Capítulo XXV
Ser padre siempre impresiona, y más aún cuando un hombre lleva años sin ver a su esposa. Galopé hacia el norte en un estado de estupor tal que a duras penas reparé en los picos cada vez más altos que se alzaban a mi alrededor, ni en la gran curva hacia el oeste que describía el Camino Real antes de atravesar el paso del Cuerno Alto. ¡No podía pensar en nada que no fuera el momento indecoroso de la concepción de mi esposa, y en dirigirme directamente a casa para increparla por semejante infidelidad!
Era tal mi agitación que casi no me importaba caer en manos de la bruja arpista, olvidando mi sagrado peregrinaje a Zhentil Keep y sacrificando toda esperanza de encontrar La verdadera vida y curar al Uno de su locura. Tampoco pensaba en que me condenaría al infierno de Kelemvor por toda la eternidad; ningún tormento del dios de la Muerte podía ser peor que la vergüenza que mi propia esposa había arrojado sobre mí. ¡Sólo mi devoción a nuestro señor oscuro me impedía hacer que Halah diera la vuelta… Mi devoción y también la perspectiva de que todos mis amigos murmuraran a mis espaldas!
En estos pensamientos iba sumido mientras Halah galopaba por el Camino Real al borde de un hondo precipicio, y tan absorto estaba que ni siquiera reparé en la sombra de una bestia voladora que se proyectaba sobre mí. El primer atisbo que tuve del peligro fue cuando una garra enorme me golpeó en el hombro arrebatándome de mi montura y llevándome por los aires sobre el borde del acantilado.
Me encontré colgando a una altura de vértigo sobre un valle boscoso y supe de inmediato quién había hecho esto.
—¡Bruja!
—Dilo con un tono agradable, Malik, o harás todo el viaje de vuelta al Alcázar de la Candela en las garras de Nube de Plata.
Me di cuenta en seguida cómo me había dado alcance la arpista: volando en línea recta por encima de las montañas mientras Halah y yo recorríamos al galope la enorme curva que precede al paso del Cuerno Alto, y me maldije por haber ido tan distraído como para no pensar en su atajo. Volví la cabeza y vi las alas del hipogrifo con su brillo de plata mientras subía cada vez más alto por encima del valle. Los ojos de Ruha resaltados con kohl miraban por encima del hombro de la bestia.
Como no sabía que Mystra le había denegado a la bruja el acceso al Tejido, mi mayor temor era que estuviese preparando algún conjuro para inmovilizarme. Rebusqué bajo el aba robada y saqué la daga.
—¡Malik, mira a qué distancia estamos del suelo!
No miré, porque si lo hubiera hecho no habría tenido el valor de actuar. Apunté con la daga hacia atrás, torciendo el brazo para clavarla en la tripa equina de Nube de Plata.
—¡No! —gritó Ruha—. ¡Conseguirás que nos matemos los dos!
—¡Los dos no! —repliqué, y entonces el conjuro de Mystra me obligó a añadir—: ¡A mí me protege la magia de Tyr!
Y debido a estas últimas palabras, la bruja tuvo tiempo para dar una palmada en el plumoso cuello de su montura.
—¡Muérdelo!
Mi daga salió disparada y en el mismo instante la cabeza de Nube de Plata se aprestó a atacar. Mi daga dio contra su pico ganchudo y se desvió, deslizándose por su parte superior y clavándosele a fondo en un ojo.
Nube de Plata dio un chillido y abrió las garras dejándome caer. Sentí que el estómago se me subía a la boca y a continuación el hipogrifo y su jinete pasaron a ser motas en el cielo. Pasé de largo por la cima del acantilado y vi a Halah galopando camino abajo. Después el valle salió corriendo a mi encuentro y caí a través de la ondeante copa de un gran roble, partí una rama tan gruesa como mi cuerpo y me precipité al suelo.
¡Arpistas entrometidas!