Capítulo XLIX
Para dejar bien claro que no estaba dispuesto a aguantar más insultos a su justicia, Tyr había dado al Pabellón de Cynosure la forma que más le gustaba. Ahora todos los dioses lo verían como él: una estancia circular con paredes de caoba y suelos de mármol rematada por una luminosa cúpula de pálido alabastro.
Rodeando el perímetro había cinco alguaciles, todos ellos avatares de Helm. Llevaban armaduras completas con los visores bajos y estaban armados con hachas de batalla. Además, en los cintos llevaban negras esposas de vacío.
En medio de la sala, los dioses mayores ocupaban sus puestos habituales, aunque ahora esperaban tras una barandilla circular de oro bruñido. El Justo llevaba su maza de guerra al cinto para que todos pudieran verla, y en lugar de la habitual armadura de cuero se había puesto un reluciente blindaje de plata.
Cyric estaba frente al Justo. Nuestro señor oscuro también había modificado su aspecto adoptando la figura de un joven demacrado de pelo blanco y piel del color del yeso. La sangre de innumerables huéspedes asesinados manchaba las mangas de su marfileña túnica, sobre la cual llevaba una larga cota de malla hecha con la piel arrancada al último rey de Tethyr. Cada vez que otro dios se atrevía a mirarlo a los candentes ojos, lo miraba con tal rabia que el otro optaba por apartar la vista.
Kelemvor llevaba su nuevo atuendo: la misma máscara plateada de la muerte y la túnica gris perla que había adoptado cuando apagó las luces de su ciudad. Mystra estaba al lado del Usurpador con los tobillos sujetos por los negros grilletes de Helm. Tenía los ojos fijos en el suelo y no miraba al dios de la Muerte. Sólo ella podría haber dicho si era por furia o por vergüenza.
¿Y qué os diré de Malik, salvador de su dios y de todo Faerun? Llevaba una túnica roja y me encontraba dentro del círculo dorado con los ojos fuertemente cerrados, pero así y todo casi cegado por el brutal brillo de los dioses. Eran tan grandes como gigantes, y su esplendor se filtraba a través de mis párpados del mismo modo que el quemante sol brilla a través de la cera, lo cual me hacía ver todo lo que había en la sala en un caleidoscopio de luz cegadora.
A mi lado había otros dos testigos. Adon el Petimetre parecía un muerto viviente, y lo era en realidad. También estaba presente el dios Máscara, que cambiaba constantemente de aspecto, como un niño que no puede estarse quieto, pero a todas sus formas sombrías les faltaba un miembro.
Delante de nosotros había una mesa y sobre ella las pruebas del juicio: un reluciente cáliz de oro, una esquina rota de la prisión de Helm y una masa palpitante de moho amarillento que en una época había sido mi corazón.
Esto no era como yo lo había planeado.
Los dioses seguían dirigiendo miradas preocupadas a La verdadera vida de Cyric, y después me miraban a mí con odio. Creían que el libro era el Cyrinishad, y sabía que muchos de ellos estaban dispuestos a verme muerto antes que permitirme que lo abriera. Y aunque Tyr los obligara a que me dejaran leerlo, las mentiras de Oghma humillarían a nuestro señor oscuro ante unos dioses inferiores a él, lo cual significaba un destino mucho peor que la locura.
Lathander señor de la Mañana hizo una señal a Tyr, y éste alzó la maza que llevaba al cinto para imponer silencio.
—El amanecer ha llegado a las torres del Alcázar de la Candela. —El Justo apuntó con su dedo a Cyric—. El Príncipe de las Mentiras se enfrenta a los cargos de inocencia por causa de locura. Se lo acusa de no cumplir con su deber divino de extender la contienda y la discordia más allá de los límites de su propia Iglesia.
Tyr volvió su mirada vacía hacia Mystra y Kelemvor.
—La señora de la Magia y el señor de la Muerte se enfrentan a los cargos de incompetencia por humanidad. Se los acusa de usar una bondad indebida con los mortales de Faerun. —El Justo paseó la mirada por el círculo deteniéndose un instante en el rostro de cada uno de los dioses antes de continuar—. Que comience el juicio.
—Yo hablaré el primero. —Un gran desánimo se apoderó de mi corazón prestado cuando Cyric pronunció estas palabras; estaba demasiado ansioso por hacerme leer—. Yo soy el primer acusado y seré el primero al que absolváis.
Las exclamaciones de protesta casi me dejaron sordo, y los dioses echaron miradas nerviosas en mi dirección, lo cual me hizo temer que llegaría a descubrir lo que me tenían reservado antes de poder resolver mi dilema.
La voz de Oghma resonó sobre las demás.
—Precisamente porque eres el primer acusado debes ser el último al que se juzgue, Cyric. —Tuvo mucho cuidado de no mirar el negro volumen que estaba sobre la mesa—. Este juicio comenzó contigo y debe terminar contigo.
No entendía la lógica de lo que decía el Encuadernador, pero los demás dioses eran tan reacios como él a ocuparse del libro, de modo que todos a una lo apoyaron.
Recibí con alivio las palabras de Tyr.
—Está decidido —dijo.
Los soles oscuros brillaron más siniestros que nunca bajo la frente de Cyric, pero con un gesto desdeñoso dejó a un lado su ira.
—Tendréis que escucharme tarde o temprano.
—Y será tarde —replicó Tyr. Se volvió hacia Kelemvor—. El señor de la Muerte hablará el primero. ¿Cómo te declaras?
—Culpable —replicó el dios de la máscara plateada.
El murmullo de sorpresa que conmocionó la sala a punto estuvo de hacerme caer al suelo. Kelemvor dio un paso adelante, atravesando la barandilla de oro como si fuera un fantasma. Retrocedí, dejando a su imponente figura todo el espacio que pude.
La voz del Usurpador era tan sombría como un canto fúnebre.
—En el pasado abusé de mis derechos. No voy a negarlo ante vosotros. —Se volvió lentamente describiendo un círculo para mirar uno por uno a todos los dioses—. He recompensado a los valientes y a los bondadosos y he castigado a los cobardes y a los crueles, y de todo ello me arrepiento.
En ese momento, Kelemvor volvió hacia Mystra el rostro impasible de su máscara de la muerte, y por fin la Ramera alzó los ojos para sostener la mirada de su antiguo amante. Sólo el brillo de sus ojos hablaba de su tristeza, ya que era el brillo de las lágrimas.
Kelemvor continuó con su letanía.
—Juzgué a los hombres como si yo fuera todavía humano. Los buenos mortales habían depositado su fe en mi justicia y no en la de sus dioses, mientras que los malvados desertaban de sus iglesias a la primera señal de desaprobación. Mis acciones han socavado el culto a todos los demás dioses aquí reunidos, y eso fue un error.
