Capítulo XXXIV

Una línea de oscuras almenas se elevaba en el lejano horizonte como una barrera al final del camino. La cinta ocre del río Tesh rezumaba desde el oeste mientras el gris mar de la Luna se extendía hacia el este y un velo de niebla amarillenta se cernía sobre las murallas. Todo tal como lo había descrito Rinda en su diario. Por fin había llegado a mi meca, a la gran Zhentil Keep.

Hubiera hecho marchar a Halah a galope tendido de no ser porque ella ya volaba sobre el camino a su paso habitual y todo lo que podía hacer yo era tratar de no escurrirme por la grupa. Mi largo viaje tocaba a su fin, sin embargo tenía por delante la parte más ardua de mi búsqueda. Lo que tenía que hacer ahora era robar La verdadera vida de Cyric a Fzoul Chembryl y convencer al Uno de que lo leyera, y sólo quedaban cuatro días para el juicio.

A medida que Halah se acercaba a Zhentil Keep pude ver que el Uno había infligido a la ciudad un terrible castigo por su traición. Había permitido que los dragones y gigantes redujesen las barbacanas y las torres de los vigías a ruinas, y grandes lienzos de piedra pálida señalaban las muchas reparaciones efectuadas tras sus ataques a las murallas. De todos los edificios de altura suficiente como para sobresalir por encima de las murallas sólo algunos conservaban sus pisos más altos, y todavía menos tenían tejado. Era difícil distinguir más desde la distancia, ya que un enorme promontorio redondo se elevaba en el extremo más distante del río, y los detalles de formas oscuras se desvanecían contra la superficie escarpada de esta extraña colina.

Cuando Halah y yo estuvimos lo bastante cerca para ver un grupo de chozas fuera de las puertas, me di cuenta de que Zhentil Keep ya no era la grandiosa ciudad que Rinda había descrito en su diario. La totalidad de la construcción abarcaba unos mil pasos de este a oeste, y a duras penas podía tener una décima parte de ancho sin verterse en el río Tesh, que la separaba del promontorio redondeado que quedaba al otro lado. ¡Un recinto tan pequeño podía parecer una ciudad a los bárbaros orientales, pero era poco más que un cruce de caminos para un mercader de mundo de Calimshan!

Refrené a Halah y entonces me di cuenta de que la colina del otro lado del río estaba formada por trozos de piedra. Parecía una pila de escombros, ya que entre las rocas había grandes trozos de paredes de argamasa arrojados allí sin arte ni concierto. A no ser porque el montículo superaba muchas veces en extensión a la propia Zhentil Keep, habría pensado que era una especie de vertedero.

Halah avanzó al trote entre las chozas que se levantaban extramuros, y la extraña colina se perdió de vista tras las almenas de la ciudad. La puerta estaba abierta, y dos guardias salieron de la caseta y cruzaron sus alabardas sobre el camino. Los dos eran tan corpulentos como un eunuco de harén, y por encima de sus cotas de malla llevaban tabardos negros con el emblema de Zhentil Keep: un puño con un guantelete blanco coronado por una joya.

Tiré de las riendas de Halah, haciendo que se detuviera bajo el rastrillo. De inmediato, una multitud de mendigos llenó la calle del otro lado, dispuesta a asaltarme en cuanto me franquearan la entrada. Dos hombres surgieron también de las chozas detrás de mí. Uno de ellos llevaba un mugriento mapa en la mano, y el otro conducía a un joven andrajoso al que indudablemente quería hacer pasar por un guía. Temiendo que Halah se comiera a alguien, les hice señas de que se apartaran y fijé mi atención en los guardias que tenía ante mí.

—¿Se me permite entrar?

—Di tu nombre y el asunto que te trae a Zhentil Keep —ordenó el de más edad. De detrás de él llegaba un olor acre de turba encendida y el murmullo de una ciudad activa—. Y enséñanos el dinero que llevas para que podamos saber que puedes pagar tu entrada.

Cualquier mercader que haya visitado tantas ciudades como yo sabe muy bien que jamás debe mostrar su dinero al llegar a las puertas. Si los propios guardias no son ladrones, sin duda trabajan en colaboración con otros que sí lo son, e incluso aunque sean honestos, siempre tratan de determinar la tarifa que pueden cobrarle a uno.

No hice ademán de mostrarle nada.

—Tal vez sería mejor que me dijerais cuánto cuesta entrar en Zhentil Keep y yo decidiré si puedo pagar o no.

El guardia estudió mi destrozada aba y a mi magnífica cabalgadura, tratando de determinar si era un ladrón de caballos o la víctima de unos salteadores de caminos; su único interés en la cuestión era que podían cobrarle más al ladrón que a la víctima. Halah piafó despidiendo una nube de vapor negro mientras miraba a los soldados, y rogué que se diese cuenta de lo dura que resultaría para sus dientes la cota de malla.

Por fin, el guardia de más edad decidió que yo tenía más pinta de víctima que de ladrón.

—La tarifa es una pieza de plata.

