Capítulo XXXI
Después de mi audiencia con el Uno, me marché de Arabel y galopé hacia el norte pasando por Tilverton y por el Desfiladero de las Sombras hasta el Valle de las Sombras, donde vivía un pueblo de granjeros ignorantes y un fastidioso y viejo baboso llamado Elminster. Ruha, que había hecho noche en Arabel para que un sanador atendiera el ojo herido de Nube de Plata, me seguía con medio día de retraso, tan persistente como su mala reputación. Cada tanto, al coronar un paso de montaña o cruzar una vasta hondonada, echaba una mirada hacia atrás y veía una mota en el cielo meridional que me confirmaba que ella seguía allí, siguiendo mi rastro tal como el Perro del Caos persigue a Máscara. Y entonces maldecía a la bruja infernal y alzaba los ojos al cielo preguntándome qué le habría hecho yo, aunque, por supuesto, jamás recibí respuesta alguna. La verdad era que no me odiaba por que le hubiera hecho jamás algún mal, sino por mi aparición en los terribles sueños y visiones que había tenido últimamente, y porque temía que esos espejismos la volvieran tan loca como a Cyric si no conseguía detenerme.
Pero aunque la bruja hubiera estado más lejos, no me habría detenido más tiempo del necesario para que Halah saciara su apetito. La visita de Cyric había renovado mi celo por el sagrado peregrinaje, ya que no tenía el menor deseo de enviar a mi infiel esposa a la Ciudad de los Muertos, ni de unirme allí con ella, lo cual sin duda sería mi destino si no conseguía recuperar La verdadera vida y curar al Uno de su locura. Renovada así mi santa devoción, cabalgué día y noche, sin pensar en descansar ni en comer ni en ninguna necesidad que no pudiese ser satisfecha en el tiempo que le llevaba a Halah ingerir su comida.
Y tal era mi fervor, que cuando entramos en una pequeña y cenagosa aldea y vi el sagrado símbolo del Uno ondeando en lo alto de una imponente fortaleza negra, sólo me detuve el tiempo necesario para pedir comida para Halah y para mí. Como de costumbre, al principio los acólitos se mostraron reacios a proporcionarme alimentos cuando les dije que no iba a pagar, pero su actitud cambió en cuanto percibieron la presencia de Cyric en mi persona. Halah fue conducida al corral de las cabras y a mí me llevaron a una sala y me sentaron a la cabecera de una larga mesa de banquetes. Al igual que el resto del templo, toda la sala se sacudía y temblaba por los efectos de los injustos ataques de Mystra al Uno, pero yo estaba demasiado cansado como para que esto me inquietara.
Mientras esperaba a que me trajeran la comida, dos Creyentes se me colocaron uno a cada lado con las manos sobre la empuñadura de sus espadas. Uno de ellos, un hombre musculoso con ojos de mirada dura y rostro afilado, llevaba una túnica de color púrpura bordada con plata negra. El otro, cuyos hombros eran tan anchos como los de Halah, vestía una armadura de cuero rojo, y fue él quien me habló.
—¿Quién eres tú para venir a Voonlar e insultar a Gormstadd —al decir esto señaló con un dedo a su compañero vestido de seda— dando órdenes a sus monjes en su propio templo?
Respondí sin ponerme de pie.
—Soy Malik el Sami yn Nasser, y realizo un sagrado peregrinaje en nombre del Uno. Es un gran honor para Gormstadd —aquí yo también señalé al hombre de la túnica de seda— ayudarme en lo que pueda.
Esto hizo que los dos hombres abandonaran su gesto torvo y retiraran las manos de las armas, pues como cualquier verdadero creyente, pronto percibieron la presencia del Uno. En ese momento llegó un monje con una bandeja repleta de comida y bebida, y el propio Gormstadd cogió la bandeja y se la entregó al hombre de la roja armadura.
—¿Por qué no le sirves tú mismo, Buorstag?
Buorstag asintió, puso el jarro en la mesa delante de mí y lo llenó con la hidromiel que había en la jarra. Esto me animó mucho, ya que me hizo pensar en el gran honor y el poder que tendría en cuanto hubiera salvado al Uno.
—Pareces cansado, el Sami —dijo Buorstag. Con su propia daga cortó un trozo de pan y lo mojó en la miel—. Tal vez deberías quedarte y descansar en Voonlar.
Negué con la cabeza.
—Me persigue una bruja arpista, y si dejo que me dé alcance nunca podré curar al Uno de su locura.
¡No sé si era mi propio cansancio o el conjuro de Mystra lo que me hizo pronunciar estas últimas palabras, pero en cuanto las dije me di cuenta de que había cometido un gran error! Buorstag y Gormstadd se miraron con gesto contrariado y volvieron a llevar las manos a las armas.
De un salto me puse en pie para huir. Gormstadd me puso una mano en el hombro y Buorstag me cogió por un brazo, y pensé que iban a encadenarme y denunciarme a nuestro señor oscuro.
Sin embargo, era tal el respeto que les inspiraba la presencia que había en mí, que pensaron que era más prudente pasar por alto mi blasfemia o hacer como si no hubieran oído nada.
—Esta arpista… ¿podrías describirla? —preguntó Buorstag.
Por la fuerza con que cogía la espada me di cuenta de que le gustaban tanto como a mí las arpistas entrometidas.
—Por supuesto, la reconoceréis por el hipogrifo que monta y por el velo con que se cubre la cara.
—Bien —dijo Gormstadd empujándome otra vez hacia mi silla—. Acaba tu comida. Buorstag se asegurará de que la arpista no te dé alcance.