Capítulo XXIV

Los muros de la ciudadela se habían reblandecido y vuelto rojizos por la acción del calor, y las pasarelas habían empezado a vencerse. Un portal de color rojo reluciente en la puerta vacía impulsaba la lava de vuelta al plano paraelemental de magma, pero no con la misma rapidez con que salía la roca líquida del suelo, y el promontorio que se había formado en torno a la fisura ya era tan alto como la puerta. A cada lado de la grieta había arrodillado un avatar de Mystra más grande que cualquier dragón que barría cenizas y brasas hacia la sima, cerrando la abertura con su aliento mágico. No obstante, los volcanes son cosas poderosas, uno de los juguetes favoritos de Talos el Destructor, y aunque éste era de pequeñas proporciones, cubría la ciudadela más rápido de lo que la diosa podía cerrarlo. La piedra líquida acumulada en el patio ya llegaba a la altura del pecho de un hombre. En cualquier momento se abriría camino a través de las paredes de la ciudadela y enviaría una marea de magma feroz que arrollaría la aldea.

Sin embargo, Mystra no podía manifestar allí más avatares. El volcán era sólo una de las mil cuestiones que la preocupaban en ese momento. Tenía a dos avatares tratando de conseguir apoyo para su juicio inminente, y uno más investigando la falta de avance de éstos. Cuatro más estaban ocupándose de los problemas que había desencadenado con Cyric, ya que sus ataques no le habían dejado al Uno más opción que asaltar sus templos pagándole con la misma moneda. En un momento cualquiera estaba siguiendo la pista del Gusano del Desastre a través de las cuevas del monte Talath, o luchando contra los gigantes en Elventree, o persiguiendo a un kraken en el lago Hillshadow, o defendiendo sus templos en innumerables lugares.

E independientemente de todo lo que ocurriera en los cielos o en Faerun, un avatar permanecía en la Casa del Conocimiento, investigando en la biblioteca de Oghma para identificar el conjuro que había puesto a Adon en su contra. ¡Como si el Uno necesitara buscar sus recursos en un libro!

Así pues, cuando un avatar de Kelemvor salió de la lava hirviente de la fisura, se sintió agradecida por la ayuda. El avatar de Kelemvor era casi tan grande como los que ella había manifestado, de modo que, aunque estaba hundido hasta la cintura en la roca líquida, sus hombros sobresalían por encima del borde del feroz montículo.

—Kelemvor, llévate las cenizas de vuelta a la fisura y yo la cerraré detrás de ti.

Kelemvor estaba tan sometido que en un primer momento alzó las manos para obedecer, después tomó conciencia de ello y retiró las manos. Se quitó algunos restos de lava de la reluciente cota de malla, como si ésa hubiera sido su intención desde el principio, y se quedó mirando a la piedra rugiente.

—No quiero involucrarme en esto. Una cosa es negar a los muertos de Cyric la posibilidad de abandonar Faerun y otra muy distinta destruir sus templos. Si no tienes cuidado, vas a desencadenar la guerra de dioses a la que tanto teme Oghma, y entonces Ao os expulsará a los dos.

Los dos avatares de Mystra se quedaron boquiabiertos, y el que estaba frente a Kelemvor hizo una pausa para mirarlo con rabia.

—Si sólo has venido a sermonearme, estás perdiendo el tiempo.

Mystra abarcó con un gesto el lago rojizo que llenaba el patio.

»¿Crees que yo le pedí a Ruha que hiciera esto? Ni siquiera sé muy bien cómo lo hizo.

Kelemvor puso cara de sorpresa, pues parecía raro que una fisura de lava coincidiera justo con el ataque de Ruha.

—Tal vez sea obra de Talos.

El avatar de Mystra reanudó su trabajo.

—En eso ya había pensado. Sin duda lleva la marca de su magia, y él tiene tantos motivos como nosotros para retrasar a Malik.

Kelemvor asintió.

—Y hablando de Malik: ¿por qué dejaste que se fuera? Habría sido fácil impedírselo.

—Meterme con el testigo de Cyric hubiera significado romper la promesa que le hice a Tyr de no interferir en el juicio. Además, Ruha me asegura que no va en busca del Cyrinishad.

—Si estás preocupada por la promesa que le hiciste a Tyr, entonces ¿para qué enviaste a Ruha tras él?

—Yo no la envié. Lo cierto es que he estado esquivándola. ¿Cómo puede culparme Tyr de lo que ella ha hecho por su propia iniciativa? —Mystra cerró una parte de la fisura con su aliento mágico y alzó la mirada—. ¿Vas a ayudarme o no?

Kelemvor miró hacia la rampa frontal de la ciudadela que en ese momento se estaba desmoronando hacia la lava y negó con la cabeza.

—Si esto es obra de Talos, el dios de la Muerte no se puede poner a salvar la aldea.

—¿Qué? —Esta vez los dos avatares de Mystra se lo quedaron mirando—. ¿Quieres decir que esta gente se merece lo que le está pasando?