—¡Una pieza de plata! —grité. Yo había acumulado una pequeña reserva con lo arrebatado a las víctimas de Halah y podría haber pagado diez veces ese precio, pero mi padre me había enseñado que es sabio tratar de sacar provecho de cualquier situación, de modo que negué con la cabeza—. ¡Tendré que dormir en las calles! Puedo darte esto, nada más.

Busqué un cobre bajo mi aba, pero la magia de Mystra me obligó a llevar la mano al bolsillo donde guardaba las monedas de plata y fue una de éstas la que le di al guardia. El hombre la cogió y sonrió sorprendido. Sólo pude reprimir un grito de desencanto, pues estaba casi seguro de que me habría dejado entrar por apenas tres cobres.

Acicateé a Halah con los talones para que avanzara. La yegua dio dos pasos, pero se encontró ante sus narices con las alabardas cruzadas y descubrió los aguzados colmillos. Los guardias enarcaron las cejas pero no retiraron las armas.

—Ahora dinos tu nombre y lo que te trae por aquí —dijo el más joven de los dos, y me di cuenta de que disfrutaba de esta parte de su obligación más que su compañero cobrando la tarifa—. No queremos indeseables en Zhentil Keep.

—Mi nombre es Mu… —El maldito conjuro de Mystra hizo que me tragara la mentira que había pretendido decir—. Mi nombre es Malik el Sami yn Nasser, y todo lo que necesitáis sabes es que es un asunto privado relacionado con un residente en vuestra ciudad —y el conjuro de la zorra otra vez me obligó a añadir—: Fzoul Chembryl.

De inmediato me di cuenta de que esto había sido una terrible desgracia. El portador del mapa y el guía contratado se retiraron rápidamente a sus chozas, y los mendigos desaparecieron rápidamente hacia las calles, dejando sólo a una bruja de pelo pajizo y a dos viejos para asaltarme. Maldije la magia de la Ramera, pues no tenía ningún interés en que se supiera que había venido en busca de Fzoul Chembryl.

Sin embargo, el mayor de los dos guardias reaccionó con tranquilidad, bajando su alabarda e indicando a su compañero que lo imitara.

Se puso a mi lado.

—Harías bien en no mencionar demasiado al supremo Tyrannar. —Mientras susurraba esto, Halah giró la cabeza como para observar al hombre, y de no haber sido porque éste tuvo el cuidado de interponer su alabarda entre el hombro y los dientes de la bestia, sin duda habría perdido un brazo—. Fzoul está en la lista de lord Orgauth para el tajo.

—Ya veo. —Tratando de sacar el mejor partido a una mala situación, me incliné para preguntar—. ¿Puedes decirme dónde está su palacio?

—¿Palacio? ¿En Zhentil Keep?

—Entonces tal vez el templo de Iyachtu Xvim. He hecho un viaje tan largo…

—¿Eres uno de los Fieles?

El guardia alzó la mano y parpadeó dos veces con ambos ojos, y yo, acostumbrado a comprar artículos a gentes que usan símbolos secretos, reconocí la señal de inmediato. Yo mismo la repetí y asentí, considerándome a salvo de la magia de la Ramera mientras consiguiera resistir el impulso de hablar.

Pero entonces se me abrió la boca sin quererlo y las palabras salieron de mis labios.

—Soy un fiel de nuestro señor Cyric, el Uno y el Todo.

—¿Un cyricista? —El guardia se apartó como si yo fuera un leproso—. ¿Un apestoso y sucio cyricista?

Después de los días pasados en el camino, yo estaba seguro de que merecía eso y más, pero no necesitaba oírlo de boca de un simple centinela. Le di un puntapié en el pecho y azuzé a la yegua, y Halah pasó de un salto al lado del otro guardia y entró en Zhentil Keep. En cualquier otra ciudad, los guardias que había dentro de la caseta nos hubieran lanzado una andanada de proyectiles, pero en este caso sólo una piedra cayó sobre mi hombro.

—¡Adorador de Cyric! —gritó alguien a mis espaldas. Al mirar hacia atrás vi al joven centinela y a su compañero de más edad recogiendo más piedras, y a continuación un gran número de nabos podridos cayeron reventándose contra mí. Hubiera preferido que dispararan sus ballestas, ya que entonces la magia de Tyr me habría protegido y no hubiera quedado cubierto de una sustancia pulposa y maloliente.

Los guardias de la puerta lanzaron sus piedras.

—¡Amante de Cyric!

Intrigado por la extraña alarma que estaban dando los guardias, me volví hacia adelante y vi a los mendigos que salían de los callejones.

Empezaron a lanzar sobre mí todo tipo de basura, y se les unieron en esto los ciudadanos bien vestidos que arrojaban piedras y los albañiles que tiraban paletadas de argamasa. Desde una ventana alta incluso alguien lanzó una bacinilla llena que se rompió sobre la cabeza de Halah.

Esto fue demasiado para un animal tan orgulloso. Halah se levantó de manos lanzando nubes negras por las fosas nasales, después se volvió sobre nuestros atacantes y empezó a golpearlos con los cascos. Yo no podía hacer otra cosa que mantener los dedos bien sujetos a sus crines para no caer. Sentí que el corazón de Cyric se llenaba de ira en mi pecho, y la sangre me empezó a golpear en los oídos con tal fuerza que a duras penas oía los insultos de la multitud.

