servicio de Iván Ilich. Entonces, hubo un cambio. Aparecieron unas instituciones judiciales; y hubo necesidad de buscar hombres nuevos.

Iván Ilich fue uno de ellos.

Se le ofreció una plaza de juez de Instrucción, que aceptó, a pesar de que tenía que ir a otra provincia, abandonar las relaciones ya establecidas y crearse otras nuevas. Sus amigos lo acompañaron a la estación, se retrataron en grupo; y, entre todos, le regalaron una petaca de plata. Iván Ilich partió para hacerse cargo de su nuevo empleo.

En su calidad de juez de Instrucción, Iván Ilich fue igualmente comme il faut, correcto; supo distinguir, lo mismo que antes, los deberes del servicio de los de su vida privada; e infundía el mismo respeto a cuantos lo rodeaban. El nuevo puesto le ofrecía más interés y atractivos que el anterior. Le era agradable pasar vestido con su uniforme, confeccionado en la casa Shamer, ante los temblorosos solicitantes que esperaban audiencia y los funcionarios que lo envidiaban, para entrar directamente en el despacho del jefe, y sentarse allí a tomar una taza de té y fumar un cigarrillo; pero había pocas personas que dependieran directamente de su voluntad. Tales eran solamente los comisarios de Policía y los agentes, cuando se los mandaba con alguna misión especial. Le gustaba tratar con cortesía, casi con camaradería, a las personas que dependían de él; le agradaba dar a entender que, aunque podía aplastarlos, les dispensaba un trato amistoso y sencillo. Pero estos casos eran pocos. Ahora, en cambio, siendo juez de Instrucción, Iván Ilich sentía que todos, absolutamente todos —incluso los hombres más importantes y satisfechos de sí mismos— estaban en sus manos; y que le bastaba escribir ciertas palabras en un papel sellado, para que cualquier personaje importante se presentara ante él, en calidad de acusado o de testigo; y, si no le ofrecía un asiento, permaneciera en pie, contestando a sus preguntas. Iván Ilich no abusaba nunca de su poder; al contrario, trataba de dulcificarlo. La conciencia de ese poder y la posibilidad de dulcificarlo constituían, realmente, el principal interés y el atractivo de su nuevo cargo. En sus funciones mismas, precisamente en la instrucción de causas, no tardó en adoptar un sistema de apartar las circunstancias que no tuviesen que ver con su servicio. Incoaba la causa más complicada de tal forma, que sólo se reflejaba en el papel de un modo externo, quedando exenta de sus opiniones personales; y observaba las formalidades exigidas. Iván Ilich fue uno de los primeros que aplicó de manera práctica los estatutos del año 1864.

Al llegar a la nueva ciudad para ocupar el puesto de juez de Instrucción, Iván Ilich se creó nuevas amistades y nuevas relaciones; y su actitud fue distinta de la de antes. Se mantenía a una respetuosa distancia de las autoridades provinciales, escogiendo sus relaciones entre la mejor sociedad de los magistrados y de los nobles ricos de la población. Adoptó un tono de ligero descontento respecto del Gobierno, de liberalismo moderado y de civismo burgués. Además de todo esto, sin cambiar nada de su elegante indumento, dejó de afeitarse, permitiendo que la barba creciera a su antojo.

Su nueva vida se organizó de un modo muy grato, la sociedad, que murmuraba contra el gobernador, era agradable y amistosa; el sueldo era más elevado que antes y el whist añadió un nuevo atractivo a su existencia. Iván Ilich tenía el don de jugar alegremente y de reflexionar con rapidez y habilidad, motivo por el cual casi siempre ganaba.

Después de dos años de servicio en aquella nueva ciudad, se encontró con su futura mujer. Praskovia Fiodorovna Mijel era la muchacha más atractiva, más inteligente y brillante de la sociedad frecuentada por Iván Ilich. Entre otras distracciones y diversiones, se había creado unas relaciones joviales y ligeras con Praskovia Fiodorovna.