—Estoy diciendo que tal vez no me corresponda a mí evitarlo —replicó Kelemvor—. Como dios de la Muerte debo ocuparme de sus espíritus, no de sus casas.

—¿Y esa ocupación te impide ser compasivo?

La caseta de la guardia se derrumbó hacia el patio y envió una gran ola de lava contra el muro haciendo que una parte de la misma se inclinara hacia el Camino Real y se desintegrara. De inmediato, una lenta lengua de roca líquida se dirigió hacia la brecha abierta. Mystra cogió un puñado de piedra ardiente y llenó con ella el agujero, cerrándolo con otro portal reluciente que se abría sobre el plano paraelemental del magma.

—Kelemvor, si no has venido a ayudar, ¿para qué has venido entonces? —Los avatares de la diosa volvieron a la tarea de llenar la fisura.

—He venido a decirte…

Kelemvor tenía pensado terminar la frase diciendo «cómo Cyric volvió loco a Adon», pero las palabras se le atragantaron. Mentalmente se vio de pie ante el espejo, mirando la imagen de un guerrero cubierto de alquitrán con semicírculos de hielo en los ojos.

—¿Qué? —Mystra barrió un montón de cenizas hacia la grieta sin alzar la vista—. ¿Qué era lo que querías decirme?

Kelemvor cerró los ojos sin saber muy bien si lo que sentía era vergüenza o pena.

—Vine a decirte que necesito encontrar a Zale. —Desenfundó la espada y tanteó la roca líquida que le llegaba a la cintura—. Tengo algo que preguntarle.

Mystra lo miró con aire de sospecha.

—¿Y no puedes hacerlo en tu propia ciudad?

—No puedo esperar tanto tiempo. —Kelemvor seguía sondeando la lava y se cuidaba mucho de mirar a la señora de la Magia—. Zale viajará por todos los planos elementales antes de que su espíritu deje de arder, y necesito hablar con él ahora.

Mystra lanzó una palada de cenizas contra el pecho de Kelemvor.

—Entonces hazlo rápido. No voy a esperar para cerrar esto.

Kelemvor se apartó y siguió sondeando. No mucho después sacó la espada de la roca fundida y la levantó ante sus ojos. Una llamarada tan roja como la sangre danzaba en el extremo, crepitando y quejándose mientras se retorcía.

—¡Zale Protelyus!

La llama dio una vuelta sobre la espada de Kelemvor, luego dejó de quejarse y se puso de rodillas sobre la hoja humeante.

—Señor de la Muerte.

—Zale Protelyus, ¿por qué dejaste que tu enemigo te arrastrara hacia esta grieta? ¿Por qué te aferraste a tu espada cuando podrías haberla soltado y haberte salvado?

—¡Para… detener… al… asesino! —las palabras de Zale parecían salir con mucho esfuerzo y dolor.

—Pero cuando supiste que morirías y de todos modos no lo conseguirías, seguiste sin soltarte. ¿Por qué?

—No hay nada que temer… en la muerte. —Zale mantuvo la llameante cabeza baja en dirección a la espada—. Un hombre valiente en vida… seguramente recibirá su compensación al morir.

—¡Pero tú eres un Infiel! ¿Quién te va a recompensar?

Por primera vez Zale alzó la cabeza con decisión.

—¡Tú… lord Kelemvor! Confío más en tu justicia… que en la de cualquier dios… que pide alabanzas… y ofrendas.

Tan atónito quedó Kelemvor que se encogió hasta que el pecho se le hundió en la lava hirviente.

—¿Es posible que Cyric tenga razón? —La cabeza apenas le sobresalía del borde de la grieta—. ¿He sido demasiado justo?

Fue entonces cuando Kelemvor percibió la astucia infinita del Uno y el Todo. Para ganar Faerun, Cyric sólo tenía que apartarse y no hacer nada. La señora de la Magia haría la mitad de su trabajo denegando el Tejido a cualquier fuerza que dañara a sus amados mortales, y Talos el Destructor, Tempus, el dios de la Batalla y Shar, la Precursora de la Noche, se debilitarían y empezarían a perder adeptos. Kelemvor haría el resto, tratando a los espíritus de los nobles y los compasivos con tanta bondad que muchos abandonarían a sus dioses y confiarían en él para obtener justicia.

Pero lo más terrible era que los valientes e intrépidos perderían su miedo a la muerte y se sacrificarían luchando por causas estúpidas, como había hecho Zale. Faerun quedaría en manos de los cobardes y los corruptos. Y cuando esto fuera así, cuando todos los demás dioses se hubieran vuelto débiles debido a la compasión de Kelemvor y Mystra, entonces el Uno se levantaría de su «locura», llamaría a los malvados para que lo honraran y expulsaría del mundo a todos los demás dioses.

Todo esto vio Kelemvor, y también que estaba sucediendo tal como Cyric había planeado. Sin embargo, se negaba a pensar que había estado haciendo el trabajo del Uno. En su necedad creía que todos los hombres luchaban por valentía y por nobleza de espíritu, y no entendía que la protección de los desvalidos alentaba la pereza y la dependencia, y que tratar a los muertos con compasión sólo contribuía a hacer la vida más insoportable.

