Capítulo VII
Se dice que cada mercader tiene su castigo, y esta arpista era el mío. Su nombre era Ruha. Había visto mi cara en una visión, y sólo por eso había jurado transformar mi vida en un infierno. Nacida entre los nómadas del desierto treinta años atrás, jamás había llevado una vida fácil ni segura, ya que su gente temía la magia y todas las demás cosas que no entendía, que eran muchas. Como Ruha tenía visiones, su tribu la había expulsado a una edad temprana abandonándola a las ardientes arenas. Así aprendió a vivir sin agua, hasta tal punto que incluso los camellos tenían más sed que ella, y descubrió cómo alimentarse de cualquier cosa, tanto da que fuera una serpiente, una espina o un hueso. Al ver en qué criatura se había convertido esta joven, la diosa de la Magia la había guiado a un remoto oasis donde vivía una vieja arpía versada en las extrañas formas de la magia del desierto. Esa bruja le enseñó a hacer conjuros a partir de la arena, el fuego, el viento y el agua. Con el tiempo, la joven Ruha fue capaz de crear cualquier clase de magia con tan sólo el polvo de sus pies o el agua que tenía en la boca, y se convirtió en una bruja en todo el sentido de la palabra. Llegó el momento en que los Zhentarim enviaron una partida para abrir una ruta comercial a través del Anauroch. Los Arpistas, a su vez, enviaron un agente para predisponer contra ellos a los pueblos del desierto. Ruha se enamoró de él a primera vista y desde ese momento lo deseó. Hizo un encantamiento para obligarlo a amarla, pero él no estaba dispuesto a olvidar su misión y murió en combate. Ruha no emitió un solo lamento porque los chacales no lloran la muerte de ningún hombre. No obstante, habiendo probado las mieles del amor, ya no tenía ganas de volver a su oasis y vivir sola, de modo que robó la insignia de plata del agente y abandonó el Anauroch para encontrar a otros como él.
Y fue así que Ruha entró en contacto con los Arpistas. Lo que hizo durante los meses que siguieron tiene poca importancia, salvo que viajó muchísimo por petición de sus maestros, aprendiendo las costumbres de Faerun y sembrando la discordia y la destrucción allí adonde iba. Fue ella quien hizo que el príncipe Tang renegara de su acuerdo con el Culto del Dragón, ¡lo cual hizo que se quemara la mitad del Elversult! Y fue ella quien secuestró a la hija del duque Wycliff de los gigantes de la montaña, impidiendo un matrimonio que habría unido a dos razas por sangre y por parentesco.
Cuando la noticia de la situación del Alcázar de la Candela llegó a la ciudad de Aguas Profundas, Ruha estaba allí, ocupándose de un pequeño asunto de unos niños perdidos en el vado de la Garra del Troll. Al enterarse del conflicto, se le nubló la vista y vio a un mendigo demacrado —yo— de pie ante una gran multitud y leyendo un libro. Ahora bien, las visiones de Ruha era tales que jamás entendía su significado ni sabía qué hacer con ellas, pero ella no permitía que su ignorancia le impidiera entrometerse. De esta manera, era una arpista perfecta. Dejando que otra persona se ocupara de buscar a los niños, rogó a sus maestros que la enviaran al sur con el contingente de Aguas Profundas. Fue así que llegó al alcázar con los jinetes de los hipogrifos justo cuando Haroun y Jabbar estaban a punto de matarse el uno al otro.
Cuento todo esto no como excusa de lo que me aconteció en la Puerta Alta, ya que una disculpa nunca modifica las cosas. Sólo deseo dejar claro qué clase de bruja me vigilaba mientras dormía. Volví de mi sueño y lo primero que noté fue el hedor de la podredumbre en mis fosas nasales. Al principio me pregunté si sería la propia bruja o su asquerosa magia las que lo producían, pero pronto me di cuenta de que el olor era más penetrante. Posiblemente se debiera a alguna infestación, ya que lo acompañaba un extraño sonido, un chirrido inconstante, como el de los insectos cuando se aparean. Este ruido rechinante me llenó la cabeza produciéndome tal irritación que pensé que me iba a estallar el cráneo, y aunque parecía familiar, no podía recordar haberlo oído antes.
Volví la cabeza y allí encima tenía los ojos pintados con kohl de la bruja arpista. Como siempre, llevaba su velo, de modo que todo lo que pude ver de su rostro eran dos estanques de un diabólico color marrón. Supe de inmediato que había estado estudiándome mientras dormía. Mi siguiente pensamiento fue que había usado su magia para ver dentro de mis sueños y descubrir mi secreto y mi objetivo. Y aunque jamás había hecho daño a una mujer en mi vida, supe que tenía que estrangularla.
Pero la bruja se me había anticipado. Mis manos apenas se habían alzado cuando una correa de cuero me sujetó las muñecas. Alcé la cabeza y vi que me había rodeado el cuerpo con tres correas atándome a la camilla a la altura del pecho, las caderas y las piernas.
—Es por tu propio bien —dijo la bruja—. No queríamos que te hicieras daño.
—¿Por mi propio bien? —Hablaba con dificultad y sin duda resultaba difícil entenderme, porque tenía la lengua hinchada y torpe debido al mordisco que me había dado—. ¿Y por qué iba a hacerme daño?
—Quiere decir por accidente, Mukhtar. —Pelias se adelantó hasta la luz. La cota de malla le asomaba por debajo del hábito—. Tuviste un ataque muy fuerte. Las correas eran sólo para impedir que te sacudieras y te cayeras de la camilla.
