IV
Todos gozaban de buena salud, porque no se podía considerar como enfermedad el que Iván Ilich tuviera a veces mal sabor de boca y una desagradable sensación en el lado izquierdo del vientre.
Pero esa sensación desagradable fue en aumento; y sustituyó, no precisamente por un dolor, sino por un peso constante, que provocaba el mal humor de Iván Ilich. Ese mal humor, que iba acrecentándose, estropeaba la vida fácil y digna que se había establecido en la familia. Marido y mujer empezaron a discutir cada vez con más frecuencia; pronto se destruyó el encanto de su vida fácil y agradable; y a duras penas pudieron mantener las apariencias. Las escenas violentas se volvieron más frecuentes. Y, lo mismo que antes, sólo quedaban algunas islas en las que podían vivir sin que se produjeran explosiones.
Praskovia Fiodorovna decía, no sin razón, que su marido tenía una carácter difícil. Con la costumbre de exagerar que le era propia, afirmaba que siempre había sido así, que era preciso tener su bondad para haber podido soportarlo por espacio de veinte años. Bien es verdad que ahora era Iván Ilich quien provocaba las discusiones. Empezaba a rezongar siempre en el momento de sentarse a la mesa y, con frecuencia, precisamente cuando iban a tomar la sopa. Tan pronto notaba que alguna pieza de la vasija estaba desportillada, tan pronto le disgustaba algún plato, tan pronto que su hijo pusiera los codos en la mesa, como el peinado de Lisanka. Y culpaba de todo ello a Praskovia Fiodorovna. Al principio, ésta solía replicar una serie de cosas desagradables; pero, en dos ocasiones, Iván Ilich había llegado a una exasperación tal, que comprendió que se trataba de un estado enfermizo, provocado al ingerir alimento; y se resignó. Ya no la contradecía, limitándose a apresurar la comida. Consideraba que su resignación tenía mucho mérito. Habiendo decidido que su marido tenía muy mal carácter y que la había hecho desgraciada, empezó a compadecerse de sí misma. Y cuanto más se compadecía, más odiaba a su marido. Le hubiera deseado la muerte; pero no podía deseársela porque con él perdería también el sueldo. Eso la irritaba más contra Iván Ilich. Se consideraba desgraciadísima, porque ni siquiera la muerte podía salvarla. Trataba de ocultar su irritación; y eso era, precisamente, lo que aumentaba la de su marido.
Después de una escena en la que Iván Ilich fue particularmente injusto y a raíz de la cual confesó que, en efecto, era muy irascible, pero que eso se debía a una enfermedad, Praskovia Fiodorovna le dijo que debía ponerse en tratamiento; y le aconsejó que consultara a un médico célebre.
Iván Ilich fue, pues, a casa del doctor. Todo ocurrió como esperaba, es decir, como acontece siempre: la espera, el aire de importancia afectada del médico, que Iván Ilich conocía tan bien; la auscultación y las preguntas que exigían de antemano unas respuestas determinadas y evidentemente inútiles, así como la expresión significativa que parecía decir que no tenía uno más que someterse para que todo quedara resuelto, que él tenía el medio de arreglar las cosas, siempre del mismo modo, para cualquier persona que se presentase. Todo era exactamente igual que en el Palacio de Justicia. Lo mismo que él adoptaba cierta actitud ante los acusados, el doctor la adoptaba ante él.
