Capítulo XXXVII
Los Creyentes de Zhentil Keep era el grupo de Fieles más extraño de todo Faerun. Los diecisiete vivían en una misma sala de piedra fría, todos dormían en el mismo lecho de paja y se lavaban en los mismos baños, comían de la misma fuente de madera y compartían todo lo que poseían sin rencor ni animadversión de ningún tipo. Decían que lo hacían debido a las muchas privaciones de su ciudad y especialmente de su templo, pero cualquier tonto podía ver que les gustaban las cosas tal como estaban. Allí sentados sobre el suelo desnudo, pasándonos el burdo cuenco de mano en mano —ni siquiera tenían una cuchara— había muchas bromas y risas y cálidos contactos, y nadie se quejaba cuando acababa el cuenco y tenía que ir a llenarlo de la olla.
Svanhild estaba de pie junto al fuego describiendo mi entrada en la ciudad.
—Y Malik dijo: «Soy fiel a nuestro señor Cyric, el Uno y el Todo». ¡No le importó que el guardia o cualquier otra persona supiese que era un Creyente!
Svanhild ya no parecía una vieja. Se había lavado la suciedad en los baños del templo y había hecho lo propio conmigo pues, como ya he dicho, los Creyentes de Zhentil Keep lo compartían todo, y me había proporcionado las mismas ropas de lino que llevaban todos en el templo. Las suyas se le ajustaban lo suficiente como para demostrar que no tenía ni la mitad de la edad que le había atribuido en la puerta, claro que esto ya lo había visto yo en los baños.
—De una patada apartó al guardia —Svanhild se levantó el ropón dejando ver una pierna bien torneada para hacer la demostración— y entró cabalgando en Zhentil Keep tan orgulloso como el propio lord Orgauth. Entonces, cuando empezó la Lluvia de los Creyentes, Halah se alzó de manos y empezó a aplastar cabezas mientras Malik gritaba: «¡Eso es lo que les espera a los que insultan al Uno!».
Svanhild apuntó al suelo con un dedo y habló con una voz incluso más profunda que la mía, lo que arrancó fuertes carcajadas a los demás. No se reían de mí, sino de los blasfemos cuyos cráneos habían machacado los cascos de Halah.
—«Tal es la ira de Cyric», gritó, y los guardias le dispararon con sus ballestas. —En ese momento Svanhild fijó en mí los ojos, y jamás he visto tanta devoción en los ojos de una mujer—. Los proyectiles no le hicieron ni un rasguño. ¡Deberíais haber visto las caras de los guardias!
Sentí que me ruborizaba, pues Svanhild ya había dado a entender que quería verme después de la cena. A decir verdad, sus escarceos habían sido tan atrevidos que llenaban el corazón que tenía en el pecho con una especie de deber divino, y era un milagro que no la hubiera gozado aún, especialmente después de las muchas estaciones que había estado apartado de mi esposa. Sin embargo, ¿qué eran para mí las mujeres cuando tenía al alcance de la mano La verdadera vida de Cyric? No podía pensar en otra cosa que en robar el libro y curar la locura del Uno, y en salvarme yo mismo de la Ciudad de los Muertos, y en la gran recompensa que me daría Cyric después de haber ganado el juicio. Por supuesto, también pensaba en los apenas cuatro días que me quedaban para hacer todo esto, y en la dificultad de encontrar a Fzoul Chembryl en una ciudad tan extraña como Zhentil Keep y en la posibilidad de que ya no tuviera en sus manos La verdadera vida de Cyric. Pero sobre todo, pensaba en las terribles consecuencias que tendría para la Iglesia del Uno si fracasaba alguna parte de mi plan, y precisamente por esto tenía tan poco interés en comer las gachas del templo y de dormir en una cama de paja y divertirme con sus mujeres.
—¿Malik? —Svanhild me sacudió por el hombro. Tan absorto estaba en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que se había apartado del fuego—. Fray Fornault preguntó qué conjuro habías utilizado.
—¿Conjuro? —Sacudí la cabeza para aclarar mis ideas y a continuación miré a Fornault Solnegro, que estaba al otro lado del círculo. El Fraile, como lo llamaban, era un hombre de ojos de serpiente de unos cincuenta años, tan demacrado como sus acólitos y de sonrisa demasiado fácil. En el dedo índice llevaba un anillo de oro con el signo de Cyric—. No conozco ningún conjuro.
Fornault frunció el entrecejo pero sin que la sonrisa se le borrara de los delgados labios.
—¿No eres un clérigo?
—No. Soy el Descubridor del Libro. —Le había contado a Svanhild sobre mi descubrimiento del Cyrinishad mientras me frotaba la espalda. Como había en aquel momento varios más en el baño, esos acontecimientos pronto circularon por todo el templo—. Jamás he necesitado de la magia para servir al Uno y el Todo.
