Capítulo XLVII
Podría haber invocado a Cyric allí mismo, ante el altar y el símbolo de Iyachtu Xvim, y tratado de curar su locura sin dilación, pero semejante insulto al propietario del templo no habría pasado inadvertido. El ahijado de Bane despreciaba a nuestro señor oscuro, y aunque los poderes de Xvim palidecían ante los de Cyric, un dios es un dios, y un dios airado, peor todavía. No necesitaba esta complicación, porque aun en las circunstancias más propicias no sería nada sencillo engañar al Uno para que leyera el libro de Oghma.
Me apoderé de las llaves de Fzoul y me quité las esposas y los grilletes, pero no robé nada con lo que cubrir mi desnudez, ya que no tenía el menor deseo de enfrentarme a las anguilas pegadas a mis enemigos. Dejé a Ruha chapoteando en el tanque de cobre y a Fzoul y a Thir debatiéndose en el suelo. Apagué todas las antorchas del templo excepto una para iluminarme el camino y me dirigí al pasadizo por el cual se había marchado el guardia que había escoltado a la bruja.
En cuanto me interné en el túnel oí cánticos a lo lejos y el ruido de muchas pisadas detrás de mí. Está claro que aunque los seguidores de Xvim eran todos necios en su fe, eran en su mayoría lo bastante astutos como para detener a un hombre desnudo cargado con un libro como La verdadera vida. Retrocedí de inmediato hacia la escalera que Thir había hecho bajar del techo, subí y me metí en el túnel escardado en la roca que conducía a las habitaciones privadas del supremo Tyrannar.
No fue tarea fácil. Tuve que llevar el libro sobre los brazos doblados mientras con una mano me sujetaba a los escalones y con la otra sostenía la antorcha. Más de una vez resbalé y tuve que rodear la escalera con el brazo en el que llevaba la antorcha, acercando tanto ésta a mi cara que me chamusqué el pelo de un lado de la cabeza. Sólo Tyr me libró de quemarme el rostro. Pronto llegué al último escalón y me asomé a una habitación oscura y con olor a moho.
Mi parpadeante antorcha iluminó una cámara con paredes de piedra y suelo de toscos tablones, con una cama, un escritorio y varios muebles más que acechaban en las sombras. El único ruido era el chisporroteo de la antorcha, y la habitación tenía ese frío sepulcral de los lugares que nunca ven el sol. Puse a un lado el libro y trepé a la estancia dispuesto a buscar una puerta.
Desesperado, vi que no había ninguna. Si bien había una arcada antigua al otro lado del escritorio que había sido tapiada con ladrillos. Volví a mirar escalera abajo pensando en dejarme caer y probar con el otro pasadizo, pero estaba el problema de los guardias del templo.
Entonces Fzoul empezó a quejarse débilmente en el templo. Daba lo mismo que las anguilas lo hubieran abandonado o hubieran muerto por falta de agua, ya era demasiado tarde para volver. Cerré la trampilla y la aseguré con una tranca. Después, sin pensar para nada en mi propia desnudez —¿o acaso no estamos todos desnudos ante los dioses?—, abrí la boca para invocar a Cyric.
Inútil. Ningún sonido salió de mi boca.
Lo siguiente que articulé fue igualmente silencioso, aunque mucho más profano. Me había olvidado del conjuro que Fzoul había formulado para silenciar mi lengua. El corazón me dio un salto en el pecho. ¿Cómo iba a llamar al Uno si no tenía voz?
Caí de rodillas y juntando las manos recé, seguro de que Cyric oiría mi silenciosa plegaria. ¡Al fin y al cabo, para eso era un dios!
«¡Cyric, príncipe del Asesinato, señor de la Contienda!»
No sucedió nada, salvo que los gruñidos de Fzoul se oían más alto. Sentí nacer en mi pecho un poco de ira. ¿Con qué derecho se habían dado por enteradas las Parcas y se habían puesto en mi contra, un indefenso mortal que no era más que una pulga en los planes de los dioses?
Empecé a recorrer la habitación buscando algún medio que me permitiera enviar una señal al Uno. Descubrí un arcón con ropa, pero ni me molesté en revolverla. ¡Aunque las prendas no hubieran sido demasiado grandes, no tenía tiempo para frivolidades!
Fzoul volvió a gruñir y poco después se oyó un quejido de la bruja. Esto me dio algo de esperanza: cuando Fzoul recuperara el sentido, quizá ella lo tendría ocupado algún tiempo.
Me dirigí al escritorio y encontré una pluma y un tintero junto a una hoja de pergamino. Encima del pergamino había una daga con empuñadura de ébano que llevaba el símbolo sagrado con la palma y los ojos de Iyachtu Xvim. Aparté el horrible talismán y coloqué la antorcha en un soporte de la pared, después mojé la pluma en el tintero y escribí sobre el pergamino en blanco: «¡Cyric, el Uno, el Todo!».