El médico dijo a Iván Ilich que tal y cual cosa indicaban que padecía de tal otra; pero que si los análisis no lo confirmaban, sería menester suponer que padecía otra enfermedad. Y si se hacía esta hipótesis, entonces… A Iván Ilich sólo le interesaba la siguiente cuestión: ¿su enfermedad era grave o no? Pero el médico lo ignoraba. La pregunta de Iván Ilich era muy inoportuna. El médico opinaba que era inútil y que no se debía dilucidar. Era preciso averiguar, en cambio, si se trataba de un riñón flotante, de un catarro intestinal crónico o de una enfermedad del intestino ciego. No se trataba de la vida de Iván Ilich, sino tan sólo de saber cuál era su padecimiento. Resolvió la cuestión ante Iván Ilich de un modo brillante a favor del intestino ciego, diciendo que un análisis de orina podía dar nuevos indicios y que entonces volverían a practicar un reconocimiento. Todo aquello era exactamente igual que lo que había hecho con gran brillantez miles de veces el propio Iván Ilich ante los acusados. El médico procedió a hacer un resumen con igual brillantez; después de lo cual miró a su paciente por encima de los lentes con expresión triunfante, casi alegre. Iván Ilich dedujo de aquel resumen que estaba bastante grave y que todo aquello le tenía sin cuidado al médico y probablemente también a todos los demás. Ese hecho impresionó dolorosamente a Iván Ilich, provocando en él un profundo sentimiento de compasión hacia sí mismo y de un gran rencor hacia aquel médico, indiferente ante un problema tan grave. Sin embargo, no hizo ningún comentario; se levantó y, poniendo el dinero en la mesa, suspiró diciendo:
—Probablemente, nosotros, los enfermos, les hacemos a ustedes preguntas inoportunas. Pero, dígame: ¿es grave mi enfermedad?
El médico le echó una mirada severa, con un solo ojo, a través de los lentes, como diciendo: «Acusado, si no se limita usted a contestar a las preguntas que se le hacen, me veré obligado a ordenar que lo arrojen de la sala».
—Ya le he dicho lo que considero necesario y conveniente —replicó en voz alta—. El análisis dirá lo demás.
Y el doctor saludó.
Iván Ilich salió, despacio, se instaló tristemente en el trineo y se fue a su casa. Durante todo el trayecto no cesó de sopesar lo que le había dicho el doctor, procurando traducir a un lenguaje corriente sus enrevesadas y confusas palabras científicas y responder con ellas a la pregunta de si estaba mal, muy mal o si aún tenía salvación. Por todo lo que había dicho el doctor, le parecía que se encontraba muy mal. En las calles todo le pareció triste: los cocheros, los transeúntes, las tiendas. Aquel dolor sordo y lento, que no cesaba ni un minuto, adquiría un significado nuevo, más serio, al relacionarlo con las palabras oscuras del doctor. Iván Ilich prestaba atención a su dolor, con un sentimiento nuevo y penoso.
Al regresar a su casa, empezó a contar a su mujer lo que le había dicho el médico. Pero cuando iba por la mitad de su relato, entró su hija, con el sombrero puesto: se disponía a salir con Praskovia Fiodorovna. Hizo un esfuerzo para sentarse a escuchar las palabras aburridas de Iván Ilich; pero no pudo resistirlas hasta el final, ni la madre tampoco.
—Bueno, me alegro mucho; ahora debes tener cuidado de tomar las medicinas con toda regularidad. Dame la receta, voy a mandar a Guerasim a la farmacia —dijo; y fue a vestirse.
Iván Ilich había estado sin aliento mientras su mujer estaba en la habitación; y suspiró profundamente al verla salir.
«¿Quién sabe? Tal vez todavía no sea nada…».
Empezó a tomar los medicamentos, cumpliendo la prescripción del médico, que cambió después del análisis de orina. Sin embargo, de ese análisis y de lo que se derivó de él hubo una confusión. No había manera de llegar hasta el doctor, y el resultado fue que no se hacía lo que había mandado. Tal vez había olvidado algo, había mentido o trataba de ocultarle alguna cosa.
No obstante, Iván Ilich seguía cumpliendo las prescripciones del médico; y, durante el primer tiempo, encontró así cierto consuelo.
Desde su visita al doctor, su ocupación principal consistía en cumplir con toda exactitud las órdenes que le había dado, relativas a la higiene, a las medicinas, a la observación de su dolor y de todas las funciones de su organismo. Las enfermedades y la salud de los seres humanos constituían uno de los mayores intereses de Iván Ilich. Cuando se hablaba delante de él de muertos, enfermos o de personas que se habían curado, sobre todo de una enfermedad que se pareciera a la suya, tratando de ocultar su emoción, escuchaba con todo interés, y hacía preguntas y comparaciones con su propio mal.