Aparté la vista, como si la mención del ataque me causase gran perplejidad, pero la verdad es que estaba tratando de ocultar el alivio que sentía. Su tono afectuoso significaba que la bruja no había leído mis sueños…, o al menos no había dicho que lo hubiera hecho. Vi que me encontraba en la habitación de un escriba, iluminada por la luz parpadeante de una lámpara de aceite y escasamente amueblada. Habían colocado una silla en cada extremo de la camilla para mantenerla en alto, y en un escritorio que había en un rincón estaban el yelmo de Pelias y una jarra de cobre para el agua. Además, la habitación tenía un asiento debajo de la ventana abierta en el grueso muro, aunque la tupida cortina que la cubría me impedía ver lo que había fuera. El corazón empezó a latirme con fuerza, ya que temía que hubiera amanecido y que fuera demasiado tarde para buscar el Cyrinishad.
Pelias se puso en cuclillas junto a mí y me apoyó una mano en el hombro.
—No hay de qué avergonzarse, Mukhtar. ¿Cómo te sientes?
—Bastante bien. No hay necesidad de esto. —Levanté las manos e hice presión sobre la correa de cuero que me rodeaba la cadera. Me di cuenta de que con un pequeño y cuidadoso esfuerzo podría conseguir liberar las manos—. Tengo mucha sed —dije.
Pelias se dispuso a desatarme.
Más rápida que una lagartija, la bruja le sujetó la mano.
—Déjalo hasta asegurarnos de que el ataque ha pasado, Pelias. Tal vez deberías ir a buscar al Guardián. ¿No dijo que lo llamáramos cuando se despertara Mukhtar?
—¡No, Pelias! —grité. Si quería tener alguna oportunidad de encontrar el Cyrinishad tenía que escaparme rápido, algo que Ruha sin duda haría muy difícil—. ¡Si amas a Oghma, por favor no me dejes con la bruja! ¡Te lo ruego!
El entrecejo de Ruha se convirtió en una sombría línea.
—¿Tienes miedo de mí, Mukhtar?
No le hice el menor caso y me concentré en Pelias.
—¡Me matará si me dejas aquí indefenso y atado!
Pelias negó con la cabeza y cogió el brazo de la arpista.
—Ésta es Ruha. —Acercó hacia mí la mano de la mujer—. No va a hacerte daño.
Aparté la vista de los dos.
—Mukhtar —dijo ella—. ¿Por qué tienes miedo? No te he hecho ningún daño.
Negué tan violentamente con la cabeza que me golpeé en la sien con el armazón de la camilla.
—¿Entonces por qué me echaste arena en los ojos? ¿Y por qué estoy atado aquí contra mi voluntad, con la cabeza que parece que esté incubando un águila? —Con cada palabra soltaba espuma por la boca, en la esperanza de que pensaran que estaba a punto de darme otro ataque—. ¡Pelias, ya trató de matarme una vez, y si la dejas a solas conmigo volverá a intentarlo!
Pelias se limpió mi saliva de la cara y se volvió hacia la bruja.
—Será mejor que vayas tú a buscar a Ulraunt.
Ruha entrecerró los ojos y me estudió atentamente, su voz sonó enfadada cuando habló.
—Mi conjuro no le hizo el menor daño, Pelias. ¡Este perro no tiene motivos para tenerme miedo!
Pelias la cogió por un brazo y la apartó unos cuantos pasos, pero incluso con un solo oído y con el zumbido que me llenaba la cabeza pude oír lo que le decía en voz baja.
—No necesita un motivo, señora. Está loco.
Sentí sobre mí la mirada sombría de la mujer y supe que mi simulación no la había convencido del todo. Sin embargo, tampoco entendía qué era lo que me traía entre manos y eso la ponía nerviosa y hacía que mis palabras la enfurecieran.
—Como desees, Pelias. Iré a buscar al Guardián. —No trató de bajar el tono, sino que habló como para que yo pudiera oírla—. Pero no debes desatarlo. Este mendigo desempeña un papel más importante de lo que pensamos. Es preferible considerarlo tan peligroso como Cyric.
—Como desees, señora. —Pelias rebuscó en un bolsillo de su hábito—. Necesitarás este pase para entrar en la Torre del Guardián.
—Tengo el mío. Es allí donde me alojo.
Dicho esto, la bruja salió de la habitación sin mencionar para nada la visión en la que me había visto con un libro. Tenía costumbre de mantener esas cosas en secreto. Su amarga experiencia le había demostrado que la gente estaba más dispuesta a culpar a sus visiones de lo que sucedía que a agradecer que les avisara de los peligros. Tal vez fuera por esta necedad generalizada que el miedo que yo fingía la ofendía tanto. La verdad es que no puedo saber por qué, pero fue la primera mujer que me tomó una antipatía tan instantánea.
En cuanto se hubo cerrado la puerta me obligué a contar hasta cien. Estaba ansioso por emprender mi búsqueda, pero tenía que ser paciente para evitar que mi amigo hiciera caso de la bruja. Tampoco me tranquilizaba demasiado el hecho de que fuera Pelias el que me vigilase, ya que mi huida le traería problemas sin cuento. Habría sido mejor amigo permitiendo que fuera él en busca del Guardián y que la culpa recayera sobre Ruha, pero ella era un obstáculo casi infranqueable. Si quería tener alguna oportunidad de evitar los tormentos de Kelemvor, Pelias tendría que hacerme este último servicio.