Al oír esto, Mystra se mordió los labios. Kelemvor se volvió hacia el dios de la Batalla.
—Mi ofensa contra ti, Tempus, fue la mayor de todas. Al aprobar más el valor que la cobardía, he incitado a los bravos guerreros a dilapidar sus vidas y he dado a los cobardes una excusa perfecta para esconderse en sus rincones. Juro que nunca fue ésa mi intención.
La cara de Tempus permaneció oculta tras el visor, pero alzó los brazos ensangrentados y puso las palmas de las manos hacia arriba en un gesto de aceptación. Cuando el señor de la Batalla se disponía a hablar, el señor de la Muerte le impuso silencio con un gesto y se volvió a continuación hacia Tyr.
—En el pasado fui culpable de todo esto, pero del mismo modo que cambié yo, también he cambiado mi reino. —Kelemvor señaló con un gesto su nuevo atuendo—. Os invito a todos a enviar a vuestros avatares para ver la nueva Ciudad de los Muertos. No me juzguéis por mi pasado, sino por lo que encontréis allí ahora.
Mientras hablaba, el Usurpador abrió las puertas de su ciudad. Muchos dioses hicieron lo que les pedía, aunque Sune dio la vuelta en redondo ante las puertas de espejo; la imagen donde se reflejaba hasta el menor de sus defectos fue suficiente para convencerla de que el dios de la Muerte había hecho todo lo que había dicho. Los demás siguieron adelante, recorriendo las cenicientas calles llenas de residentes de mirada apagada, pasando por barrios de edificios sombríos y árboles muertos, cruzando puentes informes que atravesaban aguas tranquilas del color del acero. No veían crueldad ni rencor, pero tampoco alegría; el reino del señor de la Muerte se había convertido en un dominio de espíritus apagados y sombras desanimadas, en un lugar donde no había castigo ni recompensa. Y en el corazón de esta ciudad apática se alzaba la Torre de Cristal, un alto minarete de topacio marrón ahumado rodeado por una línea de espíritus entristecidos: los Falsos y los Infieles.
En el Pabellón de Cynosure, Mystra se apoyó contra la barandilla dorada con los hombros hundidos. Miró hacia el suelo entristecida. Cyric fue el que habló primero.
—Muy convincente, Kelemvor. —El Uno puso los negros ojos en blanco—. Una buena puesta en escena que puede volverse atrás con idéntica facilidad. ¿De veras piensas que vamos a creer que has cambiado tan repentinamente?
La respuesta de Kelemvor fue sorprendentemente calma.
—No espero nada de ti, Loco. Eres incapaz de aprender de tus errores y no puedes entender que puedan hacerlo los demás.
—¡No has aprendido nada! —Cyric señaló a Adon con un dedo tan largo como una espada. El patriarca de Mystra estaba encogido a mi lado, tratando de no mirar a la diosa a la que temía—. Todavía tienes bajo tu protección a Adon el Caído.
—No estoy protegiendo a nadie —respondió Kelemvor—. Adon será juzgado cuando comparezca ante mí en la Sala de los Juicios.
—¡Es mío! —Cyric atravesó la barandilla y empezó a avanzar.
Tyr cogió la maza que llevaba al cinto y apuntó con ella al Uno.
—¡No toques al testigo!
Cyric siguió adelante, y los cinco avatares de Helm se apartaron al unísono de la pared. Durante un instante terrible pensé que nuestro señor oscuro iba a desatender la orden de Tyr, pero se detuvo de pronto, parándose justo enfrente de la máscara plateada del señor de la Muerte. Kelemvor se mantuvo tan tranquilo como un cadáver.
—¡Yo robé el alma de Adon! —le espetó Cyric—. No tienes derecho a retenerlo.
—Ya te lo he dicho antes —fue la firme respuesta—, tú sólo robaste su vida. Él no pidió por ti, de modo que sigue siendo un Falso y un Infiel.
Entonces fue Mystra la que no pudo soportar las palabras del Usurpador.
—¡Cómo osas llamar a mi patriarca Infiel… o Falso! —Atravesó la barandilla flotando por encima del suelo para ahorrarse la vergüenza de caminar con cadenas—. Adon jamás habría abjurado de mí si Cyric no lo hubiera vuelto loco. ¡Lo sabes muy bien!
Adon se puso a temblar y se escondió detrás de mí. Los tres dioses eran altos como árboles y brillaban como soles, y estaban a doce pasos de distancia. Me tapé los ojos, pero de todos modos, sus imágenes quemaban en mi cabeza.
El fuego se desvaneció de los ojos de Cyric y preguntó con una voz llena de falsa condescendencia.
—Señora de la Magia, ¿cómo puede saber Kelemvor algo que no es cierto? Yo no volví loco a Adon. Fuiste tú quien lo hizo. —Dedicó a la diosa una sonrisa engreída y luego continuó—. Dejé que el patriarca te viera con mis ojos, y la visión de tu auténtica naturaleza fue más de lo que cualquier hombre puede soportar.
Mystra se enfrentó al Uno, y tan grande era su odio que hasta yo pude ver a la arpía devoradora de entrañas de la pesadilla de Adon.
—¡Asquerosa úlcera purulenta! ¡Te voy a…!
—¡Un momento! —Cyric alzó las manos sin dejar de sonreír—. No tienes motivo para estar enfadada conmigo, precisamente conmigo, señora de la Magia. Kelemvor sabía lo que yo había hecho. Podría haber salvado a Adon antes de que nuestro viejo amigo estuviera tan trastornado como para saltar al vacío.
La cara de Mystra habló a las claras de su sorpresa. Miró los ojos vacíos de Kelemvor y meneó la cabeza con desaliento.
—Es verdad, ¿no? ¡Lo sabías hace tiempo, cuando viniste a sacar al espíritu de Zale del volcán, y me lo ocultaste!
Kelemvor no lo negó.
—Los secretos de los muertos les pertenecen a ellos. Eso es algo que no ha cambiado en mi ciudad.
—Pero tú sí has cambiado. —Los ojos de Mystra se llenaron de lágrimas de magia reluciente—. Y yo no puedo amar a este nuevo dios como antes amé al hombre.
Al oír esto, Kelemvor agachó la cabeza, aunque no apartó de ella sus ojos grises.
—Nadie debería amar a la Muerte.
Al volverse Mystra, una sola lágrima resbaló por su mejilla. Cyric cogió el cáliz dorado de la mesa y lo puso bajo la barbilla de la diosa para capturar la brillante gota. Dio un grito de gozo que me provocó una mueca de disgusto.
Mystra lo apartó de un empujón.
—Aparta. —Volvió flotando al lugar que le correspondía tras la barandilla de oro—. Me siento tentada de olvidar dónde nos encontramos.