La voz de Fzoul llegó como un trueno a través de la trampilla, llamando a Thir y jurando vengarse de mí. Ruha respondió de forma inconexa y Thir también empezó a quejarse.
Examiné los rincones oscuros de la habitación buscando la figura macabra de Cyric, pero no vi nada más que tinieblas y vacío. Habría escrito su nombre con mi propia sangre, de haber sido posible, pero gracias a Tyr yo ya no sangraba. Volví a mojar la pluma en el tintero y escribí: «¡Cyric, supremo entre los supremos! ¡Señor de las tres coronas!». Al mismo tiempo, dejé que estas palabras resonaran en mi cabeza gritándolas de la única forma que podía.
La cámara continuó vacía, y el frío corazón de Cyric me quemó en el pecho.
Fzoul y Ruha empezaron a gritar. No podía comprender lo que gritaban, pero se oyeron varios golpes y sonoras bofetadas a través de la trampilla.
Sentí que me hundía, pero no podía creer que el Destino me hubiera permitido llegar tan lejos para abandonarme ahora. Cogí la antorcha y recorrí los lados de la habitación buscando algún pequeño pasadizo que pudiera haber pasado por alto. Si conseguía escapar, buscaría refugio entre las Ruinas hasta que el conjuro del supremo Tyrannar perdiera su efecto, y entonces llamaría al Uno hasta quedarme ronco de tanto gritar.
La única salida era la puerta clausurada que había detrás del escritorio. Una ojeada al techo me hizo abandonar toda esperanza de salir por ahí; las vigas se combaban bajo un gran peso. Sentí en el pecho un ardor como si hubiera bebido vinagre.
Ruha lanzó un grito y a continuación se calló. Entonces, el supremo Tyrannar empezó a entonar cánticos místicos. Tenía a la bruja bajo control y ahora estaba preparándose para encontrarme. Volví al escritorio y cogí la daga para defenderme.
En cuanto puse la mano sobre aquella vil empuñadura supe cómo llamar la atención del Uno. Volví a poner la antorcha en el soporte y a continuación apreté la empuñadura de ébano de la daga directamente sobre el corazón de Cyric.
La masa gelatinosa se retorció formando un nudo frío y produciéndome una angustia tan terrible como sobrenatural. Sentí que una bocanada de bilis me subía a la garganta, como si el simple contacto del símbolo sagrado de Xvim hubiera hecho estallar el corrompido corazón del Uno. Pensé que me iba a explotar el pecho. Caí hacia atrás sobre el escritorio, pues era lo único que podía hacer para mantener la empuñadura apretada contra el pecho.
—¡Malik! —gritaron las mil voces del Uno—. ¿Qué estás haciendo?
Antes de que pudiera levantar la cabeza, Cyric me cogió por el cuello y de un tirón me apartó del escritorio. Me sostuvo en alto con la cara a la altura de su calavera y fijó esos soles negros incandescentes sobre mi pecho desnudo. Sólo entonces me di cuenta de que seguía sujetando el símbolo sagrado de Iyachtu Xvim sobre su corazón. Al abrir la mano y dejar que la daga cayera al suelo, el dolor que sentía en el pecho desapareció instantáneamente.
—¿Y bien, Malik? ¿Me has traicionado? —Pisó la empuñadura de ébano y la hizo polvo bajo su huesudo talón, produciendo tal estruendo que oí el grito sorprendido de Fzoul—. Sólo tienes que negarlo, pues sé que no puedes mentir.
¡No! Mis labios se movieron, pero no salió ningún sonido.
—¿No puedes negarlo, entonces? —Cyric me apretó más la garganta, y sólo la protección de Tyr permitió que mantuviera la cabeza unida a los hombros—. ¿Tú también, Malik? Primero me traiciona Tempus, después Talos y Shar, y Tyr a continuación. ¿Y ahora tú? ¡Canalla infiel!
El Uno me lanzó contra la biblioteca, que se hizo trizas bajo el impacto de mi rechoncho cuerpo. Caí al suelo en medio de una lluvia de libros y vi que Cyric avanzaba hacia mí a grandes zancadas. Con cada paso la habitación se estremecía y del techo caía una nube de polvo.
—¿Piensas que el veredicto me va a ser adverso? —Cyric apartó de un puntapié la cama de Fzoul y no me dio ocasión de negar con la cabeza—. ¿Piensas que Iyachtu Xvim vendrá a buscarte al Plano del Olvido? ¿Cómo puedes ser tan necio, Malik?
Una viga se agrietó encima de su cabeza, sin embargo Cyric no pareció notarlo.