Iván Ilich solía bailar durante la época en que había desempeñado su cargo anterior; pero siendo juez de Instrucción lo hacía sólo en casos excepcionales. Sin embargo, si se presentaba la ocasión, podía demostrar que también en ese aspecto se destacaba. De tarde en tarde, al final de las veladas, bailaba con Praskovia Fiodorovna; y fue precisamente entonces cuando la conquistó. La muchacha se enamoró de él. Iván Ilich no tenía la intención determinada de casarse; pero, cuando Praskovia Fiodorovna se enamoró de él, se hizo la siguiente pregunta: «En realidad, ¿por qué no había de casarme?».

Praskovia Fiodorovna pertenecía a una noble familia y disponía de una pequeña dote. Iván Ilich hubiera podido aspirar a un partido más brillante; pero éste tampoco estaba mal. Él tenía su sueldo y pensaba que la muchacha llevaría un equivalente. Descendía de una buena familia, era agradable, graciosa y una mujer como es debido. Tan injusto sería decir que Iván Ilich quería casarse porque estaba enamorado de su prometida y veía en ella una compañera que compartiría sus ideas acerca de la vida, como afirmar que se casaba porque las personas de su círculo aprobaban aquella elección. Iván Ilich se casaba por dos consideraciones: le era agradable tomar semejante esposa; y al mismo tiempo, cumplía una cosa que las personas de alta posición consideraban razonable.

Iván Ilich se casó. El proceso mismo del matrimonio y la primera época de la vida conyugal, con las caricias, los nuevos muebles, la vajilla y la ropa, hasta el embarazo de su mujer, pasaron muy bien. Así, pues, empezaba a creer que el carácter de su vida, agradable, fácil, alegre, siempre correcto y aprobado por la sociedad, al que consideraba propio de la vida en general, no sólo no sería turbado por el matrimonio, sino que incluso éste lo aumentaría. Pero durante el primer mes del embarazo de su mujer ocurrió algo nuevo, imprevisto, desagradable, penoso, inconveniente y de lo que no había manera de librarse.

Su mujer, sin razón alguna, según creía Iván Ilich, de gaieté de coeur, empezó a turbar el encanto y la decencia de su vida. Sin motivo, se mostraba celosa, y exigía de él los más solícitos cuidados, se irritaba por cualquier cosa y le hacía escenas desagradables e inconvenientes.

Al principio, Iván Ilich esperó librarse pronto de esa situación tan desagradable, por medio de aquel modo fácil y decente de considerar la vida que lo había salvado antes. Trató de hacer como que ignoraba el mal humor de su mujer; y continuó su vida alegre y fácil, invitando a sus amigos a jugar a las cartas y procurando ir al club o a casa de sus compañeros. Pero un día su mujer lo riñó con palabras enérgicas y groseras, cosa que volvió a repetir cada vez que no cumplía con sus exigencias. Por lo visto, había decidido continuar de este modo hasta que la obedeciera, es decir, hasta que optara por quedarse en casa y aburrirse lo mismo que ella. Iván Ilich se horrorizó. Comprendió que la vida conyugal —al menos con su mujer— no correspondía a los encantos y a las conveniencias de la vida, sino que, por el contrario, los destruía a menudo. Era preciso, pues, ponerse en guardia. E Iván Ilich empezó a buscar el medio de hacerlo. El servicio era lo único que imponía a Praskovia Fiodorovna; por tanto, Iván Ilich empezó a luchar con ella para obtener su mundo independiente, tomando como arma el servicio y las obligaciones que se derivaban de él.

Con el nacimiento de su hijo, los intentos de su crianza y sus fracasos, las enfermedades efectivas y las imaginarias, tanto de la madre como del recién nacido (se exigía a Iván Ilich que se interesara por ellas, aunque no era capaz de entender nada), la necesidad de crearse un mundo fuera de su familia se hizo aún más imperiosa.

A medida que aumentaban la irascibilidad y las exigencias de su mujer, Iván Ilich iba transportando el centro de gravedad de su vida a su trabajo. Sentía un interés mucho más vivo por el servicio; y se volvió más ambicioso que antes.