—Como desees. —Cyric sonrió con sumisión y volvió a colocar el cáliz sobre la mesa—. De todos modos, ya he terminado.
Kelemvor lo miró, pero no dijo nada. Los demás dioses negaron con la cabeza y pusieron los ojos en blanco, y en mi tontería hasta yo creí que la conducta de Cyric no era sino un signo más de su locura.
Tyr amenazó al Uno con su muñón.
—Tú también puedes volver a tu sitio, Cyric. Ya hemos oído suficiente sobre Adon el Caído.
—Y hemos oído bastante sobre los cargos contra el señor de la Muerte —añadió Oghma el Sabio—. Digo en su favor que hemos visto con nuestros propios ojos lo que sacrificó en aras del deber.
Al oír esto, los dioses llenaron el Pabellón con un coro generalizado de asentimiento. Sólo Cyric alzó la voz contra el veredicto, pero ni siquiera él lo hizo con excesiva vehemencia. Esto me sorprendió mucho, hasta que noté el brillo de astucia de sus ojos de ébano y mi sorpresa se convirtió en preocupación, pues estaba claro que entre los planes de Cyric había algo más que mi lectura del Cyrinishad. Eché una mirada a mi corazón y me pregunté si alguna vez volvería a sentir sus latidos dentro del pecho.
Tyr alzó el muñón.
—El Círculo ha hecho saber su voluntad en la cuestión del señor de la Muerte, pero los cargos contra él no son independientes. Él y Mystra se enfrentan a una acusación conjunta. Si indagamos lo de uno, también debemos indagar lo del otro.
—Oigamos entonces lo que ella tiene que decir —propuso Oghma.
Mystra se dirigió a los demás dioses desde el lugar que ocupaba tras la barandilla dorada.
—También yo he aprendido de mis errores.
—No es lo que dicen tus acciones —fue la severa respuesta de Tyr. El Justo señaló la esquina rota de la negra prisión de Helm—. Has mostrado poco respeto por la justicia del Círculo. Y no debemos olvidar en primer lugar por qué Helm tuvo que ponerte bajo su custodia. ¡Atacaste a un testigo!
Tyr hizo una señal a Máscara, que estaba al otro lado de la mesa, a una docena de pasos de Adon y de mí. Como de costumbre, el señor de las Sombras no hacía más que cambiar de una a otra forma tenebrosa —ninguna de ellas con todos los miembros— y no soltaba la espada encantada del príncipe Tang.
—He compensado muy bien a Máscara por su pérdida —replicó la señora de la Magia—, a menos que quiera devolver el chien del príncipe Tang a cambio de alguna otra compensación.
El señor de los Ladrones envolvió la espada en un crespón de sombra y negó con la cabeza, pues el haberse librado del Perro del Caos tenía para él más valor que lo que había perdido.
—Y él es más que un testigo en este juicio —continuó—. Fueron sus conspiraciones las que convencieron a Tempus para que presentara los cargos originales, y el señor de las Sombras me dijo sin ambages que él mismo había causado gran parte de los problemas que tuvimos Kelemvor y yo para preparar nuestra defensa.
Tyr volvió hacia Máscara su mirada vacía.
—¿Es eso cierto?
El señor de las Sombras se encogió de hombros y adoptó la forma de un lammasu con una sola ala.
—Admitir una cosa no hace que sea verdad.
—Lo hace en este juicio —replicó Tyr—. Obstaculizar el derecho del acusado a defender…
—No castigues a Máscara por mí —lo interrumpió Mystra—. Me siento en deuda con él. Sin su interferencia no me habría dado cuenta de la injusticia que he estado cometiendo con los mortales de Faerun.
Su utilización de la palabra «injusticia» estaba calculada para despertar la curiosidad de Tyr, y surtió efecto.
—¿Y cuál era esa injusticia?
—Un despotismo más terrible que cualquiera de los de Cyric.
—¡Como si pudieras! —El Uno alzó los ojos hacia el techo.
—La tiranía de la carne no es nada comparada con la tiranía del espíritu. —Mystra volvió la mirada hacia Lathander, Silvanus y Chauntea—. Al tratar de negar el Tejido a los destructivos y los malvados, he tratado de determinar el destino de Faerun, y ésa no es mi función ni la de ninguno de los dioses aquí reunidos.
—Una elección no tiene sentido a menos que se haga con libertad —concedió Oghma el Sabio—. A los mortales de Faerun les toca decidir lo que quieren hacer con su mundo. Si les quitamos esta confianza, el destino de Faerun no tendrá valor para ellos.
—¿Para ellos? —intervino con desprecio el Uno—. Yo no me hice dios para dejar que los mortales echen a perder Faerun.
—No, tú te hiciste dios para arruinarlo para ellos. —Sune dedicó al Uno una sonrisa radiante y añadió luego con dulce voz—: Todos sabemos en qué caos espantoso lo transformarías todo.
—La belleza está en el ojo de quien la contempla. —El rostro de Cyric estaba tan rojo como el pelo de Sune. Veía que la señora de la Magia estaba ganando para su causa a demasiados dioses, y en sus planes sobre el nuevo orden no había espacio para Mystra ni para Kelemvor. Se volvió hacia la Ramera—. ¿Qué estás diciendo? —preguntó—. ¿Que me darás libre acceso al Tejido?
Mystra sostuvo su mirada sin miedo.
—Sí…, y a Talos y a Tempus, y también a Shar.
Al oír esto, el Destructor lanzó un bufido y apartó la vista de las palabras profanas que había estado grabando en la barandilla dorada.
—¿A cambio de qué? ¿De un veredicto a tu favor?
—En absoluto, Talos —respondió la Ramera—. Ya he vuelto a abriros el Tejido a ti y a tus señores de las tormentas y a Tempus y a sus magos de guerra, y a Shar y a todos sus oscuros seguidores, e incluso a Cyric y a sus locos. El Tejido permanecerá abierto independientemente del veredicto del Círculo.
—Suponiendo que siga en tu poder —le recordó Tyr.
—Suponiendo que así sea —dijo Mystra asintiendo.
—¡Sólo hace tres años que el Círculo la censuró por haberme denegado el Tejido! —El hecho de que ni siquiera parpadeara después de decir esto era una prueba de la locura del Uno, ya que todos sabían que Mystra se lo había denegado en un intento de impedir que hiciese precisamente el libro al que ahora tanto temían—. ¡Creo que ya hemos oído esto antes!
La voz de Shar bajó hasta mis oídos como un manto de susurros.
—Habría sido mejor que hubiéramos dejado a Mystra hacer lo que quería. —El Precursor de la Noche echó una mirada al libro negro que estaba en la mesa de las pruebas—. Yo, por mi parte, aceptaré la palabra de la señora de la Magia… si ella se une a mí y a algunos otros en la petición de que Tyr prohíba cualquier lectura del Cyrinishad.