Los poderosos cascos de Halah hicieron que un corpulento albañil atravesara la pared que estaba reparando.

—¡Necios! —grité señalando la cabeza sangrante del hombre—. ¡Eso es lo que les espera a los que insultan al Uno!

Halah se lanzó sobre un mercader vestido de seda y le clavó los dientes en el hombro, a continuación sacudió la cabeza y lo lanzó al otro lado de la calle.

Yo seguí la trayectoria con el dedo.

—¡Así es la ira de Cyric!

Por fin, la multitud empezó a retroceder y me dio ocasión de echar un vistazo en derredor. Nos encontrábamos en un bulevar empedrado y muy concurrido bordeado por grandes edificios oficiales de piedra de aspecto sombrío. Muchos estaban cubiertos de andamios y rodeados por pilas de piedras, ya que los albañiles seguían trabajando para reparar el daño producido la última vez que Zhentil Keep había insultado al Uno. En el otro extremo de la avenida, que no estaba a más de cinco manzanas, había otra puerta abierta que dejaba ver un puente a medio construir sobre el río Tesh y que acababa sobre el extraño montículo de escombros en el que había reparado antes.

El ruido de botas a la carrera puso fin a mi breve respiro. Me volví para ver una hueste de tabardos negros que salían corriendo de la caseta. Aunque la protección de Tyr me protegería de sus alabardas y ballestas, haría poco por librarme del calabozo si dejaba que me cogieran. Azuzé a mi montura hacia la puerta del río y fue entonces cuando vi a la vieja de pelo pajizo que se puso en el camino de Halah. Se contaba entre los mendigos que no se habían perdido en los callejones cuando mencioné el nombre de Fzoul Chembryl.

La vieja alzó los brazos.

—¡Espera!

Halah piafó y se alzó de manos mientras la mendiga se encogía y se protegía la cabeza con los brazos.

—¡No me mates si amas a Cyric!

Los cascos de Halah tocaron el suelo junto a la vieja mientras las ballestas chasqueaban a mis espaldas. Dos virotes me dieron de lleno en la espalda, pero se enredaron en mi sucia aba sin causarme el menor daño.

La vieja se quedó boquiabierta.

—En el nombre del Uno y el Todo.

—¿Qué quieres, anciana? —Eché una mirada por encima del hombro y vi a los guardias a menos de diez pasos de mí—. No tengo tiempo.

—Entonces ayúdame a levantarme. —La vieja me tendió un brazo—. Estarás a salvo en el templo.

La cogí de la mano y tiré de ella al tiempo que ponía a Halah al galope.

—¿Cyric tiene un templo en esta ciudad blasfema?

—Gira a la izquierda. —La vieja señaló un callejón lateral—. Entre nosotros hay quienes saben que Zhentil Keep merecía ser arrasada. Como ya has visto, no somos muy populares, pero lord Orgauth teme la ira del Uno y protege nuestro templo.

Recorrimos unos veinte pasos por un callejón tan estrecho que mis piernas rozaban contra las paredes a ambos lados. En ese corto trayecto Halah saltó por encima de dos mendigos dormidos y tumbó a otro. Finalmente la vieja se soltó de mi cintura y señaló otra sórdida calleja.

—¡A la derecha!

Giramos, recorrimos otros doce pasos y salimos a un bulevar más amplio y más concurrido todavía que aquel por el que habíamos entrado en la ciudad.

—¡A la izquierda!

Mientras hacía que Halah girase en la dirección indicada, la yegua se las ingenió para hacer una pasada por un puesto callejero y, tras aplastar una jaula de pollos, se apoderó de un gallo al que engulló con plumas y todo mientras galopábamos avenida abajo.

—¿Puedes ayudarme a encontrar a Fzoul Chembryl? —le pregunté a la vieja por encima del hombro.

—Por supuesto, pero no deberías haber preguntado por él en la puerta. Tiene espías allí lo mismo que nosotros, y ahora ya te estará esperando.

—Era inevitable —respondí, y era verdad como todo lo que dije ese día.

Después de apenas ciento cincuenta pasos, la vieja me guió por una corta calle lateral hasta el patio de un edificio negro y achaparrado. Su estado no era mejor que el de la mayor parte de las estructuras de Zhentil Keep. Le faltaba casi toda la segunda planta y el techo, y los blasfemos residentes de la ciudad habían pintado en sus muros toda clase de obscenidades culpando a Cyric de haber arrasado la ciudad.

Teniendo en cuenta los sacrilegios que había observado hasta el momento, el Uno había mostrado hacia la ciudad más clemencia de la que merecía.

La bruja se dejó caer por la grupa de Halah y empezó a aporrear las puertas de cobre del templo.

—¡Fray Fornault, soy la hermana Svanhild! —Me indicó que avanzara—. ¡Rápido, abre las puertas! ¡El Uno nos ha enviado a un salvador!