Capítulo XIV
En otro océano lejos de Faerun, donde el agua salada tenía un olor tan dulce como la miel, el oleaje tintineaba como campanillas y las estrellas y la luna inundaban el cielo con una luz tan reluciente como la plata, Kelemvor y Mystra aparecieron en los bancos de brillante arena próximos a la orilla. Al frente, en la distancia, el monte Celestia flotaba por encima del horizonte, con la base perdida en una bruma envolvente de niebla marina y el escarpado pico sosteniéndose en el aire como una nube. Allí cerca, cubriendo totalmente la corona rocosa de una isla próxima, dominándolo todo, estaba el inmenso palacio blanco de Tyr el Justo.
Cuando Mystra y Kelemvor se volvieron hacia la isla, quedaron perplejos al ver a Oghma el sabio esperando. Estaba sobre la playa rocosa al pie de las murallas de la ciudadela, cubierto con un albornoz amarillo que no absorbía en absoluto el agua que le lamía los pies. Una amplia sonrisa se abrió entre su espesa barba y entonces alzó una mano a modo de saludo.
—Pensé que os encontraría aquí —dijo—. Habéis venido a pedir a Tyr que celebre vuestro juicio independientemente del de Cyric, ¿no?
Mystra y Kelemvor avanzaron hacia la orilla.
—Eso no es asunto tuyo —respondió el dios de la Muerte.
—Puede que no, pero podríais haberme pedido consejo.
—No nos pareció oportuno pedirte nada —objetó Mystra—. Parecías muy contento de vernos acusados junto con Cyric.
—Cierto —replicó Oghma—, pero no se pierde nada con hablar. Por la discusión se llega a la sabiduría.
Kelemvor se detuvo en la playa.
—Habla entonces. Nosotros escucharemos.
Oghma saludó al señor de la Muerte con una inclinación de cabeza.
—Me han dicho que has mandado a Jergal y Gwydion en busca del espíritu de Rinda. Gracias. No tienes la menor idea de lo mucho que me han atormentado sus gritos.
—Eso fue por justicia hacia ella, no para ganarme tu favor. Los valientes y los verdaderos no deberían sentirse abandonados por sus dioses.
Mystra salió del agua y tras colocarse al lado de Oghma apoyó una mano en el brazo del Encuadernador.
—De todos modos, si el servicio de Kelemvor te ha hecho cambiar de idea, agradeceríamos tu apoyo en el juicio.
Oghma puso cara seria y no miró a Mystra sino que siguió con la vista fija en Kelemvor.
—Se os acusa a los tres juntos. Si hablo para defenderos, también hablaré en favor de Cyric. ¡Estoy seguro de que no queréis eso! —El dios de la Sabiduría frunció el entrecejo—. Cyric ha faltado a sus deberes y todos estamos de acuerdo en que es algo terrible, aunque no podamos decidir qué hacer al respecto.
Kelemvor dejó atrás a Oghma.
—¿Vamos, Mystra? Él no es diferente de los demás.
Mystra asintió y se aprestó a seguirlo, pues Kelemvor tenía razón. Ya habían visitado a los demás dioses del Círculo y habían recibido la misma respuesta, incluso de Sune, que estaba siempre dispuesta a cambiar de idea. A excepción de Tyr y del propio Cyric, las grandes deidades estaban tan decididas a celebrar un juicio contra Cyric que no iban a hablar en defensa de la señora de la Magia ni del señor de la Muerte. Kelemvor había empezado a preguntarse si podría haber otra razón, pero no había expresado sus dudas. Lejos de su ánimo estaba sugerir a Mystra que los cargos contra ellos podían ser merecidos.
Llegaron a la cabecera de la playa y se encontraron con que las puertas de la ciudadela de Tyr estaban abiertas para recibirlos. Dentro esperaba una guardia de honor de doce paladines de reluciente armadura para escoltar a Mystra y a Kelemvor hacia el interior.
El capitán dio un paso al frente e hizo una reverencia.
—Señora de la Magia y señor de la Muerte, os ruego que me sigáis. El Justo os aguarda.
—¿Ah, sí? —Mystra miró a Kelemvor e hizo un gesto de perplejidad ya que no había esperado que el dios de la Sabiduría se opusiera a ellos tan activamente—. Parece que el Encuadernador ha hecho algunos preparativos.
—No he sido yo —respondió Oghma uniéndose a ellos.
—¿Quién entonces? —preguntó Kelemvor.
—Tal vez deberíais averiguarlo vosotros mismos. —Oghma dejó a Kelemvor y a Mystra pasar delante de él por las puertas.