—¡Esto no puede ser! —bramó el Uno—. ¡El acusado tiene derecho a preparar su defensa!
—¡Y nosotros tenemos derecho a defendernos contra sus mentiras! —replicó Tempus, señor de la Batalla.
Mientras todo esto ocurría, una sombra incipiente apareció junto a La verdadera vida. Miré hacia el techo abovedado que había encima de nuestras cabezas esperando ver alguna fuente de luz brillando tras el alabastro translúcido, pero, por supuesto, el Pabellón de Cynosure está por encima de cosas tan mundanas como soles y lunas. Bajé la vista y casualmente tropecé con Máscara, cuya estatura era apenas la mitad que la de las enormes figuras de los grandes dioses. Estaba pasando de la forma de un corpulento firbolg con una sola pierna a la de un verbeeg larguirucho al que le faltaba un brazo, y ese brazo era la única parte de su cuerpo que no reverberaba al cambiar. ¡El dios de los Ladrones quería hacerse con La verdadera vida de Cyric!
Si alguno de los demás dioses se había dado cuenta de esto, parecían estar demasiado absortos en el juicio como para notarlo. En cuanto a mí, guardé silencio y pensé en la conveniencia de permitir que el señor de la Sombra consiguiera su propósito, razonando que siempre podría volvérselo a robar más adelante, cuando no tuviera que leerlo ante semejante número de dioses inferiores al Uno.
Mientras miraba cómo la sombra evolucionaba hasta el borde del libro, el señor de la Batalla se dirigió a Mystra.
—Señora de la Magia, en una ocasión me ofrecí a retirar mis cargos si considerabas la posibilidad de que la guerra beneficia a Faerun. No puedo repetir esa oferta por mi anterior promesa a Máscara, pero estoy dispuesto a garantizarte un veredicto favorable si me aseguras que nunca más volverás a ponerme restricciones sobre el uso del Tejido y prometes hacer causa común con nosotros contra la lectura del Cyrinishad.
Mystra se quitó el sagrado halo solar que llevaba al cuello y se lo arrojó a Tempus.
—He aquí mi garantía. El Tejido no será restringido, pero no puedo oponerme a la lectura aunque eso signifique mi libertad. —Se volvió hacia Tyr—. Ya me he tomado demasiadas libertades con la justicia del Círculo y debo dejarme guiar por Tyr.
La sombra de Máscara empezó a arrastrarse por encima de La verdadera vida, pero yo seguía sin decidirme a actuar.
La diosa de la Belleza se acercó a Mystra, bañando a la Ramera con el resplandor de su radiación halagadora.
—Yo digo que votemos a favor de la señora de la Magia. No sería justo juzgarla por el pasado cuando ya hemos hecho concesiones a Kelemvor.
Oghma asintió.
—No corresponde al Círculo castigar a ningún dios por sus errores pasados. Nuestra única preocupación es la seguridad del Equilibrio, y podemos sentirnos más seguros que nunca de que Mystra le prestará un buen servicio.
Una vez más, un coro de voces llenó el Pabellón, pero esta vez no fue Cyric el único que condenó a la Ramera. A pesar de su compromiso de mantener la accesibilidad del Tejido, Talos, Shar y Tempus estaban cumpliendo su implícita amenaza: Mystra se había negado a sumarse a su oposición a la lectura del Cyrinishad, de modo que ahora se ponían en su contra. Tyr también habló en contra de Mystra, pues no había perdonado a la diosa el hecho de haber huido de su sagrada justicia.
El voto del Círculo estaba empatado, y ahora sólo Kelemvor podía desempatar.
—¿Qué dices tú, dios de la Muerte? —preguntó Tyr—. ¿Votarás a favor de Mystra salvándote tú al mismo tiempo… o en contra de ella y sufriendo su mismo castigo?
En una época, la respuesta habría sido tan obvia como rápida, pero Kelemvor no respondió de inmediato. En lugar de eso, volvió sus ojos grises hacia la diosa de la Magia y se dedicó a estudiarla largamente. Ella sostuvo su mirada sin flaquear, aunque la tristeza causada por su vacilación era evidente en su rostro. Después, hasta la tristeza desapareció.
El señor de la Muerte hizo una seña a Adon de que avanzara, entonces recogió al tembloroso patriarca en la palma de la mano.
—No tienes nada que temer —le dijo—. Mira mis ojos y dime lo que ves.
Adon hizo lo que se le ordenaba. Una bruma perlada salió de los ojos del señor de la Muerte y envolvió al patriarca, y desde las profundidades de la niebla salió una silueta. Tenía el pelo largo y negro como la seda y un rostro luminoso de marcados pómulos y labios carnosos. Aunque sus ojos eran tan oscuros y profundos como la noche, refulgían con la luz cálida de un sagrado halo solar, e iba vestida con una vaporosa túnica de luz crepuscular.
Adon dio la vuelta sobre sus talones y miró a Mystra de frente. Después, cayó de rodillas en la mano de Kelemvor.
—¡Diosa! ¡Perdóname, te lo ruego!
—Nunca te culpé a ti —respondió Mystra—, sólo a Cyric.
Kelemvor puso al patriarca en manos de su diosa.
—Adon te pertenece por derecho. Haz con él lo que quieras. Para mí, eres tan digna como cualquiera de los dioses presentes en esta sala —en las palabras del dios de la Muerte no había ni sombra de afecto ya que exponían hechos puros y duros.
Mystra colocó los dedos encima de la cabeza de Adon y dejó que cayera sobre sus hombros una lluvia trémula de magia. El patriarca desapareció y fue a esperar a su diosa a su palacio de Dweomerheart.
—Se levantan los cargos contra Kelemvor y Mystra —declaró Tyr.
—¡Fraude!
El chillido de Cyric fue tan estridente que hasta los dioses se encogieron y yo me tapé los oídos. Aunque la sombra que se cernía sobre La verdadera vida cubría ahora casi la mitad del libro, se estremeció y dio la impresión de que iba a replegarse.
—¡Kelemvor sólo ha cambiado su apariencia! —gritó Cyric lleno de furia—. ¡Jamás tuvo intención de condenar a Adon!
Kelemvor volvió su máscara hacia el Uno.
—Tenía intención de tratar a Adon como a cualquier otro, pero esas intenciones ya no te incumben. Lo único que hice fue dejar que el mortal viera a Mystra a través de mis ojos. Si él se dirigió a Mystra como su diosa, fue algo que hizo él y no yo.
Cyric se volvió hacia Tyr.
—¿Vas a anular el veredicto?
—¿Sobre qué base?
—Han hecho trampa.
El Ciego negó con la cabeza.
—El Círculo ha hablado y ha llegado el momento de considerar los cargos contra ti.