Cuando acabé de contar me volví hacia Pelias. Estaba sentado en una esquina del escritorio, vigilándome. La daga que le había dado estaba todavía en su cinto.
Fruncí la cara en una expresión de ruego.
—Estoy tan incómodo, amigo mío. ¿Por qué no me sueltas estas correas?
Pelias negó con la cabeza.
—Si Ulraunt te llega a encontrar desatado…
—¿Y qué te importa Ulraunt, amigo mío? Ya ha decidido hacerte la vida aquí de lo mas desagradable. Si tuvieras un poco de sentido común te marcharías e irías conmigo a Calimshan.
—¿Calimshan?
Lo que yo había dicho no encerraba ningún peligro. Aunque varias compañías de Calimshan habían estado presentes durante el asedio, sabía que Pelias atribuiría mis palabras a los delirios de un loco. Esto me permitió tranquilizar mi conciencia con una auténtica oferta de ayuda.
—Soy amigo personal del califa de Najron —alardeé—. Podría conseguirte una casa y llenarla de mujeres que complacieran tus deseos.
Al oír esto, Pelias se rió.
—Soy un monje, Mukhtar. Tengo todo lo que deseo aquí, en el Alcázar de la Candela.
—Pero me temo que no por mucho tiempo.
—Ulraunt no es tan mezquino como piensas. Es un hombre sabio.
—Puede ser, pero sabiduría y bondad no son la misma cosa.
La respuesta de Pelias tardó más que la anterior.
—Da lo mismo, si no puedo tenerlo en el alcázar, no lo deseo.
—¿Y nada podría hacerte cambiar de idea, Pelias?
Se rió como si estuviéramos bromeando.
—Nada.
—Ah, bien —acepté con un suspiro—. ¿Querrías darme agua entonces? —En el lado de la litera opuesto a Pelias eché hacia atrás la muñeca—. Este terrible hedor me está poniendo enfermo.
—¿Hedor? —Pelias me miró con perplejidad mientras cogía la jarra de cobre—. ¿De qué estás hablando?
—¿Tú no lo notas? —Me mostré realmente sorprendido—. Entonces debes marcharte en seguida del Alcázar de la Candela, ya has estado aquí demasiado tiempo.
Pelias se rió y me trajo el agua.
—Lo único que huele aquí es… Bueno, no importa, amigo mío.
—¿De verdad que no lo hueles? Es el olor pútrido de una tumba, de cadáveres corrompidos y de moho.
Pelias hizo una mueca.
—Supongo que debería olerlo.
Lo miré frunciendo el entrecejo.
—¿Y qué me dices de los insectos? ¿No te vuelve loco su zumbido?
Pelias enarcó las cejas.
—¿Insectos? No están permitidos aquí, en el Alcázar de la Candela, Mukhtar. Dañan los libros. Tenemos defensas mágicas contra ellos.
—¿De verdad? —dije con un respingo al darme cuenta de dónde había oído antes un zumbido semejante y olido un hedor similar: había sido la noche en que Gwydion y la mujer habían llegado con el Cyrinishad—. ¿No hay insectos?
—No como para producir un zumbido. —Pelias se inclinó para acercarme el vaso a la boca. De haber tenido el brazo libre podría haberle arrebatado la daga del cinto—. ¿Tienes sed o no?
Alcé la cabeza y vi que tenía suficiente libertad de movimientos como para hacer lo que había planeado. Pelias inclinó el vaso para llenarme la boca de agua, pero cerré la garganta y se la lancé a la cara simulando un acceso de tos terrible. Al mismo tiempo tiré de la mano izquierda soltándola de la correa central y liberé mi brazo izquierdo hasta el codo. Pelias me puso una mano debajo de la cabeza para ayudarme y volvió a darme agua.
—¡Bebe, Mukhtar!
Eso fue lo que hice, y también crucé el brazo por encima del pecho y así a Pelias por el hombro. A través de su hábito logré enganchar un eslabón de su cota de malla y tirar de él hacia mí. Cuando tuve su cabeza cerca de mi cara, cerré los dientes sobre la oreja y mordí con la fuerza de un camello.
—¡Mukhtar! —gritó tratando de liberarse.
No aflojé el mordisco. Pelias no podía soltarse sin que le cercenara la oreja. Liberé mi mano derecha de la correa y entonces rebusqué en su cinto hasta que encontré el mango de mi daga.
—¿Qué estás haciendo, Mukhtar?
Pero Pelias sabía lo que estaba haciendo. Era evidente por el miedo que se notaba en su voz y por la fuerza con que se debatía. Perdió la mitad del lóbulo de la oreja tratando de soltarse de mis dientes y me golpeó en la cabeza con la jarra de cobre. ¡Si hubiera sabido que el dolor alimentaba mis fuerzas! Se resistía como un león para soltarse de mí y arrebatarme la daga, y con sólo una mano y los dientes para impedírselo, era difícil mantenerlo cerca. Traté de clavarle la daga en el vientre una y otra vez, pero no encontré ningún eslabón débil en su cota de malla. No obstante, la ventaja estaba de mi parte: él luchaba sólo para huir de la muerte y yo lo hacía para salvarme de la condenación eterna. Aunque de la oreja le manaba sangre que me caía sobre la cara, giré la daga y atravesé con la punta la tintineante armadura.