La sonrisa de Fornault se desvaneció.
—Eso tengo entendido, pero los conjuros del Gran Aniquilador son más poderosos que los míos. —El Fraile y sus acólitos llamaban Gran Aniquilador a Fzoul Chembryl, ya que había sido él quien había leído La verdadera vida la mañana de la Destrucción y había acabado con la fe en Cyric—. Debes perdonarme por encontrar extraño que el Uno haya enviado a alguien sin magia para castigar a nuestro enemigo.
El corazón que tenía en el pecho se volvió frío y rencoroso, y me vi asaltado por el deseo de sacar la daga y dar muerte a ese necio. Resistí la tentación, y no sólo porque temía que sus acólitos nunca me permitieran llegar a él. Según Svanhild, Fornault Solnegro era la única persona de las allí reunidas que sabía dónde encontrar a Fzoul Chembryl, y todavía no me había hecho partícipe de este conocimiento. Le devolví al Fraile una sonrisa forzada y traté de ocultar mi enfado.
—Sólo te he pedido que me ayudes a encontrar a Fzoul Chembryl. —Escogí con cuidado las palabras que iba a pronunciar a continuación pensando en el conjuro de verdad de Mystra—. No he dicho que me enviara el Uno ni que viniera a castigar a Fzoul.
Los ojos de Fornault relucieron de ira, pero su sonrisa permaneció intacta.
—Pero tampoco has dicho lo contrario. Tal vez deberías decirnos qué es lo que deseas realmente del Gran Aniquilador.
Sabiendo que no podía mentir, y que no era probable que ni Fornault ni sus acólitos aprobaran mi plan para curar al Uno, apreté los dientes y no dije nada. Pero tampoco aparté la mirada, ya que la fría furia que albergaba mi pecho me hacía más atrevido de lo que era conveniente.
La sonrisa de lagarto desapareció del rostro del Fraile.
—No me siento cómodo ayudando a cualquiera a encontrar al Gran Aniquilador. —En cualquier otro templo de los Verdaderos Creyentes, semejante explicación del sumo sacerdote se habría considerado una muestra impensable de debilidad. En Zhentil Keep, sin embargo, parecía algo tan natural como las ventanas tapiadas—. Un ataque imprudente seguramente traerá aparejada una represalia, y lord Orgauth se limitará a mantenerse al margen y observar. Nada le daría más placer que librarse de nuestro templo sin correr el menor riesgo, ya que únicamente el miedo a la ira del Uno le hace tolerar nuestra presencia.
Svanhild salió presta en mi defensa.
—Malik no es ningún neófito inseguro. ¡Ha tocado el Cyrinishad, y ha hablado con el Uno cara a cara!
—Eso es lo que dice. —Los ojos de Fornault se tornaron tan peligrosos como los de una cobra y no se apartaban de mí—. Sólo tenemos su palabra. ¿Cómo sabemos que no está… exagerando?
Realmente era un templo extraño, donde los Fieles de Cyric vacilaban antes de llamarse mentirosos los unos a los otros.
Svanhild se tomó apenas un instante para pensarlo antes de responder.
—Lo sabemos por lo que yo vi en la puerta. Los virotes de ballesta no rebotan en la espalda de los hombres normales.
—Y también lo sabemos por Halah —añadió otra hermana del templo, una belleza de pelo negro como ala de cuervo llamada Thir. Señaló al rincón apartado donde mi magnífico caballo estaba devorando la única cabra que proporcionaba leche al templo—. ¿Cuántos caballos comen carne y exhalan niebla negra?
—Ésa es una buena observación —replicó otra hermana de nombre Oda.
—Yo le creo —añadió un hermano llamado Durin.
Esto ocasionó una serie de asentimientos y acuerdos. Al pasear la mirada por el círculo vi que todas las hermanas del templo y varios de los hermanos me miraban con la misma expresión ansiosa que ya había observado en los ojos de Svanhild. Sin duda esa adoración tenía que ver más con el corazón del dios que albergaba en mi pecho que con la visión de mi gruesa figura en los baños… Al menos en el caso de los hombres confiaba en que así fuera.
La expresión de Fornault pasó de la sorpresa al ultraje y a la astucia, y por fin se decidió por una benévola aceptación. Esta expresión parecía en su cara tan falsa como hubiera lucido en la mía una máscara de ferocidad brutal.
—Pues bien, parece que la cuestión está decidida. —El Fraile juntó las manos y se puso de pie—. ¿Por qué no nos ocupamos de una pequeña sorpresa que os tenía reservada? Después nos sentaremos junto al fuego y planearemos nuestra venganza contra el Gran Aniquilador.
Svanhild frunció el entrecejo.
—¿Sorpresa?
—Ya verás —replicó Fornault—. Lava el cáliz que en seguida vuelvo.