El dolor no disminuía; pero Iván Ilich hacía esfuerzos para pensar que se encontraba mejor. Y lograba engañarse, mientras nada lo emocionase. Pero en cuanto surgía una disputa con su mujer, una contrariedad en su trabajo o perdía en el juego, inmediatamente sentía todo el peso de su enfermedad. En otro tiempo, soportaba todos los fracasos, esperando que no tardaría en vencer la mala suerte, que llegaría el buen éxito. Ahora, cualquier contrariedad lo abatía y lo llevaba a la desesperación. Solía decirse: «¡Vaya! En cuanto empezaba a sentirme mejor, en cuanto empezaba a hacerme efecto la medicina, me ha sobrevenido esa maldita desgracia…». Y se enfurecía contra la desgracia o contra las personas que le daban disgustos y lo mataban. Se daba cuenta de que esa misma ira lo llevaba a la tumba; pero no era capaz de dominarse. Al parecer, debía ser evidente que su irritación contra las circunstancias agravaba su enfermedad y que, por tanto, no debía hacer caso de ningún hecho desagradable. Sin embargo, sus razonamientos eran contrarios: decía que la paz le era imprescindible y, al mismo tiempo, prestaba atención a todo lo que la destruía y, cada vez que esto pasaba, se dejaba llevar por la ira. La lectura de los libros de medicina y las consultas que hacía a los médicos agravaban su situación. Empeoraba tan paulatinamente, que podía engañarse al comparar un día con otro; no había casi diferencia. Pero, cuando consultaba a los doctores, le parecía que había empeorado e incluso que esto ocurría muy rápidamente. Sin embargo, no cesaba de acudir a ellos.
Aquel mismo mes consultó a otro médico eminente. Éste le dijo casi lo mismo que el primero, aunque planteó la cuestión de otra manera. Su dictamen no hizo más que aumentar las dudas y el temor de Iván Ilich. Un amigo de un compañero suyo —un buen doctor— diagnosticó su enfermedad de un modo totalmente distinto. A pesar de que opinaba que se curaría, no hizo más que conducirlo a una confusión y a una duda mayores que antes, por medio de sus preguntas y de sus hipótesis. El dictamen del médico homeópata fue diferente; dio a Iván Ilich una medicina, que éste tomaba a escondidas desde hacía una semana. Pero, al no sentir ningún alivio, Iván Ilich perdió la confianza, tanto en las medicinas anteriores como en la nueva; y fue presa de un gran decaimiento. Un día, una señora conocida refirió una cura mediante unos iconos. Iván Ilich se dio cuenta, de pronto, que escuchaba con atención y trataba de comprobar la verosimilitud de aquel hecho. Aquello lo asustó. «¿Es posible que mis facultades mentales se hayan debilitado tanto? —se dijo—. Esto es absurdo. Son tonterías. No debe uno dejarse llevar por las dudas; es preciso elegir un médico y seguir sus prescripciones. Y es lo que voy a hacer. ¡Se acabó! No voy a pensar más; y observaré, con toda exactitud, el tratamiento hasta el verano. Ya veremos, después. Tengo que poner fin a esas vacilaciones…». Era fácil decir esto; pero imposible cumplirlo. El dolor del costado lo atormentaba sin cesar, aumentaba a cada momento y llegó a ser constante; iba perdiendo el apetito y las fuerzas; el mal sabor de boca se hacía más extraño e Iván Ilich tenía la impresión de que le olía mal el aliento. No era posible engañarse. Algo horrible, nuevo y tan importante como jamás le había sucedido, se estaba realizando dentro de su ser. Y él era el único que lo sabía; los que lo rodeaban no lo comprendían o no querían comprenderlo, y pensaban que todo seguía igual que siempre. Eso era lo que más hacía sufrir a Iván Ilich. Su familia, principalmente su mujer y su hija, que se entregaban de lleno a la vida de sociedad, no entendían nada y se irritaban porque Iván Ilich estaba de mal humor y se mostraba exigente, como si fuese culpable de ello. Aunque trataban de ocultarlo, Iván Ilich se daba cuenta de que constituía un obstáculo para ellas; su mujer había adoptado cierta actitud respecto de su enfermedad; y la observaba, independientemente de lo que él dijera e hiciera.