Se le hundió profundamente en el vientre y retorcí la hoja hacia un lado y hacia el otro, tal como hacían los asesinos del califa para asegurarse de debilitar a sus víctimas lo suficiente como para que no opusieran resistencia.
Pelias lanzó un aullido, lo empujé lejos de mí y cayó al suelo dejándome empapado en sangre reluciente.
Así le pagué al amigo más bondadoso que tuve jamás: con traición, heridas y agonía. Mi corazón tendría que haberse alegrado, pues en nada se deleita más el Uno que en la traición de un amigo, que es siempre una celebración del día en que él mató a Kelemvor, pero yo me sentía vacío y sucio, un leproso por dentro y por fuera. En ese momento me contaba entre los infieles, y en mi desesperación no podía rendir a Cyric el tributo que merecía.
Me liberé con la daga y corrí junto a Pelias. Le quité el hábito y la armadura y le lavé la herida con agua vendándosela a continuación con un trozo que corté de la parte baja de su hábito. Sufría mucho, pero vivía, lo cual era un pequeño consuelo. Le puse una mordaza en la boca y lo até fuertemente, aunque sabía que sufría demasiado para tratar de moverse. Le dije palabras de consuelo y le aseguré que sobreviviría hasta que llegara la bruja a salvarlo. No sé si me oyó o no, porque tenía los ojos cerrados y su respiración era rápida y superficial.
En su gloriosa sabiduría, nuestro señor del Crimen optó por hacer caso omiso del insulto y no me dejó muerto en el acto, cosa que sin duda merecía. Además de burlarme del Uno, estaba perdiendo tiempo.
Fui hasta la ventana y miré entre las pesadas cortinas. Vi con alivio que la luna seguía bañando la ciudadela con su pálida luz y las estrellas lucían todavía en el cielo purpúreo. Estudié las constelaciones para averiguar qué hora era, y repetí la operación para asegurarme. Sólo faltaba una hora para el amanecer.
Eché una mirada rápida al Alcázar de la Candela, tratando de averiguar dónde podría estar escondido el libro. Debajo de mi ventana estaba la gran muralla de la fortaleza que rodeaba totalmente la ciudadela. A lo largo del perímetro exterior había incontables edificios —establos, templos, talleres, barracones—, todos abigarrados y apoyados sobre la parte exterior de la muralla y llenos de Puños Flamígeros, Jinetes Infernales y otros defensores de los monjes ladrones de Oghma.
En el centro de la ciudadela se alzaba un afloramiento de oscuro basalto aterrazado en muchos niveles y salpicado de bosquetes unidos entre sí por sinuosos senderos y cascadas de aguas burbujeantes. Aquí se alzaban las fabulosas torres del Alcázar de la Candela, dispersas por toda la colina, cada una al final de su propio sendero, todas tan altas como titanes. Y en lo alto del monte se elevaba la poderosa Torre del Guardián, rodeada por una cortina de vapor y dominando sobre todas las demás.
En seguida supe adónde tenía que ir, no porque la Torre del Guardián fuese el lugar más seguro para guardar el Cyrinishad, y por supuesto, no porque Ruha se hubiera dirigido allí sólo unos momentos antes, ya que no tenía el menor deseo de seguir a esa mujer a ninguna parte. Tenía que ir porque de la gran torre provenía un zumbido bajo, siniestro, que llenaba mis oídos con un murmullo tan incesante como suave. El Cyrinishad me estaba llamando; el libro era una cosa viva, sensitiva, y yo podía percibir su cercanía.
Mientras estaba allí, observando, una cuña de luz amarilla apareció en la base de la Torre del Guardián y salió disparada atravesando un puente levadizo, resaltando la figura velada de la bruja. Se detuvo a hablar con el guardia y recordé el pase que Pelias le había ofrecido. Aunque la distancia era excesiva para poder ver si mostraba el emblema, tuve la certeza de que sólo los que presentaran esos pases eran admitidos en el interior de la torre.
Volví a donde estaba Pelias y rebusqué entre sus ropas hasta que encontré un pequeño disco de bronce. ¡Mi querido amigo me prestaba un nuevo servicio! Me cubrí la cabeza con la capa, le corté un trozo del bajo para no pisármela y entonces sentí el contacto de la lana empapada en sangre sobre el estómago.
Mis esperanzas se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué centinela me dejaría pasar con semejante mancha en la ropa? Y aunque Tymora me favoreciera y por algún medio consiguiese evitar al guardia de la puerta, Ruha y Ulraunt no tardarían en descubrir mi huida y en dar la voz de alarma. E incluso si lograba encontrar el Cyrinishad antes de que me cogieran, tendría que enfrentarme a Gwydion, que seguramente dormiría junto al libro como un perro junto a su amo. ¡En cuanto tocara el trofeo de Cyric, se pondría de pie de un salto y me cortaría en dos enviando mi pobre alma ante Kelemvor!
No obstante, lo único que podía hacer era intentarlo. Mi desesperación se convirtió en mi amiga, ya que un hombre sin esperanza está dispuesto a probarlo todo por no tener nada que perder. Me puse en marcha sin más plan que ir a la Torre del Guardián lo más rápido que pudiera, deslizarme por las estancias sin hacer el menor ruido y enfrentarme a cualquiera que se me pusiera por delante, tal como había hecho con Pelias. Si existía la menor posibilidad, encontraría el Cyrinishad y haría lo que me había ordenado el Príncipe de la Locura.