Fornault encendió una antorcha en el fuego del hogar, después atravesó la sala desierta y se dirigió a una oscura escalera. Aunque evidentemente turbada por la oferta del Fraile, Svanhild cogió el cáliz de la repisa de la chimenea y fue a lavarlo en la cisterna del tejado.
En cuanto hubieron salido, Thir vino a sentarse a mi lado. Deslizó su brazo por debajo del mío, frotando la empuñadura de mi daga por debajo de mi ropón y se me acomodó muy cerca para susurrarme algo al oído.
Antes de que tuviera ocasión de ponerse en evidencia, le di unas palmaditas en la mano.
—Perdóname, Thir, pero Svanhild ya me ha pedido que nos veamos más tarde. —En ese momento, la maldita magia de la Ramera me obligó a añadir algo—: E incluso con ella, me temo que estoy demasiado preocupado por Fzoul Chembryl como para disfrutar de ninguna diversión, además hace muy poco que he enviudado.
Thir me miró con perplejidad.
—¿Enviudado? ¿Y eso qué tiene que ver? —Entonces se apartó un poco—. Ah, vaya, ya sé que eres uno de los Elegidos, pero eso no es lo que yo…
Los pasos de Fornault sonaron en la escalera y Thir guardó silencio. Seguía cogida de mi brazo, pero me di cuenta de que no tenía ganas de poner celoso al Fraile, de modo que dejó de pegarse tanto a mí. Svanhild volvió de la cisterna un momento después. No dio muestras de irritación al ver a otra mujer sentada tan cerca de mí. Se limitó a sentarse al otro lado tan pegada como Thir. ¡Qué pena que estuviera tan obsesionado con Fzoul Chembryl!
El Fraile se colocó en el centro del círculo y mostró su sorpresa: una botella polvorienta de licor color escarlata. De inmediato me di cuenta de que había cambiado su anillo por otro, ya que ningún mercader con una vista tan aguda como la mía podría confundir la plata bruñida con el frío hierro.
—El mejor vino dulce Mulmaster que el dinero puede comprar —proclamó Fornault—. ¿O debería decir: que una mano hábil puede robar?
Esto provocó una risa nerviosa entre los acólitos, que parecían divididos a partes iguales entre los que evitaban mirarme y los que me echaban miradas furtivas. A lo mejor me consideraban demasiado egoísta por no despedir a Thir ni a Svanhild, o quizá sabían algo sobre la relación del Fraile con Thir que yo desconocía.
Fornault se acercó y con gesto ostentoso destapó la botella. Después se inclinó ante Svanhild.
—El cáliz, querida.
Svanhild me miró.
—Hermana Svanhild, dame el cáliz.
Vi que le temblaba la mano. Bajó la mirada como si al fin y al cabo estuviera celosa de Thir y le pasó el cáliz a Fornault. Mientras él lo llenaba me acerqué más a ella.
—No tienes de qué preocuparte —le susurré.
Svanhild me miró sorprendida.
—¿No?
Fornault bebió del cáliz y saboreó el vino con gran fruición.
—Ya se lo he dicho a Thir —susurré—. Estoy demasiado preocupado por mi misión como para divertirme esta noche.
Svanhild frunció el entrecejo dejando clara su decepción.
—Pero, Malik —protestó entre dientes.
El Fraile chasqueó los labios.
—¡Una buena botella! —exclamó.
Volvió a llenar el cáliz con rapidez, después removió el contenido y me lo pasó. Svanhild se apresuró a cogerlo.
—¡Svanhild! —dijo el Fraile—. ¿No crees que deberíamos dejar que el Elegido de Cyric bebiera primero?
Svanhild me miró primero a mí y después miró a los demás acólitos. Todos ellos apartaron la vista avergonzados por su conducta, pero ella no soltó el cáliz. La extraña afrenta hizo surgir en mi corazón una amarga hostilidad, pues no había probado una gota de vino dulce, ni bueno ni malo, desde mi salida de Calimshan.
Desde el otro lado, Thir arrebató el cáliz de manos de Svanhild.
—Deja que beba. —Me pasó la copa y vi que sus manos temblaban tanto como las de Svanhild—. ¿Qué daño puede hacerle un poco de vino a alguien tan poderoso como Malik?
Pues bien, de no haberme llevado ya la copa a los labios, tal vez me lo hubiera pensado dos veces antes de beber, pero es el caso que el vino ya había hecho el recorrido hasta mi garganta antes de darme cuenta de lo que querían decir sus palabras. Incluso entonces tuve mis dudas, ya que el vino no tenía ni sabor amargo ni olor extraño. A decir verdad, no tuve la certeza de que el Fraile hubiera envenenado la bebida hasta que sentí una extraña saciedad en el estómago y la masa blanda que llevaba en el pecho empezó a gorgotear y a latir desbocada.