Miré el libro. Ahora la sombra cubría sus tres cuartas partes. Vi que Talos también lo miraba mientras arañaba la barandilla con sus afiladas uñas, y cuando apartó rápidamente la vista me di cuenta de que también él sabía lo que estaba sucediendo. A lo mejor él y Máscara lo habían planeado todo.
Después de mirar torvamente a Tyr un momento, Cyric se encogió de hombros.
—Como quieras. Entonces, veamos los cargos. —Echó una mirada despreciativa a todo el Círculo—. De todos modos, al final haremos lo que yo desee.
Un murmullo de desagrado recorrió todo el Pabellón, y me di cuenta de que el tiempo se estaba acabando. El propio juicio de Cyric se aproximaba y él ya había empezado a poner furiosos a sus enemigos. Me armé de coraje y señalé a Máscara con el brazo.
—¡Ladrón! ¡Está robando el libro!
La sombra de Máscara abandonó La verdadera vida antes de que yo hubiera pronunciado la segunda palabra, pero a pesar de toda su rapidez no pudo escapar al Gran Guardián. En un abrir y cerrar de ojos, un par de Helms gemelos habían capturado al señor de las Sombras, cogiéndolo uno por el retorcido brazo y el otro por la enclenque pierna. Ahora había un tercer Helm junto a la mesa de las pruebas preparado para abatir a cualquiera que se atreviera a echar mano de La verdadera vida.
Talos me dirigió una mirada que decía que haría bien en cuidarme de los rayos en lo que me quedaba de vida. Tyr pasó por encima de la barandilla dorada, ya que no hubiera sido correcto que pasara por alto algún aspecto de su propia sala de juicios, y fue a enfrentarse al dios de los Ladrones.
—¡Te exijo una explicación!
Máscara tomó la forma de un troll de nariz ganchuda y se encogió de hombros.
—Soy el dios de los Ladrones. No puedes culparme por robar.
—Pero puedo expulsarte de esta sala. —Tyr miró al Helm que sujetaba a Máscara por el brazo—. Lleva fuera a este ladrón. Te avisaré si es llamado a testificar.
—¡Soy algo más que un testigo en este juicio! —objetó Máscara—. Yo también me juego algo en él.
Tyr lo miró con desconfianza.
—¿Y qué es lo que te juegas?
—La intriga. —Un estremecimiento recorrió la forma de troll del dios y se convirtió en un ogro con una sola pierna que señalaba al Uno—. Cuando despojes a Cyric de su carácter divino, exijo el dominio sobre la intriga. Me lo he ganado.
Llevado por la furia, nuestro señor oscuro había olvidado hacer que su cuerpo fuera insustancial, de modo que cuando dio un paso adelante chocó con la barandilla dorada.
—¡Cuando el Círculo me confirme como su líder, te despojaré incluso de la vida!
El Uno lanzó un rayo de energía oscura contra la forma de Máscara, pero Helm la paró con su hacha. El arma se convirtió en una astilla retorcida y a continuación se deshizo en humo.
Tyr se interpuso entre Máscara y el Uno.
—Todavía no te hemos juzgado, Loco. Vuelve a tu sitio o te declararé incompetente para asumir tu propia defensa.
Los ojos de Cyric centellearon al oír la amenaza, pero sabía que ningún otro dios me pediría que leyera el Cyrinishad, de modo que hizo lo que el Justo le ordenaba.
Tempus, el señor de la Batalla, se irguió cuan alto era.
—No nos llevará mucho tiempo estudiar la petición de Máscara. Cuando me vino con su plan me aseguró que sabía perfectamente que no debía permitir que sus maquinaciones se le escaparan de las manos. —El Martillo de Enemigos señaló con la mano cubierta por el guantelete a Mystra, a Kelemvor y luego la mesa de las pruebas—. Si eso fuera cierto, para empezar no habría interferido en las defensas de la señora de la Magia y del señor de la Muerte, ni nos veríamos abocados a la lectura del vil libro de las mentiras de Cyric. Sea cual sea el resultado del juicio, yo digo que Máscara no tiene ningún derecho a la intriga. Que se conforme con su espada robada y con haberse librado del Perro del Caos.
Al ver que nadie ponía la menor objeción, Tyr asintió.
—Que así sea.
El avatar de Helm se desvaneció llevándose a Máscara, y entonces Tyr se volvió hacia el Uno.
—Cyric, ya conoces los cargos: inocencia por causa de locura. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
El Uno miró con desprecio a Tyr y a los demás acusadores y a continuación volvió su mirada candente hacia mí.
—Lee, Malik.
—¿Ahora, poderoso señor?
Cyric me miró con furia y sentí que se me formaba un nudo negro y doloroso en el estómago. Frías gotas de sudor empezaron a resbalarme por la frente. Se acercaba mi momento de la verdad, y con las rodillas temblorosas me acerqué a la mesa de las pruebas y cogí La verdadera vida.
En cuanto puse los dedos sobre la cubierta, un destello blanco atravesó el aire, un trueno poderoso retumbó en la sala y un rayo de fuego me golpeó en el pecho. Salí disparado a través de la sala y me golpeé contra la barandilla de oro, y sin duda me habría estrellado contra la pared del Pabellón de no haber sido porque di primero contra uno de los avatares de Helm. Caí a sus pies sin soltar el libro.
Alcé la vista con miedo. Talos, el disparador de relámpagos, me apuntaba al pecho con el dedo. Otra media docena de dioses se acercó a mí: Shar, Sune, Lathander y otros, cuyas radiaciones se mezclaban como un fuego furioso. En los dedos de todos reverberaba la magia, y todos estaban dispuestos a impedir que leyera el libro. Silvanus apartó de un golpe la mesa de las pruebas e hizo que mi blando corazón saliera volando por el suelo hacia los pies de Kelemvor.
Alcé una mano temblorosa para protegerme de ellos.
—No, esperad…
—¡Tranquilo, muchacho! —fue Chauntea la que dijo esto. En cuanto habló sentí que la lengua se me hinchaba en la boca, volviéndose tan gruesa que casi no podía respirar, y mucho menos hablar.
Tyr y cuatro de los avatares de Helm salieron a interceptar a mis atacantes, y entonces Shar, la diosa de la Noche, alzó la mano. La sala quedó tan oscura como una tumba y perdí de vista mi corazón.
—¡Atrás! —ordenó Tyr—. El testigo está bajo mi protección.
—No queremos hacerle daño. —Cuando el señor de la Mañana habló, un rayo de radiación dorada me dio en los ojos, de modo que me convertí en seguida en lo único visible y completamente ciego de toda la sala—. Lo que queremos es el libro.
Desde algún punto a mi izquierda sonó la dulce voz de Sune.
—Tíramelo a mí, Malik, y obtendrás el amor de cuantas mujeres desees.