Abandoné el edificio por una ventana lateral y recorrí a gatas un tercio del camino, deslizándome con cuidado entre las sombras por debajo de la muralla exterior. Entonces coloqué la daga en su funda y tomé uno de los muchos senderos sinuosos que iban hacia la Torre del Guardián. Por él me moví sin vacilación. Si alguien me observaba desde una ventana sólo vería a un monje avanzando por un sendero.
A medio camino colina arriba, el sendero que había escogido giraba en dirección a una torre menor y acababa allí. Abandoné el sendero y me adentré en el bosquete, donde el ascenso se hizo mucho más lento por lo escarpado del terreno y por la oscuridad que reinaba bajo las copas de los árboles. Un arroyo sonaba entre las piedras, y con la falta de luz no pude determinar si quedaba a la izquierda o a la derecha y por qué daba la impresión de recorrer transversalmente la pendiente en lugar de precipitarse hacia abajo. No tardé en perder el sentido de la orientación y el mundo empezó a dar vueltas en la oscuridad. Se puso de lado, de modo que lo que antes estaba arriba pasó a ser lo que tenía delante, y lo que había sido inclinado se volvió llano mientras los árboles me rodeaban por todos lados, sesgados, como si un recio viento los hubiera dejado inclinados para siempre, y recordé las descabelladas palabras que había pronunciado Cyric en la Puerta Baja: «Todo depende de mí. No hay nada cierto hasta que yo no lo contemplo y le asigno un lugar, hasta que yo me coloco encima o debajo, delante o detrás». Y lo entendí.
Entonces mis pies se tornaron ligeros y corrí en medio de la oscuridad, y ni una sola vez tropecé ni perdí el aliento. Ya no estaba trepando por una colina. Ahora corría por un terreno tan llano como una playa, y vi que esto era un regalo de las palabras de Cyric, y que sus palabras me habían dado otro regalo mucho más grande: los medios para llegar al Cyrinishad por un lugar inesperado. No sabía si éste había sido o no su plan, pero me dio fuerzas. Me sentía tan ágil como una gacela y tan fuerte como el toro que me había corneado.
Salí de entre los árboles y vi la Torre del Guardián que se cernía ante mí. A mis pies había un foso humeante, tan caliente que mi frente se cubrió de sudor y éste me nubló la vista. El agua despedía un olor a azufre y hierro, y bajo ese manto blanco podía oírla susurrando como una multitud de serpientes.
Tuve miedo, y el foso se volvió tan ancho como un río. La torre se alzaba como una montaña ante mí y sus ventanas parecían estar a mil palmos por encima de mi cabeza. Desenfundé la daga y toqué el pase de Pelias que llevaba en el bolsillo. Tal vez lo mejor fuera cruzar el puente levadizo y conseguir que el guardia de la puerta me dejara pasar.
Desde abajo llegó la voz distante de la bruja.
—¡Alarma! ¡Alarma!
Mi dilema se desvaneció como el humo, ya que ahora ningún guardia me franquearía el paso. Volví a enfundar la daga, cerré los ojos y volví a evocar las palabras de Cyric: «Todo depende de mí, por supuesto…».
Me imaginé el mundo tal como él lo había descrito, puesto de lado. Lo imaginé plano y al mar como un gran precipicio. La colina que había subido se convirtió en un espolón serrado sobre la superficie del acantilado, como si fuera una nariz. Entonces imaginé el foso como un anillo de nubes blancas que rodeaban el extremo de la nariz, y la torre se transformó en una verruga suspendida en la punta.
Cuando abrí los ojos, vi lo que había imaginado. Me sentí mareado y me puse en cuclillas, pegado al suelo. La cabeza me daba vueltas, ya que ahora el suelo era la pared de un acantilado. Para llegar a la torre tendría que dar un salto hacia sus paredes curvas, como si saltase sobre un puente cuyo extremo estuviese anclado en un valle brumoso que había por debajo. ¡Y entonces sólo tendría que atravesar ese puente! Tomé impulso y me dejé caer desde el acantilado.
Pero yo no era el Uno.
Todo no dependía de mí. A decir verdad, toda la materia parecía absolutamente segura de sí, la mirara como la mirase. En un instante, el vapor se hizo tan denso que no podía ver ni mis brazos, que no paraban de manotear. La piel me ardía y se quemaba en la bruma cáustica, y el bisbiseo del agua tapaba el zumbido de las oscuras verdades del Cyrinishad. Quedé atónito al oír mis propios aullidos, y más aún porque el nombre que pronunciaba no era el de Cyric, sino el de mi esposa. Entonces caí al foso.
Ya no pude gritar.
El agua me quemó de pies a cabeza, y no hay palabras para describir el dolor que sentí. La piel se me puso encarnada y se me cayó a tiras. El cuerpo se me llenó de ampollas supurantes que se inflaban y se volvían tan sensibles como un diente podrido. Los labios se me agrietaron y sangraron, los párpados se me hincharon y estallaron, y sin duda habría muerto de no haber sido por la fuerza que me había insuflado la sangre que Cyric me había hecho tragar.
Un instante después me encontré trepando por una pared oscura sin recordar cómo había llegado hasta ella. Traté de parpadear y sentí que los párpados se me habían quedado permanentemente abiertos, aunque un lado de la cara estaba tan hinchado por el golpe que me había dado Cyric que todavía no veía nada por el ojo derecho. Tenía los brazos rojos y llenos de ampollas, y ensangrentados en algunas partes. Mis manos estaban hinchadas y en carne viva, y la piel pendía en colgajos. Tenía los dedos incrustados entre dos bloques de basalto y movía los pies con desesperación tratando de afirmarlos en la oscura pared por debajo de mí. Encogí las rodillas y sentí que los dedos de los pies se apoyaban en un desnivel, y sólo entonces alcé la vista y vi la alta pared que se perdía en las alturas.