Bebí aproximadamente la mitad del contenido del cáliz y dejé la copa. El Fraile me miraba con unos ojos como platos, y su color había pasado de pálido a espectral.
—Realmente un buen vino, Fornault. —Tenía tal zumbido en los oídos que a duras penas oía mis propias palabras, y mi estómago estaba tan hinchado como el de una mujer antes de dar a luz. Sin embargo, pude ver por la reacción del Fraile que debería haber caído muerto antes de dejar la copa—. ¿Me dirás ahora por fin dónde puedo encontrar a Fzoul Chembryl? ¿O quieres terminar lo que queda en la copa?
Me levanté y puse el cáliz en las manos del Fraile. Se quedó mirando el interior, tratando de determinar si su veneno había fallado o si yo era tan grande como afirmaba Svanhild. Empecé a sentir un latido en las sienes y el corazón de Cyric bombeó una hostilidad tremenda hacia mi pecho, y esto no tenía nada que ver con el veneno.
—¿Tu decisión? —inquirí.
El cáliz cayó de manos de Fornault al suelo con ruido metálico, y el vino se derramó sobre las piedras. El Fraile cayó de rodillas y besó el borde de mi ropón.
—¡Sólo pretendía honrar a nuestro señor del Asesinato! —Por supuesto, se refería al venerable acto de matar a un huésped inesperado—. ¡No sabía que fueras un Elegido!
—No dije que lo fuera. —A duras penas podía oírlo por el gorgoteo que sentía en los oídos—. Ahora, ¿dónde puedo encontrar a Fzoul Chembryl?
Siguió con la vista mi mano, que se deslizaba bajo la ropa y sacaba la reluciente hoja de mi daga.
—¡No lo hagas! —rogó—. ¡Yo mismo te llevaré allí!
Negué con la cabeza, pues sabía que no tenía control suficiente como para resistir la fría ansia que sentía en el pecho.
—Dímelo o te mato ahora mismo y dejo que el Uno te castigue por tu silencio en la otra vida.
Esta amenaza fue demasiado para Fornault.
—¡Su antigua torre! Mis espías me han dicho que es allí donde rinde culto a Iyachtu Xvim.
Alcé los ojos y vi la ansiedad en los de los acólitos, pues el asesinato de un jefe es una forma más refinada de venerar al Uno que matar a un huésped. Svanhild me mostró su aprobación moviendo reiteradamente la cabeza.
—Yo puedo encontrar la torre —dijo—. Está en las Ruinas.
Eché una mirada a la sala desierta, pues tenía la sensación de que ya estábamos en las Ruinas, y a continuación levanté la daga bien alto. Fornault cerró los ojos, pues sabía que no podía resistirse al Elegido del Uno. La masa viscosa que tenía en el pecho bombeaba cieno hacia mis venas, y di un paso adelante para tomarme la venganza.
Entonces imaginé el espíritu de Fornault en el Plano del Olvido con mi esposa, invocando a nuestro señor oscuro, y supe por el coágulo frío que tenía en el pecho que Cyric jamás le respondería. El envenenamiento se había convertido en un gran sacrilegio ya que había provocado una gran angustia en el corazón del Uno, y eso no podía perdonarse. El Fraile sería llevado ante Kelemvor, que lo encontraría innoble y también Falso, y entonces sería condenado a tormentos por toda la eternidad.
Mi brazo se negaba a acabar con la vida del infiel.
Apreté los dientes y lo intenté con más fuerzas, pero sólo conseguí que me empezara a temblar el brazo. ¿Cómo podía ser tan débil? Era algo totalmente impío dejar sin castigo la traición de Fornault, pero no podía dar el golpe, ni siquiera pidiendo fuerzas al corazón de Cyric. Maldije el conjuro de la Ramera, pero sabía que yo era el único culpable. Tenía tanto miedo a las torturas de Kelemvor que era incapaz de mandar a otro a enfrentarse a él.
Todavía hoy siento vergüenza al admitir semejante cobardía. Allí estuve con el puñal en alto tanto tiempo que todos los rostros pasaron de la ansiedad a la estupefacción, y Fornault abrió los ojos para mirarme con lástima.
Svanhild puso cara de extrañeza y se apartó de mí.
—Bueno, Malik, ¿vas a matarlo o no?
Otra vez intenté bajar la daga, pero me sentí demasiado débil, especialmente con mi víctima mirándome a los ojos.
—No —dije negando con la cabeza.
Todos los acólitos dieron un respingo de sorpresa. Vi que el deseo desaparecía del rostro de Svanhild. En ese momento, Thir me cogió el brazo.
—¡Claro que no! Malik no tiene necesidad de demostrar su fe. —Cogió la daga de mi mano—. ¡Somos nosotros quienes debemos dar prueba de la nuestra!