—¡Cuando la Ramera escapó de la prisión de Helm selló su fatal destino… y también el del Usurpador! —Alzó una esquelética garra y curvó los dedos huesudos—. Sin las mentiras de Mystra resonando en el Pabellón, tengo al Círculo en mis manos. Se inclinarán ante mí. Me besarán los pies, me rogarán clemencia…
Estas palabras me causaron la misma repugnancia que la primera vez que se las había oído decir. Su perspectiva era fruto de su locura, pues hasta yo sabía que los dioses arrasarían Faerun antes que doblegarse ante el Uno. Me rehíce y me arrastré por el suelo, tratando de llegar a La verdadera vida que había dejado al otro lado de la trampilla.
Cyric me levantó y me sacudió tal como una mangosta sacude a una víbora.
—¡Lamentarás el día en que me traicionaste, Malik!
El Uno me lanzó contra la pared y un ruido atronador sacudió la habitación acompañado de otro agrietamiento de las vigas del techo. Me cayó sobre la cabeza una lluvia sostenida de astillas y polvo.
—¿Crees que temo este juicio? ¡Me alegro de que se celebre! ¡Está próximo el día en que me sentaré al lado de Ao y en que todos los demás nos contemplarán como hermanos!
Conseguí ponerme de pie y corrí hacia el libro.
Cyric me detuvo cogiéndome por un talón. Caí de bruces contra el suelo, pero mi devoción por el Uno era demasiado grande como para pararme ahora. Estiré los brazos y agarré el libro por una esquina atrayéndolo hacia mí. Mientras el Uno y el Todo me arrastraba hacia atrás por el suelo de madera, abrí el libro y empecé a hojear las paginas en blanco. Rinda había escrito que en cuanto una persona viera la primera palabra no podría dejar de leer hasta haber terminado con toda la crónica; si pudiera darme la vuelta y poner la primera página ante los ojos del Uno, las repugnantes palabras de Oghma harían el resto.
En cuanto Cyric vio el libro dejó de tirar de mí.
—¿Qué tenemos aquí?
El tomo estaba abierto aproximadamente en el primer tercio, y el pergamino seguía en blanco. El Uno me lo arrebató de las manos y lo cerró, escrutando las lúgubres ilustraciones que rodeaban al símbolo sagrado del sol negro y la calavera. Le dio la vuelta para inspeccionar la contraportada, y su podrido corazón me llenó los oídos de un zumbido nervioso de tal intensidad que a duras penas lo oí cuando habló:
—¿Qué es esto, Malik? —preguntó.
Por supuesto, no pude contestarle. En lugar de eso, me incorporé y eché mano del libro, tratando de abrirlo por la historia de Oghma. Por vil que fuera, tenía que hacer que el Uno lo leyera antes del juicio.
Cyric volvió a arrancarme el libro de las manos.
—¿Es éste el libro que viniste a buscar?
Temiendo que la magia de Mystra anulara la de Fzoul y me hiciera soltar toda la verdad, ni siquiera asentí con la cabeza.
—No dices nada —dijo Cyric—, lo mismo que cuando saliste a realizar tu búsqueda.
Los negros orbes que tenía el Uno bajo la frente se encendieron y Cyric retrocedió tambaleante hasta la pared y se sentó entre los fragmentos de la destrozada biblioteca. Del deteriorado techo seguían cayendo polvo y piedras, y las vigas combadas crujían amenazadoras, pero no les prestó atención. ¿Y por qué habría de hacerlo? Esas cosas no podían preocuparlo de la misma manera que a un mortal como yo.
—No se parece en nada al Cyrinishad, pero es lógico. La magia de Oghma impediría… —Cyric dejó la idea inacabada—. ¿Sigo contando con tu lealtad, Malik?
Asentí con ansiedad, pues eso era más cierto que nunca.
El Uno curvó la huesuda mandíbula en un remedo de sonrisa. A continuación abrió la primera página.
—¡En blanco!
Sentí que se me hacía un nudo en el estómago y rogué a Tymora que pasase rápidamente las páginas.
En lugar de eso, Cyric pasó la siguiente hoja de pergamino, y después la otra, de una en una.
—Todas en blanco…, pero… claro…, no podía ser de otra manera. La magia de Oghma sigue funcionando. Si pudiera leer el libro, sabría que lo tengo en las manos. —Puso el libro de lado y sacudió el polvo que le había caído encima—. ¡Has asegurado mi veredicto, Malik! ¡Cuando leas esto en el juicio, hasta Oghma se inclinará ante mi genialidad!
¿En el juicio? Tenía que curar la locura del Uno antes del juicio o no haría más que enfurecer a los demás dioses y ganarse un veredicto adverso. Negué con la cabeza y grité un silencioso ¡No!
Cyric cerró el libro con sumo cuidado.
—Y tendremos que hacer algo con tu voz. El juicio comienza dentro de una hora.
Golpeé contra el suelo, tendí las manos como si fueran un libro abierto y miré al Uno con gesto implorante.
—Ahora no tenemos tiempo para eso. —Cyric se puso de pie y me alargó su esquelética mano—. Vamos, Malik, dejaré que disfrutes a mi sombra.