Podría haber mencionado a una docena de mujeres cuyo afecto valía más que un buen semental, y la adoración de cualquiera de ellas habría valido más que el amor infiel de mi propia esposa, a quien Cyric había puesto tan fuera de mi alcance. Sin embargo, sólo consideré un instante la oferta de Sune, ya que era un siervo demasiado leal para traicionar al dios de mi corazón.
Oí el ruido de pisadas que se acercaban a mí y rogué que nadie pusiera sus pies sobre la masa palpitante que Silvanus había tirado tan intempestivamente de la mesa.
—¡Dejad que Malik lea el libro u os enfrentaréis a la ira de Ao! —dijo Tyr.
Desde algún lugar por detrás de mis atacantes se oyó la voz de Cyric.
—No tenéis nada que temer a la verdad.
—Tú no reconocerías la verdad aunque saliera de tus labios, cerebro de gusano.
—Y nosotros tememos menos a Ao que a la perspectiva de unirnos a la locura de Cyric —dijo Chauntea—. No vemos cómo podría contribuir eso al Equilibrio.
—¿Acaso las cosas sólo existen porque las veis? —replicó Oghma—. Es actuar según un código justo lo que contribuye al Equilibrio; lo que estáis haciendo sólo os sirve a vosotros.
—No nos interesan tus sofismas, Encuadernador. Todos nos hemos puesto de acuerdo. —Cuando Tempus dijo esto sonó más cerca de lo que yo habría deseado—. Antes que permitir que el mortal lea el libro del Loco iniciaremos una nueva Era de los Trastornos.
—Eso sería un terrible derroche —vaticinó Mystra.
Una esfera reverberante de magia surgió en torno a mí y me levantó hacia el techo abovedado. Me encontré mirando desde lo alto una sala llena de oscuridad. Abrí La verdadera vida por el final y empecé a pasar las páginas buscando el principio de la falaz narración de Oghma.
—Dejad que lea. —Cuando Mystra habló, la oscuridad desapareció del Pabellón y me encontré mirando las cabezas de los dioses. Esto no era tan estimulante como podría parecer, ya que todos me estaban mirando, y más de uno con mirada asesina en los ojos. Vi que mi corazón estaba intacto en el suelo, junto a la barandilla dorada y cerca de los pies de Kelemvor—. No nos hará ningún daño, ni a nosotros ni al Equilibrio —prosiguió la Ramera.
—No puedes garantizar eso. —Kelemvor alzó la mano y de la nada sacó una cimitarra de plata—. Le prometiste a Tyr que no interferirías con la defensa de Cyric.
Mystra se puso a su lado y lo cogió del brazo.
—No he roto mi promesa, pero tú debes confiar en mí.
—Nunca más.
Kelemvor la hizo a un lado, luego levantó la cimitarra y adquirió la estatura necesaria para llegar a mi burbuja mágica. De inmediato, Tyr y todos los avatares de Helm crecieron a la misma altura de Kelemvor y se dispusieron a detenerlo. En ese momento perdí de vista mi corazón bajo tantos pies. Tempus, el señor de la Batalla, esgrimió su gran espada y Talos se llenó las manos de rayos relampagueantes mientras los dedos de Lathander empezaban a brillar con un fuego dorado. Todos se pusieron de parte de Kelemvor. El Uno se llenó las manos de negras dagas impregnadas de veneno y empezó a aproximárseles por la espalda. Justo entonces encontré por fin la página, y me empezaron a temblar las manos de tal forma que casi no podía distinguir las letras. Al mismo tiempo se me llenaron los oídos de un zumbido tan terrible que no iba a poder oír mis propias palabras cuando leyera.
Oghma corrió a interponerse entre los dos bandos.
—¡Esperad! ¡No podemos hacer esto! —El Encuadernador alzó las manos como si realmente creyera que semejante par de brazos escuálidos iban a poder evitar la inminente matanza—. ¡Una guerra entre nosotros significará la destrucción de Faerun!
—¡Sal de en medio, viejo necio! —le ordenó Tempus.
Viendo que Oghma no obedecía, Tempus lo golpeó en la cabeza con la empuñadura de su espada y lo derribó. Cyric alzó la mano para lanzar su primera daga y me di cuenta de que en medio de tamaño tumulto mis palabras no llegarían a los oídos del Uno. No podía permitir que todos mis esfuerzos hubieran sido en vano.
—¡Esperad, estúpidos chacales! —dije a voz en cuello, y mi audacia dejó tan sorprendidos a los dioses que me dio ocasión de levantar La verdadera vida y gritar—: ¡Éste no es el Cyrinishad!
Un silencio de sorpresa se adueñó del Pabellón y los dioses dejaron las manos quietas un momento. Fue sólo el alarido atónito de Cyric lo que hizo que el instante se alargara.
—¿Qué?
El Uno hizo un movimiento de muñeca y un instante después su negra daga atravesó la burbuja mágica de Mystra. Estoy seguro de que fue la protección de Tyr y no mis propios reflejos lo que puso el libro justo delante de mi cara. La hoja impregnada de veneno atravesó la tapa de cuero y se detuvo a un pelo de mi rostro. Entonces sentí que el estómago se me subía a la boca y me precipité hacia el suelo.
Ni siquiera me di cuenta cuando caí. Lo único que hice fue apartar la vista del cuchillo y empezar a leer:
Por más que los hombres traten de arrebatar a los dioses las riendas del destino, todos nacen a merced de la naturaleza, vinculados de cien maneras a cuantos los rodean. Es así como los dioses se aseguran de que los mortales están sometidos a su mundo de penalidades y sufrimientos. Cyric de Zhentil Keep no fue una excepción.
En el Flamerule más caluroso por el que haya pasado jamás Zhentil Keep, nació Cyric de una barda miserable, tan falta de talento que no podía ganarse ni un cobre…
Cyric se llevó las manos a los oídos.
—¡No!
La potencia del grito me lanzó contra la pared y en mis oídos sonó el alarido de mil banshees, pero continué leyendo. A decir verdad, no podría haber parado aunque quisiera, ya que el conjuro de Mystra me empujaba a seguir adelante con la misma inclemencia que cuando estaba en la misma cámara y recitaba el diario de Rinda.
Seguí leyendo, describiendo la forma en que Cyric había sido vendido cuando niño a un mercader sembiano y había sido criado en una vida de lujo, y cómo había pagado nuestro señor oscuro la bondad del hombre con la traición y el asesinato. Cuando llegamos a la parte sobre la vuelta a Zhentil Keep como esclavo, el Uno lanzó un chillido que helaba la sangre, a continuación levantó la mano llena de dardos oscuros.
—¡Embustero! —al gritar esto, impulsó el brazo hacia adelante y lanzó los dardos—. ¡Traidor!