Los tres dioses siguieron a su guardia de honor por un largo pasillo y salieron a una plaza enorme rodeada por grandiosos edificios con columnatas. Los paladines atravesaron la plaza, abriendo un ancho camino a través de la multitud de sirvientes que se detenían a contemplar a los dioses a su paso, y se detuvieron frente al edificio más grandioso. La escalera del pórtico era tan alta como un acantilado, y las columnas daban la impresión de estar aguantando el cielo.
Mystra, Kelemvor y Oghma entraron en la sombra del primer escalón, y de golpe se encontraron dentro de la gran Cámara del Tribunal de Tyr el Justo.
La sala del tribunal tenía forma de herradura, con altas gradas de bancos en tres de los lados y el trono de alabastro del Justo en el cuarto. Junto a dicho trono, apoyado en el respaldo como si fuera el aliado más cercano de Tyr, había un fantasma con cara de calavera y vestido con armadura de cuero.
—¡Cyric! —exclamó Mystra entre dientes.
—El Uno y el Todo —replicó Cyric.
Aunque el tribunal estaba lleno de fieles de Tyr que ocupaban los bancos día y noche para recrearse en la sabiduría de sus decretos, reinaba un silencio absoluto. No era frecuente que los propios dioses discutieran una cuestión en esa cámara, y nadie quería perderse una sola palabra de lo que se dijese.
—Supongo que no tendréis nada que oponer a que escuche vuestra petición —dijo Cyric—. Después de todo, seguro que me afectará.
—A mí me toca decidir qué es lo que te afecta, Cyric. —Tyr giró la cabeza para dirigir al Uno y al Todo una mirada de desaprobación—. Puede que tengas razón, pero te habría mandado llamar de haberlo considerado apropiado.
—Pero lo es. —El Uno avanzó hasta el borde de la plataforma y dirigió a Mystra una mirada furiosa—. Mystra y su chico han venido a solicitar un juicio por separado.
Con un pensamiento, Tyr aumentó el tamaño de su trono hasta que fue lo bastante alto para mirar por encima de la cabeza de Cyric.
—Me gustaría oír de boca de la señora de la Magia y del señor de la Muerte por qué están aquí —dijo.
Mystra asintió.
—Hemos venido a pedir un juicio por separado. Tal como están las cosas no podemos defendernos ya que estamos de acuerdo con los cargos contra Cyric.
—Y porque nadie hablará en defensa vuestra ya que eso significaría hablar en mi propia defensa —añadió Cyric—. Ya os había advertido al respecto. Están todos muy celosos de mí.
—¿Celosos? —dijo Kelemvor con un bufido—. No lo creo.
Mystra impuso silencio al dios de la Muerte y luego, haciendo caso omiso de Cyric, habló directamente al Justo.
—Tyr, nos has colocado en una situación indefendible. No es justo que tengamos que elegir entre defendernos o juzgar a Cyric.
—Señora de la Magia, yo no soy el dios de la Imparcialidad, soy el dios de la Justicia, y eso es algo muy diferente. —El comentario hizo surgir en los bancos un murmullo respetuoso que Tyr silenció con una sola mirada de sus ojos ciegos—. Y si os resulta imposible defenderos de los cargos de que se os acusa, tal vez deberíais preguntaros si no es porque son merecidos.
Ante esto, los presentes rompieron en un aplauso y Tyr no hizo nada para silenciar a sus admiradores.
Cyric alzó las manos esqueléticas y echó una mirada por la galería como si hubiera obtenido un gran triunfo, y es prueba de su clemencia y su paciencia que no se considerase ofendido al ver lo poco que duró la ovación.
Oghma aprovechó el silencio para dar un paso al frente y hablar.
—Bien dicho, Tyr. Un poco de introspección les vendría muy bien tanto a Kelemvor como a Mystra. —Miró primero al señor de la Muerte, que se mordió los labios y desvió la vista, y luego a la señora de la Magia, que hizo un gesto despectivo y entrecerró los ojos. El Encuadernador volvió a prestar atención al Ciego—. Y a mi entender, en eso reside la diferencia crucial entre ellos y Cyric.
Cyric descendió de la plataforma y apuntó con un dedo escuálido a la cara de Oghma.
—Te advierto, anciano…
Tyr se puso de pie y cogiendo a Cyric por un hombro tiró de él hacia atrás.
—Y yo te advierto, Loco: mi tolerancia tiene sus límites. ¡Ésta es mi Cámara del Tribunal, y no amenazarás a ninguna alma estando dentro de sus paredes!