—¿Saben ustedes que Iván Ilich no puede someterse rigurosamente a un tratamiento, como lo haría cualquiera? —decía a sus conocidos—. Hoy toma las gotas, come lo que le han ordenado y se acuesta a su debida hora; pero mañana, si no estoy al tanto, se le olvidará tomar la medicina, comerá esturión, cosa que le está prohibida, y permanecerá jugando al whist hasta la una de la madrugada.
—¿Cuándo hago eso? —replicaba Iván Ilich, irritado—. Sólo lo hice una vez, en casa de Piotr Ivanovich.
—Y también ayer, con Shebek.
—Es igual; de todas maneras no hubiera podido dormir a causa del dolor…
—Sea por lo que sea; pero el caso es que así no te vas a curar nunca y a nosotros nos atormentas.
Todo lo que Praskovia Fiodorovna expresaba respecto de la enfermedad de Iván Ilich, tanto a los extraños como a él mismo, significaba que su marido era culpable de estar enfermo y que dicha enfermedad constituía un nuevo disgusto que le ocasionaba. Iván Ilich se daba cuenta de que Praskovia Fiodorovna procedía de este modo involuntariamente; mas eso no le servía de ayuda.
En el Tribunal, Iván Ilich notaba o creía notar esa misma extraña actitud; ora le parecía que lo miraban como a un hombre que no tardaría en dejar su plaza vacante, ora sus compañeros le gastaban bromas respecto de su susceptibilidad, como si aquella cosa terrible, horrorosa, inaudita, que le sucedía y que, sin dejar de minarlo, lo arrastraba irresistiblemente no sabía adónde, fuese el objeto más divertido para sus bromas. Schwartz, sobre todo, era el que más lo irritaba con su carácter jovial, lleno de vida y con su actitud comme il faut, que le recordaba que él había sido así diez años atrás.
Llegaban los amigos para jugar a las cartas. Todo iba bien; la partida resultaba alegre. Pero, de pronto, Iván Ilich sentía aquel dolor agudo y aquel mal sabor de boca; y le parecía que había algo salvaje en el regocijo de los demás.
Miraba cómo Mijail Mijailovich, su compañero de juego, golpeaba la mesa con sus manos sanguíneas; y se contenía, por indulgencia y cortesía, de tomar las cartas acercándoselas a Iván Ilich para que éste tuviera el placer de alcanzarlas sin hacer un esfuerzo y sin tener que alargar la mano. «¡Cómo! ¿Es que se figura que estoy tan débil que no soy capaz de alargar la mano?», se decía Iván Ilich; y, olvidando que tenía los ases, hacía una jugada equivocada, y perdía. Pero lo peor de todo era ver el interés que ponía Mijail Mijailovich por ganar, cuando a él le daba igual. Y era terrible pensar por qué le daba igual.
Todos notaban que Iván Ilich se encontraba mal, y le decían: «Podemos suspender el juego, si está cansado. Descanse un poco». ¿Descansar? No; no estaba cansado en absoluto. Terminaban la partida. Todos se mostraban sombríos y silenciosos. Iván Ilich se daba cuenta de que él era la causa de aquel estado de ánimo; pero no estaba en disposición de disiparlo. Después de cenar, los compañeros se iban; e Iván Ilich se quedaba solo, con la sensación de que su vida estaba envenenada, de que envenenaba la de los demás y de que ese veneno no disminuía, sino que penetraba cada vez más en su ser.
Con esa sensación, acompañada de dolor físico y de terror, era necesario acostarse; y, a menudo, no podía dormir la mayor parte de la noche. A la mañana siguiente había que levantarse de nuevo, vestirse, ir al Tribunal, hablar, escribir, o quedarse en casa las veinticuatro horas seguidas, de las que cada una constituía sufrimiento. Y era preciso vivir solo en el borde del precipicio, sin que un ser lo entendiera y se apiadase de él.