Uno de los avatares de Helm interpuso el hacha de batalla parando los dardos con el reverso del arma antes de que me alcanzaran en la cara. Luego, otras dos manifestaciones del Gran Guardián cogieron a Cyric por los brazos dejándolo inmovilizado.
Proseguí con la lectura describiendo la huida del Sol Oscuro, que pasó de la esclavitud a un gremio de ladrones, sus muchas aventuras con Kelemvor Lyonsbane y, finalmente, su viaje para recuperar las Tablas del Destino durante la Era de los Trastornos. Por supuesto, cada palabra que leía era un sacrilegio y una vil mentira, pero esta sarta interminable de blasfemias pareció calmar al Uno. Cuando llegué a la parte en que se cuenta cómo robó las tablas a sus antiguos compañeros y las utilizó para conseguir el favor de Ao, nuestro señor oscuro no podía ni moverse sujeto por Helm como estaba. Me miraba con la expresión más lúcida que le había visto jamás y no decía nada, y cuando acabé el odioso relato y alcé la vista, se limitó a negar con la cabeza.
Cerré el libro, arrojé lejos el asqueroso tomo y a continuación me tiré a sus pies.
—¡Poderoso señor, no me castigues! ¡Sólo he hecho esto tan terrible por tu bien, para que pudieras recobrar la cordura y defenderte en este simulacro de juicio! —Me abracé a su enorme pie y deposité sobre él una lluvia de besos—. ¡Juro que no me causó placer, y sabes que no puedo mentir!
Talos lanzó una sonora risita que recorrió toda la sala, pero Tempus, el señor de la Batalla, rápidamente le dio un empujón en el hombro.
—No es momento para alegrarse. Hemos estado al borde de desatar el Año de la Matanza.
Talos volvió a su lugar en el Círculo y Tempus lo siguió. Cuando los otros dioses volvieron también a sus puestos, el Uno me apartó de su pie.
—Ya me ocuparé de ti más tarde, Malik. —Señaló la pared donde con gran alivio vi mi mohoso corazón que todavía latía en el suelo—. Ahora tráeme tu corazón.
Corrí veinte pasos por el Pabellón y me arrodillé para recoger la preciosa masa. Olía a fruta podrida, y en un lado presentaba un cardenal debido a que algún dios lo había pisado, pero eso poco importaba. Lo cogí con las dos manos y, como si fuera un niño, lo acuné acercándomelo al pecho. El moho era blando y aterciopelado, y el propio corazón parecía casi líquido dentro de su piel, pero a pesar de todo me consideré afortunado. Si alguien lo hubiera pisado en este estado habría reventado sobre el suelo como una ciruela madura.
—¡Malik! Estoy esperando la prueba.
La verdad, me resistía un poco a entregar la prueba, pero como no podía meter la mano en mi propio pecho y volver a colocar el corazón en su sitio, sabía que tendría que entregarlo tarde o temprano, y cuanto antes mejor. Me puse de pie de un salto e hice lo que me ordenaba el Uno.
En cuanto Cyric cogió el corazón de mis manos, se volvió tan grande como un melón enorme, de modo que parecía un melocotón amarillo y palpitante en su mano de gigante.
—Este corazón me ayudó a ver la verdad de mi estado.
Cyric alzó la cosa mohosa para que todos pudieran verla y a continuación se la llevó a la boca y le dio un buen mordisco. Un chorro de acuoso jugo amarillo le corrió por el mentón y yo di un grito, pero nadie me prestó atención.
—¡La verdad es que todavía soy un dios más digno que cualquiera de vosotros! —El Uno hablaba con la boca llena y se pasaba la lengua por los labios entre palabra y palabra—. Y es por eso que todos estáis tan celosos.
Pensando que mi plan había fracasado di un grito de desesperación y me tiré al suelo.
—Debo admitir, sin embargo —continuó Cyric—, que no soy más poderoso que ninguno de vosotros. —El Uno volvió mi corazón hacia el otro lado como si fuera a darle otro mordisco, después pareció pensárselo mejor y guardó aquella cosa jugosa en algún bolsillo de su cota de malla—. Eso fue una ilusión del Cyrinishad. Una ilusión feliz… —en ese momento el Uno me miró—, pero una ilusión al fin y al cabo. Todos podemos decir que estoy mejor ahora.
—¿Es ésa tu defensa? —dijo Lathander desdeñoso—. ¿Que estás mejor ahora?
El Uno se volvió hacia el señor de la Mañana como para atacarlo, y de repente se irguió y negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. Es una comprobación de los hechos. —Cyric atravesó la sala y recuperó el cáliz dorado que estaba en el suelo—. Mi defensa es que incluso cuando estaba loco, cumplí dignamente mis deberes.
—¿Cómo es eso? —preguntó Tyr frunciendo el entrecejo.
Antes de contestar, Cyric miró dentro del cáliz y sonrió, ya que las copas de los dioses nunca se derraman. Se la llevó a Tyr y la hizo girar debajo del mentón del dios.
—Mira el interior.
Tyr vio dos lágrimas que se desplazaban por el cáliz, una negra y reluciente, la otra plateada y brillante.
—Esto es todo lo que queda del amor entre Mystra y Kelemvor, y ahora me pertenece. —Cyric empezó a recorrer el Círculo moviendo la copa delante de cada dios para que pudieran ver el contenido—. Fui yo quien puso a Adon en contra de Mystra, y fue la infidelidad de Adon lo que enfrentó a Mystra y Kelemvor, y fue eso lo que destruyó su amor. No es mucho lo que queda, pero aquí está. Es mío.
El Uno continuó su recorrido. Cuando Mystra y Kelemvor miraron dentro de la copa, no mostraron la menor emoción ni se miraron el uno al otro ni hicieron demostración alguna de los sentimientos que los habían unido durante tanto tiempo.
Cyric esbozó una sonrisa cuando los dejó atrás, después terminó su ronda y se detuvo ante Tyr. Alzó la copa en alto y se volvió a mirar al resto del Círculo.
—Si soy capaz de destruir el amor de los dioses, es indudable que puedo llenar la vida de los mortales de Faerun de enfrentamiento y discordia.
El Uno se llevó el cáliz a los labios y echó la cabeza atrás, ya que las lágrimas de los amantes con el corazón roto habían sido siempre su libación favorita. Cuando las dos gotas corrieron por su garganta, chasqueó los labios y rompió el cáliz contra el suelo.
Entonces se volvió a mirar a Oghma.
—¿Qué dices tú, Oghma? ¿Culpable y cuerdo, o inocente y loco?
—Debemos juzgarte según los mismos patrones que a Mystra y Kelemvor, y aunque tú también has cometido errores en los últimos años, todos debemos reconocer que has vuelto a nosotros tan depravado como antes. —Oghma miró hacia los demás dioses del Círculo—. Y todos debemos tener presente que no debemos juzgar a Cyric por su naturaleza demoníaca. Ésta es la esencia misma de la contienda, y él no podría cumplir con su obligación si no fuera malvado. Yo digo que encontramos a Cyric culpable y cuerdo.