Cyric se quedó boquiabierto. Dio la vuelta sobre los talones y se enfrentó al Justo. En la cámara se hizo el silencio. Los dos dioses se quedaron mirándose un rato hasta que el Uno pareció recordar dónde estaba y echó una mirada en derredor, a los atónitos súbditos de Tyr. La furia desapareció de los ojos negros de Cyric, que cerró la boca y asintió como concediendo una petición.
—Puedes hablar por ti mismo, por supuesto. No debemos olvidar que éste es tu palacio.
—No, jamás debemos olvidarlo —respondió Tyr.
Oghma carraspeó antes de hablar.
—Tal como iba diciendo, los cargos contra Mystra y Kelemvor no pueden quedar como están.
—¿Que no pueden? —la voz de Mystra sonó sorprendida—. Pero si dijiste…
—Que no hablaría para defenderos. Sin embargo, no puedo permitir que se os juzgue por un cargo equivocado. —Oghma se volvió hacia Tyr y hubo un destello en la mirada del dios sabio—. Hemos acusado a Cyric de incompetencia por motivos de locura, pero Kelemvor y Mystra no son incompetentes ni locos. Les hemos pedido que demuestren una reputación, lo cual es a la vez ridículo e injusto.
Tyr asintió con aire pensativo.
—¡Pero Tempus ya ha formulado sus cargos! —soltó Cyric antes de que el Justo pudiera decir nada—. ¡Son tan incompetentes como yo!
—Eso tiene que decidirlo el Círculo —replicó Tyr—. Pero Oghma tiene razón. Los cargos se transforman en incompetencia por humanidad.
Mystra y Kelemvor se volvieron para dar las gracias a Oghma, pero sus palabras quedaron ahogadas por el aullido furioso del Uno.
—¡Noooo!
La cámara quedó silenciosa. Todos los ojos se volvieron hacia Cyric, que arrancaba trozos de cuero de su armadura y los arrojaba al suelo. En cuanto tocaban la piedra, los despojos se convertían en un vapor fétido que llenaba la sala de un hedor tan ponzoñoso que todos los fieles de Tyr se pusieron de pie y corrieron hacia las salidas.
El Justo no dio la menor muestra de enfado.
—Cyric —dijo—. ¿Cuál es la base de tu objeción?
El Uno alzó la vista de su sagrada ocupación.
—¿Base?
—La razón —aclaró Oghma.
Cyric apartó las manos de la destrozada armadura y echó una mirada a la contaminada cámara. Satisfecho de lo que vio, cerró de golpe los dientes de su calavera y se volvió hacia Tyr.
—La razón es simple —habló el Uno con voz tranquila y agradable, como si no hubiera hecho nada en el tribunal de Tyr—. Mystra ya trató en una ocasión de desbaratar mi juicio. Si separas nuestros casos, ¿qué va a impedir que vuelva a intentarlo?
—No puedo negar lo que dices —reconoció Tyr.
El Justo se sumió en un silencio pensativo mientras consideraba el argumento de Cyric. Su mirada se detuvo en una pila de pestilencia. El Uno, dándose cuenta de lo que estaba mirando Tyr, hizo un movimiento envolvente con la mano esquelética y la pila se desvaneció. La mirada del Ciego se dirigió al montón siguiente, que Cyric recogió rápidamente con un movimiento idéntico, y así continuaron hasta que la totalidad de la sala quedó tan despejada como al principio.
Tyr sonrió y a continuación miró a Mystra.
—Los juicios se celebrarán al mismo tiempo. —A esto respondió el Uno con una risita victoriosa—. Pero los cargos se harán por separado. El veredicto de Cyric será independiente de los que se dicten sobre ti y sobre Kelemvor.
—¿Qué? —graznó el Uno.
Tyr no le hizo el menor caso y siguió dirigiéndose a Mystra.
—Te advierto, no me des ningún motivo para lamentarlo. Estaré en guardia contra cualquier manipulación. Si descubro que…
—No descubrirás ninguna manipulación —replicó Mystra. Después, como para asegurarse de que Tyr no hubiese confundido su promesa con un alarde, añadió:
»He aprendido la lección.
Cyric arrancó un trozo de cuero de su armadura, pero Tyr se apresuró a sujetarle la mano.
—Tus acciones no influirán sobre mi juicio —le advirtió Tyr—, pero podría presentarlas como pruebas en el proceso contra ti.
—¡Traidor! —gritó el Uno. Abrió la mano y el trozo desapareció—. ¡Todos me han traicionado!
—Eso parece —Oghma habló en voz baja, y Cyric tuvo que dejar de gritar para oír las palabras del Encuadernador—. Harías bien en descubrir por qué…, a menos que quieras perder el juicio.