La Torre del Guardián.
De haber podido hablar, la palabra que hubiera pronunciado sería irrepetible aquí. Mi suerte se había transformado de mala en abominable. Por debajo de mí, la pared se precipitaba hacia el sibilante foso. Desde arriba me llegaba el zumbido del Cyrinishad, llenándome la cabeza y apagando todos los demás sonidos. Sólo podía hacer una cosa.
Cogí la daga con los dientes y desplacé los dedos hasta la siguiente unión de las piedras, y así empecé a trepar, moviendo uno tras otro los temblorosos miembros, sin confiar en ningún momento mi peso a un asidero hasta estar seguro de que era firme. Cuando llegaba a una hendidura demasiado estrecha para meter en ella los dedos, usaba el cuchillo para quitar la argamasa, y entonces continuaba.
Así fui avanzando, impulsado por el terror, el dolor y una locura seguramente equiparable a la de mi dios. Un clamor distante surgió de la muralla al responder los monjes y los guerreros a la voz de alarma de Ruha. No me atrevía a mirar hacia abajo por miedo a marearme y caer. Tampoco me preocupaba la posibilidad de que un arquero me derribara de la pared, ya que las sombras del lado de la torre en que me encontraba eran tan espesas como la tinta.
Cuando hube subido el doble de la estatura de un gigante de fuego, tropecé con los dedos en el alféizar de una ventana. Con gran regocijo me así a él y me alcé hasta apoyar el pecho. La cabeza se me enredó en un pesado cortinaje de lana, pero casi ni lo noté. Me limité a quedarme allí, en la oscuridad, y sentir el latido de mi corazón contra la piedra.
Del extremo opuesto de la torre llegaban muchas voces amortiguadas. Un grupo de valientes corría a salvar a los portadores del Cyrinishad de mi hoja asesina, pero ¿acaso importaba? Gwydion me mataría en cuanto me acercara al libro sagrado, y yo estaba suficientemente seguro de mi propia capacidad como para saber que el Guardián del Libro no necesitaría ayuda.
De haber existido un escondite seguro, allí me habría dirigido olvidando la orden de mi señor, pero ocultarme era inútil. Mis enemigos ya cruzaban el puente levadizo y rastrearían la ciudadela piedra por piedra hasta encontrarme. Además, había llegado hasta aquí, me había adentrado en el corazón mismo del Alcázar de la Candela valiéndome de mi propio ingenio y de la fuerza del elixir de Cyric. ¡Sólo un loco habría abandonado a estas alturas!
Me descubrí la cabeza y eché una mirada al interior de la habitación: estaba tan negro como una tumba. Volví mi oído bueno hacia la oscuridad, tratando de oír si alguien dormía en el interior, pero lo único que oí fue el libro que llamaba desde lo alto.
El zumbido de sus oscuras verdades subió de tono, llenándome la cabeza con el ruido de mil langostas voraces. El hedor de su macabro pergamino me llenó los pulmones y una fiebre extraña se apoderó de mí. Lo único que importaba era el libro.
Me aparté de la ventana y proseguí el ascenso. Un cronista menos veraz diría que había escogido este camino desesperado sabiendo que no encontraría a nadie en la pared mientras que las escaleras estarían llenas de guardias. Yo no pensé nada de eso. Me limité a trepar, impulsado hacia arriba por mi obsesión, y a medida que iba subiendo, la presencia del libro se hacía más cierta. Mi subida se volvió presurosa y descuidada. Dos veces resbalé y me así con una sola mano, quedando colgado por los dedos y con el corazón en la boca. Sin embargo, cada vez me impulsaba con más fuerza y subía más rápido, decidido a llegar a la cámara de Gwydion antes de que los guerreros lo pusiesen sobre aviso.
Llegué a otras dos ventanas. Como sentía que el libro todavía estaba más arriba, subí hasta una tercera. Llegado a este punto, el hedor del libro era muy intenso. Eché mano a la cortina y en seguida el zumbido de mis oídos se hizo tan fuerte como si todas las gargantas roncas de la Ciudad de los Muertos estuviesen pidiendo agua. Aparté la cortina con tanto cuidado que mi corazón latió una docena de veces antes de que terminara.
En la cámara había una vela parpadeante sobre una mesa. Su luz me permitió ver que había llegado a una pequeña sala de estar. Había una silla junto a una mesa, y un estante lleno de libros y de pergaminos sin usar. A mi derecha, una pequeña arcada conducía a una segunda habitación, presumiblemente destinada a dormitorio, y junto a este arco estaba el Cyrinishad, todavía encerrado en su caja de hierro.
El zumbido del libro se redujo a un susurro, y oí un pequeño chasquido al otro lado de la habitación. ¡El propio Gwydion estaba frente a la puerta de la cámara con la vista fija en el pestillo! Era posible que se acabara de enterar de la alarma y todavía no estuviera seguro de lo que había oído, pero ya estaba vestido con su armadura completa, incluso con yelmo y guanteletes, y no vi la menor señal de cansancio en su actitud.