Muy pronto, al año de casado, comprendió que si bien la vida conyugal ofrece algunas comodidades, es en suma un asunto muy complicado y penoso; y que, para cumplir los deberes que impone, es decir, para llevar una vida decente, aprobada por la sociedad, es preciso establecer determinadas relaciones, lo mismo que en el servicio.

E Iván Ilich trató de establecerlas. Exigía de la vida familiar tan sólo las comodidades que ésta podía darle, es decir, una buena comida, un ama de casa, una cama y, sobre todo, las conveniencias exteriores, que se determinan por la opinión pública. En lo demás, buscaba placer y alegría; y si los encontraba, estaba agradecidísimo. Si tropezaba con la resistencia y el mal humor, inmediatamente se iba a su mundo particular, al servicio, en el que se hallaba a gusto.

Iván Ilich era muy apreciado como buen funcionario; y, al cabo de tres años, lo nombraron sustituto del fiscal. Sus nuevas obligaciones, su importancia y la posibilidad de hacer juzgar y meter en la cárcel a quien se le antojara, los discursos públicos y los triunfos que obtenía, todas estas cosas lo atraían más al servicio.

Tuvieron más hijos. Su mujer se volvía cada vez más gruñona y malhumorada; pero las reglas que se había impuesto Iván Ilich para la vida familiar lo hicieron casi insensible a estas cosas.

Después de siete años de servicio en una ciudad, fue nombrado fiscal y trasladado a otra provincia. Tenían poco dinero y a Praskovia Fiodorovna le desagradó la nueva población. El sueldo de Iván Ilich era más elevado; pero también la vida estaba más cara. Además, se les murieron dos hijos y la vida familiar se volvió aún más desagradable.

Praskovia Fiodorovna reprochaba a su esposo todos los infortunios ocurridos en la nueva residencia. Por lo general, el tema de las conversaciones entre los esposos, sobre todo en lo que se refería a la educación de los hijos, consistía en los recuerdos de disputas anteriores; y a cada instante estallaban otras nuevas.

Únicamente quedaban algunos períodos amorosos que volvían a veces; pero duraban poco. Eran como unas islas que abordaban por un corto espacio de tiempo, y luego se lanzaban de nuevo al mar de una oculta hostilidad, que se expresaba por el distanciamiento mutuo. Ese distanciamiento hubiera podido apenar a Iván Ilich si no considerase que debía ser así; pero en aquella época no sólo tomaba aquella situación como una situación normal, sino hasta como el objeto de su actividad en la familia. Ese objeto consistía en liberarse cada vez más de esos disgustos y darles un carácter inofensivo y conveniente. Conseguía esto permaneciendo cada vez menos tiempo en su casa; y, cuando estaba obligado a quedarse, procuraba asegurar su situación por medio de la presencia de personas extrañas. Lo más importante para él era su cargo. Todo el interés de su vida se concentraba en el mundo del servicio. Y ese interés lo absorbía por completo. La conciencia de su poder, de la posibilidad de hacer perecer al hombre que se le antojara; su importancia, incluso la externa, cuando entraba en el Palacio de Justicia y se encontraba con sus subordinados; los triunfos que obtenía ante sus superiores y, sobre todo, la habilidad con que llevaba los asuntos judiciales y que se reconocía él mismo, todo esto lo alegraba; y, unido a las tertulias con sus compañeros, las comidas y el whist, llenaba su vida. Así, pues, su existencia discurría según sus reglas, es decir, de un modo grato y conveniente.

Vivió así por espacio de diecisiete años. Su hija mayor había cumplido ya los dieciséis. Se le murió otro hijo y sólo le quedó uno; era ya un colegial, que constituía uno de los motivos de discordia entre los esposos. Iván Ilich quería que cursara los estudios en la Escuela de Jurisprudencia; pero Praskovia Fiodorovna, por llevarle la contraria, lo había mandado a un gimnasio. La hija estudiaba en casa y se desarrollaba bien. Tampoco era mal estudiante el muchacho.