Una avalancha de cenizas ardientes cayó sobre la espalda de Kelemvor. Otra cayó justo delante de él y cubrió su cota de malla con salpicaduras de piedra líquida.

—Si ya has terminado aquí, tengo una aldea que salvar.

—He terminado aquí, pero me temo que no hemos acabado ni mucho menos. —Kelemvor bajó su espada y devolvió a Zale a la lava—. Siento que tu viaje deba ser tan largo y penoso.

—¿Y… mi juicio? —La figura de Zale empezó a fundirse en la lava—. ¿Qué encontraré… en la Ciudad de los Muertos?

—Eso no lo sabré hasta que llegues allí.

Kelemvor rebuscó bajo la lava para enfundar la espada y luego se apartó del promontorio. Aunque su cota de malla se había vuelto blanca por el calor y del cuerpo le caían pegotes de piedra líquida, el señor de la Muerte casi no lo notaba. Era tan inmune a los estragos del fuego como a cualquier tipo de agonía, salvo a la de no complacer a Mystra.

El templo de Cyric había desaparecido por completo, convertido en un estanque de lava y escurrido hacia el plano paraelemental de magma. Sólo tres pequeñas lenguas de roca fundida se habían colado por los portales relucientes de Mystra y cruzaban el Camino Real, y Kelemvor vio que no consumirían más que unas cuantas chozas antes de detenerse. El señor de la Muerte podría haber parado esto con poco más que un pensamiento, pero se volvió hacia otro lado y alzó el brazo, extendiendo un dedo a modo de percha.

—¡Avner!

La silueta de alas oscuras del serafín apareció en el cielo sombrío y bajó describiendo círculos como un gran buitre. Sus alas eran más negras que la noche, de modo que parecían de sombra más que de plumas, y estaba cubierto del cuello a los pies con una armadura de cuero tan brillante que parecía de ébano. Llevaba un arco tan grande como su cuerpo, con una doble curva para aumentar su potencia y encordado con una cuerda dorada. Sobre la cadera llevaba un carcaj de flechas de cristal, y una cimitarra desnuda relucía al otro lado. Se colocó detrás de Kelemvor, abrió las alas y se posó en el dedo tendido del dios.

—A tus órdenes, lord Kelemvor. —Sus ojos parecían dos bolas de acero, pues no tenían iris ni pupila y eran tan grises como la plata—. Estoy listo para servirte.

—Y eso harás, mi serafín. Ve y observa a los hombres que mueren por todo Faerun. Cuando hayas presenciado mil diez muertes vuelve a la Torre de Cristal y cuéntame lo que has visto.

—Como desees, señor de la Muerte.

Mystra se acercó al lado de Kelemvor.

—Un hermoso heraldo, señor de la Muerte. ¿Es el precursor de tu recién inaugurada indiferencia hacia los indefensos?

—Puede ser. Cuando vuelva, ya veremos.

El señor de la Muerte alzó la mano y el serafín alzó el vuelo tan silencioso como una lechuza. Kelemvor vio cómo se alejaba su mensajero por la llanura de Tun y se desvanecía contra el suelo de sombras. Luego cogió la mano de Mystra.

—Estoy preocupado, Medianoche —le habló sin mirarla—. Creo que hemos estado cometiendo un terrible error.

—¿Error? —Mystra pensó en el error que Kelemvor había cometido al negarse a ayudarla con el volcán, pero ella tenía formas mejores de hacérselo saber que diciéndoselo con palabras—. ¿Qué error?

Kelemvor se enfrentó a ella, y cuando la miró a los ojos vio el reflejo de un dios cubierto de alquitrán.

—A…

El señor de la Muerte no pudo articular el nombre de Adon. Se sentía un traidor por valorar su propia conciencia más que el bien de su viejo amigo.

—¿Qué, Kelemvor? —Mystra se desasió de su mano—. Sabes lo ocupada que estoy. Mientras estamos aquí parados, Cyric ha…

—¡Un error de conciencia! Y Cyric ocupa el lugar central.

Mystra enarcó las cejas.

—Te estoy prestando atención. Continúa.

Kelemvor hizo un gesto negativo.

—No puedo decir más, excepto que tenemos más problemas de lo que imaginamos, y Cyric está detrás de todos ellos. Siempre ha estado detrás de ellos.

Mystra se quedó pensando, después miró a Kelemvor a los ojos.

—Esto tiene que ver con Adon. Tú sabes algo.

Kelemvor asintió.

—Pero no puedo decírtelo. Los secretos de los muertos les pertenecen a los muertos y no traicionaré la santidad de la tumba, ni siquiera por ti.

—Pero Adon…

—Si encuentro a Adon de pie ante mi trono, lo trataré con todo el respeto que se merece.

—¿Delante de tu trono? Adon es uno de mis Fieles. Debes saber que cuando muera le tendré reservado un lugar en… —Mystra dejó la frase sin terminar y sus ojos reflejaron el horror que sentía al adivinar el significado de las palabras de Kelemvor—. No. ¡No permitiré que muera sin Fe!