Esto me llamó muchísimo la atención. ¿Es que nunca dormía? Por supuesto, la respuesta era que jamás lo hacía. Yo no lo sabía por entonces, o jamás hubiera entrado en la habitación, pero Gwydion el Veloz había sido devuelto a la vida para proteger a Rinda y al Cyrinishad. Para garantizar el éxito de su misión, Kelemvor le había dado el don de no necesitar el sueño ni muchas otras cosas que son necesarias para el común de los mortales.
Apoyé los pies en el suelo y atravesé la habitación con el sigilo propio de un ladrón, o eso esperaba. Gwydion no oyó nada y tendí la mano hacia el picaporte para abrirlo. Levanté la daga para atacarlo y no lo advirtió hasta el último momento, cuando atisbó una extraña sombra a la luz parpadeante de la vela.
Levantó un brazo para defenderse y llevó la otra mano a la empuñadura de la espada. Salté sobre su espalda, cruzando las piernas alrededor de la cintura, le cogí el mentón desde atrás y tiré hacia arriba para dejarle expuesta la garganta. Mi daga se deslizó hacia arriba por debajo del brazo que tenía levantado, encontró su cuello y cortó en ángulo de lado a lado. Empujé el acero con fuerza, cortándole las muchas venas y arterias del cuello, abriendo el conducto que lleva el aire a los pulmones y seccionando los fuertes músculos que mantienen la cabeza en su sitio.
De la garganta de Gwydion salió un profundo ronquido y a continuación cayó inerte de espaldas sobre el suelo. Aunque se oyó un pequeño tintineo de armadura, mi cuerpo hizo de amortiguador de su caída y el ruido no fue tan fuerte como podría haber sido.
De la otra habitación llegó la voz somnolienta de una mujer que acababa de despertarse.
—¿Gwy-Gwydion?
¡La mujer! Aunque había esperado cierto respeto de las formas, era evidente que ella compartía la habitación con el guerrero.
—¡Mil perdones! —hice que mi voz sonara tan profunda como un pozo—. Soy un bruto.
—Mmmmf.
Me quedé quieto un rato, escuchando. A través de la puerta llegó el murmullo de voces distantes y las pisadas de botas corriendo escalera arriba, pero la habitación de la mujer estaba en silencio. Me escurrí de debajo del guardián y me guardé la daga en el bolsillo, después bajé la tranca que cerraba la puerta por dentro. Si no me di cuenta de que no había salido nada de sangre de la herida de Gwydion fue debido a mi euforia. ¡Había encontrado el Cyrinishad y ahora me redimiría a los ojos de mi dios!
Me dirigí a la caja de hierro y apoyé la manos en la tapa.
En seguida una visión pasó como un relámpago ante mis ojos. Dentro de la caja vi un tomo de cuero negro como ala de cuervo, repujado con calaveras y soles negros. Desde el centro de la tapa miraba con furia una cabeza del tamaño del puño de un niño, con una gruesa cadena de plata atravesando su boca descarnada. La mandíbula se puso en movimiento. Una lengua larga y negra salió disparada entre los dientes serrados, pero no iba acompañada de sonido alguno. El libro habló de una manera que sólo yo podía oír, haciendo crujir sus páginas, frotándolas unas con otras invitándome a acercarme y liberar su terrible hedor pútrido.
Las llamadas eran algo que casi no podía soportar. Me temblaban las rodillas, tuve una arcada que me hacía difícil respirar y se apoderó de mí una histeria incontrolable. Sentía las manos tan entumecidas como piedras y empezaron a brotarme de los ojos lágrimas a raudales. Como un cordero ante los leones, sentí unas ganas enormes de salir corriendo.
Entonces una oscuridad sagrada salió sibilante de la caja y me rodeó. La Llama del Conocimiento me quemaba los ojos, y la Endecha de la Desesperación me sonó en los oídos mientras mi lengua pronunciaba torpemente la Perfecta Angustia de la Iluminación. Una fiebre helada me recorrió el cuerpo y cayó sobre mí todo el poder de la Oscura Verdad, lo cual es más de lo que ningún mortal puede soportar. Se me heló la médula de los huesos y el estómago se me llenó de una náusea fría. Fui invadido por una repulsión espantosa, como si hubiera tocado las entrañas vivas de un hombre, y me sentí tan acalorado y mareado que a punto estuve de desmayarme.
No era el éxtasis que había esperado, pero ¿acaso importaba? Mi dios me había ordenado que encontrase el Cyrinishad y lo había hecho. Ahora sólo tenía que entregarlo.
Miré por la ventana y vi que el cielo empezaba a volverse gris con la media luz que precede al amanecer. Faltaba poco tiempo para el juicio de Cyric, pero sólo necesitaba un momento para coger la caja de hierro y arrojarme por la ventana, y menos aún para pronunciar el nombre del Oscuro. Rodeé el cajón con los brazos. Era tan grande como el vientre de un caballo, pero lo levanté con todas mis fuerzas.
Sentí un estallido entre los hombros.
Pensando que alguien me había golpeado con el pomo de una espada, me volví, y este movimiento no hizo más que aumentar mi dolor. Caí encima de la caja y me mordí la lengua para no gritar. Sólo entonces me di cuenta de que no había nadie detrás de mí, que yo mismo me había hecho daño. Se me formó un gran nudo de dolor en el centro de la espalda que se extendió a todo el pecho en una franja tan ancha como la correa de una espada y que hacía que cada vez que respiraba creyera morir.
Los guardias de la escalera sonaban más y más cerca, y en algún lugar un poco más abajo, la bruja empezó a dar órdenes a gritos.