—¡Jamás! —Sune negó vigorosamente con la cabeza esparciendo llamaradas por toda la sala. Ella era la diosa del Amor y también de la Belleza, y las acciones de Cyric la habían ofendido profundamente—. No después de lo que les ha hecho a Mystra y a Kelemvor.
—Yo sí voto a favor de Cyric —dijo Chauntea—, porque bien o mal, ha vuelto a nosotros entero.
—Culpable y cuerdo. —Lathander no dio ninguna explicación, pues nadie esperaba que no estuviera de acuerdo con Chauntea.
Silvanus meneó la cabeza provista de antenas.
—Yo no. Cuerdo o loco, cree que tiene derecho a hacer lo que le place con Faerun, y no puedo aceptar eso. Mi veredicto es contrario.
—Y el mío —dijo Shar—. No podemos confiar en que vaya a actuar como debe. Propongo que lo despojemos de sus poderes y nos los repartamos entre nosotros.
—Claro —discrepó Tempus—. Tú pondrías toda la creación bajo tu negro dosel si pudieras, pero yo digo que no podríamos encontrar a nadie mejor para sembrar la contienda por toda la tierra siempre y cuando jure no volver a leer jamás el Cyrinishad, ni buscarlo siquiera.
Cyric alzó la mano derecha.
—Lo juro.
—Si te crees eso —repuso Talos con sorna—, es que estás más loco de lo que estaba el cerebro de gusano. Mi veredicto es en contra porque… —El Destructor se calló y luego se encogió de hombros—. Porque me da la gana.
—Esto significa un empate a cuatro —observó Tyr—. Y Cyric no puede votar.
La expresión de Cyric pasó del engreimiento a la sorpresa.
—¿Por qué no?
—Porque ése es el código del Círculo —respondió Tyr—. Y ahora voy a hablar yo contra ti. Nunca has sido un dios estable, y sospecho que ya estabas loco antes de llegar a ser uno de nosotros. Eres loco y por lo tanto no eres de fiar, un peligro constante para el Equilibrio.
—¿Qué?
Cyric volvió tambaleante hasta la barandilla y miró a Mystra y a Kelemvor. Sentí que me ponía enfermo y empecé a temblar de miedo. En ese momento supe que todo mi sufrimiento había sido para nada y estaba dispuesto a tirarme al suelo e implorar el favor de Tyr. Pero el Uno no; la sorpresa se borró de su cara, se transformó en ira y arremetió contra Tyr.
—¡Víbora traicionera! ¡Hipócrita de lengua engañosa! Tú…
—¡Cyric! —aunque Kelemvor gritó el nombre, su voz no mostraba ni la menor emoción, ni ira ni ansiedad.
El Uno enarcó las cejas y miró con desprecio al señor de la Muerte.
—Regocíjate si quieres. Yo volveré y me regocijaré por ti.
—Sé que lo intentarás —replicó Kelemvor—, pero ¿y ahora qué? ¿Acatarás la decisión del Círculo?
El Uno paseó la mirada por todo el Pabellón con un gesto de desprecio dirigido a los dioses que habían votado en su contra. Cuando su mirada regresó a Kelemvor, escupió en el suelo y asintió.
—¿Qué otra opción tengo?
—Ninguna —respondió Kelemvor—. Sólo quería ver si te dabas cuenta de ello. Veo que lo has hecho, de modo que tengo que reconocerte como cuerdo.
—¿Culpable? ¿Me das un veredicto favorable?
La máscara plateada de la muerte asintió a su pesar.
—Sigues teniéndome miedo, ¿verdad? —El gesto despectivo de Cyric volvió a su rostro, pues no podía imaginar que el señor de la Muerte hubiera hecho su elección llevado por su sentido del deber—. No lo olvidaré.
—Estoy seguro de que no —dijo Tyr—, pero todavía no te hemos declarado culpable. Mystra tiene la última palabra.
A Cyric le cambió la cara y juro que a mí se me heló la sangre en las venas. Que Kelemvor hubiera hablado a favor del Uno era algo previsible; ahora lo veo claramente porque el Usurpador era un cobarde y un necio que temblaba ante la mera idea de la venganza de nuestro señor oscuro. Pero ¿y la señora de la Magia? Era casi tan audaz como el Uno y nunca dejaba de aprovechar su ventaja cuando creía que la tenía.
Cyric volvió la mirada hacia la Ramera y no hizo el menor intento de reconciliación, pues sabía que ella no le creería. O bien temería a su ira, como Kelemvor, o bien sería una necia y trataría de librarse de él.
—¿Y bien? —preguntó el Uno.
—Cyric, después de todo lo que has hecho, ¿cómo te atreves a preguntarlo? El odio que siento por ti es más grande que nunca.
Oghma la cogió del brazo.
—Mystra, ahora eres una diosa. Ya hace tiempo que dejaste atrás este mortal…
Mystra se le enfrentó.
—¡Basta ya de tus lecciones, Oghma! ¡No necesitas volver a recordarme mi deber para con el Equilibrio ni decirme cómo debo hacerlo!
El Encuadernador palideció y la soltó y yo empecé a temblar como un niño. La Ramera no estaba ni mucho menos asustada; eché una mirada a la máscara de plata de Kelemvor y me consolé, porque a pesar de los muchos cambios que había hecho en la Ciudad de los Muertos, no era probable que mis tormentos fueran mucho peores que los que ya había sufrido al servicio del Uno.
Pero por algo llaman a Mystra la señora de los Misterios. Ella volvió a mirar a Cyric y lo vi sonreír. Entonces supe que, en su infinita astucia, el Uno había visto algo que a mí no se me alcanzaba.
Cuando Mystra habló, su ira se había suavizado.
—Pero de lo que aquí se trata no es de mi ira, y eso lo sabe lord Cyric tan bien como yo. Si él no despertara odio en mí, no sería adecuado para sus obligaciones. Como diosa de la Magia me está permitido tener sentimientos —aquí Mystra le dirigió a Oghma la misma mirada que cualquier persona en sus cabales reserva a los entrometidos—, pero como guardiana del Equilibrio debo actuar según mi leal saber y entender.
—Mystra, piénsalo bien —la instó Tyr—. Una vez que hayas hablado, el veredicto será en firme. Puede que llegues a lamentar el día en que tomaste esta decisión.
—Eso ya lo hago hoy —respondió Mystra—, pero cuando el Círculo falló a mi favor, prometí comportarme como una diosa, no como una mortal.
La Ramera se encaró al Uno.
—Mi veredicto es a favor de Cyric.