Viendo que jamás conseguiría levantar la caja de hierro decidí que era mejor abrirla. Otra vez me mordí la lengua para no gritar y me acerqué a Gwydion para rebuscar en sus bolsillos la llave de la cerradura.
Sólo llevaba monedas. Aunque en una época les había tenido tanto amor como a mi propia esposa, significaban muy poco para mí ahora que desechaba la plata y el cobre y sólo guardaba el oro. Entonces cogí la vela de la mesa, empuñé la daga y entré a gatas en la otra habitación.
La cámara de la mujer era idéntica a la primera, pero no tenía ninguna puerta que diera al vestíbulo. La mesa había sido trasladada junto a la ventana. Sobre ella había un gran libro con una gruesa encuadernación de cuero y también una pluma nueva y un tintero. Nada de llaves.
La mujer dormía en un jergón al otro lado de la habitación y se removió bajo las mantas. Sus ropas colgaban en un gancho de la pared junto a mí. Puse la vela sobre la mesa y me dediqué a examinar sus prendas en silencio. Juro por mi honor ante el Uno y el Todo que sólo lo hice para ahorrar tiempo y no porque me importara asesinarla. Si me temblaban las manos mientras buscaba era sólo porque la voz amortiguada de Ruha llegaba desde abajo llamando a Gwydion.
Al no encontrar llave alguna en la ropa, me volví hacia la mujer. Una pierna larga y desnuda asomaba entre las mantas y una cadena de plata le rodeaba el cuello, desapareciendo en una sombría hendidura debajo del borde del cobertor. Me arrastré hasta el borde de la cama y me puse de rodillas a su lado. Su pelo oscuro y sedoso cubría la almohada en seductor abandono, y en ese momento la mujer sonrió, tal vez porque había sentido mi presencia y pensó en sueños que se trataba de Gwydion. Se me ocurrió que tal vez sería más prudente dejarla viva, pues quizá hubiera alguna trampa en la caja de la que pudiera advertirme.
Entonces la voz de un hombre sonó atronadora a través de la puerta de la sala de estar pidiendo a Gwydion que sacara la tranca de la puerta. La mujer frunció el entrecejo e inmediatamente advertí mi estupidez. Una sierva del ladrón Oghma jamás me ayudaría a recuperar el Cyrinishad. Apliqué la punta de mi daga al esternón de la escriba y en ese momento la voz de la bruja llenó la habitación.
—¡Rinda, abre la puerta!
Los ojos verdes de Rinda se abrieron ante mí. Incluso a la luz de la vela debo de haberle parecido un demonio del Abismo, tal como estaba, con la cara llena de ampollas, un ojo maltrecho y los labios agrietados. Cuando hice el intento de taparle la boca con la mano despellejada la escriba ya había sacado un cuchillo de no sé dónde y trataba de clavármelo en la garganta.
—¡Gwydion! —gritó.
Todo lo que viene a continuación sucedió como un torbellino, con tal rapidez que no puedo recordarlo con absoluta precisión ni contarlo con total exactitud.
Me eché hacia atrás. La hoja del cuchillo de Rinda me alcanzó en la mejilla, derramando sangre caliente por mi pecho y dejándome la cara tan entumecida como la piedra. Entonces la arpía saltó de la cama, desnuda como un animal, y se lanzó sobre mí. Como mi daga estaba entre ambos, se la clavó hasta la empuñadura. Dio un grito espantoso y trató de alcanzarme otra vez, errando por muy poco. Vi que lo que llevaba al cuello no era una llave, sino el reluciente amuleto de Oghma. Entonces pensé que tal vez la cerradura de hierro no tuviera llave, ya que sus guardianes nunca quisieron que se abriera.
De la habitación contigua llegó un gran estruendo. Esto me produjo cierta confusión ya que no era el ruido de una puerta al ser derribada. Empujé a la mujer muerta apartándola de mí y me dirigí a la arcada para ver qué magia estaba utilizando Ruha.
Me encontré con Gwydion en la entrada. No tenía ni el menor rastro de sangre, lo cual hacía que contemplarlo resultase aún más espantoso. La cabeza le colgaba de los hombros y se movía atrás y adelante mientras trataba de darle la vuelta para verme y atacarme. Había elegido armas para la lucha cuerpo a cuerpo, y sostenía una daga en una mano y un hacha en la otra. Al parecer, tenía pensado seccionarme los miembros por su cuenta, ya que los guardias seguían aporreando la puerta y él no mostraba interés por abrirla.
No diré cuál fue la reacción de mi cuerpo en ese momento, ya que no es presentable y carece de importancia. Retrocedí a la habitación de Rinda hasta que choqué con el borde de la mesa. Gwydion me perseguía, con los hombros de lado para poder mirar hacia mí. Un instante después, su hacha describía un arco en dirección a mi cabeza.
Me pegué al libro que había sobre la mesa de la escriba, volcando el tintero y tirando la pluma al suelo. El hacha de mi atacante golpeó en la pared por detrás de mi cabeza, tocando a muerte en mi honor. Me arrastré hacia el único lugar posible y me acurruqué en el hueco de la ventana colocando el libro de Rinda como escudo ante la cara.
La daga de Gwydion dio en el libro con tal fuerza que me tiró por la ventana. Me encontré cayendo hacia el humeante foso sin soltar el libro de Rinda que tenía entre las manos.
Dije lo único que podía decir en esas circunstancias:
—Cyric, el Uno, el Todo.